sábado, 20 de junio de 2009

Marche un magnicidio

Ver a Nicolae Ceausescu o a Saddam Hussein rehuyendo a la muerte con la ropa desaliñada y la barba crecida, días después de haber manejado los hilos de sus respectivos países con una firmeza digna de la parca, genera un morboso extrañamiento. El poder político inviste a personas pero puede dejarlas de un día para el otro, como una novia arrepentida de los galones ofrendados. Fueron ejecuciones captadas por cámaras y televisadas que se produjeron poco tiempo después de que esas figuras políticas fueran derrocadas de un plumazo; y su espectacularización tuvo el plus de mostrar los rostros grisamarillos y desencajados de esos personajes desinflados de poder.

Estas condenas a muerte, legales en el marco de una justicia ficcional instituida temporalmente por un grupo de poder recién llegado, también deberían considerarse magnicidios (y hasta el "hetero-magni-suicidio" de Slobodan Milosevic en su prisión de La Haya). Así como la pena de muerte contra un "delincuente común" es un asesinato (en la escala valorativa del lenguaje que solemos utilizar, ¿sería un nanocidio?).

Los magnicidios, desde el siglo XX, se consuman ya por una estrategia imperialista, una intriga cuartelera o una revuelta popular, circunstancia ésta que sucedió las menos de las veces. Y los escenarios suelen ser esos estados que muchos liberales optimistas ven rielados en las vías del desarrollo, pero en realidad divagan como locomotora en la arena. El caso tercermundista más cercano tal vez sea el linchamiento del presidente boliviano Gualberto Villarroel en 1946, quien fue quemado y colgado de un farol de la Plaza Murillo de La Paz. Aunque claro, tenemos también los casos de JFK en los Estados Unidos o Aldo Moro en Italia. Pero por más relevante que sea el asesinato político, no necesariamente va a implicar en sí mismo una transformación sociopolítica drástica, si no es acompañado por un movimiento popular que aspire a revolucionar las estructuras, para decirlo de manual.

Si adoptamos la postura del periodismo deportivo, que de todo hace una estadística, nos encontramos con que el continente africano es el más propenso a los atentados presidenciales; o para decirlo con una metáfora parca, el que más condena a sus mandatarios a aparcar la vida de espaldas a un muro. Lo cierto es que en los últimos sesenta años, "África registró un tercio de los magnicidios", según un cable de la Agencia EFE. En ese período, cuarenta y siete dirigentes fueron asesinados, diecisiete de ellos en el continente cuna del homo sapiens.

En general, y para los demócratas (liberales optimistas) que ven en África sistemas políticos jóvenes que aspiran a encauzar sus democracias, esta inestabilidad en el continente persistirá sin la ayuda crediticia de occidente que permita actualizar el coloniaje. Pero no tienen en cuenta que el problema de fondo es anterior a la constitución de los sistemas políticos. Los países centrales fueron pésimos planificadores de fronteras; o tal vez las hayan trazado de modo tal que el conflicto sea eterno. Los límites políticos africanos -armados para afianzar el control central: dividir y reinar- fueron tan caprichosamente guiados por conveniencias económicas con respecto a los pueblos o naciones que habitaban sus territorios, como lo fueron en América con respecto a los pueblos indígenas, en Medio Oriente con respecto a los palestinos o en tantos otros lugares. Como afirmara Rodolfo Walsh en su excelente nota "La revolución palestina", los países colonizadores se retiraron de las colonias independizadas dejando "la semilla de un conflicto inagotable".

