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jueves, 27 de diciembre de 2012
Tres perros abotonados son multitud
Salto del bondi al pavimento desnivelado con tapitas de gaseosa y pedregullos encastrados. A pesar de una leve torcedura en la caída ciega, zafo del esguince y me estabilizo con las dos piernas, que pesan como yunques. Subo los escalones anti-anegamiento de la vereda boquense con mucha fiaca, procurando llenarme de aire, y enfilo para casa. La nubecita negra del exceso me sigue de cerca, con truenos y refucilos que, incluso con la luz del día, me dejan en la retina un flash que se mueve a cada parpadeo con un efecto de retardo. Pero las alucinaciones dejan paso a la repentina envidia que me provoca un polvito mañanero ahí frente a mis narices, por más canino que sea. Aunque ahora que me acerco veo que la cosa no es tan promisoria. Son dos perros abotonados. Ya terminaron su tarea hace un rato, por lo visto, pero a veces las piezas que encajan no desencajan. El montador se juega el todo por el todo y se da vuelta de una sola vez, aunque no logra desengancharse. Quedan cola con cola, inmóviles y sin poder mirarse de frente, como si estuvieran a punto de iniciar un duelo a punta de pistola sin saber responder al conteo de distancia. Me apoyo sobre un árbol y aprovecho a mirar el cuadro, mientras el macho llora con cada mínimo movimiento. El sexo, como el amor, también puede ser doloroso. Un tercer perro se acerca, solidario, a ver si puede ayudar, pero el macho que está enganchado le muestra los dientes con un gruñido que enseguida se torna quejido. Grrrrrauuuu. Grrrrruñidoauuuullido. No hay pudor, pero sí una clara situación de indefensión. Hay que hacerle frente a un oponente con el pingo retorcido. Además, toda esa moralina de que tres son multitud. A pedir de una fábula de La Fontaine.
viernes, 4 de junio de 2010
De palomas, halcones y cóndores
Luego de los juicios contra represores se prevé un reclamo de desestigmatización de las aves por parte de las sociedades protectoras de animales. Todo por la curiosa metaforización avícola que los militares de la última dictadura hicieron acerca de sus quehaceres. Dividirse entre halcones (duros) y palomas (blandos); y denominar a un operativo de desaparición forzada y traslado de personas a través de varios países de Sudámerica como plan cóndor. Una auténtica operación des-humanizante, una personificación animalesca digna de una fábula sin moraleja. Casi como, salvando las diferencias de horror, los seleccionados deportivos nacionales se valieron de los felinos.
viernes, 26 de febrero de 2010
@narcosis náutica
un barco de anarkonautas
como turcos anargonautas
o griegos huelguistas
que se lanzan a la mar
y huelgan el tiempo con sus dédalos
buscan y evitan que se escurran
los carneros de oro
para darles μυρρα
precisan vivir
por sobre navegar
leñadores del olivo genealógico
(pompeyo, pessoa, revista marcha, caetano)
arriban con un barquinazo
y en una tajante oleada
deslizan la quilla en la arena desclasada
donde la señalética
prohíbe encallar
-porque ellos encallan a gritos donde se les canta-,
y embolados de Atalanta
se enmascaran, reiterativos, de farsantes
para hacer face(book) con una playera pléyade de top models
pre-infartantes
un puerto no-nada-silencio para abordar la tierra firme
y anarkotizarse
con narguile
jet-set
y fumata rojinegra
jueves, 11 de febrero de 2010
Addenda digresiva: el otro monte, el otro video
Una de las disputas más fervorosas que dividen al Río de la Plata es el origen del zorzal Carlitos Gardel. Aunque también dicen por ahí que nació en Francia. Tá, bó, pero hay una persona que necesita de la reivindicación yorugua por haber tenido cuna charrúa deandeveras, a pesar de su nombre y sus vivencias claramente francesas. El conde de Lautremont, el del otro monte. Ése otro monte alusivo desde el cual tal vez Lautremont veía, o más bien imaginaba a Maldoror revolcarse con los cazones rioplatenses. Ese monte que en Montevideo todos llaman Cerro. Entonces.
