En el mundo auricular de Maite predomina la pulsión sonora. No hay interferencias con el resto de material sensible no-audible que pugna por ser mínimamente atendido. Un auténtico mundo headphone, en su afán de reducir sílabas y alimentar la jactancia anglófona. Mundo que absorbe y ensoberbece, absorberbece más su mirada perdida, pero altiva, dentro del coche del subte plagado de cuerpos. Su cono visual se despliega al ritmo de ese sonido que nadie percibe, pero cada tanto Maite se descentra y su mundo se proyecta al peligro. Su mirada se pasea por el cuello mal afeitado del hombre que se balancea a su lado: se hunde en el pliegue de la papada, se soba de sudor hasta el ahogo y se pincha con los cardos filosos que amenazan cegarla. Pero es hábil y elude los peligros del desierto poroso. Apenas inclina un poco su cabeza y su caricia visual, imbuida en sinestesia, contaminada de una escucha enigmática, enfoca una pollera primaveral que la invita a apoltronarse y descansar un momento, a falta de otro sostén firme en la marea subterránea. Mientras tanto, el oleaje chirriante y chispeante de metal rielado queda relegado en un segundo plano sonoro, inaudible en el mundo auricular de Maite.
Pasan las estaciones, pasa la vida y Maite impasible contempla, abstraída y absorta en su audiencia, el paisaje de cuerpos concretos que salen y entran del coche como faena enlatada y liberada alternadamente. Cuerpos que se sientan y se levantan sin ruido alguno, embarcados en movimiento alguno; abarcados en mirada una, en oídos ningunos.
Toda ojos ahuecados, el mundo que la rodea se detiene. Pero alguien se pone frente a ella y parece llamarla, preguntarle, mirarla, gritarle, lamerla, insultarla. Maite se mantiene en su lugar y no dice palabra; apenas dice, con pena, silencio.
Y lo que dicen sobre ella, las palabras que la escupen y la vomitan y le cubren el cuerpo mudo de una viscosidad que chorrea su superficie transparente, es absorbido con la soberbia de quien, en su mundo auricular, en su aura ocular, sólo escucha, también, silencio.
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martes, 9 de noviembre de 2010
viernes, 19 de febrero de 2010
∞ infinito ∞
Representar el infinito puede ser una tarea un tanto... ardua. Porque no se trata únicamente de agarrar un ocho (8) y empujarlo para que quede tirado en posición horizontal (∞), imposibilitado de levantarse por sus sinuosas redondeces. Además, fuera de la semejanza formal con el número, el símbolo infinito parece remitir más a la cinta de moebius que al número de Riverito, aunque, según se comenta, ya se utilizaba antes de que don Moebius fuera alemán.
La cuestión es que antes de que la era digital extrapolara los límites de lo finito hacia dimensiones inciertas (por ejemplo, hoy podemos decir que -relativamente; elemental, mi querido Albert- la Internet es infinita; o bien, gruesita), hubo creaciones analógicas que desafiaron las fronteras de lo perceptible. Porque, ¿cuándo terminamos de subsumir un objeto dado?, ¿cuándo terminamos de comprender los múltiples escorzos de un dato exterior que se empecina en su continuidad sin fin aparente?
Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de The Beatles, además de ser considerado el mejor elepé de la historia del rock por muchos músicos, innovó en varios aspectos del objeto disco. Por ejemplo, es uno de los primeros que incluye un tema fantasma. Fantasma porque no sólo está perdido precedido de un silencio al final del último tema como parte del mismo track, sino que además da miedo realmente. Luego de la orgásmica tensión que generan las cuerdas de A day in the life, hay un silencio y más tarde un tono de alta frecuencia (esos que sirven para ahuyentar perros), al que le siguen ruidos de ambiente, grabaciones al vesre del diablo tipo Xuxa y una frase ininteligible (algo así como never could see any other way) dicha por un niño (recurso que utilizaría en los noventa Pearl Jam en el sublime testamento del grunge: Vitalogy). Esa frase infante y truculenta se repite hasta que el CD termina en fade out. Pero en 1967, cuando ni siquiera había tocadiscos automáticos, el vinilo rebotaba y seguía reproduciendo ad infinitum ese fragmento. La estética se asomaba al infinito aprovechándose de la técnica.
