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lunes, 28 de octubre de 2013

Primavera con arrojo



La primavera encontró Arrojas. Y como la abeja que trasiega el polen y desparrama sus restos en un reguero fertilizante, el Sur levantó vuelo y dejó una estela de versos florales que se trenzaron en lazo guirnaldesco. En un barrilete barroco que lo arrastró por una noche de equinoccio a los barrios del centro de la ciudad, el ciclo itinerante se tomó su itinerancia en serio. El sur de visita en el centro. O el centro colmado de sur. Un ombligo urbano extrapolado más allá de sus confines.
La anfitriona fue la Casa del Bicentenario, centro cultural nacido al calor de los festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo y que fue la generosa casona que recibió al ciclo, arrojado desde las calles meridionales. A medida que llegaba el público, el desfile de imágenes e impulsos perceptivos comenzaban a generar esa sinestesia que caracteriza al Arrojas. La pregnancia primaveral ahumó los impermeables de quienes llegaban a pesar de la lluvia y se agrupaban para ver los fragmentos de la película “Wing of life”, que dieron inicio al encuentro con una serie de imágenes de la naturaleza en su plenitud ralentizada. Detrás de los espectadores, Margarita miraba fascinada, mientras papá Washington Cucurto y mamá María Gómez armaban la mesa de libros de Eloísa Cartonera, con Ricardo Piña y Alejandro Miranda, como en cada estación.
Luego, en sintonía con el clima jipón, las organizadoras del ciclo, Marta Sacco y Zulma Ducca, invitaron a entonar el tema “Para não dizer que não falei das flores”, de Geraldo Vandré, tras repartir copia de letra en español y portugués. Con alusiones a la “revolución de los claveles” y otras yerbas coloridas, los presentes se fueron caminando y cantando para acomodarse en las sillas, frente a un escenario que coronó el clima flower power. Una instalación con pintura y telas que retrataba a la madre natura, creada por Alejandra Fenochio, fue el fondo sobre el cual las figuras poéticas comenzaron a desfilar por el escenario, en un juego de luces y sombras, de solsticios y nubarrones que tan sólo llovieron, pero lejos estuvieron de detener la primavera. Entre las susurradoras del Liceo 1 y participantes del Festival de Poesía en la Escuela, Florencia y Lucía, que precalentaron la cancha con versos libres y aleatorios para oídos exclusivos, la platea se dispuso a ver la consagración de la primavera.
En el primer bloque de poetas anfitriones (pero esta vez de visitantes), leyó versos internos, como en otras ocasiones, Carlos Moretti, coordinador del Frente de Artistas del Borda.
Al rato, Ducca tomó el micrófono para leer un fragmento de Poema no te rompas, una selección de poemas de mujeres mapuches, selknam y yámanas, a cargo de Cristian Aliaga. De esa manera, dio pie para la presentación del propio Aliaga, poeta residente del sur y más allá, en esa ciudad patagónica con nombres de aviador y de sillón, Comodoro Rivadavia. El poeta leyó textos de su último libro, una antología editada por Eloísa Cartonera, La suciedad del color blanco, que fueron saltando como ovejas de lana nublada los límites insomnes de púas redentoras.
A continuación, con música del acordeón de Laura Boscariol que sirvió de fondo a la lectura de un fragmento de “La vida tranquila”, de Marguerite Duras, se dio inicio al bloque de poetas invitados de otros puntos cardinales.
La encargada de inaugurarlo fue Alejandra Correa, nacida en Minas (Uruguay) y residente del barrio de Villa Crespo, que sacó a relucir poemas cargados de infancia reverdecida en recuerdos sacralizados de un Oriente, a veces uruguayo, a veces japonés.
A su turno, la posta lectora la tomó una reincidente del ciclo, Liliana Lukin, quien ya había participado en el encuentro inaugural. La poeta recorrió distintos mojones de su extensa obra, plantando en cada una de esas estaciones una semilla de retórica versátil, dispuesta a crecer verso.
Mientras las palmas sonaban aplausos y daban sombra desde el cénit cocotero, tomó las riendas el salteño Leopoldo Teuco Castilla, que con su voz atronadora, similar a la de su padre Manuel, se puso a tono con cantos y loas a la selva.
Después de un corte en el que todos acudieron al bufette a cargo de Lidia López, de la Cooperativa Esperanza de La Boca, con empanadas y la mejor sopa paraguaya –cuya recaudación contribuirá a la inauguración de una radio comunitaria–, Myrna Frieg taconeó flamenco y contagió al público de volados arrebolados y flores encarnadas. Las sillas se desvanecieron ante la firmeza de esos tallos humanos que bailoteaban por tangos y bulerías.
Para dar cierre al encuentro, Sacco presentó al grupo Al ver verás, integrado por los jóvenes Martina Fraguela (retroproyección y pintura), Maxi Di Monte (percusión), Diego Gentile (composición musical) y Daniel Selén (composición visual), nacidos y criados en La Boca, quines hicieron de la música imágenes y viceversa. Una vez más, la sinestesia confundió los sentidos con poesía gráfica arrojada al muro de la Casa del Bicentenario.
Tras los agradecimientos a colaboradores y presentes, la música transformó a la Casa en un espacio dedicado al bailongo, donde los cuerpos se zarandearon en ritual frenético agradeciendo –también– el renacimiento de los frutos de Doña Pacha.

martes, 11 de diciembre de 2012

Puente colgante



Centroamérica se nos muestra en los mapas como la metáfora de un puente, angosto y sinuoso, que une Sudamérica y Norteamérica. Un puente que, en el imaginario, está lejos de ser el levadizo de los castillos medievales y se acerca más bien a uno colgante, con todos los peligros y miedos propios del mismo. Y como en todo puente, hay un movimiento que lo transita constantemente y que, en este caso, es mayormente unidireccional.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los países latinoamericanos con mayor cantidad de población migrante son los de Centroamérica, el Caribe, Colombia y México. Un dato curioso si tenemos en cuenta que Colombia y México son los dos polos del puente de tierra centroamericano. Y más todavía, si tenemos en cuenta que el narcotráfico en Centroamérica está dominado por los carteles de esos dos estados que cumplirían una especie de rol de “aduanas”: los colombianos dominan el margen del Océano Atlántico; y los mexicanos, la orilla del Pacífico. Esos dos océanos que flamean representados en las franjas azules de las banderas de las repúblicas de la región. Asimismo, el 90 por ciento de la droga que llega a Panamá desde Colombia, atraviesa el continente centroamericano hasta los Estados Unidos.

Gran parte de los migrantes centroamericanos busca como destino final los Estados Unidos, ese “sueño americano” en el que intentarán encontrar las mejores condiciones de vida y de trabajo que el desarrollo desigualmente combinado del capitalismo otorga a los países más industrializados. Y desde el cual enviar remesas a sus familias. “Remesas económicas, y también culturales y sociales como las maras”, acota Josefina Ludmer. Pero para llegar a destino por tierra deben sortear innumerables obstáculos, que en el mejor de los casos obliga a los viajeros a permanecer en otro país intermedio en el cual, tal vez, no hay grandes trabas residenciales y pueden encontrar algún empleo temporario. Y en el peor de los casos, son reclutados como sicarios por carteles del narcotráfico, abusados, extorsionados, secuestrados o asesinados.

Ese puente metafórico es un mosaico de Balcanes y volcanes, una plataforma de tierra y accidentes geográficos que supo estar integrada en una República Centroamericana durante el siglo XIX, y cuya unión, a fuerza de luchas y utopías, todavía hoy repercute en las memorias de estos pueblos que construyen transnacionalismo a cada paso.

Como una pasarela que empieza a ensancharse para anunciar la inminente llegada al Río Bravo, México es la última parada para muchos de quienes se aventuran en esta odisea y llegan lejos. Qué mejor imagen que las de Roberto Bolaño en su monumental novela 2666, en la que el paradójico desierto (poblado de asesinos, migrantes que esperan su chance de cruzar y mujeres indefensas) que sirve de frontera con los Estados Unidos está sembrado de muerte y de maquilas. Insignes flores de la aridez.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La porno-pobreza negada




Las dos veces que estuve de cuerpo presente cual hostia en Copacabana, pasé por la inevitable catedral de estilo morisco, tan desproporcionada en relación al tamaño del pueblo del confín boliviano. En ambas ocasiones, en el patio exagerado que antecede a la entrada de la catedral propiamente dicha, pude ver una hilera de cuerpitos achaparrados, mendicantes marchitas de negro, que marcaban el camino hacia la nave principal. Pero en la foto panorámica de Google Earth no aparecen. Por más que giro a un lado y otro, apenas se ven dos vendedoras enfrentadas bajo el portal. Tamaña omisión me convence sobre lo pornográfica que resulta la pobreza, como ya lo sugirieron los cineastas del círculo de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, en su cortometraje Agarrando pueblo. Allí, los caleños parodian a dos documentalistas ávidos de imágenes de la miseria, hambrientos de exhibir jarritos de loza con tres monedas que tintinean como maracas. En la misma línea, ya debe haber quien quiera encontrar a las cholitas en la foto de la catedral y mediante algún vericueto tecno dejarle unos pesos con tan sólo un click de su mouse.

Salvo que todo haya cambiado realmente de unos años a esta parte. “Hemos transformado a Bolivia de un Estado colonial mendigo a un Estado plurinacional digno", dijo Evo Morales, precisamente, hace pocos días en Cochabamba durante la apertura del Primer Encuentro Plurinacional. Tal vez ésta es una foto demasiado fiel (o lamebotas) de ese diagnóstico. O tal vez excede los números de la política y fue retocada con la técnica del Pepe Stalin para que el paisaje sea más pintoresco. De un extremo al otro, de la cruda y vitral sobreexhibición al borramiento que habilita una miseria soft tranquilizadora y turística, la pobreza se banaliza.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Frontera masacre




Estoy posado sobre la frontera. La única terrestre de las antillas que flotan como boyas sobre el Caribe. Haití y República Dominicana. Una frontera en una isla es un forma de aislarse un poco más. Y desde la distancia cenital no se alcanza a advertir que su trazado es un tajo de machete, reguero de sangre y disputas históricas. Recuerdo la reciente independencia de Timor Oriental de Indonesia, campeona en establecer fronteras insulares si le sumamos a Timor la trinacional Borneo y Papúa, tan parecida a La Española haitiana y dominicana en su espejado. Porque ahí estoy, y ahí vuelvo.

