jueves, 27 de diciembre de 2012
Tres perros abotonados son multitud
lunes, 17 de diciembre de 2012
Cuando sea grande quiero devenir
Papá Noel también me pone Juli en los regalos cuando viene. Aunque nunca me traiga lo que le pido. No sé por qué hace eso. ¿Para qué le escribo cartas entonces? Sólo porque mis papás insisten. Tal vez no quiere ser mi amigo tampoco, o no recibe mis cartas, claro, tiene mucho trabajo.
La última navidad fue igualita a todas, salvo al final. Ya había pasado todo lo importante, comimos, vino Papá Noel y abrimos los regalos (y una vez más no me trajo lo que le pedí). Mil veces le dije que no me gustan los autos y esta vez me trajo un camión más grande que yo, con control remoto y remolque. Toda mi familia me miraba esperando a ver qué decía, prestándome mucha atención. Pero no me sale mentir y no dije nada. Dejé el camión a un costado y me senté de nuevo en la mesa con el resto de la familia. Para mí se había acabado todo esto de la navidad, pero como no quería ir a dormir hasta que mis papás decidieran que nos vayamos a casa me quedé sentado con todos los grandes. Hasta que mi tía me vio aburrido.
-A ver, Juli, ¿qué querés ser cuando seas grande?
-Mujer.
Papá tosió mucho, mucho, y se escuchó un vaso roto. Todos se levantaron a ayudarlo. De repente ya nadie me dirigía la atención, como hasta hacía un ratito. Es más, no tuve tiempo de decir que quería ser la chica del espejo de casa, toda vestida con ropa de mujer y maquillada. Creo que lo que dije fue algo malo o que a papá le hizo mal, porque el resto no dijo nada. En realidad, no me dijeron nada por mucho tiempo. Ni cuando fuimos en taxi al hospital y mamá y mi tía me abrazaron fuerte durante todo el viaje.
En el hospital estuvimos mucho tiempo, yo me desperté y era de día. Entonces vino una enfermera muy blanca con su ropa y sus dientes que sonreían. Dijo que papá estaba bien, qué suerte, yo le dije que le mandara un besote grande de su Juli, porque mamá y mi tía no querían que lo fuera a ver porque decían que estaba delicado.
La enfermera se fue y me la quedé mirando un rato. Después le dije a mi tía:
-En realidad, tía, cuando sea grande quiero ser enfermera.
Se escuchó toser a alguien al fondo del pasillo.
martes, 23 de octubre de 2012
Arrojas poesía al Mercosur
Las personas que llegaban al Museo Quinquela Martín luego de transitar los adoquines de la Vuelta de Rocha, enmudecían. El silencio reinante anunciaba la inminente consagración de la primavera. Sobre la explanada de la entrada, el director de orquesta agitaba una vara invisible contra un atril menos aprehensible aún, mientras sonaban en volumen muy bajo unas piezas clásicas de Vivaldi, Tchaikovsky, Beethoven y Delibes alusivas. Pero para dirigir una orquesta o capitanear un barco no es necesario el sonido. Tan sólo basta con el rumor de los elementos. Y el mimo lo sabía. Por eso hablaba su cuerpo. O su saco, en el que varios papeles manuscritos pegados clamaban nombres de poetas y escritores. Guiados por Sergio Cofré, actor y docente del Galpón Catalinas Sur, quienes se aventuraron al barrio de La Boca a recibir la primavera y un nuevo ciclo de Arrojas Poesía al Sur, mimetizados con el silencio, comenzaron el ascenso a la terraza del Museo, como desde la raíz hasta la flor. Porque el Día de la Primavera es también el Día del Estudiante y el del Artista Plástico. Y en el recorrido de esa clase de biología pictórica, de dicotiledóneas enmarcadas al óleo de una espátula, el susurro del público se hizo sav(b)ia como la Naturaleza. Las venas abiertas latían.
En el segundo piso del edificio tomó la posta Marisa Corral, del staff del Museo, que ofreció una visita guiada a la Sala de los Mascarones de Proa, para luego tocar en el violín Verano Porteño y Santa Lucía. La última escala de ese tallo fue en el tercer piso, escenario de la edición del Arrojas en el otro equinoccio de 2012, el de otoño. Allí, Zulma Ducca y Laura Boscariol bienvinieron con temas balcánicos en acordeón y charango. Del silencio apenas sugerido a la música untza untza en sólo tres pisos.