En Montevideo hay poetas. Y además tienen la posibilidad de ponerle nombres a sus botijas a piacere y sin restricciones. Si no ver los casos de, por ejemplo, Peñarol Uno Nacional Cero González; o el de Anauhiram Quintana. En fin, cuestión que tal vez podrían actualizarse algunos nombres de lugares también. Más precisamente el de la capital cisplatina. Si todo el mundo le dice cerro al monte y Uruguay tiene un balneario que se llama Solymar, la ciudad tranquilamente podría abandonar las referencias del latín y uruguayizarse: Cerrovista, ¿no? Cuestiones de la toponimia o de la nimiedad del topo. Y bué, al conde maldito y surrealista lo rebautizaríamos de Lautrecolline. Y si no le gusta que vuelva del averno y nos lance contra la cúpula del Palacio Salvo y todos contentos y estrellados.
En Montevideo hay poetas. Y además tienen la posibilidad de ponerle nombres a sus botijas a piacere y sin restricciones. Si no ver los casos de, por ejemplo, Peñarol Uno Nacional Cero González; o el de Anauhiram Quintana. En fin, cuestión que tal vez podrían actualizarse algunos nombres de lugares también. Más precisamente el de la capital cisplatina. Si todo el mundo le dice cerro al monte y Uruguay tiene un balneario que se llama Solymar, la ciudad tranquilamente podría abandonar las referencias del latín y uruguayizarse: Cerrovista, ¿no? Cuestiones de la toponimia o de la nimiedad del topo. Y bué, al conde maldito y surrealista lo rebautizaríamos de Lautrecolline. Y si no le gusta que vuelva del averno y nos lance contra la cúpula del Palacio Salvo y todos contentos y estrellados.
miércoles, 6 de enero de 2010
Dios (papanuel) salve a los reyes
Cuánta devaluación la de los reyes magos. Papanuel les saca varios cuerpos, y no sólo por la velocidad de los renos con respecto a la de los camellos. Ya nadie se acuerda de "dejar los zapatitos". Tal vez los niños en su ilusión comiencen a actualizar el imaginario social infantil ubicando a los reyes en un estrato social cercano al límite de la pobreza, frente al opulento buen pasar del magnate explotador de duendes yanqui-escandinavo. Además, eso de estar limosneándoles pasto y agua...
Ni siquiera las empresas apelan a incentivar las compras de reyes como lo hacen con las del hombre de rojo en este período del año apoteótico del híper-consumo. ¿Es una jugada del Ku-Kux-Klan contra la presencia del negro Baltasar en la terna mágica? ¿Tiene que ver con la impopularidad de la monarquía en el mundo; o, aun más, de la triarquía nómade? ¿Los reyes son absolutistas o constitucionalistas? Y endemientras, por qué seguir con la mentira de los seres sobrenaturales y generosos y no hacerse cargo de los regalos que uno hace o deja de hacer. ¿No es más triste la desilusión que los pebetes se van a tener que comer más tarde?
Yo, por ejemplo, me enteré a los 7 años en una manifestación en Plaza Congreso contra uno de los levantamientos de Aldo Rico, luego de una corrida porque se había escuchado un tiro. Iba con el hijo de una amiga de mi vieja, más grande que yo, que me contó eso de "los padres". Ningún argumento que sustentara la existencia de reyes y papás que manejaba con evidencias y todo me valió. La tenía a mi vieja a unos pasos más adelante así que fui y le pregunté si era cierto lo que me habían dicho. Con cara compungida -pero seguramente aliviada de no tener que hacer malabares con cartas que pedían "(...) la colección entera de muñecos he-man, una bicicleta, una computadora, la colección completa de muñecos de lucha fuerte, el álbum completo de mask (...)" y demás-, lo confirmó. Y encima yo, todavía iluso, le pregunté si el ratón pérez entraba en la misma bolsa. Creo que fue el día más triste de mi infancia. Por eso, mejor curtirse de purrete. Aunque lo bueno es que después de todo eso, y por mi afán de ligar a papanuel con dios, me agnosticé definitivamente.
Mientras tanto, ¿cómo es creer en los mitos del consumo en la era digital de la inseguridad? ¿No se le ocurrió a nadie todavía lo del mail de papanuel para mandar cartitas, con la posibilidad de que el mismo santa te conteste? ¿Le puedo dejar al ratón pérez debajo de la almohada los dos dientes que me bajaron en una pelea callejera el otro día? ¿Existe algún reglamento? ¿Algún día el estado se hará cargo de todo esto? ¿Para cuándo la estatización de papanuel? Muchos mitos, como dijeran Las Peló. Demasiados mitos para consumir.
Para cerrar en sintonía, una sentencia del Mazo de Cartas: "Las Malvinas son los padres".