Dos pueblitos: Ouanaminthe y Dajabón. Del lado oriental, el damero español, la cuadrícula ordenada. Del occidental, un abigarramiento de ínfimos e infinitos techos, como salpicaduras de Pollock. Los campos también se diferencian. Prolijos, diría una maestra de primer grado, establecidos en chacras y haciendas, del lado dominicano; desperdigados, indefinidos y embebidos de copas de árboles, del lado haitiano.

Ouanaminthe y Dajabón. En 1937 da jabón cruzar la frontera pero no queda otra. Los trabajadores haitianos migrantes, los afrodominicanos, los rayanos, están huyendo, entre la espada y la frontera. Entre la bayoneta y el Río Masacre. Otra vez lecho de huesos, tumba correntosa, toponimia determinante.

Sténio Vincent, el presidente haitiano de descendencia española y tez clara, dio la espalda a la frontera, miró al recientemente retirado invasor norteamericano y acató la orden de preservar la paz con el vecino. Mientras tanto, Rafael Leónidas Trujillo, el dictador que se blanqueaba la piel de herencia afro con polvos, también buscaba blanquear la población de su país: su polvo fue la pólvora; y su Corte, el machete. Y no olvidemos la palabra. Quien no pudiera pronunciar las vibrantes erre y jota de perejil era evidentemente haitiano, por su créole afrancesado, y pasado a kout kouto. La Masacre de Perejil fue el risueño nombre con el que de ahí en adelante se recuerda ese genocidio. El de Trujillo, que fue generalísimo antes que Franco y habló de solucionar el problema haitiano antes de la solución final nazi. Las fronteras son difusas pero pueden marcar el límite entre vida y muerte. Frontera puede significar masacre.

lunes, 9 de mayo de 2011

El escritor errante


Cuentos, Roberto Bolaño. Anagrama, 2010.

La reedición de los cuentos de Bolaño, uno de los escritores contemporáneos más celebrados, nos acerca a sus mejores relatos que, en ocasiones, prefiguran lo que serán sus grandes novelas. Con mucho de autobiográfico y una elaborada construcción de personajes, el autor retoma los temas que le dan sustancia a gran parte de su narrativa: la obsesión por los concursos literarios, los escritores errantes, el nomadismo, los regímenes autoritarios y el desierto como metáfora de un oráculo, como lugar a donde desertar, como enigma y espejismo sobre el cual nos reflejamos para encontrarnos con más preguntas.

En los libros incluidos, Llamadas telefónicas, Putas asesinas y El gaucho insufrible (este último póstumo y más disperso que los otros), el escritor chileno-mexicano fallecido en 2003 delinea un universo propio, un entramado de historias y memorias que a veces se rozan y otras se erigen como pequeñas novelas, como en “El gusano”, “Últimos atardeceres en la tierra” y “El policía de las ratas”, que homenajea a un relato de Kafka. La antología suma, además, un breve dodecálogo sobre el arte de escribir un cuento.

*Publicado en revista Veintitrés, Año 13, N° 659. 17/2/2011.

lunes, 25 de abril de 2011

2 de febrero de 2002

El micro se acababa de detener en el camino, rodeado de oscuridad por donde se lo viera. Sus dos faros amarillentos estaban envueltos en una penumbra que podía ser la noche o el fondo oceánico. Pero hasta que no me despabilé del sueño reciente no pude recordar que en realidad estábamos muy por encima del nivel del mar. Muy alto.

Dentro del ómnibus, tan sólo podía percibirse un rejunte de olores dulzones y ácidos, una combinación entre transpiración, coca y cebolla morada que me borró de un plumazo la modorra. De lo que sucedía afuera del ómnibus nada se olía ni se veía ni se oía; apenas se podía sentir en el cuerpo el frío nocturno, la altura y un cierto ahogo.

Necesitaba destejer alguna certeza entre las tramas de silencio y negrura que nos rodeaban. Me acerqué al enigma de la ventanilla, cegada por una lámina de escarcha en su exterior, y con la mano enguantada la desempañé para ver. El motor del micro se encendió de repente y los haces de luz del coche alumbraron algunas rocas sobre la ruta, ahora sí como un faro propio que anuncia los peñascos insalvables. Me derrumbé en el asiento nuevamente. El ómnibus retrocedió apenas y dio media vuelta. Aceleró, pero antes un piedrazo se estrelló en el techo, tan anónimo como la noche que nos rodeaba.

***

Amanecimos en Challapata, a orillas del lago Poopó, supuesto albergue de la Atlántida, hasta donde el micro había tenido que retroceder. Un pueblito ubicado al sur de Oruro que suele ser parada de ómnibus para comprar algo de comer y aprovechar la letrina del comedor, o bien algún descampado impúdico donde el barro cocido de las paredes de las casas se diluye en la pacha que lo vio nacer. De hecho, allí habíamos hecho la última parada la noche anterior.

La luz amanecida que se asomaba en el altiplano alumbraba el marrón adobe uniforme del pueblo, aún dormido y estático como una fotografía, apenas ribeteada por el viento que agitaba una mata de pasto seco o una bolsa enredada en un arbusto. El día que despuntaba pareció envalentonar al coche para volver a enfrentar el obstáculo madrugador que se encontraba más adelante. Los pasajeros también empezaron a presionar al chofer para que retomara su camino y evitara más retrasos. Las coordenadas, los nombres, la situación geográfica y nosotros mismos perdimos el anonimato a la luz gris refractada por las nubes que encapotaban el cielo cercano. El micro retomó el viaje hacia el este. A 36 kilómetros de Challapata, internándonos por los cerros y luego de una curva que giraba hacia la derecha, justo donde la Ruta N° 1 corrige su trazo accidentado hacia el sur potosino, nos topamos nuevamente con el bloqueo que había interrumpido nuestro viaje por la madrugada. La ruta estaba flanqueada por dos serranías bajas y áridas a ambos costados, desde donde se veía un puñado de personas en actitud vigía. Éramos los primeros en llegar, sin invitación, al mitin.

Aguardé durante un rato en mi asiento mientras comenzaba a formarse una larga fila de coches y camiones a ambos lados del bloqueo. El caserío de adobe que había en el lado izquierdo de la ruta pertenecía al ayllu Qaqachaca, y llevaba un nombre inmejorable para las circunstancias: Crucero. Los indígenas se paseaban con sus vestimentas coloridas, sus altos chulos, sus aguayos y sus chaquetas de hilo tejido. Raúl, un pasajero del micro que venía de visitar a su familia de Oruro, fue el primer adelantado que trajo alguna noticia sobre lo que sucedía en el bloqueo.

–Ahí están los comunarios, piden por la tierra, por los papeles; pues les sacan la coca. Y por el diputado que echaron –contó a quienes quisieran escuchar.

Raúl comentó que la protesta era una reacción frente a la destitución del Congreso días antes del único diputado que representaba los intereses cocaleros, un tal Evo Morales; y contra la política de Coca Cero que sostenía el gobierno boliviano presidido por Jorge "Tuto" Quiroga. Según el orureño, el gobierno avanzaba sobre territorio comunitario a pedido de Estados Unidos, y los bolivianos que escuchaban a su alrededor lo acreditaron asintiendo en silencio, aunque con un visible fastidio. Ese bloqueo, como seguramente otros tantos que se desarrollaban en ese momento, era la consecuencia de un largo conflicto en torno a la hoja de coca y sus supuestas implicancias con el narcotráfico, que había llegado a su punto más álgido con la prohibición del cultivo y su comercialización a través de un decreto.

Recordé entonces que durante el mes de enero de 2002, la resistencia a esa medida había provocado varios choques entre soldados y cocaleros en la zona del Chapare, ante el intento de ocupación militar de los campos de cultivo en la zona central del país. Apenas había pasado poco más de un mes de los levantamientos en Buenos Aires que habían terminado con la presidencia de De la Rúa, pero la ebullición popular no era exclusiva de la Argentina. Del diciembre porteño, volví al flashback sobre mi enero de vacaciones en Bolivia y me vi leyendo la tapa de un diario en Uyuni que informaba, en dos recuadros de igual relevancia, la muerte de dos militares en choques con campesinos cocaleros, por un lado, y la muerte del sociólogo francés Pierre Bourdieu, por el otro. Una curiosa combinación que hablaba de mundos lejanísimos entre sí y de leyes tanáticas abismalmente diferentes. Lo cierto es que lo que consternaba a los medios masivos, y se había difundido a los comentarios callejeros durante ese mes, era la furia de los combates que habían provocado la muerte de cuatro soldados en lo que iba del conflicto hasta ese día. Claro que nunca llegó a contabilizarse con exactitud la cantidad de campesinos masacrados. La tensión por aquellos hechos frescos en la memoria parecía flotar sobre aquel paraje inhóspito donde de repente se mezclaban las máscaras de turistas, viajantes e indígenas. El Carnaval de Oruro no parecía que fuera a servir de tregua.

Bajé entonces del micro con la intención de acercarme a los manifestantes para conocer sus demandas por testimonios de primera mano. Mientras me dirigía hacia el bloqueo vi un tipo correr por la falda de un cerro paralelo a la ruta esparciendo un polvo oscuro en su camino. La pólvora siempre fue la herramienta de trabajo de los mineros de Oruro que, a lo largo de sus históricas luchas, también fue utilizada como instrumento de defensa. Antes de llegar a un grupo de indígenas que conversaba quise entrar en confianza con un comunario que pasaba caminando junto a los coches mirando hacia el interior a través de las ventanillas. Le pregunté sobre el reclamo que los reunía: pero sólo hablaba quechua y me mostró el machete. Volví al micro.

***

Hacía casi dos días que estaba sentado en un micro. La idea de volverme desde Cusco hasta Buenos Aires por tierra era la más barata, pero también la más desgastante y larga. Saliendo el jueves por la noche desde la capital incaica, había calculado tres días y medio de viaje, llegando el lunes a la mañana al trajín laboral porteño. Y aunque en ese contexto ya casi ni tenían importancia, las cuentas se me iban deshaciendo.

