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miércoles, 9 de noviembre de 2011

Apuntes para el Cambio

Se presentó la revista digital de Economía Política Apuntes para el Cambio, impulsada por jóvenes compañeros y compañeras de este humilde reducto virtual, y desde la que buscan generar un espacio de debate que no se diluya en el mero eco del claustro. Se puede acceder desde acá, leerla on-line o descargarla en pdf. Invitamos a leerla, hojearla u ojearla.
¡Salud y albricias!

Apuntes para el Camio - Revista Digital de Economía Política

Clic Aquí para ingresar a la Revista


Edición de lanzamiento

Apuntes para el Cambio surge a partir de la inquietud de un grupo de investigadores por analizar la etapa actual desde una perspectiva crítica que permita caracterizar el patrón de acumulación de la economía argentina, así como sus principales limitantes estructurales. Se trata de estimular y profundizar el debate, al que se pretende contribuir con el planteamiento, para la discusión, de posibles líneas de acción política que tiendan a impulsar un proceso de desarrollo económico autónomo, dinamizador de un crecimiento inclusivo y sustentable en el largo plazo. Este proceso no puede estar desvinculado de una significativa mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y, más ampliamente, de los sectores populares, como modo de revertir la inequitativa estructura distributiva heredada tras casi tres décadas de hegemonía neoliberal.

Hoy resulta indispensable sostener los importantes
avances logrados desde la salida de la convertibilidad,
momento de quiebre a partir del cual se ha alcanzado
un importante y sostenido crecimiento económico
trastocando algunas de las tendencias regresivas impuestas
durante el período 1976-2001 tanto a nivel macroeconómico
y del mercado de trabajo, como en términos de políticas
públicas y sociales. Este es tan sólo el punto de partida; es
necesario avanzar hacia un proceso de transformación
estructural de la realidad socio-económica argentina y de
sus condicionantes históricos. Este es el sentido sobre el
que creemos hay que caminar. No es posible conformarse
con una estructura económica desarticulada, con
persistentes niveles de informalidad y precarización laboral
o con una distribución del ingreso altamente regresiva.

Esta revista es un proyecto colectivo que intentará reflexionar
en ese sentido, desde miradas diversas, no siempre convergentes,
que permitirán enriquecer el debate fortaleciendo una mirada
crítica, siempre necesaria a la hora de ampliar horizontes.
Nuestros aportes intentarán ponerse al servicio de un proceso
de cambio que creemos sólo puede profundizarse desde el interés
y la acción política de los trabajadores en confluencia estratégica
con otros sectores sociales consustanciados con el desarrollo nacional.

Para acceder a la Revista haga clic aquí



APUNTES PARA EL CAMBIO
Revista digital de Economía Política
Año 1 - Número 1
Buenos Aires - Octubre / Noviembre de 2011
www.apuntesparaelcambio.com.ar
revista@apuntesparaelcambio.com.ar

lunes, 5 de septiembre de 2011

Pienso, luego vino (etiquetando etiquetas)


Maurice Merlot-Ponty
"Este merlot tiene cuerpo propio"


Michel Torino Foucault
"La estructura del vino, como la del poder, no existe"


Walter Benjamin Nieto Senetiner
"Mmh, tomar tinto con fruición aurática me dejó una resaca..."

viernes, 4 de marzo de 2011

Nostalgias del Altiplano


Uno de los aspectos sobresalientes de la movilización actual de los pueblos indígenas es la toma de conciencia de su misión histórica. Ellos no sólo se limitan a la afirmación de sus derechos y a la reivindicación por su respeto, sino que piensan a partir de su historia, su cultura, estar preparados para denunciar la violencia criminal de la civilización occidental, a la vez que son capaces de brindar elementos inspiradores para una civilización alternativa.

Giulio Girardi
 
En pocos países del mundo conviven en permanente y explícita tensión el pasado y el presente como en Bolivia; claro que esa convivencia está lejos de ser armónica. Tal vez, por lo autóctono, más cerca de ser zampoña, ponzoñosa y destemplada. Pero fuera de lo musical, los problemas políticos, económicos y sociales que aquejan al país desde que el Alto Perú fue convertido en república, persisten sin resolución a la vista. El contexto varía, pero los conflictos se enmarcan casi en los mismos tópicos: enorme cantidad de recursos naturales, cuya riqueza es aprovechada fuera de la frontera territorial; violencia pretendidamente maniquea entre gobernantes y explotados, occidentales y orientales, blancos e indígenas, campesinos y citadinos, mineros y agricultores, altiplano y llanura. Una sociedad que se figura segmentada binariamente para ocultar los puntos de fuga, la multiplicidad que cuestiona el orden impuesto por un Estado, como señalaran Deleuze y Guattari.

Lo cierto es que en la historia boliviana el bastón de mando va de una mano a la otra, y a pesar de que muchas veces es arrebatado por militares, ese fetiche de poder apenas sirve para sostener el paso de un régimen avejentado. Esta situación fue históricamente aprovechada por los distintos grupos opositores de turno, en rotación constante, los cuales siempre contaron con la mínima fuerza para desequilibrar una balanza que tiene mucho más que dos platillos.

En este vaivén político, los grupos indígenas siempre miraron (o dieron la espalda) desde afuera, sintiendo en el ir y venir de esa puerta de acceso al poder la brisa repulsiva que no les permitía el paso. Pero la espera, el tiempo, el pasado fueron los factores indispensables para construir una experiencia propia de participación y visibilización frente a un Estado-Nación que trató como minoría al grupo mayoritario del país. Ese pasado es el cimiento que sostiene el proyecto político indígena en la actualidad, tanto el que busca un cambio desde el Estado mismo, como el que desconoce a este aparato y le reclama su autonomía. En este panorama, las tierras y los recursos del subsuelo constituyen el punto de tensión entre los distintos grupos en disputa.

Una reseña conflictiva

Consideramos importante realizar una breve descripción histórica para comprender el nuevo papel que cumplen los pueblos originarios en el altiplano. Bolivia tiene alrededor de un 70 por ciento de su población de origen indígena y desde enero de 2006 es dirigido por primera vez por un presidente aymara –pero, claro está, bajo un régimen occidental que apenas está empezando a reconocer antiguas leyes consuetudinarias en una nueva constitución. Este país suma en su haber anecdótico la mayor cantidad de golpes militares de Latinoamérica; la primera (y fallida) insurrección independentista de Sudamérica, que lo relegó al último puesto cronológico de países liberados del yugo español; una guerra oceánica y pacífica que condenó a sus fuerzas navales a contentarse con un despliegue acotado a un lago interior (el más alto del mundo, vale agregar); la primera (y fallida) revolución obrera del continente en 1952; aventuras guerrilleras casi míticas; derrocamientos populares y magnicidios de película. Un nutrido listado de hechos históricos relevantes en un país despojado de tierras y mares que lo condujeron a su actual condición mediterránea y que, aún así, sigue su trayecto de luchas y muertes en torno a las inmensas reservas de recursos naturales. Cabe preguntarse si el agotamiento de éstas traería la paz definitiva, que su capital pregona.

Actualmente, en épocas de dogmatismo neoliberal, Bolivia aparece para muchos como un faro en las luchas emancipatorias de los pueblos oprimidos. Y si realizamos un seguimiento de los últimos acontecimientos podemos constatar que cada vez ganan más en violencia, cada movilización popular alcanza a dar un paso más en sus objetivos pero no logra una victoria definitiva. Las montañas ruinosas y cada vez más altas que el ángel de Benjamin observa irremediablemente son la chispa que está a punto de alcanzar la mecha del presente. En cada período de tregua, la próxima explosión social se insinúa. Esta situación parece estar lejos de desencadenar un efecto dominó en otros países (podría hacerse una salvedad con Perú, por su composición social indígena en común), pero es tomada cada vez más en serio a la hora de trazar perspectivas políticas alternativas a nivel mundial, gracias a la visibilización y el clamor de sus protagonistas, en su mayoría indígenas. Y con más razón, luego de tanto academicismo que fuera de su ombligo vio alteridades de las cuales se hizo eco, pero sólo mediando a través de su voz.

Las causas de las fuertes divisiones sociales se remontan a la época colonial y su independencia territorial en la primera mitad del siglo XIX. Esa época encontró a Bolivia sustentándose sobre una base agrícola feudal, luego de la decadencia argentífera, lo cual obstaculizó todo intento de desarrollo de una burguesía nacional. Al agotamiento de la plata potosina y la constitución del poder económico chuquisaqueño y oriental, sucedió un nuevo resurgir de la minería a principios del siglo XX, con los barones del estaño a la cabeza. En la actualidad, las grandes reservas de recursos hidrocarburíferos y una nueva pérdida de las vetas mineras vuelven a encontrar un oriente rico, en un país fuertemente centralizado con su capital administrativa en el occidente altiplánico (trasladada de Sucre a La Paz en 1899 luego de la llamada “Revolución Federal”).

El reclamo de las autonomías departamentales del oriente por causas económicas tampoco es algo nuevo en la historia boliviana, si recordamos que la región noroccidental cauchera del Acre se “pasó” del lado brasileño a principios del siglo XX por conveniencias tributarias para sus terratenientes. El acentuado regionalismo en Bolivia tiene su antecedente en este cambio constante del “polo magnético” del poder, pero siempre dentro del ámbito molar de la estratificación dual del Estado. De todas formas, debemos diferenciar el reclamo de autodeterminación de las comunidades indígenas de las autonomías divisionistas que, como en los Balcanes o en la América del siglo XIX, fueron apoyadas por los países más poderosos por estrategias políticas. Una autonomía indígena a la “manera occidental”, en cambio, es difícil de pensar. Sobre todo porque se plantea como una alternativa al Estado. Y porque se proyecta como una autogestión solidaria con el resto de las autonomías y estructuras de organización social, y no sobre la base de una relación de dominación.

