viernes, 27 de agosto de 2010

Tiempo de gitanos



Las nomenclaturas del escalafón estatal siempre transparentan, además de los tipos de políticas sobre determinada materia que enarbolan los gobiernos, simples y crudas ideologías. No sólo desde la ficción, como el Ministerio de la Verdad de 1984, de Orwell; o el policial Ministerio de la Sustancia del Mazo de Cartas que se avecina. Sino también acá a pasitos: lo que en la Ciudad de Buenos Aires fue el Ministerio de Derechos Humanos y Sociales fue reducido por el macrismo a Subsecretaría; y al Ministerio de Justicia se le agregó el tranquilizante Seguridad.

El caso del Ministerio francés de Inmigración e Identidad Nacional es mucho más elocuente. A falta de un Le Pen, ya no hay guardapolvo blanco para ficcionar un aparejamiento, sino exigencia de eliminar el chador; ya no hay trenes a Auschwitz, sino aviones de alquiler a Bucarest y Sofía. Los afortunados viajeros no son ni Cioran ni Ionesco ni Eliade, que al menos podían presentar cartas de origen amoroso común en una lengua romance como el rumano. El pueblo gitano trasciende la balcanización de las naciones. Ni rumanos ni búlgaros, como los denominan las autoridades francesas para evitar ser tildados de xenófobos; ni mucho menos pasibles de ser afrancesables. Porque la identidad nacional se autoexcluye de la inmigración (un programa Patria Grande, a pesar de sus falencias, aunque sea demuestra una voluntad más integradora, o bien integrable en lo diverso). Del otro lado de las negociaciones del TEG humano, como en un juego alicio de espejos deformantes, dos secretarios de Estado rumanos: uno de Integración de los gitanos y otro de Orden y Seguridad Pública. Son llamativos los cargos y las combinaciones conceptuales que proponen. Pero las pretensiones de homogeneidad se complican con los beduinos del siglo XXI. Por algo existe la solución final de la deportación por deporte. De esa manera, el continente senil prohíbe el nomadismo entre tanta civilización eurolatina asentada sobre chapas y galones de oro bruñido de óxido.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿Justicia hay una sola?

Un ensayito sobre la justicia comunitaria de 2006.
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El poder indígena en Latinoamérica parece renacer en los albores del siglo XXI, gracias a la organización de las comunidades y a los actos reivindicativos que le dan una mayor visibilización dentro de los Estados-Nación. Pero este resurgimiento provoca conflictos con la cultura oficial que no son fáciles de resolver.

El caso de Bolivia es ejemplar. Este año, Evo Morales se convirtió en el primer presidente de origen indígena de ese país. En el marco de una crisis económica, política y social, junto a un agravamiento del conflicto cultural entre la población indígena y la minoría occidental, Morales instauró hace tres meses una Asamblea Constituyente para la redacción de una nueva Carta Magna en 2007.

En dicha Asamblea, además de la discusión de una nueva Ley de Hidrocarburos, y entre otros debates, por primera vez se planteó la posibilidad de introducir una institución indígena, como la justicia comunitaria, dentro de la Constitución. La idea sería lograr un equilibrio con la justicia republicana, que rige desde la fundación del Estado boliviano en 1825. ¿Será posible una integración cultural de este tipo sin que se radicalicen las contradicciones?

Este choque de culturas, que en quinientos años no logró armonizarse, llegó a un nuevo punto de inflexión. Cada vez se torna más necesaria una solución para la convivencia de las comunidades originarias dentro del ámbito del Estado-Nación. Aunque también se podría pensar a la inversa, más aún si se considera la crisis global de los Estados-Nación como organización político-territorial en los últimos años, y que el 80 por ciento de la población boliviana es de origen indígena.

Las naciones aymaras, que gozan de cierta autonomía, pugnan por su independencia de los Estados boliviano y peruano, ya que el territorio que ocupan desde antes de la conquista trasciende las fronteras administrativas de ambos países. Y así como poseen su propia organización política, social y económica, también tienen una institución judicial propia, que debido a la resistencia de las comunidades andinas y a la falta de respuesta de la justicia ordinaria frente a sus reclamos específicos, se mantiene firme.

El debate sobre la justicia comunitaria volvió a ponerse sobre el tapete luego del linchamiento de los alcaldes de Ilave, Perú, y Ayo Ayo, Bolivia, por parte de pobladores aymaras, entre marzo y abril de 2004.

La violencia y el ensañamiento de los hechos generó la polémica sobre si realmente esas ejecuciones se enmarcaban dentro de la categoría de “justicia comunitaria”, o bien, si se trataban de asesinatos que debían ser juzgados por la institución judicial del sistema democrático y republicano.

El problema reside en qué sistema jurídico debe tomarse como marco, porque uno u otro arrojarían procesos y sentencias muy disímiles. Se trata de dos balanzas con distintos criterios de medida.

Desde el punto de vista occidental, esta “justicia” es vista como un desvío, como un atraso de la humanidad. Ya el hecho de que se la reconozca como un determinado tipo de justicia, esto es, con el calificativo de “comunitaria”, le da a la práctica una jerarquía secundaria frente a “la Justicia” a secas. Lo occidental siempre aparece como lo racional y lo neutral, como el grado cero. De esta manera, la justicia comunitaria se muestra como una aberración, una irracionalidad primitiva.

Pero es necesario comprender que el sistema jurídico comunitario se rige por normas consuetudinarias desde hace cientos de años. Como tal, no existe una letra que haya que respetar, sino más bien una costumbre que está grabada a hierro caliente en la vida cotidiana de las comunidades o ayllus. La comisión de delitos como el adulterio (que sólo rige para las mujeres), la sodomía o el robo merecen la pena de azotes, latigazos o el corte de cabellos, según lo determine un consejo de hombres designado para tal fin. Los casos graves pueden llegar a la pena capital, cuya ejecución a los ojos occidentales es compulsiva y extremadamente violenta (un ejemplo ficcionado puede encontrarse en la novela Raza de bronce, de Alcides Arguedas).

Los alcaldes linchados en 2004 volvieron a poner en debate los métodos de sanción y castigo utilizados por los aymaras. Además, surgió el debate sobre qué jurisdicción tiene un caso de corrupción por parte de un funcionario del Estado que administra localidades con mayoría de habitantes indígenas. Los argumentos de los comunarios justificaron la ejecución de los alcaldes en la plaza pública del pueblo, como la única salida a la parsimonia de la justicia estatal, frente a los atropellos de la autoridad.