Aún no se sabía si había negociantes entre los pasajeros de los micros y los conductores de los coches que se habían acumulado en esas horas a uno y otro lado del piquete. Según comentó otro pasajero del micro que había salido de La Paz hacia Villazón, el sábado había sido el día elegido para bloquear la ruta porque evitaban cualquier tipo de represión.

–El ejército está de franco ahorita sábado, nos vamos a tener que quedar acá nomás hasta el lunes –susurró entre seseos resignados.

Cuando el hambre arreciaba, pasado el mediodía, bajé del micro nuevamente a comprar bananas de un camión que estaba varado con un acoplado desvencijado cargado de fruta: seis a un bolivianito. Una ganga que era la única comida del día, porque las pocas casas de Crucero que podían llegar a vender alimentos y bebidas habían cerrado sus puertas en solidaridad con el corte. Sin ir más lejos, los hartos racimos de plátanos volaron como un suspiro. Cinco bananas de tedio no fueron lo mejor en vistas de mi reciente intoxicación. De hecho, unos kilómetros antes de Challapata había tenido que poner el asiento a 90° porque si lo reclinaba me cagaba encima. La sexta banana la abandoné sobre el portaequipaje, encima de los asientos.

En el largo viaje que llevaba me había hecho amigo de Mariano, Rosario y Homero, que también rondaban los 20 años y volvían solos luego de sus respectivos viajes grupales por la ruta juvenil y manuchaísta de Bolivia y Perú. Teníamos que hacer pasar el tiempo porque no había indicios de que el bloqueo fuera a liberarse en el corto plazo. A pesar del poco sueño que llevaba me resultaba difícil dormir. Y el insomnio aburría. El resto de mis compañeros ocasionales estaba en la misma, así que matamos el tiempo como pudimos. Envido, quiero, veintiocho, son buenas, truco, no quiero, un diálogo soporífero y monótono que atentaba contra el momento lúdico de las cartas. No puedo ni mentir, dijo Mariano, precedido de un largo bostezo que coronó cabeceando el respaldo del asiento.

Por su parte, Rosario, estudiante de periodismo, estaba pendiente de saber si los negociantes de los que se hablaba eran tales. Nadie los había visto, y menos aún tratando con los manifestantes. Guiada por su olfato pre-profesional, fue a chequear ese rumor sobre negociaciones que se había extendido desde el principio del parate. Pero volvió con otros rumores que desmentían los anteriores y que también eran difíciles de confirmar. No se veían pasajeros en el piquete y parecía imposible acercarse a los comunarios o dialogar con ellos. Sumergida en su asiento, especie de confesionario improvisado, comenzó a hablar sin que nadie se lo pidiese de su relación con un batero de una banda de rock argentina de renombre. Una linda chica que exponía en vidriera sus desamores frente a tres espectadores varones hambrientos y hastiados.

–El tema es que anduve con un flaco en el viaje –dijo de repente con un tono falsamente preocupado, observando por la ventanilla el horizonte en suspenso, como su última oración. Crucé una mirada cómplice con Homero: los dos parecíamos estar pensando en preparar la misma carnada. Y sin embargo, la libido también estaba atemperada como en un vaso on the rocks. Aunque se estuviera por acabar el mundo, el espacio para el deseo estaba suspendido, todas las iniciativas para tornar un posible apocalipsis más colorido se agrisaban en la apatía, el cansancio y la tensa incertidumbre.

***

La espera continuaba. El telón de fondo altiplano en el que nos encontrábamos parecía servir de soporte a un cuadro de Brueghel. Un fresco intercultural de hormigas entremezclándose sin rumbo, buscando un rincón detrás de alguna piedra para responder a los llamados biológicos, corriendo chismes sobre lo que se discutía en el piquete, bailando involuntarios caporales al son de algún cartucho de dinamita que, en la pequeña quebrada por donde pasa la ruta, resonaba en un curioso eco musical.

El día se debatía entre nubes grises y el bostezo de un sol blanco. Yo en cambio me debatía entre la simpatía que me generaba la protesta y la imposibilidad de charlar siquiera con los protagonistas, más el malestar que arrastraba y, claro, el aburrimiento que la situación generaba. Continuar la lectura del libro que llevaba me resultaba más intrascendente que experimentar el embole de no poder intervenir frente a lo que pasaba detrás de la ventanilla. Para colmo, el frescor del altiplano se hacía sentir y como los choferes no querían abrir los baúles portaequipajes no podía sacar la campera que había dejado en la mochila.

Mientras Mariano y Rosario consiguieron apuntalar una siesta, me quedé charlando con Homero de la carrera de Música de La Plata que estaba cursando, de toda la música que íbamos a escuchar a nuestro regreso y de la alegría indefinida que sería sentarse a tocar la guitarra después de un mes sin ella. Y también de su nombre simpático que salpimentaba un poco esa odisea, no en un mar, pero sí en un país mediterráneo. Eso sí, evitamos el tema de los platos humeantes de comida para no alentar más crujidos estomacales. En un momento, dejó de lado su risa fácil y me miró serio.

–¿Sabés una cosa? –me dijo de repente, preanunciando algo no muy bueno. –En la Isla del Sol, en una zona arqueológica, encontré tirada una llamita de piedra tallada; y me mandé la cagada de agarrarla.

Esperó alguna reacción en mí, pero como me quedé impávido continuó:

–Cuando le conté al dueño del hostel donde paraba, el tipo se sacó. Me dijo que la devolviera a donde la había encontrado, que arrastraba alguna cosa así medio espiritual que me podía perseguir, ¿entendés?

–¿Y la devolviste? –le pregunté mientras mechaba mentalmente su relato místico con alguna maldición que nos hacía padecer esa demora en la ruta.

–Sí, la devolví, pero como estaba lejos del lugar donde la había encontrado, la dejé en la cima de un cerro de ahí cerca, entre las piedras.

En eso, una chica llegó al micro con la noticia –o bien un nuevo chisme que sumaba a esa ensalada de rumores y versiones de variado tipo– de que los indígenas habían endurecido el bloqueo porque un turista les había sacado una foto y los había desencajado. Hasta que no les den el rollo no desbloquean, informó, mientras todos se desesperaban por ir a buscar esa bendita cámara. Yo pensé en la maldita llama de piedra de Homero y tuve un sugestivo pero mínimo escalofrío. Casi una lastimosa autoinflexión emotiva. Agregado al divertido significado místico que podía llegar a encerrar el hecho de que estábamos en el día 2 del mes 2 del 2002. Me sacó de mis devaneos mágicos y escapistas el llanto de un flaco que resultó ser integrante del GEO de Jujuy, preocupado porque no llegaba a tiempo a su trabajo en San Salvador. A pesar de su histrionismo no recibió mayores compadecimientos. Por mi parte, yo debía llegar el lunes al laburo y ya no iba a ser posible. De todas formas, mucho no me importaba eso, sino el vértigo de estar a 4 mil metros de altura en una planicie seca. Y querer bajar de alguna manera.

***

Cerca de las cinco de la tarde bajamos del micro con mis tres amigos de viaje con la decisión de cruzar el piquete. Detrás de nuestro bus había alrededor de quince coches más, que preferían esperar una resolución in situ antes que regresar a hacer base en Challapata. Del otro lado del piquete y en el contracarril había menos micros, pero había que agotar las pocas posibilidades que teníamos de seguir viaje.

Luego de atravesar las primeras rocas, había otro grupo de piedras dispuesto de manera circular para la asamblea permanente que sostenían los integrantes del ayllu. Cuando atravesamos el bloqueo, los indígenas interrumpieron su discusión y nos dedicaron unas miradas silenciosas. Las llamas que pastaban a un costado de la ruta también levantaron sus ojos hacia nosotros. Volví a recordar la llamita de piedra homérica, pero seguir pensando en que toda esa situación era a causa de la desobediencia de algún oráculo no sólo era una postura egocéntrica, sino que desmerecía la lucha y la puesta en juego de los cuerpos en la protesta de esa comunidad kolla. Parecía que éramos los primeros en atrevernos a trazar una tangente en el círculo impenetrable de la asamblea. Una vez del otro lado, consultamos con cuatro o cinco choferes la posibilidad de que pegaran la vuelta e hiciéramos intercambio de pasajeros: que los que iban hacia el norte cruzaran a nuestros micros para volver hacia Challapata y que nosotros hiciéramos lo inverso. Pero resultaba ser una operación muy compleja. Ningún chofer nos contestó, o a lo sumo recibimos una negativa muda con la cabeza. Volvimos a nuestro micro con las manos vacías. Enseguida distintos grupos de personas comenzaron a cruzar el corte con las mismas intenciones.

A poco de haber regresado de la incursión del otro lado del bloqueo, comenzaron a verse movimientos de los comunarios. Iban dando gritos de un lado para el otro mientras se calzaban unos cascos de madera pulida, curvos y con la parte posterior alargada. A los que están cruzando el corte les robaron todo, nos dijo un uruguayo que viajaba con su novia. Y dicen que están abriendo los portaequipajes de los micros, concluyó. Miré ilusionado por la ventanilla el paisaje automotor dispuesto sobre la ruta, pero no pude ver nada de lo que los rumores afirmaban. Mi campera seguiría durmiendo en el baúl del bus.

Mientras tanto, la agitación seguía. Uno de las organizaciones que apoyaba el corte había tenido una disputa con el grueso de los manifestantes y se escaparon detrás de varias detonaciones de dinamita hacia el este. En la parte delantera del coche, un grupo de bolivianos charlaba junto a la puerta sin perder ningún detalle de lo que pasaba afuera. Allí estaba Raúl, que llevaba la voz cantante.

–Este ayllu nunca fue conquistado –dijo con expresión de seriedad hacia los turistas curiosos. –De hecho esos cascos de madera que tienen puestos son copias de los cascos de metal que llevaban los españoles. Y en el Tinku se emborrachan y se matan a las trompadas –sentenció con una severidad que pretendía ocultar o compartir el miedo que sentía.