En el presente de Bolivia, atomizada por donde se la ausculte, el reclamo de la nacionalización de los recursos económicos parece ser la única bandera que pueden levantar los movimientos sociales, en un país donde el desarrollo capitalista fue transnacional desde su concepción. La cuestión indígena y sus demandas para ser reconocidas como naciones autónomas le agregan un plus a esta compleja ecuación territorial.

Mil altiplanos

Un factor sensible en el conflicto social boliviano tiene que ver con las diferentes coordenadas temporales entre la sociedad occidentalizada y las comunidades indígenas. El Estado no resulta una modalidad de control legítima para estas últimas que, aisladas en recónditos espacios rurales, no tienen beneficios directos del aparato de poder y encima sufren las consecuencias de su política. Es por esto que, en cierto modo, muchas formas de vida originales existen sin “contaminación” occidental desde tiempos precolombinos. Esta brecha espaciotemporal es determinante a la hora de establecer un mapa de relaciones sociales. Pero también es cierto que en los últimos años este margen menguó gracias a la organización y participación indígenas en torno a la lucha del poder político, ya sea en función de su integración al Estado, o bien por su reclamo de autonomía. Esta división podría rotularse en lo que algunos teóricos llamaron “integracionistas” y “alternativistas”, ambos exponentes de distintas líneas ideológicas dentro de los grupos indígenas. Los primeros serían líneas de fuga que tienden a “endurecerse” a medida que se integran al Estado, mientras que los otros constituyen multiplicidades o devenires en fuga constante, según explican Deleuze y Guattari en Mil Mesetas.

Para entender la pervivencia de las comunidades indígenas en territorio boliviano es preciso dar cuenta de las condiciones geográficas del país como una de las principales causas de su permanencia. Es decir, muchos ayllus o comunidades sobrevivieron a las primeras grandes matanzas de los conquistadores españoles por el difícil acceso a sus territorios. Pero una vez alcanzados éstos, sus pobladores fueron sometidos a la esclavitud y los trabajos forzados. En este sentido, la habilidad de los españoles consistió en desplazar a los gobernantes incaicos y ocupar sus lugares, mientras dejaron en sus puestos a los curacas o caciques, quienes mantuvieron su autoridad jerárquica en cada ayllu, el cual a su vez mantuvo su estructura.

Por otro lado, y más acá en el tiempo, la política migratoria de Bolivia en el siglo XIX fue desatendida por los gobernantes que se enriquecían con el sistema feudal y esclavista a costa de los indígenas. Es por esto que no existió una afluencia europea como en el resto de los países sudamericanos. A su vez, tampoco fue relevante la importación de esclavos africanos por su falta de adaptación al ambiente del altiplano (la única comunidad afrodescendiente boliviana que sobrevivió es la de la zona selvática de Coroico) y por la disponibilidad de mano de obra esclava indígena.

Estos son algunos de los factores que explican la vigencia de los pueblos indígenas en territorio boliviano, tanto los que siguen viviendo en comunidades y con viejas costumbres, como los mestizos que migraron a las ciudades –donde muchas veces se organizan sobre la base solidaria del ayllu, como el caso de la FEJUVE– y a otros países.

Ahora bien, ¿es la autonomía una alternativa exterior al Estado? Sin lugar a dudas, es un punto de fuga con respecto al Estado moderno, pero es necesario hacer referencia a que las comunidades indígenas coexistieron en la época precolombina subordinadas al Estado incaico. Es decir, que los ayllus tenían una organización propia y, a pesar de sus visos solidarios, jerárquica. Y a su vez debían responder a las exigencias del Incanato, como las cuotas de trabajo que los comunarios eran obligados a cubrir o la entrega de los excedentes de las cosechas.

En la actualidad, el movimiento indígena intenta ocupar todos los espacios de poder, tanto el del Estado, como el de las autonomías, exterioridades que cuestionan la estructura centralizada. La mayoría de los movimientos sociales de base indígena acompañan al gobierno de Morales, algunos con mayor participación y concesiones que otros, aunque siempre buscando canalizar sus reclamos de autonomía por la vía constitucional. Pero por otro lado, hay naciones originarias que aun con un presidente aymara insisten con la autodeterminación, y organizaciones vecinales urbanas que tejieron una trama de relaciones horizontales. El ayllu sobrevivió al Incanato y pretende ser reconocido como subsistema autónomo, sin depender de ningún Estado. Esa “máquina de guerra” que en los últimos años acorraló al Estado burgués derribando presidentes, parece estar enmarcándose, en parte, en una relación de convivencia con el Estado. Más si se tiene en cuenta que en el frente interno existen pretensiones autonomistas de regiones occidentalizadas que buscan recomponer su poder dividiendo el Estado, contra el avance de los movimientos sociales del altiplano. En este conflicto los grupos indígenas cierran filas con el gobierno del MAS.

El Estado parece estar “comiéndose” ese movimiento nómade que esgrimía sus propias reglas, ajenas y mucho más añejas que las leyes occidentales instituidas con la modernidad. Sin embargo, esa expresión de nomadismo –si es que puede ser tratada como tal– convivió con otro Estado imperial, el inca, por lo que la fuga de hoy es una forma de resistencia a una potencia que busca diluir esa autonomía, pero que cede cada vez más a sus demandas sin desligar los lazos institucionales con ellas, de forma de perpetuarse como órgano centralizado de poder. En todo caso, parecería tratarse de un nomadismo, nómade con respecto a su condición, e histórico; que por momentos se sedentariza en comunión con el Estado, pero con la latencia de retomar su lucha de autonomía si su espacio de poder peligra. Y la historia –su propia historia, la de los pueblos originarios, oral, ágrafa, no oficial, pero historia al fin– siempre está presente, tanto en los momentos de subordinación, como a la hora de actuar como máquina de guerra.

El poder de los símbolos

La importancia y el reconocimiento que han adquirido los símbolos indígenas trascienden el límite de sus pueblos. Hoy existen muchos partidarios de su causa que no necesariamente pertenecen o tienen raigambre en esas comunidades, sino que se sienten identificados con una lucha que es cada vez más visible, luego de siglos de solapamiento. En este sentido, el uso alternativo de los términos “indígena” e “indigenista” que adjetivan esta lucha hace referencia a la distinción efectuada por José Carlos Mariátegui, por la cual la literatura  indigenista de su época es una literatura de mestizos, mientras que una literatura propiamente indígena sería la producida por los nativos “puros”. En la actualidad, dicha diferencia se torna difícil de poner en práctica, si se tienen en cuenta los movimientos migratorios, el mayor grado de mestizaje y los procesos de construcción identitaria que implican una serie compleja de factores.

El enaltecimiento del indígena y sus símbolos aparece frecuentemente en la historia de Bolivia, sobre todo en épocas de crisis e insurrecciones populares. En muchas ocasiones el imaginario combativo remite a figuras que lideraron levantamientos, mártires que cayeron en defensa de derechos obreros o de la autonomía comunaria; innumerables trabajadores masacrados en la mina, la hacienda, la selva, el desierto. El pasado es una fuente de recursos simbólicos para cimentar las luchas del presente que, gracias al elemento místico de la cosmovisión indígena cuyo objetivo es la armonía entre los hombres y mujeres, el cosmos y la naturaleza, constituyen una nueva y particular forma de hacer política que puede ser imitada en algún grado por otros movimientos.

Muchas veces ese mismo imaginario parece estar fuera de foco, o ser visto con una lente ahistórica. Así, quienes veneran a Julián Apaza, alias Tupac Katari, cacique aymara que se levantó casi en simultáneo con Tupac Amaru y mantuvo bloqueada la ciudad de La Paz en 1781, no consideran la posibilidad de que, en tanto curaca, su lucha era la de un jefe comunitario en favor de sus intereses jerárquicos y en contra de las imposiciones de los españoles. Según este parecer, no pugnaba por la liberación indígena –o al menos no en un principio–, sino que luchaba por mantener los privilegios de su cacicazgo, como sostiene Liborio Justo en su ensayo Bolivia: la revolución derrotada. Tampoco es cuestión de encontrar el símbolo “puro”, el auténtico, el que represente los “verdaderos” intereses de los explotados en la actualidad. Como señala Justo, en la época incaica “la cultura era atributo exclusivo de la clase dominante (…) mientras el pueblo vivía sumido, por designio de esa clase, en la más cruda ignorancia”. Los símbolos son resignificados según los intereses del contexto histórico, y el levantamiento katarista es reivindicado en tanto tal, es decir, una insurrección indígena masiva que cuestionó el sistema dominante ejercido por los conquistadores. Y ese valor parcial, sintetizado con los pormenores del presente, es el que rescatan a la hora de erigir su propia lucha.

Para Justo, el levantamiento de los caciques se trató más de un intento de volver atrás la rueda de la historia, hacia épocas precolombinas, que una pretensión emancipadora. Según el autor argentino, la restauración del orden que las “masas inertes” apoyaron detrás de sus caciques no planteó la cuestión de las tierras ni la de la explotación. Pero es difícil pensar que, de haber triunfado, este movimiento hubiera restaurado el viejo régimen. Es un axioma del marxismo que la historia no se repite más que como farsa y que cada transformación social, aun la encabezada por las clases dominantes, es un paso que se acerca cada vez más a la insurrección de los explotados. Así como en la actualidad los grupos indígenas no pretenden retrasar el reloj, sino más bien desarrollar su vida comunitaria sin subordinarse a la dominación estatal. Claro que tampoco tienen como objetivo la disolución del Estado-Nación que los enmarca ni la constitución de uno nuevo, sino más bien la cesión de los territorios que les pertenecen ancestralmente y la convivencia sin entrometimientos en los asuntos propios de cada grupo.

¿Mesianismo indígena?

Según el análisis de Michael Löwy sobre la concepción de la historia de Walter Benjamin, ésta “constituye una forma heterodoxa del relato de la emancipación: inspirada en fuentes mesiánicas y marxistas, utiliza la nostalgia del pasado como método revolucionario de crítica del presente”. Las referencias culturales e históricas de las luchas indigenistas actuales son precapitalistas, pero se enmarcan en un presente que impone otras reglas del juego, aun cuando la exterioridad del movimiento le permite moverse en un terreno ajeno al Estado.