Para lograr un principio de equilibrio, es preciso tratar este conflicto entre dos cosmovisiones que habitan el mismo territorio, no en términos maniqueístas, sino más bien dialécticos. La justicia comunitaria llegó a una instancia en la que ya no se aplica sólo al interior de la comunidad. Ahora se arroga el derecho de juzgar los atropellos de la administración estatal sobre las poblaciones originarias. Del otro lado, la justicia estatal siempre intervino en los ilícitos cometidos por comunarios, aunque a lo largo de la historia demostró incapacidad de someter a su ley a los pueblos nativos.

Ahora, con Evo Morales en la presidencia de Bolivia, el debate vuelve al primer plano. Su propuesta de institucionalizar la justicia comunitaria provocó la indignación de los medios y la opinión pública “occidental”. Pero este reconocimiento hacia los pueblos originarios tal vez le quite la esencia a la práctica milenaria misma: incluida en la Carta Magna pasa a subordinarse, en última instancia, al Estado.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La insoportable gravedad del ser



En el poema Transmigración, Oliverio Girondo manifiesta su masmédulo deseo de ser en otras entidades exteriores al cuerpo propio. Un exceso existencial que, en lugar de ser desechado a través de una perla sudorosa o seminal, migra como un nómade okupa con toda su carga de ser hacia otro cuerpo del cual se apropia y con el cual con-vive. Un entrevero parangonable al de las palabras que, en jerga libidinal, copularon para dar a luz su libro En la Masmédula. Allí indujo transmigraciones de sentidos que se encarnaban en otros envases palabreros extraños y parían, en una especie de big bang léxico, una nueva constelación de significaciones.

Es de creer que Girondo había leído hacia oriente. Como hicieron tantos otros escritores en este enclave americano de entrecharcos. La principal vía de conocimiento del ser propuesta por la filosofía del budismo Zen es la exteriorización del interior. Según Toshihiko Isutzu, en esta experiencia el yo pierde su identidad existencial y se funde con el objeto exterior, con el cual se identifica. El mundo objetivo deja de ser tal, y la subjetividad se extiende en el universo. Algo a lo cual la filosofía existencialista occidental se aproximaría en el siglo XX, sobre todo bajo el influjo de Maurice Merleau-Ponty.

Girondo llama a su experiencia transmigración. A través de ese proceso puede existir en los objetos del exterior y comprenderlos mejor, ya siendo tierra para sentirse “penetrado de tubérculos”, ya siendo chancho “para apreciar el jamón”. Pero también habla de la existencia en el otro, más particularmente en la otra. Todo hombre no sabe qué es ser mujer por la sencilla razón de que nunca lo ha sido. Es preciso conocer transmigrando la existencia a la entidad que se quiere conocer, una especie del devenir mujer tribuneado por Deleuze y Guattari en sus Mil Mesetas. Y toda una manifestación política para estos tiempos en los que el otro o la otra dejan de ser objetos de estudio para constituirse en subjetividades autónomas y activas.

Por otro lado, al igual que lo plantea la filosofía Zen, por medio de este camino es posible conocerse a sí mismo, conocerse en tanto sujeto en armonía con los otros sujetos y las cosas que lo rodean. Según el pensamiento oriental, esto es posible una vez que se borran las fronteras entre el interior y el exterior. De esta manera, uno puede fundirse en el exterior, lo cual es el primer paso para lograr la iluminación o experiencia del satori. Esto se logra en un momento determinado pero involuntario, en el cual el espíritu es perforado por un destello de luz que lo hace consciente de su existencia y de la del resto de las cosas en una comunión inseparable. El sujeto es él mismo y a la vez es el chancho y la tierra, el caballo y las cucarachas, el abejorro y las madreselvas.


Esta inquietud abrigada por la filosofía oriental también fue descripta por otras letras plumíferas. Así, por ejemplo, el azulgrana escritor del Boedo contemporáneo y cultor del Zen Fabián Casas, en su compendio de cuentos barriales Los Lemmings, relata la experiencia de su amigo japonés Uzu, propalador del Boedismo-Zen con frases del estilo: “Antes de encontrar mi camino, yo era el camino”. O como narra el protagonista del cuento “Asterix, el encargado”, que experimenta una iluminación de papel de arroz: “No me dolían los golpes, no sentía el cuerpo. Yo era Asterix, era yo, era nadie. Y comprendí que en esa noche extraña bajo las estrellas de una barriada remota se me había otorgado el don de la invisibilidad. Y tuve satori”.

Otro exponente transmigrante de las letras fue el escritor cubano Severo Sarduy que, a propósito, se consideraba exiliado por la migración azarosa de una beca en Francia y un irse-quedando. Fuertemente influenciado por Octavio Paz, Sarduy aseveró su orientalismo con un viaje por la India y China. En sus ensayos, el satori aparece recurrentemente. Según el cubano, durante esa experiencia que puede darse en el sueño, el amor y la escritura, el yo es como una “alucinación persistente”. El satori se produce dentro de una circunscripción de lo indecible, “brusca agrimensura de lo no verbal".

Estas experiencias se vinculan a la del texto de Girondo. El autor allí accede una iluminación, a su manera, claro, cuando intenta evadirse del mecanismo de pensar, que tanto aburrimiento le produce. Busca trasladarse o transmigrarse a los objetos, animales, plantas y sujetos donde él no está. Y a partir de esa traslación puede existir en el lugar de los otros objetos, existir como un todo interior-exterior, como un ser-con heideggeriano que conlleva al éxtasis. Y lo que resalta el poeta es que lo más importante de esta experiencia es poder “encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia”. La iluminación ocurre cuando menos se la espera y justamente es ese no esperarla, esa imprevisión, lo que aumenta la sorpresa al experimentarla y lo que permite conocer el mundo con un margen más amplio.

El poema de Girondo, por otro lado, habla de la imposibilidad de “dejar de ser”, del peso de la existencia que no se puede abandonar del que habla Jean-Paul Sartre. Esta insoportable gravedad de la existencia está inscripta en Oblómov, un célebre personaje de la literatura rusa creado por Iván Goncharov, en pleno siglo XIX, de noblezas y burguesías europeas hastiadas. Oblómov rechaza toda forma de acontecimiento y busca escapar de todo movimiento, refugiándose en la soledad y en la apatía de su casa de campo. Pero ni así puede desasirse de su existencia, porque alejado de todo es cuando más siente el kilaje (o bien el tonelaje, o el gramaje) de su ser. El narrador del poema de Girondo, por su parte, escapa a la forma de pensar humana pero no para evitar la existencia como tal. Por el contrario, quiere existir en las formas de otras cosas; no rechaza el peso de la existencia, sino la existencia puramente humana. Y es posible que en estos literatos que buscaban algún tipo de iluminación, la experiencia de la escritura haya sido el cauce por el cual derramar en ósmosis su ser en la tinta o extender en transmigración su cuerpo cyborg en el teclado.

lunes, 19 de julio de 2010

Destino anzuelo

Hay tendida hacia el fondo de los seres,
un eje ultranervioso, honda plomada.
¡La hebra del destino!
César Vallejo, "Líneas" (en Los heraldos negros)

Dibujo de Federico Grüner

La tanza de la caña tiró hacia lo profundo del río negro y el pescador se sobresaltó, interrumpido su sueño por la violenta sacudida. Acababa de salir a la superficie de su conciencia luego de turbias imágenes que lo tenían como protagonista, sumergido en un mar amniótico, amnésico, y presa de un interrogante.