 –Y por qué no volvemos a Challapata –consultó entre palabras y hojas de coca uno del mismo grupo al chofer del micro.

–Cortaron el paso de regreso también –le respondió sin perder la calma su compatriota, también chajtando unas hojas. La comunión de la coca, origen velado del bloqueo, estaba presente en el escenario del conflicto como un indiferente y tímido susurro de autoafirmación.

A medida que el sol intermitente se escondía detrás de los cerros y la noche se avecinaba, se oían más frases cargadas de preocupación. La acumulación de tensión llegaba a su tope. Bajé una última vez, sacando mis brazos de las mangas del buzo para abrazarme por dentro y mitigar algo de frío, y miré a través del piquete. La ruta se enderezaba en la altiplanicie y la perspectiva dejaba ver una leve pendiente ascendente hacia el horizonte sur, en el que los cerros se dispersaban. La meseta de Vilcapugio, por donde un Belgrano afiebrado de paludismo había tenido que huir de los cañonazos realistas en 1813, se desplegaba anunciando una nueva batalla.

***

El ejército llegó con las últimas luces del atardecer, del lado izquierdo del micro. El primer indicio de su arribo fue el repliegue de los vigías que dominaban los cerros. Ya no se veían personas rondando los coches afuera. La famosa calma previa al ciclón, comentó profético Homero, pero no me daba ni para sonreír. A través de un altavoz, los milicos instaron a los indígenas a que liberaran la ruta. Miré por la ventanilla hacia atrás, donde el camino caracoleaba. La hilera de soldados a pie y camiones militares emergió por detrás de la curva hacia Challapata y sentí una mezcla de contradictorio alivio. No hubiera querido jamás esperar que los milicos vinieran a resolver un conflicto en el que me veía afectado. ¿Iba a tener que agradecerles? Y, peor aún, ¿agradecerles una probable represión? No había indicios de que fuera a existir un diálogo con los qaqachaca. Además, por todo lo que se había contado durante el día era mejor que ni aparecieran. Eso daba para quilombo en serio.

Una turista corrió la cortina de la ventanilla y tomó una foto del contingente militar que se acercaba al bloqueo y a los coches, en un rapto de éxtasis que parecía querer menos atesorar una imagen de ese momento que violar la prescripción fotográfica que había sentenciado la asamblea indígena. Enseguida apareció un soldado que se adelantó a su grupo alertado por el flash y golpeó el vidrio:

–No tomen fotografías –gritó. Y de paso pidió que corriéramos las cortinas, con las consecuentes reprimendas de los pasajeros hacia la fotógrafa incontinente.

–Ya ve lo que pasa, niña –dijo para sí, casi imperceptiblemente, una chola que viajaba en el asiento detrás del mío, ataviada con un saco y un sombrero negros.

–Quédense quietecitos los gringos que el bloqueo controlado está –comentó la otra mujer que se sentaba a su lado, entre bolsas de aguayo con mercadería para vender en la frontera.

–Ya era hora que llegaran, pues –dijo apoltronándose en el asiento a su mujer un coterráneo de los soldados y de los indígenas.

–Esto no va a terminar bien –me comentó Rosario, mientras Mariano, que se había ido a los asientos de adelante del coche giró para mirarnos con un gesto que tampoco auguraba buenas expectativas. Volví a recordar los enfrentamientos de enero y la saña con la que los capitostes del gobierno y del ejército habían informado que iban a perseguir a los responsables de las muertes de los soldados.

Dentro del micro, los militares parecían los salvadores de la situación para algunos de los viajeros. Pero para otros inspiraba una mayor desconfianza que la que habían manifestado sobre los indígenas. ¿A qué precio iban a liberar la ruta?

Pocos minutos después cayó el primer cartucho de gas, justo al lado de mi ventanilla, para dispersar a los bloqueadores. Los mismos gases que hacía poco más de un mes había aspirado por primera vez en la Plaza de Mayo (piquete y cacerola...), el mismo picor en la garganta, sólo que ahora no me sentía partícipe de nada. Una especie de déjà vu que repetía el aspecto formal, pero donde la geografía y los protagonistas eran distintos. Yo tan sólo era un triste y eventual espectador de una represión rural en el medio del Alto Perú, lejos de las diagonales porteñas y los bancos incendiados. Sentí la otredad a flor de piel.

–¡Miren eso! –dijo con sorpresa Homero, señalando hacia la derecha del micro. Los qaqachaca se habían subido a la cima del cerro, a unos cincuenta metros de altura. Allí se formaron en una hilera de cara a la ruta y al ejército, a lo largo de la plataforma montañosa. Los colores de las vestimentas salpicaron la postal enmarcada por la ventanilla del micro, digna de una película de Sanjinés; rojos y fucsias y azules y turquesas y amarillos y verdes absorbían los últimos rayos ocres del sol y le daban un tinte nuevo al paisaje, que contrastaba con el fondo del cielo encapotado. Del otro lado del micro, tras las cortinas de las ventanillas se difundía la cortina de gas lacrimógeno. Hubo un breve momento de tregua y reposicionamiento hasta que los indígenas, desde el cerro, empezaron a proferir sus gritos de guerra y a armar sus hondas, coronados con esos cascos de madera parecidos a los españoles. El cuadro me generó ese nivel de extrañamiento que puede provocar la experiencia de una situación ficticia, como un sueño o una película; esa sensación volátil vino cargada de algo más tangible, una resaca de temor que los hechos de diciembre en Argentina no habían alcanzado. Acá no íbamos a presenciar una protesta de globalifóbicos o de ahorristas afectados por el corralito. Y nadie iba a poder registrarlo.

Luego de los gases, desde la izquierda del micro se oyeron los primeros balazos de goma. Y enseguida una lluvia de piedras respondió desde el otro lado. Muchas impactaron contra el coche, que servía de barricada para el ejército. Inmediatamente, todos los pasajeros tuvimos que tirarnos desde los asientos al pasillo, cubriéndonos las cabezas con lo que hubiera a mano.

Una explosión de dinamita más cercana que las que habían musicalizado el día agitó un poco más los ánimos. La pólvora de los mineros, lejos de horadar las vetas metálicas en las entrañas de una montaña, atronaba la meseta a cielo abierto, buscando volar algún casco o al menos amedrentar a los militares.

Pero no hubo nada de eso. Desde mi ubicación en el pasillo, aplastado por la cholita que había estado sentada detrás de mí y se había arrojado desesperada en el lugar más cercano y protegido que encontró, escuché que los disparos eran más secos y silbantes. De la goma al plomo no hubo escalas. Y ahí se escucharon más gritos, tanto fuera como dentro del micro. Mi pierna estaba trabada por el cuerpo pulposo de la mujer, así que me resigné a permanecer quieto, con la cara sobre la alfombra de goma mugrienta, surtida de franjas paralelas que marcaban la piel. Alcancé a ver a Homero en la misma situación, ciego frente al piso, entreverado en una maraña de brazos, piernas, troncos y cabezas que parecían especial y mecánicamente dispuestas para una orgía. Intenté no desesperarme, relajé mi cuerpo y puse la mente en blanco, tan sólo aguzando el oído para escuchar los pormenores de una batalla desigual que se plasmaba en el celuloide de mi imaginación. Otra vez, como la noche anterior en la que habíamos llegado al bloqueo, debía guiarme por la confusión de los sentidos.

Imaginé a los indígenas parapetándose entre las piedras del cerro, esquivando las balas; los militares dividiéndose, unos subiendo a los tiros al cerro y otros metiéndose entre las casas; las mujeres corriendo con sus guaguas a cuestas; los militares entrando a las casas de adobe que ni puertas para patear tenían; los qaqachaca arrojando las últimas piedras, un diálogo bélico de repente trunco; los qaqachaca en el piso, inmovilizados bajo la punta del fusil; los llantos de los niños; una decena de indígenas caídos en la tierra seca, la pacha sagrada humedecida por una imprevista ofrenda de sangre. Los disparos. Los gritos. O tal vez todo fuera muy distinto, y menos lamentable. Y así las imágenes de mi mente me permitían ver otros finales: una retirada de los qaqachaca, un traslado del escenario de la batalla a una zona más apartada donde acordaban una paz improbable, la dispersión y el regreso de los militares para liberar la ruta y volver a sus casas de adobe, tal vez de ladrillo, en el pueblo o la ciudad.

Un rato después de la balacera, la confusión sonora se fue acallando en la oscuridad de la noche recién llegada. La negrura se tornaba cómplice de la forzada discreción militar. Las voces de guerra se habían retirado por detrás del cerro de la derecha, y apenas se escuchaban algunas órdenes castrenses abajo en el caserío. Poco a poco el pasaje fue incorporándose. Permanecí parado un momento, expectante, esperando una señal. Recién ahí sentí las palpitaciones retumbando dentro de mi pecho, cuando un milico de rasgos indígenas subió al micro y pidió que los ayudáramos a sacar las piedras del camino. ¿Tendría ascendencia de algún pueblo originario de esa región? Seguramente ni le importaba. Como la mayoría, volví a mi asiento y allí me quedé estaqueado y alerta. A esa altura quería seguir viaje, pero tampoco me iba a prestar a ser colaboracionista. El soldado se quedó observándonos uno a uno y descendió del ómnibus. Dos hombres se miraron entre sí y bajaron detrás de él. Cuando uno de los tipos que fue a despejar la ruta volvió, accedimos a una nueva cuota de rumores que circulaba afuera.

–Parece que hubo muertos –le dijo al chofer desempolvando su campera de cuero. Por detrás de la ventanilla apenas se alcanzaban a ver algunas sombras corriendo entre las casas de Crucero. Y el contorno de los cerros recortando el cielo violáceo.