El hecho de que Evo Morales haya asumido en la ciudad sagrada aymara de Tiwanaku, por ejemplo, habla de una experiencia compartida, de una serie de elementos cultuales que forman parte de un pasado colectivo y por lo menos aparenta la motorización de un cambio social a partir de la reintroducción de la teología, del elemento místico que funda la memoria de una tradición cultural e histórica. Aunque lejos del marxismo que Benjamin pretendía articular con el misticismo, y dentro de una democracia capitalista, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Morales se propone algunas reestructuraciones de las políticas que llevaron adelante los gobiernos anteriores, sobre todo las vinculadas a la nacionalización de los recursos naturales y a las autonomías de las comunidades indígenas. Cabe aclarar que el mesianismo benjaminiano no espera la señal de Dios, sino que es una posta que debe ser tomada por la humanidad.

La historia en Benjamin está motorizada por la lucha de clases y aparece como una sucesión de victorias de los poderosos: es una percepción “desde abajo”, desde los derrotados, los vencidos, las clases explotadas. Aquí podríamos entrever una aparente contradicción en la visión nostálgica que las clases dominadas de Bolivia tienen del Imperio Inca, en tanto fue un régimen tiránico y despótico con respecto a las comunidades que estaban dentro de su dominio. El mismo Benjamin señala que los monumentos y ruinas incaicas son huellas de esa dominación. Citando su conocida tesis, en tanto documentos de cultura de una civilización (la incaica), son a la vez documentos de barbarie, porque para ser erigidas esas edificaciones fue necesario organizar “máquinas humanas” de esclavos. La dialéctica ente civilización y barbarie que analizara también Lewis Mumford con su concepto de técnica autoritaria. Esta idea, claro está, no apunta a servir de fundamento a quienes sostienen, como los terratenientes y grandes empresarios del oriente boliviano, que los que buscan mantener la unidad nacional de Bolivia desde el Estado central son indios bárbaros ni, menos aún, a que sean reconocidos como indios civilizados. En todo caso, ninguna identidad puede anquilosarse en una categoría absoluta y eterna.

Pero aquí encontramos una resignificación positiva de esa cultura ancestral, que parece tener el objetivo no tanto de revitalizar ese imperio, sino más bien de situarse en una posición de poder frente a la dominación occidental que resultó vencedora. No por nada Löwy señala que “cada nuevo combate de los oprimidos pone en entredicho no sólo la dominación presente, sino también esas victorias del pasado”. La rememoración (Eingedenken) es una forma de abrir la clausura del sufrimiento pretérito. No todo está cerrado, ni aun las añejas derrotas. Y es una constelación crítica entre ese pasado y el presente lo que permitirá generar las imágenes dialécticas y “salvadoras” que rediman las calamidades de tantos siglos de dominación, concentradas en un ahora pretendidamente revolucionario.

Es claro como esta concepción de la historia sustentada en el pasado se contrapone con la idea de progreso dominante en la Ilustración, que orientaba los prismáticos hacia un futuro donde se alcanzaría la armonía absoluta, sostenida sobre pilotes hegelianos. Ese paradójico “Angelus Uetus”, avejentado por mirar el futuro en un espejismo del horizonte, es el que se diluyó con la aporía iluminista. Por el contrario, la postura indigenista pareciera encajar en la tesis del Angelus Novus, que avanza “a contrapelo”, observando las montañas ruinosas del pasado, alimentándose “de la imagen de los ancestros sometidos, no del ideal de los nietos liberados”. Al respecto, Löwy manifiesta que “quizás América Latina represente el ejemplo más impresionante del papel inspirador de las víctimas del pasado”, y menciona a José Martí, Emiliano Zapata, Augusto Sandino, Farabundo Martí y al caído en tierras bolivianas Ernesto “Che” Guevara. A los que podríamos agregar a Tupac Amaru, Tupac Katari y, por qué no una mujer, la esposa del segundo de los tocayos, Bartolina Sisa.

Pero este basamento pasatista no quiere decir que el futuro sea una cuestión de libre albedrío ni de azar, sino que se trata más bien de una apertura de la historia a una multiplicidad de posibilidades, como una serie de puntos de fuga historizados que el poder centralizado no puede controlar. La autodeterminación por la que abogan naciones indígenas como la aymara en Bolivia y Perú, o la mapuche en Chile y Argentina, busca sustentarse en su propia cultura, que tantos embates resistió a lo largo de los años. Tampoco se trata de grupos “luddistas” que están completamente en contra de los avances tecnológicos y no buscan más que hacer un borrón y cuenta nueva de la cultura occidental. En todo caso, apuestan a “soltarse” de la tutela estatal, a determinar por su propia cuenta su relación con la naturaleza y la tecnología.

El convulsionado presente de Bolivia parece tener también una multiplicidad de reminiscencias, tan diversa como las culturas que habitan su territorio. Y esas referencias marcan hitos de ebullición política y social, mojones casi permanentes en su continuidad histórica. Esa acumulación de ruinas tiene un límite para el estallido. Como si lo que se acumulara fuera un polvorín cada vez más grande. Cada nueva revuelta en Bolivia, con las anteriores como ejemplo y a la vista, es más violenta y horada un poco más en la piedra que obstaculiza la veta de un futuro apenas atisbado, pero que pretende ser mejor.

Alternativas frente a la poscultura y la pseudocultura

En este sentido, ¿es posible pensar en la reavivación de las culturas indígenas como una salida a la tan mentada “poscultura” occidental? No sólo los indígenas o mestizos se reivindican como tales, sino que el fenómeno llega a vislumbrarse en los grupos migrantes, como el de la comunidad boliviana en Buenos Aires. En 1998, cuando el gobierno de Menem desató una persecución lombrosiana en contra de los extranjeros indocumentados, sobre todo de países limítrofes, muchos decían que no eran “indios” para que se los detuviera de esa forma, negaban su origen con tal de evitar persecuciones. Hoy pareciera que la tortilla se volvió, en parte gracias al poder que demostraron las comunidades indígenas en conflictos desarrollados en países como Bolivia y Ecuador. La autoafirmación de los migrantes bolivianos como quechuas, aymaras o guaraníes se da en el marco de las victorias obtenidas con participación de estas comunidades en sucesos como la “guerra del agua” o la “guerra del gas”. Podríamos decir que aun los mismos indígenas deben pasar por un proceso de devenir indígena ya que, como vimos, nacer en el seno de la comunidad o ser mestizo no asegura que cada integrante se sienta orgulloso de sus raíces. Diez años después de esconderse de las razzias policiales, los migrantes bolivianos toman continuamente las calles para manifestarse, ya sea frente a la Embajada boliviana para pedir la renuncia de Sánchez de Lozada, ya sea frente a la Embajada chilena en reclamo de una salida al mar, ya sea frente al Congreso de la Nación en apoyo al presidente de Bolivia Evo Morales. Una reterritorialización de contingentes humanos desterritorializados a la que el Estado tuvo que ceder en virtud de la presión de tantos años sobre su dique rajado; una búsqueda de visibilización luego de años de ocultamiento ante el peligro de la deportación, de la discriminación, en fin, de todos los aspectos de la exclusión social.

Pero si comparamos este estado de cosas con la idea de “poscultura” que tan eurocéntricamente maneja George Steiner nos topamos con una válvula de escape a la utopía añorada por la cultura occidental del siglo XX, al hastío, al ennui que genera esa “edad de oro” del siglo XIX iluminado que ya no volverá. Cierto es que las imágenes del pasado se imprimen en nuestra sensibilidad y rigen nuestras vidas, pero antes deben pasar por el filtro del presente, que a su vez le agrega sus propios ingredientes para reformular dialécticamente esas imágenes. Ese pasado ya no se ve como la oportunidad histórica perdida que tuvo la humanidad de liberarse, sino como una ruina que permite otra perspectiva, otro conocimiento a la hora de construir o, mejor dicho, sembrar nuevos rumbos históricos. Las energías del siglo XIX que aparecen deterioradas y oxidadas en el Viejo Continente, en estas latitudes parecen tener mayor vitalidad, aun siendo más antiguas. E incluso siendo civilizadamente calificadas por Steiner como corrientes de un “neoprimitivismo”, proveniente de “inviables promesas tercermundistas”.

Al fin de cuentas, todo prefijo que deja sufijada a la historia, todo “post”, “re” y “neo” son evidencia de la apatía mental que agobia a los pensadores que, curiosamente como los Incas en otros tiempos, se creen el qosqo del mundo. A propósito, es notable cómo algunas palabras nunca caerán en desuso, mientras que cabe pensar que en algunos años–por poner un ejemplo postrero– la mencionada poscultura pueda quedar como un desesperado intento del presente de anclarse, en simultáneo, como referencia en la historia (salvo que su evolución nominal lógica y progresiva nos lleve irremediablemente a una post-poscultura [y en ese hipotétrico caso, ¿post x post = pre? {la posibilidad de que la magia del lenguaje nos permitiera viajar en el tiempo merecía esta triplemente encorsetada digresión}]). Esa postura céntrica, centralista, lejos está de alcanzar la reclamada inmediatez perdida a causa del crecimiento astronómico del archivo, de la que precisamente Steiner se queja porque su pseudovitalidad nos aleja cada vez más de la experiencia en toda su plenitud.