En el ámbito de la literatura, la novela Rayuela, de Julio Cortázar, otra obra archiconocida, también se le animó a la inconmesurabilidad. Toda persona que la haya leído sabe que hay dos formas de acceder al texto, una leyendo los capítulos en continuado del 1 al 56, y otra alternando esos capítulos pincipales con otros complementarios que ramifican aún más la historia. Pero esa forma de leerla, sugerida por el autor, termina con la secuencia de los capítulos 131-58-131, que se inter-remiten. Es decir, que habría que volver indefectiblemente sobre uno (58) y otro (131) sucesivamente para alcanzar la lectura total de la novela. Cortázar, que escribió Rayuela para que se lea de una sola manera, y no de las dos como solemos hacer todos los snobs que caemos en sus garras, tal vez se hubiera regodeado con el siguiente diálogo: ¿Leíste Rayuela? Sí, de las tres maneras. Cómo de las tres maneras, hay dos formas de leerla nomás. No, yo ya la había leído de las dos formas y todavía sigo con la tercera, estoy hace tres años empantanado entre los capítulos 58 y 131, un diálogo medio limado y como monotemático, así, de manicomio, pero bué, regio.
Para concluir este desvarío, que no es infinito, debemos mencionar una herramienta que colabora en el proceso de producción de la bebida que nos convoca, el vino. Se trata del tornillo sinfín, que conduce las uvas a las moledoras, pero no tiene más que una semejanza léxica con el infinito. En fin(ito), hay variadas formas de acercarse o representar el infinito, la eternidad, el punto rojo, los boleros (que se quede el infinito sin estrellas). De hecho, para cerrar una vida lúdica al mango se podría probar con un escalectric. Además de tener la forma ∞, ya debe existir alguno con el trayecto de un solo plano a lo moebius. Habrá que ver quién tiene ganas de jugar a las carreras for ever. Porque experimentar el infinito, al fin y al cabo, también puede resultar muy tedioso.
La cuestión es que antes de que la era digital extrapolara los límites de lo finito hacia dimensiones inciertas (por ejemplo, hoy podemos decir que -relativamente; elemental, mi querido Albert- la Internet es infinita; o bien, gruesita), hubo creaciones analógicas que desafiaron las fronteras de lo perceptible. Porque, ¿cuándo terminamos de subsumir un objeto dado?, ¿cuándo terminamos de comprender los múltiples escorzos de un dato exterior que se empecina en su continuidad sin fin aparente?
Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de The Beatles, además de ser considerado el mejor elepé de la historia del rock por muchos músicos, innovó en varios aspectos del objeto disco. Por ejemplo, es uno de los primeros que incluye un tema fantasma. Fantasma porque no sólo está perdido precedido de un silencio al final del último tema como parte del mismo track, sino que además da miedo realmente. Luego de la orgásmica tensión que generan las cuerdas de A day in the life, hay un silencio y más tarde un tono de alta frecuencia (esos que sirven para ahuyentar perros), al que le siguen ruidos de ambiente, grabaciones al vesre del diablo tipo Xuxa y una frase ininteligible (algo así como never could see any other way) dicha por un niño (recurso que utilizaría en los noventa Pearl Jam en el sublime testamento del grunge: Vitalogy). Esa frase infante y truculenta se repite hasta que el CD termina en fade out. Pero en 1967, cuando ni siquiera había tocadiscos automáticos, el vinilo rebotaba y seguía reproduciendo ad infinitum ese fragmento. La estética se asomaba al infinito aprovechándose de la técnica.