Luego de veinte horas de bloqueo, el ómnibus atravesó ese mojón desacoplado, cruzándose con la fila de coches que venían por el otro carril. Esperé ansioso y pesimista a que se detuviera nuevamente, que otro piedrazo nos hiciera retroceder. No podía ser que estuviéramos en camino nuevamente, así de repente. Resultaba extraño haber pasado de un estático y largo involucramiento visual a una precipitación de los hechos que me arrancaba de un escenario en el que nada había podido hacer y en el que, por lo tanto, no podía haber quiebre alguno. Tenía que convencerme de que la vocación de heroísmo diferida era una estupidez. No se trataba de estar o no a la altura de las circunstancias para justificar esa parsimonia ante lo sucedido, sino de lo accidental e involuntario de la situación y de que no había sido más que un eventual viajero bloqueado. Además, tampoco me iba a estar haciendo el guapo en territorio ajeno. Pero me costaba desentenderme tan fácilmente: había sido un testigo pasajero y fugaz de algo que no sabía todavía bien de qué se trataba. Dentro del micro reinaba el silencio y la penumbra. Ya no veía a mis amigos, pero los podía reconocer atravesando ese mismo silencio testigo de quien vio y escuchó cosas, aún demasiado frescas para reconstruirse. Intenté relajar mi cuerpo de las tensiones que lo habían enervado imperceptibles y volví a sentir frío y hambre. Todavía quedaba un largo viaje por delante. Pero por detrás también quedaba algo, una necesidad de saber, una falta, una impotencia, un dolor. La luz de la cabina del chofer se apagó y, acelerando sobre la recta de asfalto, el coche se metió en un banco de niebla mientras yo caía rendido a las brumas del sueño.

***

Renacer de Bolivia, de Buenos Aires (marzo de 2004): “Sangre en Killakas Asanajaqis. Recuerdan un episodio histórico que marca el camino de retorno al poder (…) La lucha por la tierra y el territorio, fue la causa de la movilización del 2 de febrero de 2002, la nación Jatu Killakas Asanajaqis, conjuntamente con sus autoridades originarias y sus bases, iniciaron acciones en el sur del departamento de Oruro, bloqueando la carretera Oruro – Potosí en la comunidad de Crucero. Por entonces el presidente del gobierno boliviano Jorge Quiroga Ramírez, ordenó que los organismo represivos de la Policía Nacional y el Ejército, se unieran para la contraofensiva que culminó en la “Masacre de Crucero”, aproximadamente entre 70 y 100 efectivos dispararon armas de fuego contra las reivindicaciones del pueblo originario, cuyo resultado fue el fallecimiento del líder Facundo Barcaya y los [diez] heridos (…) hoy considerados héroes de la Nación Jatun Killaka Asanajaqis. Este hecho ha marcado un hito en la historia de los pueblos originarios y como consecuencia de ello las autoridades originarias de JAKISA en coordinación con el Ministerio de Asuntos Indígenas y Pueblos Originarios con el objetivo de recordar la fecha de la masacre como una fecha histórica Indígena, el 2 de Febrero del presente año en la Comunidad de Crucero (a 30 km. de Challapata, carretera Oruro-Potosí) se realizó el segundo homenaje al héroe caído, Facundo Barcaya, y a los heridos de la “Masacre de Crucero” del 2 de Febrero de 2002 y entrega de monumento (…)”.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cravan, Bolaño y Villa

1918, año de la peste. El norte mexicano se sacude con un brote de influenza española. En aquellos años de revolución sin final aparente, los planos de la realidad y la ficción se entreveraron fugazmente para perderse enseguida en ese desierto gigantesco, tajeado por un río-frontera. Frontera artificial que atraviesa un submundo tan parecido a la vida y a la muerte. En ese espacio de inmensa soledad, los testigos fueron apenas un puñado de rumores helados de arena y viento que atizaron el fragor de los mitos.

Todo desierto es una usina de historias, leyendas y narrativas; una fuente de imaginarios. En el caso mexicano se constituye como un polo magnético de misterios y espejismos, a veces difíciles de acreditar; una especie de triángulo de las Bermudas que subsume a personalidades de fuste, un terreno mágico que combina con una solución de continuidad trayectos ajenos entre sí, devenires extraños que en un fogonazo adquieren una significación de conjunto.

En ese apestoso '18, Pancho Villa ya había disuelto la División del Norte y se había reorganizado en guerrillas fragmentadas, cuyos fantasmas famélicos cabalgaban el desierto con golpes rápidos y el único objetivo de abastecerse. Como en sus viejas épocas de bandolero, Villa se desvanecía cada vez que una partida del ejército carrancista lo rastreaba, sin perder el don de la ubicuidad que un día lo hacía en una o en varias ciudades, y al siguiente lo localizaba a varios kilómetros de allí. Y cruzaba el Río Bravo según le diera la gana o la necesidad, ante los ojos ciegos de la patrulla punitiva estadounidense. Conocía tanto ese territorio que, para él, a la vez era un mapa en sí mismo. El desierto es el mejor lugar para desaparecer.


Por esos días, ser gringo en México suponía una inversión importante de bravura. Arthur Cravan, el multifacético sobrino de Oscar Wilde, sin haberse preocupado demasiado por los sucesos que tenían en vilo al territorio mexicano y a sus vecinos estadounidenses, desapareció a fines de 1918 en México, justo cuando la guerra de la que era fugitivo llegaba a su fin, y dejó tras de sí una estela interrogante. Sus oficios de poeta y escritor precursor del dadaísmo, boxeador itinerante, crítico sin edulcorante, nómade escapista del reclutamiento de la Gran Guerra y performer nudista y suicida le dieron el tono colorido y de culto, que coronó con la incógnita de sus últimos días. Algunos dijeron que se perdió en el Golfo de México, mientras navegaba en un bote precario con destino a Buenos Aires, donde su esposa lo esperaba. Pero en el reciente libro editado por Caja Negra que recopila los textos de su revista Maintenant la cual, a la manera de La última moda de Mallarmé, escribía íntegramente con distintos heterónimos se sugiere que la policía mexicana reportó el hallazgo de un cadáver que se correspondía con las características de Cravan en cercanías del Río Bravo. La frontera, ficticia como todas, alimenta ficciones y engulle vidas.

Cinco años antes había desaparecido el también escritor estadounidense Ambrose Bierce, quien, a diferencia de Cravan, tuvo un contacto más cercano, aunque efímero, con los hechos de la revolución. Septuagenario, el autor del antológico cuento "Un puente sobre el río del Búho" cruzó voluntariamente a México para tentar a la muerte y, según se sabe, estuvo presente en la batalla de Ojinaga del lado villista. Allí, las versiones más contemporáneas señalan que, posiblemente, haya sido alcanzado por una bala de esas que no llegan a escucharse. Pero las certezas se disipan, los testimonios se contradicen y el borde septentrional latinoamericano, raíz nudosa de luchas inmemoriales, matriz de confusiones y equívocos, se ramifica desde esa primera revolución del siglo XX hacia el sur, a la manera de un árbol dado vuelta, tal como la América invertida de Torres García.


A través de los años y ayudados con una lente arqueológica, aquel 1918 se expresa, en nuestros días, paradigmático en su silencio sepia. Este particular cruce de la literatura con los hechos históricos, sus protagonistas como carnada de los sucesos que sellaron el destino de la América Latina novecentista en el actual territorio dominado por el narcotráfico, de un lado, y por los asesinos de "espaldas mojadas" del otro, no deja de ser significativo. Aún más con el escenario ominoso de la soledad, principal factor para el anonimato, las huidas y las desapariciones. Así, el desierto, como la pampa argentina o los llanos venezolanos, que para muchos iluminados fue residencia natural de la barbarie personificado en el caso mexicano por Pancho Villa, se convierte en el destino deseado de los escritores que buscan hacer camino y borrar sus huellas con un rastrillo atado a la cintura.

Pero si apretamos el punto y tejemos más fino, también hallamos que la producción literaria estableció una serie de nexos tácitos entre los personajes descriptos de aquella época agitada. En algunos casos, hasta podemos pensar que aquellos fugitivos fueron utilizados como actantes para la construcción de nuevos personajes. Así, no sería inmotivado tender un puente entre Cravan con los escritores enigmáticos y huidizos que creó Roberto Bolaño en sus novelas Los detectives salvajes y 2666, Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi. ¿Acaso Cravan y su difuminación no es el antecedente de esos escritores ficticios que son intensamente buscados por sus admiradores como oasis en un desierto hostil? ¿Se puede regresar de un auto-exilio nómade de ese territorio arenoso, salino y cactáceo, al menos, como espejo o ficción?

La búsqueda en el desierto y la complementaria necesidad de perderse se refuerzan con el anonimato que otorga el seudónimo. No por nada Arthur Cravan era Fabian Lloyd; y Pancho Villa, Doroteo Arango; y Benno von Archimboldi, Hans Reiter. En el caso de Tinajero, la escritora ficticia de la revolución mexicana que Arturo Belano y Ulises Lima buscan denodadamente por el desierto de Sonora, su pasado solapado se encuentra en la historia real. La poeta gráfica del real-visceralismo fue inspirada en otra poeta, Concha Urquiza, quien, para continuar cerrando el entramado trágico, murió ahogada en el límite oeste con Estados Unidos.

Hoy, a casi cien años de aquellos desacertados cruces e infortunados destinos que se tendieron a lo largo de las dos márgenes del Río Bravo, el desierto pasó de ser un lugar de fuga voluntaria para perderse de los perseguidores, a un cementerio a cielo abierto cuyos sepultureros ya no son batallas o pestes, sino femicidas, narcos y patrullas fronterizas, que exprimen los cuerpos ya explotados en las maquilas. La frontera ya no es un capricho rumoroso de la naturaleza como un brazo de agua, sino la muda presencia de un muro, frontera por excelencia de la estupidez humana. La terra incognita contamina de interrogantes a todo aquel que se pierde por sus caminos sin trazar, para no ser encontrado, o para encontrar la muerte, que es casi lo mismo. Y allí, la certeza más evidente recae en un sinsentido polvoriento. ¿Qué hay detrás de la ventana?




lunes, 10 de enero de 2011

Postales purmamarqueñas

Sobre el final de la calle, tres cuadras hacia arriba, podía verse una silueta que avanzaba hacia nosotros con paso lento, dificultado por brumas que a la distancia se hacían insospechables. Su acercamiento sólo era perceptible por el mínimo y gradual crecimiento de su sombra, flanqueada a ambos lados por las casitas de adobe encaladas y alineadas como si fueran de juguete. Nosotros, mochileros recién llegados a Purmamarca, gringos sin más, descansábamos en una esquina a la espera de que el sol bajara un poco. Sobre la pizarra mágica celeste que nos observaba en plano cenital se dibujaba algún tímido garabato que enseguida se esfumaba. La silueta del hombre, en cambio, se hacía más nítida bajando por la calle terrosa y polvorienta, pero a un ritmo aún más cansino que el que las nubes se tomaban para desaparecer. Mientras nos disponíamos a ir hacia la plaza, ritual iniciático de cada pueblo al que llegábamos, algo en esa marcha arrastrada me dio a entender que el hombre atravesaba el silencio solitario del mediodía purmamarqueño para pedirnos algo.