Y retomando un concepto de Theodor W. Adorno, fonéticamente similar al de poscultura, pero con diferentes connotaciones –el de pseudocultura, que no se limita únicamente al carácter pedagógico, sino que refiere a la transmisión cultural en una sociedad–, podemos reafirmar que la cultura andina se presenta como una alternativa no necesariamente universalizable, pero que por lo pronto puede cimentar las bases de una reconstrucción política y social de un país que ve geográficamente al mundo desde arriba, pero se halla, desde la construcción del Estado, buscando adaptarse a los dictados homogeneizantes del exterior. A pesar de la masificación de la educación como “pseudocultura socializada”, en tanto “espíritu manipulado de los excluidos”, una gran cantidad de población, sobre todo indígena, quedó fuera de su alcance. Al costado del camino donde circulan los bienes culturales. Es decir, que queda en pie una gran cuota originaria de “espíritu”. No únicamente en el sentido idealista del concepto adorniano, sino más bien en lo que hace a la posibilidad inconformista, autónoma y libre de crecer “en la relación con la cosa, como ocurría en su tiempo con la idea misma de cultura”. En este carácter doble de la cultura, entonces, nos encontramos con que frente a la adaptación recíproca de los hombres y mujeres que puede darse dentro de una lógica de la dominación, se percibe una resistencia natural, una autolimitación a lo existente que por su modestia y respeto con la naturaleza permite construir una cultura autónoma –y no por eso poshumana. Una cosmovisión que se hace carne porque ya fue carne y lo siguió siendo. Porque se materializa en una cultura y no es una mera sucesión temporal de un período caduco, sino una batería de prácticas, representaciones, desvíos, resistencias que existen paralelamente, y desde épocas inmemoriales, a los períodos establecidos por el poder centralizado de la academia.

El interminable y apático domingo psiquiatrizado que parece sufrir la cultura occidental toma nuevos matices en los movimientos indigenistas, que recuperan el aura temporal con elementos cultuales de sus ancestros. No por nada surge en sociedades apenas industrializadas, o directamente campesinas, donde la explotación casi esclava llevó a entablar luchas no tanto contra la alienación y la deshumanización, sino más bien por preservar la propia vida.

Más allá de la alegre recepción de los símbolos culturales andinos que, sobre todo en la juventud, son visibles ya como moda mercantilizada, ya como reconocimiento de una lucha que tiene una fuerte carga en esos signos (desde la wiphala, bandera multicolor de las comunidades del Tawantinsuyo, hasta los gorros de camélidos altiplánicos), éstos parecen ocupar un lugar vacante en la historia de la representación de los conflictos populares. Así, en las distintas manifestaciones de la comunidad boliviana, la mencionada wiphala igualó en número a la bandera tricolor de la nación boliviana. Sin ir más lejos, muchos migrantes bolivianos en Argentina se consideran tan bolivianos como indígenas. Y esos símbolos se levantan como refuerzos de una identidad política que está en permanente desarrollo y transformación, en un constante devenir minoritario e –insistimos– histórico. Es decir, que no se trata de una categoría estancada en un estado definitivo, ni tampoco por eso una acuosidad caótica sin rumbo.

En cuanto a la política misma de los movimientos indígenas, ésta también es cultural; o bien, es parte de una cultura que es a su vez política. El resurgimiento de las culturas precolombinas, obviamente aggionardas en su inserción en un sistema político occidental –podríamos decir que a la manera de los elementos residuales de Williams–, le dan un nuevo giro (y no nos referimos al jamesoniano) a la situación nihilista que muchos teóricos sostienen sobre el mundo occidental y su fracaso después de Auschwitz. No quiere decir que vaya a ser el sustituto universal de la pretensión ilustrada, totalitaria y extinguida, pero se erige como una alternativa más en el marasmo fragmentario y líquido que algunos globalizantes y posmodernos se emperran en navegar sin brújula.


Luciano Beccaría (2008)
Originalmente publicado en Noticias del Sur y Blog Arteuna

martes, 16 de noviembre de 2010

La ficción como inspiración



Pixote hace recordar a Zé Pequeno. Pero al enfrentar sus historias, caemos en la cuenta de que la inversión del espejo es el nexo de ese recuerdo. Zé Pequeno, el niño pistolero que en los setenta marcó su territorio en la favela carioca Cidade de Deus, es narrado como evocación en la película del mismo nombre. Pero Pixote, nacido personaje de ficción y tan parecido en algún aspecto al de Cidade de Deus (en el de la niñez, en el de la pobreza, en el del clima de violencia que los rodea), emergió del celuloide en la forma de su actor para tomar ese relato y hacerlo propio.

El niño que encarna a Pixote en el film homónimo de Héctor Babenco (Pixote. A lei do mais fraco, 1981) parece haber representado involuntariamente en la realidad lo que la película enunciaba sobre el vértigo de la infancia en las favelas brasileñas. Tal como Don Quijote actuó a conciencia (una conciencia fuera de los límites de la cordura, podría argüir un trasnochado positivista), representando en su vida las aventuras con las que se topaban los personajes de los libros de caballería que leía. Pero a diferencia de lo que fue a conciencia en el hidalgo caballero de La Mancha, el desciframiento del mundo que Pixote buscaba sin saberlo o aun sin buscarlo -la vivencia del hecho representado en la película-, la iba a encontrar en su propia muerte.

Fernando da Silva Ramos, el joven que continuó la puesta en escena de su personaje célebre en la realidad, luego de saborear de un día para el otro la fama y la frustración que el star system le tenía preparado, murió baleado por la policía paulista en agosto de 1987, a sus 19 años. La nota que informó sobre el hecho en la sección Policiales fue como tantas otras que, en cualquier país latinoamericano, ayer y hoy, es el fundamento dinosaurio para que los propietarios de la seguridad agiten una baja en la edad de imputabilidad. Y para quienes este film no es más que propaganda garantista que muestra "la humanidad" de niños delincuentes. De hecho, la frase sobre la que se cimienta el film Pixote es "El hombre es bueno por naturaleza... la sociedad lo corrompe".

Da Silva, como el Quijote, es el otro que la sociedad contempla, de refilón, cómo hace equilibrio en la medianera que separa lo tolerable y lo visible de la impuesta marginalidad. Ya sea por su locura o por su inclinación delictiva ante la carencia de otro sustento, según las épocas y sus regímenes de visibilidad y decibilidad particulares. Los molinos de viento giran sobre su eje: pasan a ser la metáfora de la espalda que la sociedad entorna a estos personajes que malabarean en los límites de lo visible; y a veces ellos mismos se manifiestan como alucinación, como una nueva representación alienada y peligrosa que la sociedad fabrica y manipula a su conveniencia. Mientras que estos personajes no fueron más que en busca de sus mundos paralelos con la esperanza de encontrar una iluminación; guiados por esas representaciones que depositaron su ilusión en un resquicio de lo Real.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿Justicia hay una sola?

Un ensayito sobre la justicia comunitaria de 2006.
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El poder indígena en Latinoamérica parece renacer en los albores del siglo XXI, gracias a la organización de las comunidades y a los actos reivindicativos que le dan una mayor visibilización dentro de los Estados-Nación. Pero este resurgimiento provoca conflictos con la cultura oficial que no son fáciles de resolver.

El caso de Bolivia es ejemplar. Este año, Evo Morales se convirtió en el primer presidente de origen indígena de ese país. En el marco de una crisis económica, política y social, junto a un agravamiento del conflicto cultural entre la población indígena y la minoría occidental, Morales instauró hace tres meses una Asamblea Constituyente para la redacción de una nueva Carta Magna en 2007.

En dicha Asamblea, además de la discusión de una nueva Ley de Hidrocarburos, y entre otros debates, por primera vez se planteó la posibilidad de introducir una institución indígena, como la justicia comunitaria, dentro de la Constitución. La idea sería lograr un equilibrio con la justicia republicana, que rige desde la fundación del Estado boliviano en 1825. ¿Será posible una integración cultural de este tipo sin que se radicalicen las contradicciones?

Este choque de culturas, que en quinientos años no logró armonizarse, llegó a un nuevo punto de inflexión. Cada vez se torna más necesaria una solución para la convivencia de las comunidades originarias dentro del ámbito del Estado-Nación. Aunque también se podría pensar a la inversa, más aún si se considera la crisis global de los Estados-Nación como organización político-territorial en los últimos años, y que el 80 por ciento de la población boliviana es de origen indígena.

Las naciones aymaras, que gozan de cierta autonomía, pugnan por su independencia de los Estados boliviano y peruano, ya que el territorio que ocupan desde antes de la conquista trasciende las fronteras administrativas de ambos países. Y así como poseen su propia organización política, social y económica, también tienen una institución judicial propia, que debido a la resistencia de las comunidades andinas y a la falta de respuesta de la justicia ordinaria frente a sus reclamos específicos, se mantiene firme.

El debate sobre la justicia comunitaria volvió a ponerse sobre el tapete luego del linchamiento de los alcaldes de Ilave, Perú, y Ayo Ayo, Bolivia, por parte de pobladores aymaras, entre marzo y abril de 2004.

La violencia y el ensañamiento de los hechos generó la polémica sobre si realmente esas ejecuciones se enmarcaban dentro de la categoría de “justicia comunitaria”, o bien, si se trataban de asesinatos que debían ser juzgados por la institución judicial del sistema democrático y republicano.

El problema reside en qué sistema jurídico debe tomarse como marco, porque uno u otro arrojarían procesos y sentencias muy disímiles. Se trata de dos balanzas con distintos criterios de medida.

Desde el punto de vista occidental, esta “justicia” es vista como un desvío, como un atraso de la humanidad. Ya el hecho de que se la reconozca como un determinado tipo de justicia, esto es, con el calificativo de “comunitaria”, le da a la práctica una jerarquía secundaria frente a “la Justicia” a secas. Lo occidental siempre aparece como lo racional y lo neutral, como el grado cero. De esta manera, la justicia comunitaria se muestra como una aberración, una irracionalidad primitiva.

Pero es necesario comprender que el sistema jurídico comunitario se rige por normas consuetudinarias desde hace cientos de años. Como tal, no existe una letra que haya que respetar, sino más bien una costumbre que está grabada a hierro caliente en la vida cotidiana de las comunidades o ayllus. La comisión de delitos como el adulterio (que sólo rige para las mujeres), la sodomía o el robo merecen la pena de azotes, latigazos o el corte de cabellos, según lo determine un consejo de hombres designado para tal fin. Los casos graves pueden llegar a la pena capital, cuya ejecución a los ojos occidentales es compulsiva y extremadamente violenta (un ejemplo ficcionado puede encontrarse en la novela Raza de bronce, de Alcides Arguedas).