En el bloque de poetas anfitriones, Valeria Gómez y Carolina Díaz, coordinadoras del Taller de Escritura de Cooperanza del Hospital Borda, leyeron textos de los internos del hospital ubicado en Barracas, cuyos trabajadores se encuentran en lucha para evitar su cierre, en defensa de la salud pública y de estos espacios de acción con el arte intra y extramuros. A su turno, Julián González, de la cooperativa editorial Eloísa Cartonera leyó poemas del también cuentista y pedagogo Ernesto Camilli, quien fuera publicado por la propia Eloísa; la cual, además, estuvo presente con su stand de libros atendido por Ricardo Piña, Alejandro Miranda, María Gómez y Washington Cucurto.
Mientras las luces de la Vuelta de Rocha, el Riachuelo y las Isla Maciel florecían a través de los ventanales del Museo Quinquela, la actriz y recitatriz Vanesa Maja acaparó las miradas y el escenario para enunciar un fragmento de la obra "Rosa brillando", inspirada en la poética de la uruguaya Marosa Di Giorgio. Con una presencia cargada de erotismo, la maja vestida de blanco, como un lienzo o tabula rasa que sería cubierta de colores sobre el final del encuentro, dejó latente una estela de frutas, flores y sabores a pulpa rioplatense entre los paladares boquiabiertos que la contemplaron.
Luego fue el momento del bloque central del ciclo, el de otros puntos cardinales: tres poetas invitados que soplaron versos polinizados en otros barrios, ciudades y hasta del lado oeste de Los Andes. El poeta y docente oriundo de Necochea Juan Fernando García destacó entre sus versos a su perro Morón, homenajeado en su libro del mismo nombre, el cual dibuja pictogramas con sus huellas y lee territorios y gestos urbanos como un auténtico hermeneuta de cucha. La rionegrina Silvia Castro, poeta, bibliotecaria y fotógrafa, desafió el límite de las palabras y las hizo fragmentarse, confluir, entremezclarse y copular para obtener nuevos significados con su tempestuoso poema inédito Calibán, poema de libaciones caninas. Por último, la chilena Malú Urriola, poeta y guionista nacida en Santiago, cerró el segmento con poemas de su libro Bracea, como el picaresco y melancólico Tres piernas, y el impactante El perro, que refleja la imposibilidad de recomponer los fragmentos de una antigua unidad perruna (de una vida, más bien), por más nombre que lo haya identificado y caninos que lo hayan defendido. Una vez más, palabras en juego como cuerpos, canes y potencias, polen y latencias, pedazos que se descomponen y se funden dando lugar a nuevas entidades. Como flores fluorescentes. Como la Rosa de Hiroshima.
Siguiendo el cauce internacional, el músico paulista, tropicalista e inmigrante –como le gusta presentarse– Dr Morris, tocó algunos temas de su repertorio inspirado en los cuentos fantásticos del escritor Murilo Rubião, como A rosa de vidrio. Acompañado por su guitarra, uno de los exponentes de la escena brasileña de São Paulo en la actualidad dibujó trazos de sus melodías que fusionan jazz, blues, samba, arabescos y florituras. Latinoamérica floreciente en distintos lenguajes estéticos terminó de cobrar forma, de cobrar continente.
Para dar lugar al último acto, Marta Sacco, organizadora del ciclo junto a Zulma Ducca, invitó al público asistente a salir a la terraza, donde el buffet de la Cooperativa Los Pibes del Playón habilitó empanadas, café y otras bebidas espirituosas. Enseguida, la actriz y performer de Barracas Blanca Rizzo, emulando una deidad floral al estilo Ostara, bailó el Lakmé de Delibes en la voz de Montserrat Caballé, ante la mirada pétrea de las esculturas del Museo, las velas palpitantes ofrendadas a la brisa y el público que se sacudía el silencio intrauterino como pichichos recién nacidos. En el vestido florido de Blanca, que tal vez era el mismo vestido blanco que había usado la Maja, parecieron plasmarse todos los colores recitados en los bloques precedentes.