Cuando llegó a donde estábamos, por fin, el sol le daba de lleno y pude verlo mejor: pantalón del color del suelo terroso, alpargatas fosilizadas, camisa blanca arremangada y un cigarrillo apagado y alicaído descansando en su boca. En su mano derecha, su dedo índice agarrotaba el asa de un jarro de loza abollada. En la izquierda, apoltronada contra su cadera, sostenía una botellita de alcohol de farmacia, la panacea que muchas veces envuelve la rutina de carencias y atribulaciones. La chicha se me difuminó entre otras imágenes idealizadas y estereotipos culturales que suelen vender las guías turísticas. Siempre la realidad es más cruda. En el norte están las bodegas cafayateñas para el turismo clasemediero, pero también están las farmacias para remediar las penas que ese mismo turismo no sutura.

El ekeko deshojado permaneció impávido, pero acusando el esfuerzo de esas tres cuadras transitadas en diez largos minutos, como un camello que hubiera atravesado un desierto y ahora estuviera espejándose en nosotros, su oasis de turno. Nos interrogaba con una nube personal destilada en los ojos hinchados, cabizbajo y en completa quietud. Los cuatro nos quedamos expectantes. El don, machado hasta la joroba, alcanzó a farfullar algo sin liberar el cigarro de sus labios. G. distinguió el gesto y sacó el encendedor de su bolsillo. Se acercó al hombre con poca convicción y, con la duda entreverándole los dedos, le prendió el cigarrillo. El tipo, sin decir nada ni hacer gesto alguno, siguió camino tal como llegó, con su jarro, su botella y el pucho sin salir de su boca. G. se volvió hacia nosotros, que estábamos todavía palpitando la escena y rompió el hielo aveloriado con una sonrisa.

Tenía miedo de que se prendiera fuego.

***

El famoso binomio antes y después, como marcador de un mismo objeto, sujeto, lugar o situación en dos instancias temporales distintas, se utiliza para dar cuenta de cambios, mutaciones, desplazamientos que no podrían ser advertidos, evidentemente, en la contemplación diacrónica, en el devenir inagotable; y, seguramente, tampoco de un día para el otro.

Diez años después, declaración de patrimonio de la humanidad por parte de la Unesco mediante, la Quebrada de Humahuaca cambió como muchacha que pasó por Slim. Purmamarca, el pequeño pueblo jujeño que alberga al famoso Cerro de los Siete Colores y es cuna del músico Tomás Lipán, por ejemplo, ya no es lo que era. No sólo por las diferencias que pueden exponer dos fotos de la misma calle, tomadas desde el algarrobo milenario que vigila a la pequeña iglesia del lugar. Los hoteles de cuatro o cinco estrellas que se construyen en la entrada del pueblo le dieron una nueva fisonomía. Los injertos de concreto preanuncian una nueva era que entierra a la del adobe. Mientras tanto, el suburbio crece, no sólo por los alojamientos deluxe, sino porque los mismos pobladores se ven muchas veces obligados a vender sus propiedades para retirarse a las márgenes del pueblo (tal como puede suceder en nuestra megalópolis, pero a menor escala).

Turismo es poblar. Habitantes fugaces que se renuevan una y otra vez para que el hormigueo no pierda su caudal. Turismo es cotizar. Negocios inmobiliarios expulsivos que institucionalizan una temporalidad ajena y homogeneizante sobre el territorio que hasta entonces había permanecido solapado, invisible, mudo, pero con una potencia propia: el comercio permanente y el ulular visitante sobre espacios vírgenes de modernidad también son recursos que un estado-nación marchito utiliza para insuflarse un poco de aire culturalista nuevo.

Purmamarca, enero de 1999

Purmamarca, julio de 2008

martes, 13 de julio de 2010

Nomadismos internos

¿A dónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos?
¿Al toldo vecino que dista cuadras? Irá a caballo.
¿Al arroyo, a la laguna, al jagüel, que están cerca
de su misma morada? Irá a caballo.
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles

¿Dónde van los ayacuchenses cuando salen de sus casas? ¿A la farmacia, a la panadería, a la San Miguel, a dar la vuelta del perro? No importa dónde, pero sí importa cómo. Porque donde se vaya, sea a una punta del pueblo o sea al kiosco de la esquina, se saca el auto en la mayoría de las ocasiones. Claro, siempre y cuando se cuente con coche o con chata. Porque si no, existe la bici. La movilidad motora sirve para pispear quién anda por los barcitos y saludar a algún transeúnte aventurado o hasta a quien no se conoce más que de vista, tal vez sólo de cruzarse una y otra vez en la calle. Además, no vaya a ser cosa de hacer de las anchas veredas una peatonal Florida cualquiera. ¡Nooo, zi…!

Cuando cae el sol, entre la merienda y la cena, los autos salen en manada; un rebaño que repite el ritual sin sacrificio del éxtasis móvil y motor. Y quizás ésta sea la característica más propiamente urbana del pueblo. Las horas pico de la vuelta del perro, en las que los habitantes pueblan las calles en busca de sociales casuales y efímeras, tornan al tráfico de las cuadras céntricas, donde se encuentran la mayoría de los bares, en un pulular de lento rodar de coches y embotellamientos de miradas y chismes.

Ese puñado de confiterías que hacen la escenografía de fondo del paseo tienen larga historia y sirven de posta transitoria para los pobladores, según las generaciones y los horarios. La Buen Gusto es la más antigua, en la esquina de Irigoyen y Sáenz Peña. En épocas de aguantar el mostrador marmolado con una buena caña, bajo los tubos de luz blanca y la atención de mozos de fábula, supo cobijar un entrepiso con billares para enpolvar tacos. Pero luego de permanecer cerrada durante la década menemista reabrió con una lavada de cara posmoderna. Su renovado espacio de luces amarillas y cálidas sirven para las previas bolicheras de la juventud, o para el copetín pre o post cena de quienes prefieren el sedentarismo.

Gulliver es la otra confitería clásica, generalmente para un público más maduro, aunque variable, en la esquina de Irigoyen y 25 de Mayo. Permanece abierto durante la casi totalidad del día, aunque sólo haya un parroquiano acodado y encara(ma)do sobre la barra, tejiendo un garabato de baba turbia sobre la madera, al lado de su quinto scotch vacío. Es también el bar del copetín mañanero de los muchachos, antes del almuerzo, momento de jolgorio machote en el cual muy difícilmente pueda verse una mujer atravesando la puerta vaivén.

Las mesas que están en la vereda de La Buen Gusto y de Gulliver sirven de tribuna y vidriera hacia la calle (el famoso voyeurismo exhibicionista). La vuelta del perro, como decíamos, actualmente se hace sobre cuatro o dos ruedas. Y es necesario mantener el perfil hacia los paseantes para no perder ningún detalle ni la posibilidad de regalarle un adiós al muchacho o la muchacha prefijada. La automovilización del levante permite ese acercamiento fugaz que, en el caso de que no sea recíproco, se convertirá en indigna retirada con un leve apoyo del pie en el acelerador. Pero si hay un mínimo gesto complaciente de respuesta del otro lado de la ventanilla (para el cual habrá que contar con una importante capacidad de atención), no queda otra que volver a dar otra vuelta. Y así.

Pero más allá del tanteo persona a persona desde los coches hacia el exterior, también existe un momento para estacionar y entremezclarse en un espacio que sea más o menos del palo y donde haya más o menos gente acompañando el momento. Para lo cual, los autos realizan un estudiado y minucioso peritaje bartolo para estacionar en el lugar más propicio. De esta manera, se puede arribar hasta la esquina reservada para los teen, los veinteañeros y los treintañeros que se le animan a la caravana (y hasta cuarentones [a propósito, ¿no es despectivo que a partir de los cuarenta el sufijo sea tones y no añeros?]). Históricamente conocido como La Vieja Esquina, en 25 de Mayo y San Martín, después llevó los nombres de La Jirafa, Huija y, actualmente, el más atemperado El Pueblito. Ya no es el barcito-boliche que supo ser, donde tocaban bandas y se armaba el cachengue rumbero hasta eso de las cinco o seis de la matina, hora en que era necesario aprontarse para el dancing propiamente dicho. Porque la noche queda más corta que patada de chancho, y muchas veces termina a la hora de poner el lechón en el asador.

El autobar-tour ayacuchense concluye en un boliche reservado para el pueblito cumbiero, sobre la calle Irigoyen, a mitad de cuadra entre 25 de Mayo y Sáenz Peña: es el ex Las Tinajas y actual restó Tiro Loco, que, según el mito, cada tanto regala sucesos de -precisamente- tiros, líos y cosa golda. Y, sobre todo, de autóctonos facones. La estética mexicana termina de darle un aire sonorense o chihuahueño al lugar. Las supuestas trifulcas a veces generan cierto recelo entre algún que otro vecino del bar, como pudo escucharse recientemente en la fila de un kiosco. Y las clausuras no se limitan al pub mexicano-ayacuchense, sino que las sufren todos los boliches por igual, sobre todo por hechos menores. Tal vez imaginando una improbable y prejuiciosa alegoría con un bar de Ciudad Juárez donde suenan narcocorridos, acusen a Tiro Loco de albergar a los transas del pueblo y aledaños; aunque en ese hipotético caso también terminarían haciendo la vista golda. Si total nos conocemos todos.

martes, 20 de abril de 2010

La frikeada del Ternero


El último 9 de abril, Zulma Lobato debió haberse presentado por la noche en un fogón de la Fiesta del Ternero, en Ayacucho. Pero sucesos acaecidos en la porteña Ciudad Gótica ese mismo día privaron al pueblo congregado de su tan ansiada presencia.