Ni siquiera las empresas apelan a incentivar las compras de reyes como lo hacen con las del hombre de rojo en este período del año apoteótico del híper-consumo. ¿Es una jugada del Ku-Kux-Klan contra la presencia del negro Baltasar en la terna mágica? ¿Tiene que ver con la impopularidad de la monarquía en el mundo; o, aun más, de la triarquía nómade? ¿Los reyes son absolutistas o constitucionalistas? Y endemientras, por qué seguir con la mentira de los seres sobrenaturales y generosos y no hacerse cargo de los regalos que uno hace o deja de hacer. ¿No es más triste la desilusión que los pebetes se van a tener que comer más tarde?
Yo, por ejemplo, me enteré a los 7 años en una manifestación en Plaza Congreso contra uno de los levantamientos de Aldo Rico, luego de una corrida porque se había escuchado un tiro. Iba con el hijo de una amiga de mi vieja, más grande que yo, que me contó eso de "los padres". Ningún argumento que sustentara la existencia de reyes y papás que manejaba con evidencias y todo me valió. La tenía a mi vieja a unos pasos más adelante así que fui y le pregunté si era cierto lo que me habían dicho. Con cara compungida -pero seguramente aliviada de no tener que hacer malabares con cartas que pedían "(...) la colección entera de muñecos he-man, una bicicleta, una computadora, la colección completa de muñecos de lucha fuerte, el álbum completo de mask (...)" y demás-, lo confirmó. Y encima yo, todavía iluso, le pregunté si el ratón pérez entraba en la misma bolsa. Creo que fue el día más triste de mi infancia. Por eso, mejor curtirse de purrete. Aunque lo bueno es que después de todo eso, y por mi afán de ligar a papanuel con dios, me agnosticé definitivamente.
Mientras tanto, ¿cómo es creer en los mitos del consumo en la era digital de la inseguridad? ¿No se le ocurrió a nadie todavía lo del mail de papanuel para mandar cartitas, con la posibilidad de que el mismo santa te conteste? ¿Le puedo dejar al ratón pérez debajo de la almohada los dos dientes que me bajaron en una pelea callejera el otro día? ¿Existe algún reglamento? ¿Algún día el estado se hará cargo de todo esto? ¿Para cuándo la estatización de papanuel? Muchos mitos, como dijeran Las Peló. Demasiados mitos para consumir.
Para cerrar en sintonía, una sentencia del Mazo de Cartas: "Las Malvinas son los padres".
lunes, 5 de octubre de 2009
Matar a una calandria
Entre sueños, una arpía -cabeza de mujer con cuerpo de ave- canta a los gritos despellejados hasta que despierto. Una vez más. Para no volver a dormir. Por un momento, temo al recuerdo escurrido del personaje monstruoso protagonista del semi-sueño. Hasta me tomo el trabajo de abrir la ventana para cerciorarme de que la pajarraca mítica no esté ahí, colgando de una rama con sus dientes feroces y sus ojos sanguinolientos. Pero sólo veo un simple pájaro. Este es un caso para Freud, pienso sumido en las sombras más densas de la madrugada. Después decido tomar las armas.
El insomnio primaveral me dicta una consigna: matar a una calandria. O a varias. Igual, siempre se trata de una. Dicen por ahí que es un ave que se destaca por imitar el canto de cualquier otro pájaro, e incluso el silbido del hombre; y que tiene un prestigio legendario por tratarse de un familiar directo del cenzontle o sinsonte, ave sagrada de los mayas que tantos reconocidos poemas puebla. Y también cuenta con una defensa políticamente correcta desde la literatura, en la novela Matar a un risueñor, de Harper Lee. Allí, el título funciona como metáfora de lo que sería un acto cobarde por la supuesta inocencia del ruiseñor, ave muy similar en cuanto a las características cantarinas de la calandria.
El tema es que cuando este bicho arranca con su parloteo ininterrumpido a las 2 de la mañana, cuando no cantan ni las lechuzas que no habitan Buenos Aires, y los grillos susurran su anonimato, el insomne comienza su día. Primero hay una brevísima esperanza de que el monólogo silbado se apague. Luego, uno puede contarle rosarios al agnostiscismo para que la madre natura haga de las suyas, y se presente en la escena nocturna algún animalejo de la cadena alimenticia que pueda engullírsela de sopetón. Sea murciélago, elefante o dragón. Más tarde, mientras la mentada continúa cantándole a nadie y despertando hasta los gallos, se activa el instinto asesino. Ya no hay Greenpeace ni Vida Silvestre que pueda interponerse.