Tardó unos segundos en volver en sí y situarse en la aparente realidad nocturna de la Costanera Norte. En esa fracción de tiempo, miró hacia ambos costados la rambla desierta en perspectiva, para asegurarse de que ningún bromista se hubiera hecho pasar por pez. Justo cuando una nueva tensión del hilo, esta vez mucho más fuerte, lo levantó de la reposera y lo hizo caer sin reparos contra el piso. Sin terminar de reponerse ni de soltar la caña, volcado sobre las baldosas el pescador levantó la vista hacia el murallón que lo separaba del río. Así, en esa postura decúbito dorsal, observó cómo la línea salió escupida desde el agua invisible; y el anzuelo, como un frío y filoso signo de interrogación, cayó junto a sus ojos.

Agosto de 2001.-

martes, 13 de julio de 2010

Nomadismos internos

¿A dónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos?
¿Al toldo vecino que dista cuadras? Irá a caballo.
¿Al arroyo, a la laguna, al jagüel, que están cerca
de su misma morada? Irá a caballo.
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles

¿Dónde van los ayacuchenses cuando salen de sus casas? ¿A la farmacia, a la panadería, a la San Miguel, a dar la vuelta del perro? No importa dónde, pero sí importa cómo. Porque donde se vaya, sea a una punta del pueblo o sea al kiosco de la esquina, se saca el auto en la mayoría de las ocasiones. Claro, siempre y cuando se cuente con coche o con chata. Porque si no, existe la bici. La movilidad motora sirve para pispear quién anda por los barcitos y saludar a algún transeúnte aventurado o hasta a quien no se conoce más que de vista, tal vez sólo de cruzarse una y otra vez en la calle. Además, no vaya a ser cosa de hacer de las anchas veredas una peatonal Florida cualquiera. ¡Nooo, zi…!

Cuando cae el sol, entre la merienda y la cena, los autos salen en manada; un rebaño que repite el ritual sin sacrificio del éxtasis móvil y motor. Y quizás ésta sea la característica más propiamente urbana del pueblo. Las horas pico de la vuelta del perro, en las que los habitantes pueblan las calles en busca de sociales casuales y efímeras, tornan al tráfico de las cuadras céntricas, donde se encuentran la mayoría de los bares, en un pulular de lento rodar de coches y embotellamientos de miradas y chismes.

Ese puñado de confiterías que hacen la escenografía de fondo del paseo tienen larga historia y sirven de posta transitoria para los pobladores, según las generaciones y los horarios. La Buen Gusto es la más antigua, en la esquina de Irigoyen y Sáenz Peña. En épocas de aguantar el mostrador marmolado con una buena caña, bajo los tubos de luz blanca y la atención de mozos de fábula, supo cobijar un entrepiso con billares para enpolvar tacos. Pero luego de permanecer cerrada durante la década menemista reabrió con una lavada de cara posmoderna. Su renovado espacio de luces amarillas y cálidas sirven para las previas bolicheras de la juventud, o para el copetín pre o post cena de quienes prefieren el sedentarismo.

Gulliver es la otra confitería clásica, generalmente para un público más maduro, aunque variable, en la esquina de Irigoyen y 25 de Mayo. Permanece abierto durante la casi totalidad del día, aunque sólo haya un parroquiano acodado y encara(ma)do sobre la barra, tejiendo un garabato de baba turbia sobre la madera, al lado de su quinto scotch vacío. Es también el bar del copetín mañanero de los muchachos, antes del almuerzo, momento de jolgorio machote en el cual muy difícilmente pueda verse una mujer atravesando la puerta vaivén.

Las mesas que están en la vereda de La Buen Gusto y de Gulliver sirven de tribuna y vidriera hacia la calle (el famoso voyeurismo exhibicionista). La vuelta del perro, como decíamos, actualmente se hace sobre cuatro o dos ruedas. Y es necesario mantener el perfil hacia los paseantes para no perder ningún detalle ni la posibilidad de regalarle un adiós al muchacho o la muchacha prefijada. La automovilización del levante permite ese acercamiento fugaz que, en el caso de que no sea recíproco, se convertirá en indigna retirada con un leve apoyo del pie en el acelerador. Pero si hay un mínimo gesto complaciente de respuesta del otro lado de la ventanilla (para el cual habrá que contar con una importante capacidad de atención), no queda otra que volver a dar otra vuelta. Y así.

Pero más allá del tanteo persona a persona desde los coches hacia el exterior, también existe un momento para estacionar y entremezclarse en un espacio que sea más o menos del palo y donde haya más o menos gente acompañando el momento. Para lo cual, los autos realizan un estudiado y minucioso peritaje bartolo para estacionar en el lugar más propicio. De esta manera, se puede arribar hasta la esquina reservada para los teen, los veinteañeros y los treintañeros que se le animan a la caravana (y hasta cuarentones [a propósito, ¿no es despectivo que a partir de los cuarenta el sufijo sea tones y no añeros?]). Históricamente conocido como La Vieja Esquina, en 25 de Mayo y San Martín, después llevó los nombres de La Jirafa, Huija y, actualmente, el más atemperado El Pueblito. Ya no es el barcito-boliche que supo ser, donde tocaban bandas y se armaba el cachengue rumbero hasta eso de las cinco o seis de la matina, hora en que era necesario aprontarse para el dancing propiamente dicho. Porque la noche queda más corta que patada de chancho, y muchas veces termina a la hora de poner el lechón en el asador.