En el ámbito de la literatura, la novela Rayuela, de Julio Cortázar, otra obra archiconocida, también se le animó a la inconmesurabilidad. Toda persona que la haya leído sabe que hay dos formas de acceder al texto, una leyendo los capítulos en continuado del 1 al 56, y otra alternando esos capítulos pincipales con otros complementarios que ramifican aún más la historia. Pero esa forma de leerla, sugerida por el autor, termina con la secuencia de los capítulos 131-58-131, que se inter-remiten. Es decir, que habría que volver indefectiblemente sobre uno (58) y otro (131) sucesivamente para alcanzar la lectura total de la novela. Cortázar, que escribió Rayuela para que se lea de una sola manera, y no de las dos como solemos hacer todos los snobs que caemos en sus garras, tal vez se hubiera regodeado con el siguiente diálogo: ¿Leíste Rayuela? Sí, de las tres maneras. Cómo de las tres maneras, hay dos formas de leerla nomás. No, yo ya la había leído de las dos formas y todavía sigo con la tercera, estoy hace tres años empantanado entre los capítulos 58 y 131, un diálogo medio limado y como monotemático, así, de manicomio, pero bué, regio.
Para concluir este desvarío, que no es infinito, debemos mencionar una herramienta que colabora en el proceso de producción de la bebida que nos convoca, el vino. Se trata del tornillo sinfín, que conduce las uvas a las moledoras, pero no tiene más que una semejanza léxica con el infinito. En fin(ito), hay variadas formas de acercarse o representar el infinito, la eternidad, el punto rojo, los boleros (que se quede el infinito sin estrellas). De hecho, para cerrar una vida lúdica al mango se podría probar con un escalectric. Además de tener la forma ∞, ya debe existir alguno con el trayecto de un solo plano a lo moebius. Habrá que ver quién tiene ganas de jugar a las carreras for ever. Porque experimentar el infinito, al fin y al cabo, también puede resultar muy tedioso.
martes, 29 de septiembre de 2009
Una flor del mal
A falta de inspiración, un poema de un auténtico flâneur mixto: Charles Baudelaire. La primavera está fresca y se hace necesario enjugarse de mosto los labios para que, como un rouge natural, impregne su color violáceo en nuestras carnes y nos dé el calor interior necesario para florecer. Como dijo el Polaco Goyeneche en una publicidad de Resero blanco sanjuanino de la década del ochenta, inhallable en Youtube: "Hay que cantar de nuevo al vino".

La mirada distinta de una dama galante
que nos llega flotando como el blanco fulgor
que la luna ondulante manda al trémulo lago
si en él quiere bañar su indolente belleza,
las postreras monedas que posee el jugador,
la lujuria de un beso de la flaca Adeline,
el sonar de una música que acaricia y que aquieta
como el grito lejano del dolor de los hombres,
nada de eso es mejor, oh profunda botella,
que los bálsamos fuertes que tu panza fecunda
guarda al pecho sediento del poeta piadoso.
Tú le escancias la vida, juventud y esperanza...
y el orgullo, tesoro para toda pobreza
que nos hace triunfantes, parecidos a dioses.
Charles Baudelaire, Las Flores del Mal

CVII
EL VINO DEL SOLITARIO
EL VINO DEL SOLITARIO
La mirada distinta de una dama galante
que nos llega flotando como el blanco fulgor
que la luna ondulante manda al trémulo lago
si en él quiere bañar su indolente belleza,
las postreras monedas que posee el jugador,
la lujuria de un beso de la flaca Adeline,
el sonar de una música que acaricia y que aquieta
como el grito lejano del dolor de los hombres,
nada de eso es mejor, oh profunda botella,
que los bálsamos fuertes que tu panza fecunda
guarda al pecho sediento del poeta piadoso.
Tú le escancias la vida, juventud y esperanza...
y el orgullo, tesoro para toda pobreza
que nos hace triunfantes, parecidos a dioses.
Charles Baudelaire, Las Flores del Mal
viernes, 10 de julio de 2009
Visualizaciones de perfil
Como en un Egipto antiguo, sin Lombrosios, la búsqueda del perfil se impone sintético a la del plano frontal. Aunque un Dos Caras asimétrico pudiera escabullirse al registro, el perfil se jacta de resumir en un escorzo fragmentario una totalidad brumosa y abrumante.
Julio 2001
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