Y como corolario, corola al aire, todo fue consagración a la música primaveral, a ese susurro que creció para terminar en declamación y baile colectivo. Palito Ortega, Manu Chao y Luis Alberto Spinetta volvieron a ser hojas del viento, flores de la madre selva, amores de primavera. Fugaces, fragmentados, polinizados, circulares e intensos. Viento, agua y abejas que favorecen ese pasaje de los estambres al estigma. Elementos al servicio de la Naturaleza que no repara en utilidades ni discrimina lo que no es necesariamente productivo. Polinización sin estigmatización. En una especie de déjà-vu invertido, el Arrojas celebró un nuevo equinoccio en el Quinquela. El ciclo del ciclo sus vueltas derrocha. Y como toda ofrenda material, todo potlatch, todo gasto improductivo, toda poesía da sus frutos.
domingo, 17 de junio de 2012
Piaget se hacía una panzada
Cuando era chico, a mi conciencia me la representaba encarnada; y en más de un ser. Mi conciencia era un grupito de puños negros voladores con el dedo índice extendido. La referencia inmediata era un cartel que estaba en la puerta del baño de mi casa que decía My lord ladies and gentlemen, y en un costado tenía dibujada en negro una mano que señalaba la leyenda. Pero seguramente me había quedado grabada la imagen del Guante Volador de Yellow Submarine, el villano azul que odiaba la música. Las manos concienzudas tenían ojos y volaban sueltitas de cuerpo como en la animación beat. La boca con la que me hablaban la formaban con el hueco que dejaban el dedo pulgar y el mayor al cerrarse sobre la palma con sus yemas unidas, con el índice liberado para marcar. Eran aterradoras, la verdad. Y además no me querían mucho. Lo único que hacían era desafiarme. A que no cruzás la Avenida Belgrano cuando el muñequito rojo para el peatón está titilando. Y yo, a pesar de que no podía darme el gusto de aceptar la apuesta y soltarme de la mano mayor de turno, tenía que cerrarles, digamos, la boca de labios dedosos. No eran la clásica conciencia podre que mandaba a quemar todo y matar a todos los seres queridos, como la de Ralph de los Simpsons. El mal me lo querían hacer a mí. Y yo, literalmente, tenía que rebelarme contra mi conciencia. Pero tenía cinco años, o algo así, qué se le puede pedir a un chirimbolo de un lustro.
Un par de años después, a los siete, empezó a despuntar un erotismo encubierto mediante, otra vez, una creación imaginaria. Me ocurría en los bondis y muy cada tanto, porque tenía que darse una situación especial. Esa situación consistía en que cuando una chica, o una mujer –porque siempre eran mucho más grandes que yo– se levantaba de su asiento y yo me sentaba en ese mismo lugar, automáticamente se producía una especie de prueba química, con Dios haciendo de científico cuerdo. La cara de Jesucristo endiosado que tenía mi abuela colgada en una pared, una muy característica por aquella década del ochenta, estaba ahí, en mi cabeza, y con un tubo de ensayo. Si la mujer en cuestión no me había gustado, el tubo estallaba en mil pedazos, y con él la imagen del laboratorio paradisíaco. En el flash que reverberaba del último microsegundo de esa escena, Don Dios cerraba los ojos fuerte, acusando recibo de la explosión vidriosa. Pero si la chica que acababa de dejarme el asiento de cuerina tibio me había gustado, y eso pasaba muy, pero muy poco, la imagen era distinta. El tubo de ensayo empezaba a llenarse desde abajo con un líquido rojo, lentamente pero con resolución. Y se detenía en el tope, antes de volcarse. Dios sonreía: había química. Según las reglas que yo mismo había puesto, o según la interpretación que hacía de esa imagen libidinosa en la que ciencia y religión se unían por el bien de un niño, si el tubo se llenaba de esa tinta roja, con esa chica recién descendida iba a pasar algo en el futuro. Todavía no sabía ni cómo se fabricaba un pibe, pero ese algo instintivo podía estar orbitando alrededor de la incógnita.