El autobar-tour ayacuchense concluye en un boliche reservado para el pueblito cumbiero, sobre la calle Irigoyen, a mitad de cuadra entre 25 de Mayo y Sáenz Peña: es el ex Las Tinajas y actual restó Tiro Loco, que, según el mito, cada tanto regala sucesos de -precisamente- tiros, líos y cosa golda. Y, sobre todo, de autóctonos facones. La estética mexicana termina de darle un aire sonorense o chihuahueño al lugar. Las supuestas trifulcas a veces generan cierto recelo entre algún que otro vecino del bar, como pudo escucharse recientemente en la fila de un kiosco. Y las clausuras no se limitan al pub mexicano-ayacuchense, sino que las sufren todos los boliches por igual, sobre todo por hechos menores. Tal vez imaginando una improbable y prejuiciosa alegoría con un bar de Ciudad Juárez donde suenan narcocorridos, acusen a Tiro Loco de albergar a los transas del pueblo y aledaños; aunque en ese hipotético caso también terminarían haciendo la vista golda. Si total nos conocemos todos.

miércoles, 23 de junio de 2010

Apuntes para volverse a ver


Se estrenó la obra de teatro Apuntes para volverse a ver, ópera prima del también actor Gonzalo Ruiz, que se puede ver todos los viernes a las 23.30 en Timbre 4. La historia describe el reencuentro de tres jóvenes que vuelven a la casa de campo donde fueron criados para enterrar a su madrastra Babila. Allí también vuelven a ver al cuarto compañero de crianza en discordia, cuya llegada había sido el factor para que el resto se fuera; mientras que él permaneció viviendo en la casa con Babila hasta entonces.

Además de recomendarla, van un par de apuntes sobre la obra, que para crítica teatral existen las y los... críticos teatrales.

Resalta la casa de campo como único escenario: se enmarca como frontera entre lo visible y lo no visible; entre lo decible y lo no decible. Regímenes que se dosifican con las miradas de los personajes que, de esa manera, tejen complicidades, odios, secretos, amores, señas de truco y preguntas que interpelan al público acerca de los orígenes opacos y el destino latente de esos cuatro hermanastros.

La frontera se impone como una línea demarcatoria a lo largo de la obra. Cruza los caracteres, marcando una división entre campo y ciudad, entre el personaje que se quedó y los que se fueron. También aparece un límite generacional, gracias al contrapunto hilarante (¿tragicómico?) e hilado por la aparición de un vecino de la casa, bien paisanazo él, que aportará al cambio de ritmo en los diálogos apasionados. Otro paso fronterizo más sutil es el de la locura y la cordura, casi llamado al silencio, a las sombras y penumbras que envuelven de a ratos la escena.

Pero tal vez la fractura más importante es la que separa al interior de la casa del exterior. Ese exterior que nunca se ve pero en el que pasan cosas, y se materializa como una invisibilidad perceptible que genera un clima tipo Lost. Ese exterior que metaforiza ausencias, un origen familiar implícito y violento, lo que no se ve pero tiene el poder ominoso para dirigir las miradas que se ramifican en el interior de la casa; miradas que sugieren historias pasadas y buscan descifrar historias presentes. Esas historias que surgen o estallan como toda la basura pasada que se barre debajo de la alfombra y fermenta, como todo inconsciente que se estimula con una damajuana de vino, como todo fantasma o aparecido que pone en duda la cordura o la realidad, como todas las cenizas que renacen para recrear una nueva constelación.

¡Vayan a verla! Acá se puede pispear el blog de la obra: http://www.apuntesparavolverseaver.blogspot.com/

Mirarse años después. Encontrar al otro. Encontrarse uno.

Un pedazo de vida compartido, un nosotros que ya no es, un hogar común y una ausencia que de a poco va envolviéndolo todo.
Querer encontrarse y ya no poder.
Mundos que se miran. Mundos que pasan de ver a lo visto y de lo visto a estar incluidos en una misma historia. Todo puede ser absurdo. O nada.
En una casa lejos, sola pero llena de recuerdos el encuentro de miradas aparentemente lejanas y distintas. Una se abre en la otra y entonces otra historia se abre paso, una escena inesperada donde ayer y hoy se funden en una nueva realidad. En una misma escena posible.
 
Con: Lorena Barutta, Nadia Marchione, Alejandro Lifschitz, Agustin Scalise e Isidoro Tolcachir.
Escenografía: Sol Soto.
Iluminación: Omar Possemato.
Fotografía y diseño: Guadalupe Ruiz.
Asistente de dirección: Maria Florencia Savtchouk.
Dramaturgia y dirección: Gonzalo Ruiz.
Viernes, 23.30 en Timbre 4. Boedo 640.
Reservas en: http://www.alternativateatral.com/ y http://www.timbre4.com/

miércoles, 16 de junio de 2010

Himno-sis futbolística

A falta de guerras y bicentenarios, el mundial de fútbol se transforma en el factor más efervescente del nacionalismo; pero sobre todo, del nacionalismo ficticio con el que se nutren países como el nuestro. Porque el Diego es un prócer que, a decir de Alabarces, marcó distintos hitos en lo futbolístico y también, paralelamente, en la construcción identitaria nacional por parte de un Estado históricamente incapaz de imprimir una tónica patriótica en su población. 

El fútbol mundializado no sólo es una herramienta política, sino también, y esto se cae de evidente, uno de los negocios más rentables para empresarios, jeques y ex futbolistas. El fútbol cotiza en bolsa. Tal vez la especulación financiera se trasladó al propio juego 2010, que tan pocos goles nos está regalando hasta ahora (además de la pelota; una de trapo es más dominable). Mucho ruido y pocas nueces. Mucha vuvuzela y poco waka-waka.

Precisamente, el equipo más efectivo por el momento es el que más jugadores nacionalizados tiene: Alemania. De los cuatro goles que hizo (de los pocos hechos por delanteros), dos fueron polacos y uno brasileño. Y esta circunstancia habla de los movimientos migratorios, de las crisis de los paises periféricos y del poder de las grandes potencias para contar con una mejor preparación y una mejor selección elaborada desde sus ligas nacionales, sostenida por grandes empresas-clubes. Es decir, que las nacionalizaciones también son un gran negocio. Messi jugando para la selección de Argentina apenas es una excepción.

Las curiosidades son incontables. Entre las apostillas con las que los periodistas deportivos rellenan el espacio de los programas dedicados al mundial (que es mucho), y que en numerosas ocasiones están vinculadas a cuestiones políticas sobre las naciones que los distintos equipos representan, podemos hacernos cantidad de preguntas. También sobre cuestiones himnóticas.

¿Cuántos chechenos o sud-osetios gritaron los cinco goles que Oleg Salenko le hizo a Camerún en 1994, jugando para la Federación Rusa, reciente descomposición federativa de la Comunidad de Estados Independientes y antes de la U.R.S.S.? ¿Cuántos saharauis revolotearon sus babuchas con el gol del marroquí Krimau a Portugal en 1986? ¿Dónde aprendió el himno paraguayo el hasta hace tres meses argentino Lucas Barrios? ¿Y Santana, que dice no sentirse paraguayo ni de lejos? ¿Cuánto de waka-waka y o-oo-ooh david-bisbaliano hay en el coreo que los hinchas argentinos hacen del himno? ¿Para cuándo el himno dentro del top ten? ¿Para cuándo un trapo con el Diego abrazando a Mariquita Sánchez de Thompson? ¿Por qué un norcoreano llora de emoción con su himno y un surcoreano hace el saludo militar con su mano en visera? ¿La selección de Catalunya o la de Euskadi le haría el ole a la española, plagada de vascos y catalanes?