El insomnio primaveral me dicta una consigna: matar a una calandria. O a varias. Igual, siempre se trata de una. Dicen por ahí que es un ave que se destaca por imitar el canto de cualquier otro pájaro, e incluso el silbido del hombre; y que tiene un prestigio legendario por tratarse de un familiar directo del cenzontle o sinsonte, ave sagrada de los mayas que tantos reconocidos poemas puebla. Y también cuenta con una defensa políticamente correcta desde la literatura, en la novela Matar a un risueñor, de Harper Lee. Allí, el título funciona como metáfora de lo que sería un acto cobarde por la supuesta inocencia del ruiseñor, ave muy similar en cuanto a las características cantarinas de la calandria.
El tema es que cuando este bicho arranca con su parloteo ininterrumpido a las 2 de la mañana, cuando no cantan ni las lechuzas que no habitan Buenos Aires, y los grillos susurran su anonimato, el insomne comienza su día. Primero hay una brevísima esperanza de que el monólogo silbado se apague. Luego, uno puede contarle rosarios al agnostiscismo para que la madre natura haga de las suyas, y se presente en la escena nocturna algún animalejo de la cadena alimenticia que pueda engullírsela de sopetón. Sea murciélago, elefante o dragón. Más tarde, mientras la mentada continúa cantándole a nadie y despertando hasta los gallos, se activa el instinto asesino. Ya no hay Greenpeace ni Vida Silvestre que pueda interponerse.
jueves, 5 de marzo de 2009
Equidad de especies
Todo indica que en algunas estaciones de tren de la provincia bonaérea, la lucha de algunas especies animales le ganó la pulseada al feminismo. Por ejemplo, en Ayacucho se espera una oleada inmigrante proveniente de China, y en atención a sus potenciales mascotas, éstas podrán disponer de los servicios sanitarios como ya lo venían haciendo los señores. ¡Felicitaciones a todos los osos!
sábado, 20 de diciembre de 2008
El mito de la media naranja
Por - Partido Obrero Revolucionario
La boca me ardía, llagada de ácido, en plena edad en que la oralidad pulsionaba. Era el noveno gajo que probaba en busca de vaya a saber qué, el ex-centro, alguna pepita de oro, saciar la sed, sufrir el exceso de fósforo del jugo, vivenciar mediante el gusto un pH bajo. Pero la foto sepia no me deja apreciar cuál era la causa de ese fervor con que le daba de a chupones, de a dentelladas, de a sobadas a la naranja, mirando a cámara y llorándole al fotógrafo. Tal vez las ansias de amor depositadas en esas tajadas, o la necesidad de apagar un deseo calenturiento con el jugo cítrico. De todas formas, nada de eso importa, lo que viene al caso es mi pasión temprana por el fruto con nombre de color holandés.
Fue un día de mi adolescencia cuando tía Raquel me contó acerca de la media naranja. Dijo que me veía solo, encerrado, literal, onanista, chupeteando naranjú a troche y moche, y que necesitaba salir de la ermita de mi cuarto para conocer alguna purretita que me moviera el piso, según sus palabras textuales. Yo pasaba el día leyendo diccionarios y escribiendo odas al fruto del naranjo en hojas canson del mismo color. Tía debe haber pensado que contándome lo de la media naranja iba a picar como trucha con mosca. Y la verdad es que era un buen cebo. De hecho años más tarde la felicité por su astucia, aunque ella ni se mosqueó ni abrió la trucha.
–Tulito [así era el diminutivo de mi nombre], tenés que hacerte señor, dieciocho años y el pescado sin vender. Te voy a contar algo, necesitás encontrar a tu media naranja. Tu media naranja es como esa personita en la que vos pensás, y ella al mismo tiempo piensa en vos, o sea, en su media naranja, que serías vos, Tulito. O sea, es el amor de tu vida en reciprocidad. Pero para lograr eso hay que trabajar –dijo, y me entregó una mitad de naranja, la que tomé como amuleto, como mito fundante de mi nueva cosmovisión. Estaba decidido a escribir una nueva página del evangelio.
Y los rituales comenzaron. Al otro día salí a buscar la otra mitad, obnubilado, sin darme cuenta del sentido metafórico de la frase hecha. ¡Y qué hechura! Toda mi vida había sido extremadamente literal y el amor (masc., porque soy bien macho) para mí era el sentimiento de inclinación hacia lo que agrada y se desea gozar. Como una media naranja. Como una purretita.