Una vez, este juego de imágenes internas rebalsó el fuero interno y me jugó una mala pasada. Tendría los cinco de las manos negras, o tal vez cuatro. En esa época lloraba mucho, muchas veces con alguna justificación, pero otras sin razón aparente. Como todos los chicos de esa edad. Creo, bah. En uno de esos berrinches sin agarradera, mi vieja me invitó a que me encerrara en mi cuarto hasta que dejara de llorar. Obedecí, cerré la puerta blanca y lloré de frente a ella un rato más para cumplir la penitencia. Pero siguiendo un presentimiento repentino me di vuelta. Y detrás de la marinera en la que dormía con mi hermano alcancé a ver, en una fracción de segundo, cómo un vampiro dientudo y palídísimo se escondía debajo de la cama. Empecé a chillar con el alma, a llorar gritos de horror y golpear la puerta con todo el cuerpito; en realidad era cuestión de abrir el picaporte, pero no me atrevía a quebrar el hechizo del reto. Mi vieja vino a las corridas y me liberó de ese encierro compartido. Se había preocupado por el aullido repentino y me preguntó si me había pasado algo. Pero no, la abracé hasta que se me pasó el cagazo y jamás le dije que había un drácula debajo de mi cama con un tubo de ensayo vacío.
sábado, 5 de diciembre de 2009
Novela esquirlada
lunes, 23 de noviembre de 2009
Una cumbia y un crochet de suposiciones
viernes, 6 de noviembre de 2009
A toda la cuadrilla
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Carlos amava Dora que amava Lia que amava Léa que amava Paulo
Que amava Juca que amava Dora que amava Carlos que amava Dora
Que amava Rita que amava Dito que amava Rita que amava Dito que amava Rita que amava
Carlos amava Dora que amava Pedro que amava tanto que amava
a filha que amava Carlos que amava Dora que amava toda a quadrilha
martes, 13 de octubre de 2009
Las palabras y las cosas
En ese contexto escolar, no tuvimos mejor idea que preguntarle a nuestra maestra Claudia qué significaba entregar el marrón. Con la mejor cara de póker de sietes, con una cintura para eludir el adoquinazo que no pudimos advertir en ese momento, la seño nos dijo que -creía- el marrón se refería al billete de cien australes. Recuerdo que se me vino la imagen de la figura rojo comunista (o mejor, rojo punzó) del Sarmiento alfonsinista, y me costó asociar el color del billete con el color al que aludía la canción. Hubo un ruido general en nuestras mentes, algo que no nos dejó conformes con la explicación, pero le creímos a la autoridad institucional que todo lo sabe.
Años después, el destape cultural de la chabacanería se hizo moneda corriente: hoy un niño de nueve le pasa el trapo a cualquier veinteañero. Y por esas cuestiones que el Michel Torino Foucault nos fue enseñando en la vida alcohadémica, mixturadas con los recuerdos sedimentados de la infancia, no puedo dejar de asociar al Dominguín Sarmiento con su tremenda cara de ojete.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Perla negra
Es sabido que la apoteosis de los abordajes marinos encotró como principal víctima al reino español. Curiosamente, tres temas dedicados a estos personajes tan estereotipados con parche, pata de palo, garfio y loro al hombro, fueron creados por cantautores de la península ibérica. Dos de ellos son de los archiconocidos Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.
"Una de piratas" (En tránsito, 1981), del catalán, es una canción que rescata al personaje con una descripción picaresca y nostálgica; mientras que "La del pirata cojo" (Física y química, 1992), del madrileño, es un rock pretendidamente duro, de aparente chico malo, que ensalza las virtudes del pirata-macho-que-se-la-banca.