Los alcaldes linchados en 2004 volvieron a poner en debate los métodos de sanción y castigo utilizados por los aymaras. Además, surgió el debate sobre qué jurisdicción tiene un caso de corrupción por parte de un funcionario del Estado que administra localidades con mayoría de habitantes indígenas. Los argumentos de los comunarios justificaron la ejecución de los alcaldes en la plaza pública del pueblo, como la única salida a la parsimonia de la justicia estatal, frente a los atropellos de la autoridad.

Para lograr un principio de equilibrio, es preciso tratar este conflicto entre dos cosmovisiones que habitan el mismo territorio, no en términos maniqueístas, sino más bien dialécticos. La justicia comunitaria llegó a una instancia en la que ya no se aplica sólo al interior de la comunidad. Ahora se arroga el derecho de juzgar los atropellos de la administración estatal sobre las poblaciones originarias. Del otro lado, la justicia estatal siempre intervino en los ilícitos cometidos por comunarios, aunque a lo largo de la historia demostró incapacidad de someter a su ley a los pueblos nativos.

Ahora, con Evo Morales en la presidencia de Bolivia, el debate vuelve al primer plano. Su propuesta de institucionalizar la justicia comunitaria provocó la indignación de los medios y la opinión pública “occidental”. Pero este reconocimiento hacia los pueblos originarios tal vez le quite la esencia a la práctica milenaria misma: incluida en la Carta Magna pasa a subordinarse, en última instancia, al Estado.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La insoportable gravedad del ser



En el poema Transmigración, Oliverio Girondo manifiesta su masmédulo deseo de ser en otras entidades exteriores al cuerpo propio. Un exceso existencial que, en lugar de ser desechado a través de una perla sudorosa o seminal, migra como un nómade okupa con toda su carga de ser hacia otro cuerpo del cual se apropia y con el cual con-vive. Un entrevero parangonable al de las palabras que, en jerga libidinal, copularon para dar a luz su libro En la Masmédula. Allí indujo transmigraciones de sentidos que se encarnaban en otros envases palabreros extraños y parían, en una especie de big bang léxico, una nueva constelación de significaciones.

Es de creer que Girondo había leído hacia oriente. Como hicieron tantos otros escritores en este enclave americano de entrecharcos. La principal vía de conocimiento del ser propuesta por la filosofía del budismo Zen es la exteriorización del interior. Según Toshihiko Isutzu, en esta experiencia el yo pierde su identidad existencial y se funde con el objeto exterior, con el cual se identifica. El mundo objetivo deja de ser tal, y la subjetividad se extiende en el universo. Algo a lo cual la filosofía existencialista occidental se aproximaría en el siglo XX, sobre todo bajo el influjo de Maurice Merleau-Ponty.

Girondo llama a su experiencia transmigración. A través de ese proceso puede existir en los objetos del exterior y comprenderlos mejor, ya siendo tierra para sentirse “penetrado de tubérculos”, ya siendo chancho “para apreciar el jamón”. Pero también habla de la existencia en el otro, más particularmente en la otra. Todo hombre no sabe qué es ser mujer por la sencilla razón de que nunca lo ha sido. Es preciso conocer transmigrando la existencia a la entidad que se quiere conocer, una especie del devenir mujer tribuneado por Deleuze y Guattari en sus Mil Mesetas. Y toda una manifestación política para estos tiempos en los que el otro o la otra dejan de ser objetos de estudio para constituirse en subjetividades autónomas y activas.

Por otro lado, al igual que lo plantea la filosofía Zen, por medio de este camino es posible conocerse a sí mismo, conocerse en tanto sujeto en armonía con los otros sujetos y las cosas que lo rodean. Según el pensamiento oriental, esto es posible una vez que se borran las fronteras entre el interior y el exterior. De esta manera, uno puede fundirse en el exterior, lo cual es el primer paso para lograr la iluminación o experiencia del satori. Esto se logra en un momento determinado pero involuntario, en el cual el espíritu es perforado por un destello de luz que lo hace consciente de su existencia y de la del resto de las cosas en una comunión inseparable. El sujeto es él mismo y a la vez es el chancho y la tierra, el caballo y las cucarachas, el abejorro y las madreselvas.


Esta inquietud abrigada por la filosofía oriental también fue descripta por otras letras plumíferas. Así, por ejemplo, el azulgrana escritor del Boedo contemporáneo y cultor del Zen Fabián Casas, en su compendio de cuentos barriales Los Lemmings, relata la experiencia de su amigo japonés Uzu, propalador del Boedismo-Zen con frases del estilo: “Antes de encontrar mi camino, yo era el camino”. O como narra el protagonista del cuento “Asterix, el encargado”, que experimenta una iluminación de papel de arroz: “No me dolían los golpes, no sentía el cuerpo. Yo era Asterix, era yo, era nadie. Y comprendí que en esa noche extraña bajo las estrellas de una barriada remota se me había otorgado el don de la invisibilidad. Y tuve satori”.

Otro exponente transmigrante de las letras fue el escritor cubano Severo Sarduy que, a propósito, se consideraba exiliado por la migración azarosa de una beca en Francia y un irse-quedando. Fuertemente influenciado por Octavio Paz, Sarduy aseveró su orientalismo con un viaje por la India y China. En sus ensayos, el satori aparece recurrentemente. Según el cubano, durante esa experiencia que puede darse en el sueño, el amor y la escritura, el yo es como una “alucinación persistente”. El satori se produce dentro de una circunscripción de lo indecible, “brusca agrimensura de lo no verbal".

Estas experiencias se vinculan a la del texto de Girondo. El autor allí accede una iluminación, a su manera, claro, cuando intenta evadirse del mecanismo de pensar, que tanto aburrimiento le produce. Busca trasladarse o transmigrarse a los objetos, animales, plantas y sujetos donde él no está. Y a partir de esa traslación puede existir en el lugar de los otros objetos, existir como un todo interior-exterior, como un ser-con heideggeriano que conlleva al éxtasis. Y lo que resalta el poeta es que lo más importante de esta experiencia es poder “encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia”. La iluminación ocurre cuando menos se la espera y justamente es ese no esperarla, esa imprevisión, lo que aumenta la sorpresa al experimentarla y lo que permite conocer el mundo con un margen más amplio.

El poema de Girondo, por otro lado, habla de la imposibilidad de “dejar de ser”, del peso de la existencia que no se puede abandonar del que habla Jean-Paul Sartre. Esta insoportable gravedad de la existencia está inscripta en Oblómov, un célebre personaje de la literatura rusa creado por Iván Goncharov, en pleno siglo XIX, de noblezas y burguesías europeas hastiadas. Oblómov rechaza toda forma de acontecimiento y busca escapar de todo movimiento, refugiándose en la soledad y en la apatía de su casa de campo. Pero ni así puede desasirse de su existencia, porque alejado de todo es cuando más siente el kilaje (o bien el tonelaje, o el gramaje) de su ser. El narrador del poema de Girondo, por su parte, escapa a la forma de pensar humana pero no para evitar la existencia como tal. Por el contrario, quiere existir en las formas de otras cosas; no rechaza el peso de la existencia, sino la existencia puramente humana. Y es posible que en estos literatos que buscaban algún tipo de iluminación, la experiencia de la escritura haya sido el cauce por el cual derramar en ósmosis su ser en la tinta o extender en transmigración su cuerpo cyborg en el teclado.

viernes, 28 de mayo de 2010

Haití no estuvo aquí

Entre los ecos de la fastuosa celebración del bicentenario de la Revolución de Mayo, uno que todavía me repimporotea es el de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos, inaugurada el último 25 de mayo por la presidenta Cristina Fernández en la Casa Rosada. Se trata de 24 retratos de figuras políticas de distintos países de América Latina, algunos de los cuales, hay que destacarlo, hubiera sido impensable ver expuestos en ese contexto.

No es la intención hacer una crítica sobre la selección de esas figuras, porque desde Althusser y sus aparatos ideológicos del Estado en adelante, es una perogrullada andar llorando sobre lo selectivo que puede resultar, por ejemplo, el contenido de una proyección histórica sobre el Cabildo, como clamó entre lágrimas el diario La Nación. Cualquier historia está matizada por una ideología. La que escriben los que ganan y las otras historias, a-discursivas, orales, corporales y jalonadas desde abajo por los pueblos. Algo de esas otras historias, dinámicas, en constante movimiento, comienza a filtrarse en los resquicios institucionales y, de una u otra manera (edulcorada, empalagosa o sin aderezos), aporta a la construcción del mito de las naciones latinoamericanas. De hecho, se homenajeó a personalidades que debieron esperar añares para ser reconocidas por estados a los que, en su configuración actual, tal vez hubieran combatido, como Tupac Amaru, Tupac Katari, Bartolina Sisa, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Farabundo Martí y Augusto Sandino.

Dentro de esa selección uno puede entretenerse haciendo la sub-elección que más le guste para su propio altar, porque algo de museificación también tiene. Esa diversa posibilidad de combinatoria habla menos de contradicciones que de especifidades de cada momento histórico y en cada país. Porque no es lo mismo abrazar el trinomio San Martín-Rosas-Perón, que al tridente San Martín-Evita-Ché Guevara. Lo cierto es que allí hay una diversidad amplia de pro-seres con proyectos disímiles, nacionalistas, internacionalistas, populistas, agraristas, libertarios, comunistas, indígenas, criollos. La galería, por más selectiva que sea, también tiene ausencias y omisiones que implican cuestiones políticas más actuales, como la de Pedro Albizu Campos, independentista portorriqueño del siglo XX que luchó por emancipar a la isla caribeña del control administrativo que todavía hoy ejerce Estados Unidos.