Mi primer acercamiento con el sexo opuesto con alguna intención que trascendiera el besito en la mejilla fue una chica que se llamaba Sandra. Pero me dejó escandalizada en la primera cita, cuando le mostré mi media naranja y clamé lacrimógeno de emoción por la suya, para ver si se ensamblaban en coito frutal y posterior casamiento, semillitas, hijos, nietos y panteón compartido. Después de ese fracaso rotundo, tía me dijo refunfuñante que no era cosa de encontrar la otra media naranja de un día para el otro. Con ganas de evitar otra frustración, me puse a buscar soluciones.
Así, y por indicaciones de mi diosa-tía, aprendí un poquito más sobre la lengua, la ideología y el mito en autores como Jung y Althüsser. Tenía que encarar los próximos encuentros con un poco más de vuelo en el diálogo, exceder el significado que creía incólume y fijo para siempre, pero siempre intentando encajar en el puzzle; y con garrote, para llevarme la hembra a la cueva y que no saliera más nunca. Pero lejos estaba de ser un iconoclasta con respecto a la redondez naranjal. La segunda muchacha, Valeria, resultó ser un fiasco. Tenía labios como gajos de mandarina y no estaba a la altura prevista de mi arquetipo jungiano. Y la dejé yo, aprovechando para tomarme revancha con el género femenino por el plantón de naranja lima de Sandra.
La tercera purretita, Eva, pintaba para casorio por iglesia maradoniana: sexo salvaje, seso primitivo y civilizada fanática de La naranja mecánica. Pero tenía a sus tocayas en el altar de otro templo. A Evita como líder y a las manzaneras como ejército frente al que se cuadraba. Su tip era la deliciosa de 8,50 el kilo, mucho glamour la chonga. Tanta Eva y tanta manzana que quedé como un Adán Perón cualquiera, secundado como costillita de cerdo a la riojana, y de postre manzanas del árbol prohibido hasta el vómito de compota, con la hoja de parra para taparme el miembro en clara disposición censora del demiurgo, que todo lo dicta y todo le dura. Cuestión que seguí un poco haciendo fachada, bancando la situación hasta que me hartara, hecho que sucedió el día que Eva me fajó con el dorso endosado de su mano. Me puso la firma y me mandó cobrar. Qué humillación… En ese punto yo ya era como la manzana del Guillote Tell. Y la apertura de mundos significantes paralelos me permitió empezar a hacer comparaciones a diestra y siniestra. Pero sobre todo, me permitió entender que el amor no podía encadenarse y eternizarse entre dos cachos de fruta así como así. Y más todavía cuando leí a Roland Barthes. Un auténtico mito muriente.
Yo sabía que este hijo de puta de Barthes la tenía. Imagináte que a una de las mejores marcas de teclados le pusieron su nombre de pila. ¡Qué metonímico! O pensá que se murió atropellado por un camión de una lavandería parisina (lo limpiaron). ¡Qué metafórico! En fin, un día leo Página/12 y veo que hay una nueva sección que se llama Mitologías, muy pro, muy gre, muy a la avant, muy sicobolch, y casi en simultáneo veo en la vidriera de una librería un librito de Barthes que se llama como la sección. ¡Qué analogía! Me lo devoré, imposible resistirse a esa tapa de color naranja; pero antes lo leí, claro. Y valía la pena tragarlo y embriagarse de tanta celulosa y tanta sapiencia. Ahí entendí que Raquel no era más que una tía; y la media naranja, un bolazo. Entendí lo del mito (la mitad de naranja), me percaté del sistema segundo que el mito constituía (Eva mitificada tapaba mi literalidad), supe de los vericuetos de la lengua, de la arbitrariedad palabrera (no pasaba naranja) y del mito como pura forma, y con contenido cristalizado en frases hechas. Es decir, mucho ruido y pocas nueces. Es decir, una maraca muda. ¡Qué oximorónico!