Mezo retratado por Hilda Lizarazu
Pero existe una versión sublime, de otro músico al que actualmente se lo etiqueta "de culto", como tantos otros incomprendidos de su época. Hablamos del vasco Mezo Bigarrena, rockero bohemio que hizo de su vida itinerante una historia punk triste, con matices de mito trágico. Un viaje de vida sin vuelta, con inicio en Euskadi en 1951 y final en la Argentina, donde vivió sus últimos ocho años hasta colgarse de un árbol de los bosques de Palermo, en 1993. Conocido por las versiones que Baglietto hiciera de temas suyos, como "Una rosa fantasma", "Adoquines en tu cielo, Rosario" y "En este barrio" (también grabada por Santiago Feliú), Bigarrena no salió del estrellato under, de la constelación astral de subsuelo, aun habiendo publicado dos elepés en dos sellos discográficos, en su etapa argentina. Hoy sus discos son inconseguibles -salvo en Internet- y no sería raro que en un futuro se reediten. En sus temas se mezclaron con mucho tino ritmos y estilos de los distintos lugares donde le tocó en suerte vivir, como Brasil (donde colaboró con Chico Buarque en su disco en español) y Uruguay (donde conoció a los hermanos Fattoruso, a Rada y, en una de esas, a Eduardo Mateo), coronados con mucha ironía, humor y sarcasmo en sus letras. Letras que en muchos casos hacen recordar a las de Sabina, aunque profundamente más poéticas. De hecho Bigarrena decía de Sabina, al que conoció en Inglaterra, que le afanaba las canciones, pero que él le afanaba las minas. Y hasta se dice que Mezo le dedicó el tema "Yuppies" (Te acuerdas cuando cantabas Guajira Guantanamera / y que a veces jurabas ir a morir por cualquiera). Para explorar mejor las andanzas de este músico es recomendable leer la crónica sobre su vida escrita por Ina Godoy y publicada en Radar en 2003.
El tema del que hablábamos es "Viaje de vida", del disco homónimo de 1990. Allí detalla, en lo que también parece ser una especie de autobiografía romántica, la ética solid(t)aria y guerrera del pirata como faro guía en el viaje de vida. Y más allá del excelente arreglo disonante de la segunda estrofa, el clímax del tema, como casi siempre, llega al final. Lo que se perfilaba como un candombe en la marca rítmica desde el inicio de la canción se hace explícito con la aparición sonora de una cuerda de tambores y una estrofa cantada en... ¡euskera! La world music, un poroto mustio. A subir el volumen y escuchar esta perlita negra.
miércoles, 19 de agosto de 2009
El sábado a la noche resuelto
El itinerario empieza en la Sheel, donde llenamos el tanque del fierro. De ahí cruzamos la avenida Balloffet a luquearnos en la pelu de Walter: unos claritos y un desmechado. Y de ahí, ya tuneados, tan sólo caminamos unos pasos y vamos a levantarnos unas guamis al boliche Jake.
Todo en una cuadra. Sólo en San Rafael. Es hora de que nuestros gobernantes diseñen ciudades inteligentes que nos permitan tener un combo en el menor espacio posible. Y que exista cartelería solidaria a nuestro servicio, sugiriendo posibles trayectos, automatizando un poco los recorridos, qué tanto pensar para patear por la ciudad. San Rafael debe ser nuestra ciudad modelo: "Juegos Olímpicos de San Rafael 2020", ¡ya mismo! Todos los sábados a la noche iguales. Nafta, look y dancing. Por cincuenta centavos más hubiera agrandado mi combo poniendo un telúrico en frente de lo de Jake, porque yo soy así de efectivo, viste, pero bué.