En fin, qué sentirá Dejan Stankovic, por ejemplo, que se convirtió en el primer jugador en vestir las camisetas de tres países distintos en mundiales: la República Federativa de Yugoslavia en 1998, Serbia y Montenegro en 2006 y Serbia, a secas, ahora en Sudáfrica. ¿Esquizofrenia nacionalista? ¿Internacionalismo unitario? ¿Algún montenegrino cree posible volver a ver a su nación representada en otro mundial? ¿La balcanización llegará a escindir al Monte del Negro?

Posiblemente en las próximas eliminatorias encontremos más atomizaciones. Las selecciones de Flandes y de Valonia se perfilan como las nóveles reemplazantes de una Bélgica vieja y monárquica que también sabe dividir entre pobres y ricos; es decir, entre sur y norte. Hablando de belgas, acá abajo va un acertijo sencillo al respecto, a ver quién se le anima.


Diego contra todos los belgas: ¿cuál es flamenco? ¿cuál es valón?

viernes, 4 de junio de 2010

De palomas, halcones y cóndores


Luego de los juicios contra represores se prevé un reclamo de desestigmatización de las aves por parte de las sociedades protectoras de animales. Todo por la curiosa metaforización avícola que los militares de la última dictadura hicieron acerca de sus quehaceres. Dividirse entre halcones (duros) y palomas (blandos); y denominar a un operativo de desaparición forzada y traslado de personas a través de varios países de Sudámerica como plan cóndor. Una auténtica operación des-humanizante, una personificación animalesca digna de una fábula sin moraleja. Casi como, salvando las diferencias de horror, los seleccionados deportivos nacionales se valieron de los felinos.

viernes, 28 de mayo de 2010

Haití no estuvo aquí

Entre los ecos de la fastuosa celebración del bicentenario de la Revolución de Mayo, uno que todavía me repimporotea es el de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos, inaugurada el último 25 de mayo por la presidenta Cristina Fernández en la Casa Rosada. Se trata de 24 retratos de figuras políticas de distintos países de América Latina, algunos de los cuales, hay que destacarlo, hubiera sido impensable ver expuestos en ese contexto.

No es la intención hacer una crítica sobre la selección de esas figuras, porque desde Althusser y sus aparatos ideológicos del Estado en adelante, es una perogrullada andar llorando sobre lo selectivo que puede resultar, por ejemplo, el contenido de una proyección histórica sobre el Cabildo, como clamó entre lágrimas el diario La Nación. Cualquier historia está matizada por una ideología. La que escriben los que ganan y las otras historias, a-discursivas, orales, corporales y jalonadas desde abajo por los pueblos. Algo de esas otras historias, dinámicas, en constante movimiento, comienza a filtrarse en los resquicios institucionales y, de una u otra manera (edulcorada, empalagosa o sin aderezos), aporta a la construcción del mito de las naciones latinoamericanas. De hecho, se homenajeó a personalidades que debieron esperar añares para ser reconocidas por estados a los que, en su configuración actual, tal vez hubieran combatido, como Tupac Amaru, Tupac Katari, Bartolina Sisa, Pancho Villa, Emiliano Zapata, Farabundo Martí y Augusto Sandino.

Dentro de esa selección uno puede entretenerse haciendo la sub-elección que más le guste para su propio altar, porque algo de museificación también tiene. Esa diversa posibilidad de combinatoria habla menos de contradicciones que de especifidades de cada momento histórico y en cada país. Porque no es lo mismo abrazar el trinomio San Martín-Rosas-Perón, que al tridente San Martín-Evita-Ché Guevara. Lo cierto es que allí hay una diversidad amplia de pro-seres con proyectos disímiles, nacionalistas, internacionalistas, populistas, agraristas, libertarios, comunistas, indígenas, criollos. La galería, por más selectiva que sea, también tiene ausencias y omisiones que implican cuestiones políticas más actuales, como la de Pedro Albizu Campos, independentista portorriqueño del siglo XX que luchó por emancipar a la isla caribeña del control administrativo que todavía hoy ejerce Estados Unidos.

Pero quizás la omisión que trasunta un olvido más recurrente y significativo, según ya lo ha señalado Eduardo Grüner, es Haití y la cultura afrodescendiente. Dijeran Gilberto Gil (que estuvo presente en el Paseo de Julio) y Caetano: "O Haiti não é aqui". Y no, Haití no estuvo aquí, ni allí, ni ahí(ti). La primera revolución anticolonial de América Latina, propulsada por esclavos negros que tomaron las armas y dieron vuelta la tortilla permaneció invisibilizada. El 1° de enero de 1804, Dessalines proclamaba la independencia de Francia luego de casi trece años de levantamientos y batallas, alentado por las ideas que había ventilado la propia Revolución Francesa. Además, confeccionó la primera bandera e instituyó el nombre que hasta hoy lleva Haití, tierra montañosa en lengua arawak. Una nación afro enmarcada por un término indígena, que desplazó hacia oriente a Santo Domingo, hoy Dominicana. Esa gran isla que Colón había bautizado La Española, pero que antes había llevado el nombre de Quisqueya, madre de todas las tierras.


La isla que fue madre de todas las revoluciones de la Matria Grande americana hubiera merecido un homenaje más explícito. Esa galería podría haber tenido a un François Toussaint-Louverture, quien fue el iniciador, la obertura del levantamiento negro, y que luego fuera fusilado por Napoleón; o a un Jean-Jacques Dessalines, con su nombre tan jacobino y su apellido inmortalizado en el himno haitiano, La Desalinienne; o a un Alexandre Pétion, que a pesar de haber alentado el asesinato de Dessalines para controlar el poder interno, colaboró con armas y municiones en las campañas emancipadoras de Bolívar por la América de Sur. Todos generales libertadores que habían nacido esclavos.

En el marco del bicentenario, esas ausencias institucionales tuvieron un compensación en las calles. La Marcha de los Pueblos Originarios marcó un punto de inflexión en la visibilización que la nación argentina tiene de su población de raíces precolombinas. Que en nuestro país no constituye la proporción que habita en Bolivia, Perú o Ecuador, pero que, como tal, existe y pervive. Y aunque tuvo un tibio apoyo en cuestiones de políticas materiales, se hizo de un importante espaldarazo simbólico a nivel social.

Sin embargo, la cuestión afro sigue postergada, aun cuando miramos hacia atrás en conmemoraciones y festejos. Los afrodescendientes exterminados mayormente en la guerra de la Triple Alianza y durante las epidemias de fiebre amarrilla fueron protagonistas urbanos (como los indígenas lo fueron desde su resistencia territorial en ámbitos rurales y que, a pesar de su derrota, emergen hoy nuevamente) de esa fragua diversamente nacional. Una fragua plurinacional.