Pero quizás la omisión que trasunta un olvido más recurrente y significativo, según ya lo ha señalado Eduardo Grüner, es Haití y la cultura afrodescendiente. Dijeran Gilberto Gil (que estuvo presente en el Paseo de Julio) y Caetano: "O Haiti não é aqui". Y no, Haití no estuvo aquí, ni allí, ni ahí(ti). La primera revolución anticolonial de América Latina, propulsada por esclavos negros que tomaron las armas y dieron vuelta la tortilla permaneció invisibilizada. El 1° de enero de 1804, Dessalines proclamaba la independencia de Francia luego de casi trece años de levantamientos y batallas, alentado por las ideas que había ventilado la propia Revolución Francesa. Además, confeccionó la primera bandera e instituyó el nombre que hasta hoy lleva Haití, tierra montañosa en lengua arawak. Una nación afro enmarcada por un término indígena, que desplazó hacia oriente a Santo Domingo, hoy Dominicana. Esa gran isla que Colón había bautizado La Española, pero que antes había llevado el nombre de Quisqueya, madre de todas las tierras.


La isla que fue madre de todas las revoluciones de la Matria Grande americana hubiera merecido un homenaje más explícito. Esa galería podría haber tenido a un François Toussaint-Louverture, quien fue el iniciador, la obertura del levantamiento negro, y que luego fuera fusilado por Napoleón; o a un Jean-Jacques Dessalines, con su nombre tan jacobino y su apellido inmortalizado en el himno haitiano, La Desalinienne; o a un Alexandre Pétion, que a pesar de haber alentado el asesinato de Dessalines para controlar el poder interno, colaboró con armas y municiones en las campañas emancipadoras de Bolívar por la América de Sur. Todos generales libertadores que habían nacido esclavos.

En el marco del bicentenario, esas ausencias institucionales tuvieron un compensación en las calles. La Marcha de los Pueblos Originarios marcó un punto de inflexión en la visibilización que la nación argentina tiene de su población de raíces precolombinas. Que en nuestro país no constituye la proporción que habita en Bolivia, Perú o Ecuador, pero que, como tal, existe y pervive. Y aunque tuvo un tibio apoyo en cuestiones de políticas materiales, se hizo de un importante espaldarazo simbólico a nivel social.

Sin embargo, la cuestión afro sigue postergada, aun cuando miramos hacia atrás en conmemoraciones y festejos. Los afrodescendientes exterminados mayormente en la guerra de la Triple Alianza y durante las epidemias de fiebre amarrilla fueron protagonistas urbanos (como los indígenas lo fueron desde su resistencia territorial en ámbitos rurales y que, a pesar de su derrota, emergen hoy nuevamente) de esa fragua diversamente nacional. Una fragua plurinacional.

No se trata de una moralina, de que incluir en un homenaje oficial a indígenas, mujeres o afrodescendientes es políticamente correcto. Porque ese reconocimiento llegará haciéndose sentir y ejerciendo presión desde otro ámbito. De hecho, lo étnico estatal no es garantía de nada. Hasta la negritud como etnicidad de Estado manipuló y exterminó. El intelectual haitiano René Depestre, durante su exilio cubano en los sesenta, decía sobre el dictador François Duvalier, que éste había articulado su acción política en base a un factor étnico, instaurando lo que llamó un tipo de "negritud como fascismo antillano". Pero la etnicidad tomada positivamente como construcción política ligada a las bases y a los movimientos sociales, como ocurre por estos tiempos en Bolivia (o por aquellos de 1804 en Haití) y en otros países con los inmigrantes, constituyen gran parte de las luchas (inter)nacionales emancipadoras de hoy.

viernes, 30 de abril de 2010

Orillas siamesas

Difícilmente haya quienes piensen que el conflicto uruguayo-argentino por la pastera finlandesa Botnia tiene reminiscencias del conflicto más general y duradero entre Oriente y Occidente. Los roles no son analógos, pero las coordenadas geográficas sí. Incluso nuestro país vecino fue un poco más allá y se autodenominó Oriental. No tanto en referencia a la Argentina -aunque por lo que se comenta en el mundo acerca de nuestro ego no estaría mal creerlo-, sino porque arrastraba ese nombre desde que los colonizadores la denominaron Banda Oriental, por ubicarse al este del Río Uruguay. Una especie de Estrecho de Bósforo, divisor de la turca Estambul y del auténtico Oriente y Occidente. Raro que nuestros próceres unitarios y europeizantes no hayan copiado la idea bautizando a la nación como República Occidental de la Argentina. Les hubiera quedado al dedillo.

Lo cierto es que la pastera Botnia contamina, como también contamina la tan mentada Papel Prensa, ubicada en el delta del Paraná y cuya maquinaria fue construida, escandinava casualidad, por una empresa finlandesa. El Río Uruguay será cuna de peces de tres ojos, como los que no viven en el Riachuelo porteño. En todo caso, los diferendos, aunque sean protagonizados periféricamente por asambleas y manifestaciones populares de uno y otro lado, son estatales y siempre marcados por intereses económicos (¿sería posible un corte del puente Avellaneda por habitantes de la Isla Maciel, en contra de una papelera construida en la ribera de La Boca?). No resulta novedoso entonces que un tribunal internacional como el de La Haya, que defiende intereses europeos, haya salvaguardado a Botnia. O que en la última Cumbre del Clima en Copenhague los estados no se hayan puesto de acuerdo en cuanto a políticas efectivas para preservar el medio ambiente.

¿Lepública Oliental del Uluguay? Peces orientales con ojos rasgados, como este karateca del barrio portuario montevideano, prometen poblar el lecho del Río Uruguay. Que el Mundial 2030 nos encuentre unidos.

Por cierto, la pica entre los pueblos argentino y uruguayo no es tan picante como resulta con otros países. Pero cuando surge, se presiente un maremoto litoral o un nuevo sitio de Montevideo. Claro que los pueblos, por más movilización que promuevan, son meros espectadores expectantes de políticas gubernamentales torpes y de penosas intervenciones mediáticas en el manejo de los conflictos. Porque la industria cultural también contamina.

El teórico palestino Edward Said estudió los modos prejuiciosos con que Occidente representaba a Oriente en distintos escritos eurocéntricos de la etapa imperialista del viejo continente (otra expresión eurocéntrica, porque es tan viejo como el resto). Esto se tradujo en ciertas formas de imperialismo cultural, es decir, en la penetración en Oriente de representaciones sobre Oriente construidas fuera de Oriente. Eso sumado a la colonización propiamente dicha, con ocupación del territorio y de los hilos de poder autóctonos. Idéntica lógica advirtieron Armand Mattelart y Ariel Dorfman acerca del mensaje que las grandes industrias del entretenimiento estadounidense, ya a mediados del siglo XX, dosificaban directamente al inconsciente de los consumidores latinoamericanos a través de personajes como el pato Donald.

Lo que pasa culturalmente hoy entre Argentina y Uruguay es una micro-analogía, que encuentra a Tinelli en lugar del pato Donald y de las percepciones de Balzac sobre Oriente, salvando las enormes distancias, claro. Lo peor de la televisión argentina invade la pantalla del Cercanísimo Oriente sin feed-back, sin doble circulación, por cuestiones de economía financiera internacional y concentración de medios. El premio consuelo para los orientales es el cupo mínimo para alguna vedettonga uruguaya en las rutilantes competencias que esos programas organizan.

Las resistencias se hacen oír desde otros canales, más marginales que los televisivos, pero no por ello menos eficaces. Como las murgas, que en los tablados contribuyen a mitigar o a hacer catarsis contra esa saturación de chatura foránea. Claro que las diferencias culturales entre uruguayos y argentinos no tienen parangón con las que experimenta un irakí con una danesa; o una californiana con un hondureño. La frontera nacional, como cualquier otra, es una ficción que impidió el anhelo de las provincias americanas unidas. Pero en nuestro caso se trata ni más ni menos que de un río simbólico, anchísimo y también contaminado, sobre todo en el lecho argentino. El Río de la Plata articula como matriz identitaria a dos orillas hermanas, casi como un órgano que une a dos siamesas, pero a las que cada tanto les pinta al petardismo fratricida para ver por dónde corta el bisturí.

miércoles, 7 de abril de 2010

Entre el voyeurismo y la exhibición


Siempre hay una referencia literaria a alguna obra de arte u obra mayor para alimentar al carroñero texto menor. Al apocado texto bemol. Al bloguero texto residual. Así que.

Más aún si se arranca de una postal. De una Julieta de postal (y llegamos a la referencia, ahora agarrate que la bola de nieve refrita te chamusca las pestañas).

En el carnaval la historia se multiplica en serie. Y se repite como contrafarsa. Entre otros personajes, siempre puede encontrarse alguna Julieta que espera a Romeo o a Godot. Como la de la mentada imagen, que desde su platea preferencial, parece esperar impaciente los 100 goles de Romeo en San Lorenzo. O tal vez haya elegido un atalaya desde el cual atravesar con su mirada las máscaras que, sin ser venecianas sino santelminas, no dejan de recrear un carnaval de góndolas que, lejos de flotar, exhiben en su mayor fulgor supermercantil torres de latas de conserva (cfr. Las llamas que llaman y la masificación selectiva del carnaval o el carnaval como consumo). Y desde allí, decíamos, Julieta se erige en voyeur exclusiva de la multitud. Ya no hace falta flâneurearla desde un espacio público como el ventanal de un bar; podemos volver a las bases burguesas decimonónicas y reservarnos el espacio privado de las cuatro paredes para observar la multitud, allí donde las miradas se cruzan y confunden en desorden orgiástico, sin mezclarnos con ella. La multitud carnavalera, donde el régimen de lo visible expone todas sus facetas y los espectadores y los pasantes intercambian sus roles y sus miradas como figuritas. En este caso, la Julieta de arrabal parece expresar una mirada pura y panóptica, vigía pescadora que busca un crustáceo entre un cardumen de festejantes sin ojos laterales para ella.