martes, 11 de agosto de 2009
Guión de historieta porno-escatológica para niños machistas
jueves, 16 de julio de 2009
Dónde va la gente cuando hay un magnicidio
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De: lucrecolmenares@mail.com.bt
A: ireneofagundez@mail.com.bt
Fecha: Miércoles, Julio 28, 2004 22:53
Asunto: Dónde va la gente cuando hay un magnicidio
A ver, necesito frenar la caminata un rato porque esto me está excediendo. A ver si ordenamos esta cosa. Hay dos candidatos. Bien, perfecto. Uno, dos. Con la izquierda la cuenta es la misma. Ahora, a uno se lo tragó la tierra, a mí me lo dijeron así y flasheé que Beto vino y se lo tragó, pero Toby me habló de un dominico que le lavó el bocho a unos canas y se cargaron al mismísimo presidente. Dos menos uno, uno. Queda uno que va a ser el mesías. Pero esto es un magnicidio y no veo que se refleje así... Digo, en las caras de la ciudad... Digo, la magnitud de esto, ¿no? Podría dejar la caminata y dedicarme a la bohemia. De hecho no sé muy bien a dónde garchas estoy yendo, no sé si donde Beto, no sé si donde la minusa del Jaso, no sé si a dibujar mapas de sociedades de fomento con canchas de papi al fondo... Pero qué estoy pensando. Tengo un quilombete en el marote... ¿Quién carajos anduvo tocando por acá? ¿Quién me desacomodó las fichas del Estanciero? ¿Quién me desafinó las cuerdas de la mandolina? Mmmmh, acá hay vasco encerrado. Esto es muy extraño. Ah, ahora recuerdo que me crucé por la calle al tontoide de Galarraga, me miró apenas y después le dio un cabezazo de lleno a un poste, no sé si por un ajuste de cuentas o algún poblema de polleras. Yo, personalmente, no confiaría en un poste. Además, este era mucho más esbelto que él, más como... metrosexual. Creí ver que me reconocía, pero le puse tal cara de culo que se cagó (Galarraga, no mi cara (¿por qué me aclaro esto?)). Y ahora me parece recordar que no estoy yendo a ningún lugar en especial... Pero... ¿Estoy huyendo? ¿De qué/dónde/quién/cuándo? ¿Estoy huyendo de tí, como en las canciones románticas? ¿Estoy huyendo del pueblo enardecido, como en las realidades? ¿Estoy huyendo de mí, como...
¿Perdón?
sábado, 20 de diciembre de 2008
El mito de la media naranja
La boca me ardía, llagada de ácido, en plena edad en que la oralidad pulsionaba. Era el noveno gajo que probaba en busca de vaya a saber qué, el ex-centro, alguna pepita de oro, saciar la sed, sufrir el exceso de fósforo del jugo, vivenciar mediante el gusto un pH bajo. Pero la foto sepia no me deja apreciar cuál era la causa de ese fervor con que le daba de a chupones, de a dentelladas, de a sobadas a la naranja, mirando a cámara y llorándole al fotógrafo. Tal vez las ansias de amor depositadas en esas tajadas, o la necesidad de apagar un deseo calenturiento con el jugo cítrico. De todas formas, nada de eso importa, lo que viene al caso es mi pasión temprana por el fruto con nombre de color holandés.
Fue un día de mi adolescencia cuando tía Raquel me contó acerca de la media naranja. Dijo que me veía solo, encerrado, literal, onanista, chupeteando naranjú a troche y moche, y que necesitaba salir de la ermita de mi cuarto para conocer alguna purretita que me moviera el piso, según sus palabras textuales. Yo pasaba el día leyendo diccionarios y escribiendo odas al fruto del naranjo en hojas canson del mismo color. Tía debe haber pensado que contándome lo de la media naranja iba a picar como trucha con mosca. Y la verdad es que era un buen cebo. De hecho años más tarde la felicité por su astucia, aunque ella ni se mosqueó ni abrió la trucha.
–Tulito [así era el diminutivo de mi nombre], tenés que hacerte señor, dieciocho años y el pescado sin vender. Te voy a contar algo, necesitás encontrar a tu media naranja. Tu media naranja es como esa personita en la que vos pensás, y ella al mismo tiempo piensa en vos, o sea, en su media naranja, que serías vos, Tulito. O sea, es el amor de tu vida en reciprocidad. Pero para lograr eso hay que trabajar –dijo, y me entregó una mitad de naranja, la que tomé como amuleto, como mito fundante de mi nueva cosmovisión. Estaba decidido a escribir una nueva página del evangelio.
Y los rituales comenzaron. Al otro día salí a buscar la otra mitad, obnubilado, sin darme cuenta del sentido metafórico de la frase hecha. ¡Y qué hechura! Toda mi vida había sido extremadamente literal y el amor (masc., porque soy bien macho) para mí era el sentimiento de inclinación hacia lo que agrada y se desea gozar. Como una media naranja. Como una purretita.