No se trata de una moralina, de que incluir en un homenaje oficial a indígenas, mujeres o afrodescendientes es políticamente correcto. Porque ese reconocimiento llegará haciéndose sentir y ejerciendo presión desde otro ámbito. De hecho, lo étnico estatal no es garantía de nada. Hasta la negritud como etnicidad de Estado manipuló y exterminó. El intelectual haitiano René Depestre, durante su exilio cubano en los sesenta, decía sobre el dictador François Duvalier, que éste había articulado su acción política en base a un factor étnico, instaurando lo que llamó un tipo de "negritud como fascismo antillano". Pero la etnicidad tomada positivamente como construcción política ligada a las bases y a los movimientos sociales, como ocurre por estos tiempos en Bolivia (o por aquellos de 1804 en Haití) y en otros países con los inmigrantes, constituyen gran parte de las luchas (inter)nacionales emancipadoras de hoy.

jueves, 27 de mayo de 2010

Escritores del mundo


Acá va el link de una página-blog colectivo en el que participa un amigo, con textos literarios, periodísticos, crónicas y otras hierbas. El número de este mes incluye "Ché rondamón", publicado recientemente en este blog, pero con varias modificaciones porque todo (aún) fluye: http://www.escritoresdelmundo.com/

lunes, 17 de mayo de 2010

Seso y pesca


Sabés lo que pasa, la naturaleza es sabia, si la luz viniera de allá abajo nos cagaríamos muriendo del terror. Imaginate ver en un flash toda la vida que hay debajo del agua.

Claro, esto es como una cortina de humo... de agua, bah.

Exacto, pasame un buñuelito de seso, Betty. Entonces, esto de la superficie acuática es una especie de velo, imaginate que fluoresciera... yo me hago capullo y me viste.

Es como si escucháramos el sonido ese de los perros, ese sonido mudo que los deja piolas.

Exacto. Un especie de exceso perceptivo.

Sí, sí, es como si te pasaras de rosca con la bebida o con el rapé, ¿no? Como que te gusta el trago y esnifar a piacere y mucho y mucho y... y bueno, quedás ex-seso.

Pero atendeme, ¿vos te das cuenta que sin agua la convexidad del mundo sería concavidad predominante? ¡Todo cráteres de vida pululante!

Óscar, callate y seguí pescando. Los peces se asustan si hablás de esas cosas.

Claro, tiene razón Teresa. Es como si de repente nos vieran desde allá abajo y flashearan mal, no sé, que estamos hablando mal de ellos. Igual, ya lo dijo Kusturica, los peces no piensan, los peces saben todo.

jueves, 6 de mayo de 2010

Mateo

El 16 de mayo se cumplen veinte años de la muerte de Eduardo Mateo, el músico uruguayo que será recordado por haber combinado los ritmos del candombe con las melodías y estructuras de las canciones beat. En el imaginario, el inventor del candombe-beat –porque siempre se define lo nuevo como una fusión de estilos ya rotulados– y de toda la música uruguaya subsiguiente.

Luego de haber integrado el mítico Kinto, junto a Rubén Rada, a fines los años sesenta, se dedicó a la producción solista. Siempre con un tambor candombeando el fondo y los complejos acordes en la guitarra, arpegiados como en un mantra-abrazo monótono y delirante; o rasgueados siguiendo los acentos ternarios del candombe. Y su voz lastimosa, desafinada, pero tierna como la de un purrete que, según su biógrafo, respondía a un estilo de voz natural que copió de los cantos hindúes. También sus letras absurdas, minimalistas y cargadas de poesía naïf redondearon su estilo (Se va la chola / chola se va / mano saludará / qué soledad).



Aunque grabó un par de discos, entre los que se destaca Mateo solo bien se lame, de 1972, éstos salieron a la luz gracias a manos ajenas, porque se acostumbró a dejarlos a medio hacer. Luego de un período de paranoias, desocupación, psiquiátricos, estupefacientes y calabozos, en plena dictadura uruguaya, Mateo ya no volvió al mundo de la sociabilidad musical. Y allí quedó, en la calle como cuidacoches o rebuscándose un pucho entre los admiradores que lo reconocían, porque nunca perdió la lucidez, y tocando cada tanto en alguna movida colectiva para no perder las mañas.

Otro músico maldito, esa categoría que suele servir de olimpo outsider para las y los artistas bohemios, alcohólicos, drogadictos o gays, y resistidos o decididamente ignorados por el canon y la élite. Mateo era un reventado con una sensibilidad enorme al que le importaba poquísimo la fama y que los músicos y músicas de los bajofondos populares lo adularan como a un mito en vida que merodeaba las calles, barsuchos y casas tomadas de Montevideo.

***

Este verano, de paseante por Montevideo me topé con un espacio para recomendar: Diomedes Libros, en Paullier 1030 casi Bulevar España, a un par de cuadras de Parque Rodó. Una librería de usados con muchas perlitas. Ahí encontré el librito Zafiro (yo sólo quería ser el cantante de una banda de rock and roll), de Maca (Gustavo Wojciechowski), publicado por Ediciones Uno, editorial poética que reivindicaba a Felisberto Hernández y a Juan Carlos Onetti por sobre la figura pedominante de Mario Benedetti, dentro de la llamada generación del '45 uruguaya. Zafiro es una novela fragmentaria y poética de 1986 que describe a un grupo de jipi-punks que se juntan en el bar Sorocabana e intentan infructuosamente armar una banda destinada al fracaso. Y en un fragmento se topan con Mateo (quien tocó para la presentación del libro junto a Fernando Cabrera):

(...)
Así va fantasma fantoche féretramente.
Mateo que de tan solo se creyó que era 2, tras un desgarrador juego, como quien se inventa un espejo, como quien se dibuja una mujer y la ama, así se hizo 2, digo se partió.
Ambigua dualidad la tuya, de ser, al mismo tiempo limosna y flor.
Mateo, perdida luna de vez.
Como decía Horacio, cuando se largaban gorriones de ternura en los cuartos de baño.
Y vos que una vez dijiste: dejá, los locos mueren solos.
Y Horacio que continúa diciendo: y cada encuentro era un apretón de canción.
Mateo, me cacho, uh... qué macana, ¿estás en invierno? ¿ya no queda Pocitos? Uh... qué macana.