Tal vez los magnicidios en continente africano más recordados sean el del presidente egipcio El Sadat en 1981; el del presidente liberiano Samuel K. Doe en 1990, cuya guerra civil desatada fue documentada por Arturo Belano, en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; el "dos pájaros de un tiro" de los presidentes de Ruanda y Burundi en 1994, cuando el avión en el que viajaban fue derribado por un misil, lo que dio inicio al genocidio tutsi por parte de lo hutus; y el del presidente de la República Democrática del Congo, Laurent Kabila (aquel líder guerrillero cuya indecisión en los sesenta llevara a la desesperación del Che Guevara y su posterior huída de esa extraña campaña por el África), en 2001. El último fue João Bernardo Vieira, de Guinea Bissau, en marzo de 2009, por componendas con el jefe militar que había sido asesinado un día antes.

Así, África es noticia por su inestabilidad política y sirve de referencia para algunos analistas advenedizos que pretenden asustar a los votantes en tiempos de elecciones diciendo que África es "nuestro destino". O bien sale en un especial del suplemento Ñ que muestra esa cara "ignorada" del continente (en cuyo ocultamiento colaboran los propios medios por omisión) de manera folclorizante. Pero detrás de esa fachada que construye occidente, los tambores no sólo suenan para "clamar ayuda a los países centrales", sino que, ejecutados por actores políticos (el pueblo, otra vez de manual), muchos percuten en la lonja versiones superadoras de nuestro "Hay que matar al presidente".

8 comentarios:

carl dijo...

ejecutados por actores políticos (el pueblo, otra vez de manual), muchos percuten en la lonja versiones superadoras de nuestro "hay que matar al presidente".

luc, esto supera ampliamente mis capacidades sinápticas en un día en el que mi estadía en el borde de la "salud" se mantiene a muchísimos miligramos de ibuprofeno.

Luc Pierrot dijo...

uf, lo leo de nuevo y tampoco lo entiendo, pero a ver si puedo explicarlo por partes:
-"ejecutado" y "percuten": especie de analogía entre un tambor (instrumento de origen africano) ejecutado y percutido en su lonja de cuero; y de un revólver, que también tiene tambor percutible y puede ejecutar.
-"pueblo": no sé qué significa, parece una palabra utilizada por sociedades antiguas y caída en desuso. Debe hacer referencia a algún grupito de gente, pero nada que ver con la gente que se deleita en las fiestas cívicas.
-"versión superadora de 'Hay que matar al presidente'": un camino podría ser trotskizar esa canción (Manos de Filippi) hecha por un candidato del PO. ¡¡El cabra presidente!!
Al total lo dividís por la cantidad de presidentes magnicidados en África y te da la clave del éxito. En fin, necesito algo más fuerte que el ibuprofeno para escribir algo interesante.

carla dijo...

ahhhhh, qué metáfora te echaste!

antes me sonaba a algo de carnicería.

entendí todo, muy buena explicación.

el pueblo también es eso que está justo al lado de crónica tv, no?

Anónimo dijo...

No conocia esa nota de Walsh, la tenes completa? Pasala. Es interesante el recorrido de magnisidios. Agregaria el de Somoza en Paraguay perpetrados por connacionales en una operación de pelicula.
El de De la Duda, fue un suicidio?

"...hay que matarlos a todos"

Comando SUR

Anónimo dijo...

A pesar que en ese momento,había sido destituido, el de Patrice Lumumba, fue un maganicidio. Lumumba representaba a esa entelequia del otro comentario.... ¿pueblo era?.. no me acuerdo....

Comando Ushuaia (Más al Sur, todavía)

Luc Pierrot dijo...

Totalmente, Patrice se me pasó mal, y era el que no se me tenía que pasar. Más por la influencia que generó fuera de los límites del continente africano. Pero bué.

Anónimo dijo...

Caso paradigmático el de Patrice Lumumba, como bien decís. Lo hizo fusilar Mobutu, influenciado por la CIA y Bélgica. Años después, el propio Mobutu, lo declaraba héroe nacional, años más tarde.

Luc Pierrot dijo...

Claro, Mobutu, el inventor del Zaire. Y al que termina derrocando Laurent Kabila a fines de los 90, y vuelta a llamarse República Democrática del Congo. África es un auténtico TEG de las grandes potencias.