Mi primer acercamiento con el sexo opuesto con alguna intención que trascendiera el besito en la mejilla fue una chica que se llamaba Sandra. Pero me dejó escandalizada en la primera cita, cuando le mostré mi media naranja y clamé lacrimógeno de emoción por la suya, para ver si se ensamblaban en coito frutal y posterior casamiento, semillitas, hijos, nietos y panteón compartido. Después de ese fracaso rotundo, tía me dijo refunfuñante que no era cosa de encontrar la otra media naranja de un día para el otro. Con ganas de evitar otra frustración, me puse a buscar soluciones.
Así, y por indicaciones de mi diosa-tía, aprendí un poquito más sobre la lengua, la ideología y el mito en autores como Jung y Althüsser. Tenía que encarar los próximos encuentros con un poco más de vuelo en el diálogo, exceder el significado que creía incólume y fijo para siempre, pero siempre intentando encajar en el puzzle; y con garrote, para llevarme la hembra a la cueva y que no saliera más nunca. Pero lejos estaba de ser un iconoclasta con respecto a la redondez naranjal. La segunda muchacha, Valeria, resultó ser un fiasco. Tenía labios como gajos de mandarina y no estaba a la altura prevista de mi arquetipo jungiano. Y la dejé yo, aprovechando para tomarme revancha con el género femenino por el plantón de naranja lima de Sandra.
La tercera purretita, Eva, pintaba para casorio por iglesia maradoniana: sexo salvaje, seso primitivo y civilizada fanática de La naranja mecánica. Pero tenía a sus tocayas en el altar de otro templo. A Evita como líder y a las manzaneras como ejército frente al que se cuadraba. Su tip era la deliciosa de 8,50 el kilo, mucho glamour la chonga. Tanta Eva y tanta manzana que quedé como un Adán Perón cualquiera, secundado como costillita de cerdo a la riojana, y de postre manzanas del árbol prohibido hasta el vómito de compota, con la hoja de parra para taparme el miembro en clara disposición censora del demiurgo, que todo lo dicta y todo le dura. Cuestión que seguí un poco haciendo fachada, bancando la situación hasta que me hartara, hecho que sucedió el día que Eva me fajó con el dorso endosado de su mano. Me puso la firma y me mandó cobrar. Qué humillación… En ese punto yo ya era como la manzana del Guillote Tell. Y la apertura de mundos significantes paralelos me permitió empezar a hacer comparaciones a diestra y siniestra. Pero sobre todo, me permitió entender que el amor no podía encadenarse y eternizarse entre dos cachos de fruta así como así. Y más todavía cuando leí a Roland Barthes. Un auténtico mito muriente.
Yo sabía que este hijo de puta de Barthes la tenía. Imagináte que a una de las mejores marcas de teclados le pusieron su nombre de pila. ¡Qué metonímico! O pensá que se murió atropellado por un camión de una lavandería parisina (lo limpiaron). ¡Qué metafórico! En fin, un día leo Página/12 y veo que hay una nueva sección que se llama Mitologías, muy pro, muy gre, muy a la avant, muy sicobolch, y casi en simultáneo veo en la vidriera de una librería un librito de Barthes que se llama como la sección. ¡Qué analogía! Me lo devoré, imposible resistirse a esa tapa de color naranja; pero antes lo leí, claro. Y valía la pena tragarlo y embriagarse de tanta celulosa y tanta sapiencia. Ahí entendí que Raquel no era más que una tía; y la media naranja, un bolazo. Entendí lo del mito (la mitad de naranja), me percaté del sistema segundo que el mito constituía (Eva mitificada tapaba mi literalidad), supe de los vericuetos de la lengua, de la arbitrariedad palabrera (no pasaba naranja) y del mito como pura forma, y con contenido cristalizado en frases hechas. Es decir, mucho ruido y pocas nueces. Es decir, una maraca muda. ¡Qué oximorónico!
Uno de mis últimos pasos para la desmitificación del par naranjal como amor ideal e inalienable, fue formar una multitud compañera y trotskista, cambiar mi nombre y mi condición de individuo y conformar un sujeto colectivo-partido (a la mitad, per codere). La moraleja a la que llegamos es que la media naranja es artificial y el mito es una forma (semiesférica). Por ende, la media naranja es un mito. Después de tamaña inferencia tiré mi mitad de naranja, ya blancamente enmohecida por los años de desamor, y me fui a escabiar con los pibe.