Pero te olvidás, Juli, o Eta, como más te guste, que un eximio fotógrafo digital que por allí pasaba te captó y trocaste de voyeur a exhibicionista. Qué tensión esa, eh. Claro que exhibicionista involuntaria, no te voy a decir que estás en pose de Coca Sarli y preguntando qué pretende usté de mí. Exhibicionismo involuntario como cuando hacemos la mímica de un guitarrista de música de rock famosísimo frente al espejo (tipo guitar hero), voyeurs de nuestra propia imagen, y de repente vemos por detrás de nuestro reflejo, en una ventana del edificio de enfrente, una silueta que nos mira, seguramente divertidísima. O como cuando vamos en bondi mirando embobados el exterior, todo ojos, y en cuanto frena empezamos a sentir un peso pupilar irisado sobre nosotros, y caemos en la cuenta de que estamos siendo observados desde afuera por todas las personas que, por ejemplo, están en la hilera de la parada de turno o mirando desde el interior de otro bondi que frenó a la par del nuestro; y la balanza visual se desequilibra hacia el otro lado. ¿No captaste la comparación? Sí, muy larga. Mirá, Julieta, la cosa es que ahora sos parte de una postal que puebla la hacinada web, la densificada iconósfera (¿por ahí no pasaba el cohete menemista que iba a Japón en dos horas?). La tangente de tu mirada quedó apresada como una secante trunca, enmarcada contra la pared descascarada de píxeles que algún que otro par de ojos degustará con fruición más turbia que turbada.

Y como el régimen de lo visible, el régimen enunciativo también puede cambiar de un párrafo a otro, como en este texto chatarra.

En todo caso, quien piense que esto no fue más que una hermenéutica pedorra para ejemplificar un poco cómo algún retazo teórico también puede hacerse literaturismo barato, texto menor, en fin, la pretensión crítica enterrada en un enorme basural de palabras farragosas de tan virtuales, estará en lo parcialmente cierto. Pero por sobre todo, la risa.

lunes, 29 de marzo de 2010

Panorama editorial luego de la dictadura

* Texto escrito en 2004 para uno de los tantos proyectos de revista truncos y publicado luego en el portal de arteUna.

La suerte del mercado editorial argentino, como parte constituyente de la industria nacional, estuvo ligada a los vaivenes económicos, políticos y culturales que vivió el país a lo largo de su historia. Y en particular, el auge y la decadencia de este sector se sucedieron en un estrecho margen de diez años, en los que se pasó de la promoción estatal a la persecución sin contemplaciones.

Luego del llamado boom de la literatura latinoamericana en la década de 1960, con exponentes como García Márquez y Cortázar, la venta de libros en la Argentina tuvo su pico histórico, y con él, la industria editorial prosperó: desde grandes emprendimientos colectivos hasta riesgosas aventuras personales, pasando por la experiencia de Eudeba, la primera editorial universitaria creada en 1958. Paralelamente, los autores nacionales ampliaron su territorio en los catálogos editoriales, en las vidrieras de todas las librerías y en los kioscos de diarios y revistas, que hicieron del libro un objeto cultural de alcance masivo. Pero el momento de esplendor duró poco menos que una década, y a partir de 1968 la venta del libro de industria argentina comenzó a declinar, eclipsado por el libro extranjero de menor costo.

A su vez, las dictaduras cívico-militares instauradas en 1966 y 1976 fueron responsables, en buena parte, de la decadencia de varios de los emprendimientos editoriales. Y sobre todo la última que, como señala la hipótesis de Un golpe a los libros, de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, articuló un proyecto que, como un trípode, se sostuvo en la reestructuración económica, la persecución política y el control cultural.

En un marco amplio, los gobiernos de facto llevaron a cabo proyectos económicos y políticos que tendieron a la apertura al mercado internacional, en desmedro de la industria nacional y la destrucción del movimiento obrero. Pero en el caso particular de los libros, dentro de un amplio y heterogéneo programa cultural, se valieron también de un aparato legal y represivo. Éste, entre otras cosas, estaba destinado a eliminar aquellas "editoriales argentinas marxistas y/o con 50% o más de obras marxistas" y aquellas que publicaran libros con ideas contrarias a la "moral y buenas costumbres" o a los "valores occidentales y cristianos". Es decir que no sólo prohibieron libros cuyas ideas iban en contra de sus intereses, restringieron su circulación y persiguieron a sus autores, sino que además apuntaron sus cañones contra las mismas editoriales que publicaron esos libros y a esos autores, en el afán de "atacar el mal de raíz".

Durante la llamada "Revolución Argentina", instaurada con el golpe de 1966 encabezado por el general Juan Carlos Onganía, se dictaron leyes que buscaban limitar las "actividades comunistas", algo que con esa definición podría parecer realmente ilimitado. El aparato estatal tuvo un papel preponderante en la censura de libros. La SIDE se encargaba de la calificación y eventual prohibición de las publicaciones que entraran dentro de esa categoría. Por otro lado, la Aduana controlaba el ingreso de publicaciones y el Correo estaba autorizado a confiscar libros "de carácter inmoral" por una ley que modificaba la antigua Ley de Correos.

Este marco jurídico continuó funcionando durante los gobiernos constitucionales de 1973-76, en cuyo período no dejó de haber persecuciones perpetradas por grupos paramilitares, aunque todavía podían oírse voces de protesta y reclamos de agrupaciones que nucleaban a escritores, editores y otros profesionales del ramo. Pero estas voces fueron amordazadas con el nuevo golpe de las Fuerzas Armadas de 1976, que a los pocos días designaron como presidente de facto al general Jorge Videla. El control estatal de la cultura impresa en esa etapa estuvo a cargo de varias dependencias gubernamentales, con una organización más eficaz que la dictadura anterior. El organismo más importante, creado especialmente para tal fin y de carácter secreto, era la Dirección General de Publicaciones. Estaba en el área del Ministerio del Interior, a cargo de Albano Harguindeguy, y contaba con un plantel de intelectuales que realizaban informes exhaustivos sobre distintas publicaciones y sugerían su eventual censura. En la esfera de ese Ministerio también se encontraba la Dirección General de Asuntos Jurídicos, cuya función era darle un marco legal a la censura.

El aparato represivo era el que llevaba a la práctica la censura, a veces con métodos contemplados dentro de las leyes que las mismas dictaduras crearon, y otras no tanto. En ambos regímenes de facto se quemaron y secuestraron libros, pero no hay comparación posible entre la violencia física que ejerció el autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional", entre 1976 y 1983, con respecto a la pretendida "Revolución Argentina". En la última dictadura la tendencia persecutoria se acentuó. Casos que se testimonian en Un golpe a los libros como la detención de Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor; la clausura de Siglo XXI, y su exilio forzado; la quema de cientos de miles de libros del Centro Editor de América Latina; y la intervención cívico-militar en Eudeba con el posterior secuestro de otros miles de publicaciones, ilustran la importancia que los gobernadores de facto le daban a la palabra impresa.

Pero este accionar contra el campo cultural tiene su correlato con el plan económico y el político. Es así que mientras se buscaba desmantelar una industria nacional y sus organizaciones, por un lado, y se mantenía una "guerra militar", por el otro, el terrorismo de estado se basó en esos criterios para llevar adelante la "guerra cultural". No es de extrañar, entonces, que entre las decenas de miles de personas detenidas-desaparecidas podamos encontrar, además de militantes políticos, obreros y estudiantes, un amplio listado de artistas, escritores, periodistas, editores y otros trabajadores de la cultura.

El panorama editorial luego de la caída de la dictadura, en 1983, era desolador. Y como sucedió con casi todos los sectores afectados en el país: a la destrucción y la desaparición comenzaron los intentos de reparación y esclarecimiento. Está claro que la prioridad fue, es y seguirá siendo la de los familiares de los detenidos-desaparecidos. Pero en el caso de los libros no existió ni se planteó la discusión sobre una política de resarcimiento por las innumerables pérdidas materiales de editores y autores. Pero sobre todo, contemplarse la pérdida simbólica irrecuperable que significó para los lectores y para el enriquecimiento de la cultura argentina en general, carencias imposibles de medir y cuyas consecuencias posiblemente se manifiestan aún hoy.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

sin beca no hay paraíso.

puro purgatorio, pura purga y rezo resentido.

evidentemente este año me porté cual chico malo y papanuel, que todo lo oye y todo lo ve, porque no es más que san pedro vestido de femme fatale, me dejó un denegado (con lodenzo lamas?).

sigo participando, como me enseñó santa desde las tapas de la empresa que lo procreó (pero a dios entonces lo creó la cocacola? la cocacola es el big bang? los cocacoleros son ángeles? los cocaleros demonios? evo el diablo?).

en fin, seguiré haciendo honor a mi apellido potencial.

o me haré las tetas

o lo senos

según qué me aconseje la comisión de moral y buenas costumbres

todo con tal de tener paraíso becario (paraíso?).

aguante los círculos infernales.

un embudo espiralado y fueguino
camino al polo antártico opuesto a la casa de san nicolás
(guiño, pestaña y lagaña: más conocido en el barrio paraíso como san pedro, sí, el mesmito).

todo culpa de la infeliz de nati vidal y su pantriste amigo próspero molina dosmildiego.

jueves, 17 de diciembre de 2009

¿De quién es la plaza del bicentenario?

Es indiscutible que la Plaza de Mayo es el lugar simbólico por antonomasia que distinas fracciones de la sociedad argentina eligieron a lo largo de los años como espacio para realizar demandas o apoyar a distintos gobiernos y personalidades vinculadas al poder. El libro de Gabriel Lerman, La plaza política, de la colección Puñaladas de Editorial Colihue, sirve de guía de aquellos hitos que la cultura política cristalizó en ese lugar. No es difícil consensuar que las fechas más significativas que tuvieron a la plaza como escenario fueron el 25 de mayo, el 17 de octubre, el 20 de diciembre y los 24 de marzo. Aunque también existieron movilizaciones hacia la Plaza contrapuestas al valor simbólico e ideológico que esas fechas resumen. Sin ir más lejos, las minoritarias manifestaciones que apoyaron los golpes de estado o la lamentablemente masiva de la nunca declarada guerra de Malvinas.