***

Uno de los temas más bonitos de Mateo es Esa cosa. Las influencias de Lennon son patentes en el arpegio (también en Tras de ti). Ese punteo que el beatle se trajo de sus zapadas con Donovan en la India, una síncopa entre los bajos y las cuerdas agudas con un color folk y melanco. Es muy curioso cómo otro músico de la hostia pagana, Elliott Smith, también influenciado hasta el tuétano por Lennon, usaba ese tipo de arpegio. Para comparar, acá primero se puede degustar Esa cosa.



Somebody that I used to know, de Elliott Smith, una variante del punteo más ritmado y climatizado con esa voz de susurro grave y desgarrado.



Julia, de The Beatles, pero en realidad de John Lennon. Como en Dear Prudence, saca a relucir el arpegio hindú-folk con firma propia.

viernes, 30 de abril de 2010

Orillas siamesas

Difícilmente haya quienes piensen que el conflicto uruguayo-argentino por la pastera finlandesa Botnia tiene reminiscencias del conflicto más general y duradero entre Oriente y Occidente. Los roles no son analógos, pero las coordenadas geográficas sí. Incluso nuestro país vecino fue un poco más allá y se autodenominó Oriental. No tanto en referencia a la Argentina -aunque por lo que se comenta en el mundo acerca de nuestro ego no estaría mal creerlo-, sino porque arrastraba ese nombre desde que los colonizadores la denominaron Banda Oriental, por ubicarse al este del Río Uruguay. Una especie de Estrecho de Bósforo, divisor de la turca Estambul y del auténtico Oriente y Occidente. Raro que nuestros próceres unitarios y europeizantes no hayan copiado la idea bautizando a la nación como República Occidental de la Argentina. Les hubiera quedado al dedillo.

Lo cierto es que la pastera Botnia contamina, como también contamina la tan mentada Papel Prensa, ubicada en el delta del Paraná y cuya maquinaria fue construida, escandinava casualidad, por una empresa finlandesa. El Río Uruguay será cuna de peces de tres ojos, como los que no viven en el Riachuelo porteño. En todo caso, los diferendos, aunque sean protagonizados periféricamente por asambleas y manifestaciones populares de uno y otro lado, son estatales y siempre marcados por intereses económicos (¿sería posible un corte del puente Avellaneda por habitantes de la Isla Maciel, en contra de una papelera construida en la ribera de La Boca?). No resulta novedoso entonces que un tribunal internacional como el de La Haya, que defiende intereses europeos, haya salvaguardado a Botnia. O que en la última Cumbre del Clima en Copenhague los estados no se hayan puesto de acuerdo en cuanto a políticas efectivas para preservar el medio ambiente.

¿Lepública Oliental del Uluguay? Peces orientales con ojos rasgados, como este karateca del barrio portuario montevideano, prometen poblar el lecho del Río Uruguay. Que el Mundial 2030 nos encuentre unidos.

Por cierto, la pica entre los pueblos argentino y uruguayo no es tan picante como resulta con otros países. Pero cuando surge, se presiente un maremoto litoral o un nuevo sitio de Montevideo. Claro que los pueblos, por más movilización que promuevan, son meros espectadores expectantes de políticas gubernamentales torpes y de penosas intervenciones mediáticas en el manejo de los conflictos. Porque la industria cultural también contamina.

El teórico palestino Edward Said estudió los modos prejuiciosos con que Occidente representaba a Oriente en distintos escritos eurocéntricos de la etapa imperialista del viejo continente (otra expresión eurocéntrica, porque es tan viejo como el resto). Esto se tradujo en ciertas formas de imperialismo cultural, es decir, en la penetración en Oriente de representaciones sobre Oriente construidas fuera de Oriente. Eso sumado a la colonización propiamente dicha, con ocupación del territorio y de los hilos de poder autóctonos. Idéntica lógica advirtieron Armand Mattelart y Ariel Dorfman acerca del mensaje que las grandes industrias del entretenimiento estadounidense, ya a mediados del siglo XX, dosificaban directamente al inconsciente de los consumidores latinoamericanos a través de personajes como el pato Donald.

Lo que pasa culturalmente hoy entre Argentina y Uruguay es una micro-analogía, que encuentra a Tinelli en lugar del pato Donald y de las percepciones de Balzac sobre Oriente, salvando las enormes distancias, claro. Lo peor de la televisión argentina invade la pantalla del Cercanísimo Oriente sin feed-back, sin doble circulación, por cuestiones de economía financiera internacional y concentración de medios. El premio consuelo para los orientales es el cupo mínimo para alguna vedettonga uruguaya en las rutilantes competencias que esos programas organizan.

Las resistencias se hacen oír desde otros canales, más marginales que los televisivos, pero no por ello menos eficaces. Como las murgas, que en los tablados contribuyen a mitigar o a hacer catarsis contra esa saturación de chatura foránea. Claro que las diferencias culturales entre uruguayos y argentinos no tienen parangón con las que experimenta un irakí con una danesa; o una californiana con un hondureño. La frontera nacional, como cualquier otra, es una ficción que impidió el anhelo de las provincias americanas unidas. Pero en nuestro caso se trata ni más ni menos que de un río simbólico, anchísimo y también contaminado, sobre todo en el lecho argentino. El Río de la Plata articula como matriz identitaria a dos orillas hermanas, casi como un órgano que une a dos siamesas, pero a las que cada tanto les pinta al petardismo fratricida para ver por dónde corta el bisturí.

martes, 20 de abril de 2010

La frikeada del Ternero


El último 9 de abril, Zulma Lobato debió haberse presentado por la noche en un fogón de la Fiesta del Ternero, en Ayacucho. Pero sucesos acaecidos en la porteña Ciudad Gótica ese mismo día privaron al pueblo congregado de su tan ansiada presencia.

Fogón de la Fiesta del Ternero, Ayacucho - Exterior - Noche

Un grupete de jóvenes espera impaciente en la puerta del suburbano fogón "El loro y el ratón" a que el anuncio del pasacalle se haga carne en el asador.

Renato: Che, Zulma se está haciendo rogar, no vine desde Madariaga para esperar tres horas su show.

Ernesto: Sí, yo también le dije adiós a Las Armas por este fin de semana para ver a la Lobato, mi abuelo siempre me habló de ella. Actuó en las de Olmedo y Porcel y le decían "cintura de avispa". Si todavía la mantiene estos 60 km. van a haber valido la pena.

Teo: Más las diez cuadras que tuvimos que caminar desde la Solanet hasta acá, cada vez corren la fiesta más lejos del centro.

Miguel: Sí, bato, con lo que me gustaba mear los portales de las casas, calculo que trajeron la fiestonga para el borde del campo por eso. Se pierden del servicio de riego. Y después se quejan de la sequía.