Uno de mis últimos pasos para la desmitificación del par naranjal como amor ideal e inalienable, fue formar una multitud compañera y trotskista, cambiar mi nombre y mi condición de individuo y conformar un sujeto colectivo-partido (a la mitad, per codere). La moraleja a la que llegamos es que la media naranja es artificial y el mito es una forma (semiesférica). Por ende, la media naranja es un mito. Después de tamaña inferencia tiré mi mitad de naranja, ya blancamente enmohecida por los años de desamor, y me fui a escabiar con los pibe.
sábado, 29 de noviembre de 2008
miércoles, 20 de agosto de 2008
Liniers no inventó nada
Sigue la publicación de reliquias, esta vez un claro antecedente del Mazo de Cartas (que próximamente saldrá del horno. O de la cajita, en fin...). Un texto en el que el plagiador historietista con nombre de virrey y de barrio debe de haberse inspirado. Claro, esto si hubiera tenido acceso al mismo. Tal vez lo soñó.
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De: Bec Sac
Para: Facuya
Enviado: sábado 5 de febrero de 2000, 15:06
Asunto: secreto
Érase una tarde de 1143, en la que un conejo llamado Sepúlveda se encontró con una serpiente autodenominada Roque.
-¡Pero cómo! -exclamó Sepúlveda-, ¿vos no sos mujer?
-Sí, pero soy una serpiente travestida y perseguida por la logia Lautaro -respondió Roque. ¿Querés entablar una relación conmigo y correr libres por la pradera y viajar de luna de miel a la sabana de Tanganika?
-Sí, quiero -aseveró el animalito de largas orejas sin dudarlo un segundo.
Quién lo hubiera pensado, conocer una serpiente travesti y encima con plata. Realmente era su día de suerte.
-¿Qué esperamos? -dijo Roque con una sonrisa de oreja a oreja (él/ella creía ser como Sepúlveda y tener orejas como para sonreír de una a la otra) y agarrados de la mano (¡...!) se internaron en un frondoso monte. Pero a la vuelta de un árbol los esperaba un ser realmente raro.
-Y tú, ¿qué espécimen eres? -preguntó admirado Sepúlveda.
-Soy una logia y mi nombre es Lautaro. Antes que preguntes lo que me imagino, te digo que soy una logia travestida, y vengo en busca de Roque.
Roque bajó los ojos tristes, suspiró un "Adiós, Sepu" al conejo, y se fue junto a la atenta mirada de Lautaro.
El conejo Sepúlveda, un poco acongojado por el frustrado día de suerte, pensó que la pareja que hacían Roque y Lautaro era realmente rara, pero bué. Y también pensó en qué tendría Lautaro que él no tuviera. Por lo pronto, decidió travestirse. La liebre Sepúlveda siguió su búsqueda de un día de suerte por las praderas neerlandesas por el resto de su vida... (Fragmento de "Una triste historia medieval", de autor medieval desconocido).
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De: Bec Sac
Para: Facuya
Enviado: sábado 5 de febrero de 2000, 15:06
Asunto: secreto
Érase una tarde de 1143, en la que un conejo llamado Sepúlveda se encontró con una serpiente autodenominada Roque.
-¡Pero cómo! -exclamó Sepúlveda-, ¿vos no sos mujer?
-Sí, pero soy una serpiente travestida y perseguida por la logia Lautaro -respondió Roque. ¿Querés entablar una relación conmigo y correr libres por la pradera y viajar de luna de miel a la sabana de Tanganika?
-Sí, quiero -aseveró el animalito de largas orejas sin dudarlo un segundo.
Quién lo hubiera pensado, conocer una serpiente travesti y encima con plata. Realmente era su día de suerte.
-¿Qué esperamos? -dijo Roque con una sonrisa de oreja a oreja (él/ella creía ser como Sepúlveda y tener orejas como para sonreír de una a la otra) y agarrados de la mano (¡...!) se internaron en un frondoso monte. Pero a la vuelta de un árbol los esperaba un ser realmente raro.
-Y tú, ¿qué espécimen eres? -preguntó admirado Sepúlveda.
-Soy una logia y mi nombre es Lautaro. Antes que preguntes lo que me imagino, te digo que soy una logia travestida, y vengo en busca de Roque.
Roque bajó los ojos tristes, suspiró un "Adiós, Sepu" al conejo, y se fue junto a la atenta mirada de Lautaro.
El conejo Sepúlveda, un poco acongojado por el frustrado día de suerte, pensó que la pareja que hacían Roque y Lautaro era realmente rara, pero bué. Y también pensó en qué tendría Lautaro que él no tuviera. Por lo pronto, decidió travestirse. La liebre Sepúlveda siguió su búsqueda de un día de suerte por las praderas neerlandesas por el resto de su vida... (Fragmento de "Una triste historia medieval", de autor medieval desconocido).
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