En cuanto a los grupos sociales exponenciales que le dieron sentido político a la Plaza de Mayo, ocupándola y habitándola, se puede mencionar primero al movimiento obrero que abrazó la política sindicalista de Perón, metonimizado en la famosa figura de las patas en la fuente; y, años más tarde, a las Madres de Plaza de Mayo, que resistieron la represión durante la última dictadura circulando alrededor de la pirámide. Las Madres en su conjunto -a pesar de las internas que sufren los organismos de derechos humanos- ostentan la legitimidad de llevar la posta a la hora de manifestarse en la Plaza, no sólo por ser nominalmente de la Plaza, sino por la extensa lucha que sostienen y el capital político que consiguieron con la Casa Rosada como fondo. Son como habitantes vitalicias.

Pero claro, la Plaza es un espacio público, y en tanto vivimos en un estado de derecho (nos guste o no), sólo el Estado tiene derecho sobre ella. Por eso puede extender un vallado que la corta en la mitad para evitar que las manifestaciones se acerquen a la casa de gobierno, como sucedió en 2001. Y tal vez, quién sabe, así como la dictadura de Videla le agregó canteros para evitar movilizaciones, en un futuro amanezca con una reja perimetral como el resto de las plazas porteñas.

Lo que sucedió el último martes 15 en la Plaza se da en un marco distinto, de abulia, fragmentación, dispersión política, pero con antagonismos marcados y falsamente dicotómicos. La Asociación de Madres de Plaza de Mayo, alineada con el gobierno, se concentró para apoyar a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por las amenazas sufridas durante un viaje en helicóptero. Mientras tanto, el dirigente del MIJD (con sus banderas cada vez más amarillo pro, en función de las tierras pertenecientes al ex centro clandestino de detención Club Atlético que el gobierno de Macri le cedió a ese grupo) Raúl Castells se encuentra haciendo una huelga de hambre por los habitantes del Chaco Impenetrable. Por otro lado, y como testigos mudos, ex colimbas durante el conflicto de Malvinas que prestaron servicios en la zona continental, acampan hace meses para que se los reconozca como ex combatientes y puedan recibir un subsidio. Y, para sumar a la heterogeneidad de la concurrencia, el martes 15 se autoconvocó también un grupo de bolivianos que se manifestaban por el asesinato a manos de la policía del albañil Juvelio Aguayo, de esa nacionalidad, al que acusaban de narco, y cuyo cuerpo trasladaron en un cajón para velarlo allí mismo. La frutilla del postre la pusieron, como siempre, los medios de comunicación.

Más allá del exabrupto injustificable de Hebe de Bonafini al querer echar con insultos a los familiares que protestaban por un caso de gatillo fácil, con el argumento de que "la plaza es nuestra" y de que "ésta es la plaza de la vida, no de la muerte", el hecho se degeneró más de lo que estaba en la máquina mediática. En una especie de reedición más pequeña de lo que fue la "toma" ruralista de la Plaza a mediados de 2008 y la posterior "recuperación" por parte de las organizaciones afines al gobierno (¿el regreso decimonónico a la Plaza de[l Frente para] la Victoria?), lo de ayer fue una disputa territorial entre kirchneristas (Hebe) y antikirchneristas (Castells) por un espacio emblemático. Aunque esa disputa tiene varios antecedentes ya desde la década del setenta, cuando las dos grandes fracciones del movimiento peronista se cantaban y se tiraban alguna que otra piedra desde Rivadavia hacia Yrigoyen y viceversa. Pero convivían en la Plaza por un denominador común, curiosamente, de nombre adversativo como la primera palabra de esta oración.

Pero (¡otra vez!) volviendo al martes 15, Castells aprovechó para las cámaras la oportunidad para hacer suyo el reclamo de la familia boliviana, en vistas de que los militantes de la Asociación de Madres creyeron que el ataúd podía ser una provocación opositora. El asunto es que antes de ese encontronazo, hubo problemas entre el MIJD y las Madres por la delimitación de la Plaza y, seguramente, chispazos entre sus respectivos adelantazgos. Y en ese barullo, los medios aprovecharon su posición contraria al gobierno para denostar a Hebe y que sus dichos fueran la noticia. Sus dichos, que fueron un lamentable intento de invisibilizar un reclamo que hace algunos años, cuando no había implicancias con los gobiernos de turno y la comunidad boliviana tenía menos incidencia en el espacio público que hoy, hubiera sido mediado precisamente por los organismos de derechos humanos y levantando como otra bandera de lucha. Días más tarde se supo que los insultos se dirigían contra Alfredo Ayala, presidente de la Asociación Civil Federativa Boliviana, quien está acusado en varias causas judiciales de explotar talleres clandestinos donde trabajan personas en situación de esclavitud. Como todo grupo social, la comunidad boliviana encuentra disputas también en su interior. Es probable que Ayala se hubiera encontrado allí como representante de una de las tantas asociaciones bolivianas para apoyar a la familia Aguayo (apoyo que tal vez haya sido tan oportunista como el de Castells). Y más allá de que la trata de personas es repudiable, no existió en el momento una acusación directa al respecto contra su persona; y en el caso de que se hubiera hecho, no se puede hacer transitiva esa culpabilidad a una familia que está reclamando por un asesinato a manos de las fuerzas de seguridad estatales. Mientras tanto, la Embajada del Estado Plurinacional de Bolivia ya solicitó a la cancillería argentina que investigue el asesinato y los hechos ocurridos el martes. Y seguramente algunos puntos opacos sobre lo sucedido se aclaren con el correr de los días.

La Plaza de Mayo es un espacio de visibilización, y como tal, es el lugar que han elegido distintos grupos sociales a lo largo de la historia argentina para instalar en la esfera pública sus demandas. La comunidad boliviana en Buenos Aires recién en los últimos años pudo generar una cierta repercusión social y una visibilidad de la comunidad hacia el resto de la sociedad, con las distintas movilizaciones que protagonizaron a partir de la llamada guerra del gas en 2003 ocurrida en Bolivia, y que terminó con la caída del presidente Sánchez de Losada. En este caso que comentamos, la demanda de la familia boliviana fue desautorizada por una referente con una autoridad ganada por años de lucha y con la potestad indiscutible de desautorizar a grupos que reivindican la tortura, la represión y el terrorismo de estado (pero resulta incomprensible que lo haya hecho con este caso particular); y, como plus, la demanda quedó invisibilizada gracias a los medios, que resaltaron otros puntos de los sucesos.

Doscientos años después del 25 de mayo los colores de las divisas que alumbra la Plaza de Mayo constituyen un auténtico papel tornasolado. La disputa territorial es puramente política y se debe jugar según esas reglas, que no por eso deja de lado el posicionamiento de fuerzas a través de los cuerpos. De hecho, el espacio público se toma, se ocupa, se pelea y se gana con el cuerpo. El derecho extra-jurídico (que comienza como un desvío marginal frente al orden impuesto por el Estado) a establecerse en la plaza se ejerce con la movilización, su visibilización social y la posterior obtención de un capital político que logra instalar el tema en cuestión en la agenda política. La familia boliviana que fue a velar a su ser querido lejos estaba de pintar de negro los pañuelos de las Madres, como ocurrió con los familiares de los militares muertos por las guerrillas en los setenta, liderados por Cecilia Pando. Las Madres seguirán siendo la punta de lanza de todas las manifestaciones que busquen justicia. Las huellas de los pañuelos sobre las baldosas son indelebles. Pero no como escritura de propiedad, sino como faro para el resto de las luchas populares, por más fragmentadas que estén (y justamente, los pañuelos siempre fueron un gran factor aglutinante). Y no hablamos estrictamente de la lucha de Castells -cobijado hace tiempo por el fascismo partidario, más allá de que personifique el reclamo de personas con necesidades básicas insatisfechas-, sino de las eventuales voces de los sin-voz que toman el espacio público poniendo el cuerpo, para hacerse escuchar con un clamor pelado de justicia o con una denuncia contra los atropellos del Estado, en el vórtice del remolino urbano y mediático.

Apostillas mediáticas sobre el caso:

-Los medios masivos de comunicación, en su mayoría contrarios al gobierno, resaltaron el dislate de Hebe de Bonafini. Todo se redujo a un enfrentamiento entre ella y Castells. Mientras tanto, el caso de gatillo fácil quedó solapado. Una vez más. Como muestra, TN recién al día siguiente puso al aire una nota filmada el 12 de diciembre informando sobre el asesinato del albañil boliviano a manos de la policía, "para que la gente sepa" el origen del "conflicto Hebe-Castells". Si no, difícilmente lo hubieran pasado al aire.

-C5N es el canal de cable de Daniel Hadad, al que accedió gracias a un acuerdo con el gobierno de Néstor Kirchner. Pero es evidente que el acuerdo fue que el canal se comprometía a no criticar la marcha de la economía del gobierno, a cambio de poder decir lo que se les cantara en materia de derechos humanos. Por ejemplo, cubren cuanta marcha organiza Pando y retrataron historias de vida de [gabis, fofós y] miliquitos "caídos durante la guerra antisubveriva". En este caso, mientras filmaban lo sucedido el 15, Eduardo Feimann decía -regalón de epítetos- que por ahí andaba "el parricida Schoklender"; y tomó como fuente para que contara lo ocurrido a Raúl Castells. Éste, más allá de la alharaca que hizo del cruce con la titular de Madres, elogió a Schoklender por haber calmado los ánimos y negociado la delimitación de la Plaza (el fascista Feimann refunfuñó por lo bajo). Y cuando terminaba la entrevista ambos cruzaron este saludo para la posteridad surrealista:
-Buenas tardes, Raúl. Usted sabe que lo estimo.
-Gracias, Eduardo, me siento honrado por su respeto.