Fogón de la Fiesta del Ternero, Ayacucho - Exterior - Noche

Un grupete de jóvenes espera impaciente en la puerta del suburbano fogón "El loro y el ratón" a que el anuncio del pasacalle se haga carne en el asador.

Renato: Che, Zulma se está haciendo rogar, no vine desde Madariaga para esperar tres horas su show.

Ernesto: Sí, yo también le dije adiós a Las Armas por este fin de semana para ver a la Lobato, mi abuelo siempre me habló de ella. Actuó en las de Olmedo y Porcel y le decían "cintura de avispa". Si todavía la mantiene estos 60 km. van a haber valido la pena.

Teo: Más las diez cuadras que tuvimos que caminar desde la Solanet hasta acá, cada vez corren la fiesta más lejos del centro.

Miguel: Sí, bato, con lo que me gustaba mear los portales de las casas, calculo que trajeron la fiestonga para el borde del campo por eso. Se pierden del servicio de riego. Y después se quejan de la sequía.

Venancio: Igual me parece un poco... transfóbico esto de haber corrido la fiesta fuera del perímetro del pueblo, de la Solanet a la avenida Italia... justo cuando viene Zulma, ¿lo pensaron, chicos? Eso deja entrever indicios de discriminación contra las personas trans por parte del municipio. ¿Y por qué no la invitaron al palco del desfile con el intendente? ¿Y por qué no la eligen Reina del Ternero honoraria?

Ruben (irónico): Acá hay gato encerrado.

Venancio (indignado): ¡Qué machistransfóbico!

Miguel: Uh, bato, pintó Borges. Haceme el favor y volvete a la facultad con tus intelectualidades de broli. Andá, semioticólogo de postal. Miren, ahí se está juntando gente frente la casa ésa. ¡Debe estar Zulma in Love adentro! ¡Eeeh, Zulma!

El grupo de veinte personas permanece durante quince minutos mirando absorta el frente de la casa, donde no parece haber movimiento alguno.

Ernesto: Che, me preocupo, ¿les habrá pasado algo en el camino? Todo el pueblo está pendiente de este momento. Después de León Gieco, Divididos y la Bersuit creo que es la visita más ilustre de los últimos años. ¡Con lo que me gustaría ver un espectáculo de revista!

Ruben: ¡Seguís con eso! La Nélida Lobato ya pasó a mejor vida. Esta es Zulma, y todavía tenemos la suerte de poderla disfrutar. (Rascándose la cabeza) ¿A propósito, qué es bien lo que hace?

El tiempo pasa y las copas también. Luego de algunas horas amanece. El escenario es un cementerio de botellas sobre el que nuestros amigos se mueven con dificultad.

Teo (hipando a troche y moche): Shé, qué fiashco (hic) lo de Nélida Lobé, ¿Lobé era?

Renato (pensativo): Lobato in love... lo bato a baño maría... ¡je! Digo, a baño zulma.

Miguel (levantando su dedo índice mientras mea el portal de una casa): A baño nélida, bato. Lo baño a bato... (Tocando el timbre de la casa sin interrumpir el riego) ¡Señora! ¡¿Me deja pasar al baño?!

Ernesto (despertando de un sueño turbio): ¡Aujuuuum! Ey... shhhhigos, agá en el sueño be dijjjjeron que hubo bardo en Buenos Aires con la gobpañía y suspendieron el viajjjjje. Creo que hubo murra entre Juan Garlos Thorry y el cineasta Kieslowsky y el mago Mandrake. Y creo que en el sueño también estaba el hermano de Gustavito López, ése que jugaba al fútbol, y algún artista del catch más.

Mientras tanto, en Ciudad Gótica...



lunes, 12 de abril de 2010

Adiós a Las Armas


martes, 9 de febrero de 2010

Las llamas que llaman


Llama un resplandor
ya están en la esquina
templando el tambor
y corre la lija
y crece el barullo
y arranca la clave
parece que largó.
Jaime Roos, "El tambor"

Las Llamadas de Montevideo veintediez fueron otra vez la apoteosis del extenso carnaval uruguayo, el momento del año en que se suspende la rutina; el espacio donde, según Bajtin, los roles de la sociedad se subvierten, o mejor aún, deberían subvertirse. Porque lamentablemente el carnaval ya no es lo que era. Cuando la fiesta se mercantiliza, se masifica selectivamente (confrontar si no con el carnaval de Río de Janeiro). Es decir, sólo pueden entrar y ver el desfile algunas masas. La calle Isla de Flores, por donde desfilan las comparsas, cumple con el requisito de ser angosta y encajonada para que el repiquetear de los tambores no pierda sonoridad. Pero entre las gradas y los asientos numerados no hay mucho más espacio para acomodarse en las veredas de las casi diez cuadras por las que se desarrolla el desfile. Entre las personas que quedaron agolpadas en las bocacalles transversales a Isla de Flores intentando ver al menos el flamear de las banderas en puntitas de pie, impedidas por la policía, las vallas y la cantidad de gente congregada, se llegó a escuchar una frase contundente: Después dicen que esto es popular.

Como consuelo nada pequeño todavía pueden verse los preparativos de este lado de las vallas. Ese momento auténtico que relata el cronista Jaime Roos, donde las lonjas se templan al calor de un fueguito, las caras se pintan frente a las ventanillas de los autos estacionados y las mama viejas empinan alguna botella de coca y se mezclan con el resto de las personas que pululan impregnándose de la carne carnavalera. Allí pudo verse a Páez Vilaró y a Cachila aprontando la salida de Cuareim 1080, una comparsa que homenajea al conventillo Medio Mundo, ubicado en dicha dirección y demolido por la dictadura el 3 de diciembre 1978 (día en que actualmente se celebra el Día del Candombe). Un conventillo donde se templaron los ritmos afroamericanos a fuego lento y que fue espacio exponencial de la cultura negra y cuna de la comparsa Morenada. Y hasta fue escenario de la obra Cachafaz, de Copi, esa oveja negra de una familia noble, oriental y mediática como los Botana.

En fin, una vez más se volvieron a escuchar los cueros en los barrios Sur y Palermo de la otra orilla, la del otro monte, además de las voces murgueras desde los tablados de la ciudad montevideana. Y de este lado del río no estaría mal seguir el ejemplo charrúa y volver a caer en las garras del hedonismo popular. Habría que interpelar a las masas juerguistas a comprometerse, ser parte de la fiesta, y que ésta no sea un mero espectáculo, un carnaval simbolizado como mercancía y autorrepresentado, donde lo único que faltara fuera ponerse los anteojos 3D. Lo popular de la cuestión sería que ese pueblo que asiste como espectador e interviene sólo con la mirada deje de postergar la puesta en juego de su cuerpo y el éxtasis que ésta genera. El carnaval es el tiempo en el que el arlequín Hop-Frog quema reyes a lo bonzo y todos ríen; es el tiempo en el que el melancohólico Pierrot y la sombra de Colombina se multiplican en cada esquina buscando algún rincón desfarolado para chapar a la antigua. 

viernes, 22 de enero de 2010

Urbanismo lúd(d)ico

Manera sencillísima de destruir una ciudad

Se espera, escondido en el pasto, a que una gran nube de la especie cúmulo se sitúe sobre la ciudad aborrecida. Se dispara entonces la flecha petrificadora, la nube se convierte en mármol, y el resto no merece comentario.

Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos.



Este fragmento pertenece a un libro publicado en 1967 que es lo más parecido a un blog en papel, un verdadero anticipo ludopático plasmado en distintos escritos-fragmentos-mundos.

Una vuelta al día que me encontraba en Córdoba capital, porteño y culiáo, levanté la vista y me encontré con esa nube de la especie cúmulo, que retraté defectuosamente con una vieja cámara Canon sin zoom. Luego, recordando el pasaje cortazariano en un flash de lucidez terrorista y luddita, fui rápidamente a buscar mi bolso. Primero saqué el arco y lo tensé para probar su alcance. Pero, pucha, me dije y carcajeé, justo me vine a olvidar el carcaj, ¡juá!


jueves, 29 de octubre de 2009

Ese hombre

Las báquicas de la Fiesta del Ternero en Ayacucho no se limitan únicamente al vino. Desde cerveza hasta caña, las bebidas alcohólicas se consumen tal vez más que la carne, sin límite de edad ni de horario. Es que la carne te deja más atorado que chimango en la pella, explican algunos entendidos en frases hechas.

A primera hora del día pueden verse los restos de la noche anterior: mugre, botellas vacías y rotas, personas durmiendo tendidas sobre las mesas de los puestos de la Solanet, al aire libre. A esa hora sembrada de cadáveres por el éxtasis nocturno, las familias comienzan a pasear por los fogones, en busca del almuerzo carnívoro, sea para llevar o para comer en la misma peña, escuchando algún payador, algún émulo de Horacio Guarany, o bien la música símil karaoke de Lucho y su Teclado.

Pero por la noche, la nafta alcohólica levanta los cuerpos de las mesas y la avenida principal vuelve a ser un desfile de hormigas sedientas, un carnaval de insectos sin reglas ni comparsas. El ciclo se repite y los jóvenes vuelven a marcar el territorio.

Tal vez fue por eso que una de esas noches madrugadas, en 2007, mientras bailaba al ritmo de alguna cumbia bajo el efecto de los efluvios etílicos, me llamó la atención un viejito que se balanceaba alegre entre la multitud adolescente. Casi a las cinco de la mañana, el contraste era evidentemente llamativo. Pero fue otra cosa lo que me dejó absorto y sin poder quitarle la mirada de encima. Su cara me sonaba, pelo blanco en los costados de la cabeza calva, ojos claros, de contextura gruesa y cerca de los ochenta años. Era Jorge Julio López. Aunque, en realidad, no podía ser él, claro. Intenté convencerme de que yo no estaba en mis cabales. Lo miré fijo durante un minuto más, hasta que la adrenalina me dejó completamente sobrio. Mis ojos no me engañaban. Era la imagen que había empezado a circular del testigo de la causa contra el represor Miguel Etchecolatz, que había vuelto a desaparecer hacía siete meses. Esta vez, parecía que definitivamente.

Como no confiaba de mi sola impresión, tomé del brazo a un amigo, el que estaba más cerca, y le compartí mi alarma. Lamenté que lo mirara y se quedara congelado como yo. Poco a poco, hicimos correr el rumor entre los conocidos que estaban por ahí. Había que ir a preguntarle algo. ¿Y si estaba perdido? ¿Y si le había agarrado algún tipo de amnesia y se había marchado a vagabundear por ahí?

Decidí hablarle. Me acerqué tan lenta y alevosamente, en el medio del baile humano, que antes de llegar a donde estaba, el viejo detuvo su danza entre las chicas, me miró de reojo y se le borró la sonrisa. Me sentía flotando como una cámara haciendo zoom hacia el misterio de un rostro. Intenté captar su último esbozo de alegría e imprimírselo a mi cara para caerle simpático. No sabía qué decirle.

-¿Todo bien?
-Sí.
-¿De dónde es?
-De acá, de Lobería.

También pudo haber sido Madariaga, Las Flores o Rauch, ya ni importa. El fervor nocturno me ayudó a contrarrestar la tensión. Pero no sabía cómo sacarle sus datos para saber quién era de la manera menos inquisidora. Algunos amigos me miraban de cerca expectantes. Yo seguía sonriente, alternando la mirada entre ellos y el viejo. Un gusto, me presenté, y le dije mi nombre. Igualmente, contestó sin más. No podía sacarle nada si no era explícitamente. Tuve que sostener mi cara de empleado de Mc Donalds para la pregunta de rigor, cómo era su nombre, que brotó arrebatado como el gorjeo de una canilla:

-Asdrúbal.

Respiré aliviado y hasta dejé de verlo parecido al identikit, aunque más por querer convencerme de que el tipo no era quien yo pensaba. Por último le pregunté si andaba solo y me dijo que sí, que venía siempre a la fiesta. El diálogo ya había quedado trunco. El viejo estaría pensando que me lo quería levantar. Antes de poder despedirlo y volver a mi estado anterior, me tironearon del brazo.

-Che, lo acaban de atropellar al Cuchu. Se le partió la dentadura.

En el revuelo de los amigos que fueron a ver qué había pasado y cómo estaba el Cuchu, me quedé mirando a ese hombre. Ya no sonreía ni bailaba. Estaba parado solo, recibiendo las primeras luces del día con sus ojos húmedos y atardecidos.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El sábado a la noche resuelto


El itinerario empieza en la Sheel, donde llenamos el tanque del fierro. De ahí cruzamos la avenida Balloffet a luquearnos en la pelu de Walter: unos claritos y un desmechado. Y de ahí, ya tuneados, tan sólo caminamos unos pasos y vamos a levantarnos unas guamis al boliche Jake.

Todo en una cuadra. Sólo en San Rafael. Es hora de que nuestros gobernantes diseñen ciudades inteligentes que nos permitan tener un combo en el menor espacio posible. Y que exista cartelería solidaria a nuestro servicio, sugiriendo posibles trayectos, automatizando un poco los recorridos, qué tanto pensar para patear por la ciudad. San Rafael debe ser nuestra ciudad modelo: "Juegos Olímpicos de San Rafael 2020", ¡ya mismo! Todos los sábados a la noche iguales. Nafta, look y dancing. Por cincuenta centavos más hubiera agrandado mi combo poniendo un telúrico en frente de lo de Jake, porque yo soy así de efectivo, viste, pero bué.

lunes, 27 de julio de 2009

La fuente del elixir


Ante tremebundo panorama viñatero, cualquier persona puede encontrarse con una revelación semejante a la que produce la lectura del "¿De dónde venimos?". O dios no existe, o anda necesitando dadores a troche y moche. En todo caso, Dionisos es un alto vampiro, y el señor una joven pálida y gótica con el cuello cubierto de chupones color uva.
¡Un brindis por Pierrot y el suelo mendocino!
¡Saluc!

sábado, 6 de junio de 2009

Ayacucho, tierra de muertos

Una típica ruta tendida sobre la pampa, la 29, a falta de vías en buen estado, es la única forma de llegar a Ayacucho. Uno de los partidos más grandes de la provincia de Buenos Aires, y de los menos densos, preanuncia la entrada a sus pequeños y escasos pueblos con los carteles arrancados de las que fueron sus estaciones de tren. Al costado del asfalto surgen perpendiculares los caminos que se internan en la inmensa pampa con la señalética ferroviaria: Udaquiola, Langueyú, Solanet, y el tren-micro los deja atrás como falsas estaciones olvidadas. Luego, la rotonda con Ayacucho en grandes letras blancas, cuyo nombre, al borde de lo que fue el límite mapuche, homenajea a la batalla en una lejana ciudad peruana con nombre quechua: tierra de muertos. El último bastión realista de Sudamérica. Los nombres son referencias de referencias, metáforas casi infinitas que en la perspectiva nietzscheana nos hacen olvidar el origen, la matriz significativa. Pero la toponimia nos regala estas paradojas.

Los 15 mil habitantes del pueblo sólo pueden salir de ahí con la chata o con el monopolio que ostenta la empresa de ómnibus Río Paraná. La estación de tren de Ayacucho está museificada para la foto, con su tanque de agua centenario coronándola. Desde 1998, y después de veinte años, los trenes habían vuelto a balancearse dificultosamente por los rieles. Pero el idilio volvió a sumergirse hace tres años en el sueño de los durmientes, ausentes de las vías.



Partusa carnal

La sede de la Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra, tiene como fundador a un tal Zoilo Miguens, bien gauchazo, paizanazo, bah, hazendado, noooo zi (casi un personaje de ficción que cualquier relación que tenga con el de la Rural, el real, es pura e irónica coincidencia). Es de suponer que la mayoría de los ayacuchenses está con el "campo", porque allí se está en el "campo". Pero aun así las internas relucen, como en la edición '08 de la Fiesta, en la que los ruralistas hicieron un boicot a la celebración con consignas como "Nada que festejar". Hacendados que se apropian -como sus antepasados de las tierras- de frases simbólicas que los pueblos originarios levantaron contra el ensalzamiento de los 12 de octubre.

En la edición '09 De Ángeli desfila junto a las aspirantes a princesas y reina del ternero, saludando con la técnica mimética "franela sobre vidrio imaginario". A su lado en el palco, el abonado a fiestas y cárteles De Narváez. Una fiesta "politizada", podrían decir (pero claro, en este caso no) los medios. Globos negros luctuosos flotan sobre el pueblo el día del desfile: este cronista se pregunta si muchos terneros habrán sido sacrificados para alimentar a los paseantes y a una tierra ávida de muertos. Pero en los fogones y en las peñas el tufillo de una politización anti se confunde con el aroma a asado y las respuestas quedan clarificadas.


Las aspirantes a reina han decrecido en número, aunque no en calidad (casi como la carne de los fogones). Lo que antes podía ser un símbolo de prestigio o belleza pasó de moda entre la muchachada. Los jóvenes se alejan del pueblo una vez terminada la secundaria, muchos para no volver más que para alguna visita navideña.

El comentario por sobre la información

El único diario ayacuchense es La Verdad, una muestra viva del periodismo gráfico de la primera mitad de siglo XX. Su amplia sección de Sociedad es imperdible. Entre otras perlitas, se puede destacar un aviso publicado en octubre pasado: "Busco compañera de viaje para tour por Brasil. Gastos pagos. o2293..." Un aplauso para el/la solicitante.

Pero la información en el pueblo está centralizada por el ámbito familiar, y se concentra en los almuerzos y cenas. Las comidas son el momento de encuentro a partir del cual los ayacuchenses se cuentan rumores, chimentos, novedades y noticias ajenas. Casorios, engaños, nacimientos, muertes, accidentes y golpes de suerte se exponen sobre la mesa como secretos ajenos dignos de compartirse.

El habla ayacuchense urbano, o bien pueblerino, tiene, además de palabras muy propias (nativas, si nos pusiéramos en un rol estrictamente antropológico a lo Malinowski), una particular tonada con acento agudo en la última sílaba; la cual armónicamente sería una 4ta. con respecto a la anteúltima (la tónica), con lo que le imprime a la frase un tono interrogativo. Qué gauchito [lindo, copado, copante]. Qué linda canopla [cartuchera]. Alcanzame el cintex [cinta adhesiva]. La oralidad ayacuchense es digna de un pentagrama. Más si se tiene en cuenta la escuela de música que el pueblo alberga, de la que han salido excelentes exponentes.


Ayacucho y sus fronteras

"Yo llevé un moro de número, / sobresaliente el matucho, / con él gané en Ayacucho / más plata que agua bendita, / siempre el gaucho necesita / un pingo pa' fiarle un pucho".

Ayacucho tiene el alias "Ciudad de las Rosas", por su plaza central con algún que otro rosal (alias pretensioso en sus dos vocablos). En torno a la plaza, como en la mayoría de los pueblos, domina el panorama una iglesia descomunal y desproporcionada, la municipalidad y los bancos. Pero Ayacucho se regodea en el historial que lo ubica como el único lugar que menciona el Martín Fierro (José Hernández fue amigazo de don Zoilo Miguens y se cuenta que éste le facilitó dinero para la primera edición); y como la cuna de los caballos Gato y Mancha, aquellos que cruzaron todo el continente hasta llegar a New York en los años veinte. También el gran Osvaldo Soriano lo menciona en La hora sin sombra, en el recorrido bonaerense de un típico personaje solitario e itinerante suyo.

La hora de la siesta (la hora sin sombra) transforma a Ayacucho en una auténtica tierra de muertos. Con suerte uno puede toparse con el loco del pueblo. El cri cri de grillos mudos de sol es estridente; hasta la ausencia del loro es patente. Da gusto bajar a alguna de sus anchas calles, características del pueblo, mirar a ambos lados y en una esquina elegir uno de los cuatro vientos hacia el cual alejarse, como en el Martín Fierro. Y aunque pueda resultar necesario cambiarse el nombre, a Ayacucho siempre se vuelve.