Venancio: Igual me parece un poco... transfóbico esto de haber corrido la fiesta fuera del perímetro del pueblo, de la Solanet a la avenida Italia... justo cuando viene Zulma, ¿lo pensaron, chicos? Eso deja entrever indicios de discriminación contra las personas trans por parte del municipio. ¿Y por qué no la invitaron al palco del desfile con el intendente? ¿Y por qué no la eligen Reina del Ternero honoraria?

Ruben (irónico): Acá hay gato encerrado.

Venancio (indignado): ¡Qué machistransfóbico!

Miguel: Uh, bato, pintó Borges. Haceme el favor y volvete a la facultad con tus intelectualidades de broli. Andá, semioticólogo de postal. Miren, ahí se está juntando gente frente la casa ésa. ¡Debe estar Zulma in Love adentro! ¡Eeeh, Zulma!

El grupo de veinte personas permanece durante quince minutos mirando absorta el frente de la casa, donde no parece haber movimiento alguno.

Ernesto: Che, me preocupo, ¿les habrá pasado algo en el camino? Todo el pueblo está pendiente de este momento. Después de León Gieco, Divididos y la Bersuit creo que es la visita más ilustre de los últimos años. ¡Con lo que me gustaría ver un espectáculo de revista!

Ruben: ¡Seguís con eso! La Nélida Lobato ya pasó a mejor vida. Esta es Zulma, y todavía tenemos la suerte de poderla disfrutar. (Rascándose la cabeza) ¿A propósito, qué es bien lo que hace?

El tiempo pasa y las copas también. Luego de algunas horas amanece. El escenario es un cementerio de botellas sobre el que nuestros amigos se mueven con dificultad.

Teo (hipando a troche y moche): Shé, qué fiashco (hic) lo de Nélida Lobé, ¿Lobé era?

Renato (pensativo): Lobato in love... lo bato a baño maría... ¡je! Digo, a baño zulma.

Miguel (levantando su dedo índice mientras mea el portal de una casa): A baño nélida, bato. Lo baño a bato... (Tocando el timbre de la casa sin interrumpir el riego) ¡Señora! ¡¿Me deja pasar al baño?!

Ernesto (despertando de un sueño turbio): ¡Aujuuuum! Ey... shhhhigos, agá en el sueño be dijjjjeron que hubo bardo en Buenos Aires con la gobpañía y suspendieron el viajjjjje. Creo que hubo murra entre Juan Garlos Thorry y el cineasta Kieslowsky y el mago Mandrake. Y creo que en el sueño también estaba el hermano de Gustavito López, ése que jugaba al fútbol, y algún artista del catch más.

Mientras tanto, en Ciudad Gótica...



lunes, 12 de abril de 2010

Adiós a Las Armas


miércoles, 7 de abril de 2010

Entre el voyeurismo y la exhibición


Siempre hay una referencia literaria a alguna obra de arte u obra mayor para alimentar al carroñero texto menor. Al apocado texto bemol. Al bloguero texto residual. Así que.

Más aún si se arranca de una postal. De una Julieta de postal (y llegamos a la referencia, ahora agarrate que la bola de nieve refrita te chamusca las pestañas).

En el carnaval la historia se multiplica en serie. Y se repite como contrafarsa. Entre otros personajes, siempre puede encontrarse alguna Julieta que espera a Romeo o a Godot. Como la de la mentada imagen, que desde su platea preferencial, parece esperar impaciente los 100 goles de Romeo en San Lorenzo. O tal vez haya elegido un atalaya desde el cual atravesar con su mirada las máscaras que, sin ser venecianas sino santelminas, no dejan de recrear un carnaval de góndolas que, lejos de flotar, exhiben en su mayor fulgor supermercantil torres de latas de conserva (cfr. Las llamas que llaman y la masificación selectiva del carnaval o el carnaval como consumo). Y desde allí, decíamos, Julieta se erige en voyeur exclusiva de la multitud. Ya no hace falta flâneurearla desde un espacio público como el ventanal de un bar; podemos volver a las bases burguesas decimonónicas y reservarnos el espacio privado de las cuatro paredes para observar la multitud, allí donde las miradas se cruzan y confunden en desorden orgiástico, sin mezclarnos con ella. La multitud carnavalera, donde el régimen de lo visible expone todas sus facetas y los espectadores y los pasantes intercambian sus roles y sus miradas como figuritas. En este caso, la Julieta de arrabal parece expresar una mirada pura y panóptica, vigía pescadora que busca un crustáceo entre un cardumen de festejantes sin ojos laterales para ella.

Pero te olvidás, Juli, o Eta, como más te guste, que un eximio fotógrafo digital que por allí pasaba te captó y trocaste de voyeur a exhibicionista. Qué tensión esa, eh. Claro que exhibicionista involuntaria, no te voy a decir que estás en pose de Coca Sarli y preguntando qué pretende usté de mí. Exhibicionismo involuntario como cuando hacemos la mímica de un guitarrista de música de rock famosísimo frente al espejo (tipo guitar hero), voyeurs de nuestra propia imagen, y de repente vemos por detrás de nuestro reflejo, en una ventana del edificio de enfrente, una silueta que nos mira, seguramente divertidísima. O como cuando vamos en bondi mirando embobados el exterior, todo ojos, y en cuanto frena empezamos a sentir un peso pupilar irisado sobre nosotros, y caemos en la cuenta de que estamos siendo observados desde afuera por todas las personas que, por ejemplo, están en la hilera de la parada de turno o mirando desde el interior de otro bondi que frenó a la par del nuestro; y la balanza visual se desequilibra hacia el otro lado. ¿No captaste la comparación? Sí, muy larga. Mirá, Julieta, la cosa es que ahora sos parte de una postal que puebla la hacinada web, la densificada iconósfera (¿por ahí no pasaba el cohete menemista que iba a Japón en dos horas?). La tangente de tu mirada quedó apresada como una secante trunca, enmarcada contra la pared descascarada de píxeles que algún que otro par de ojos degustará con fruición más turbia que turbada.

Y como el régimen de lo visible, el régimen enunciativo también puede cambiar de un párrafo a otro, como en este texto chatarra.

En todo caso, quien piense que esto no fue más que una hermenéutica pedorra para ejemplificar un poco cómo algún retazo teórico también puede hacerse literaturismo barato, texto menor, en fin, la pretensión crítica enterrada en un enorme basural de palabras farragosas de tan virtuales, estará en lo parcialmente cierto. Pero por sobre todo, la risa.

lunes, 29 de marzo de 2010

Panorama editorial luego de la dictadura

* Texto escrito en 2004 para uno de los tantos proyectos de revista truncos y publicado luego en el portal de arteUna.

La suerte del mercado editorial argentino, como parte constituyente de la industria nacional, estuvo ligada a los vaivenes económicos, políticos y culturales que vivió el país a lo largo de su historia. Y en particular, el auge y la decadencia de este sector se sucedieron en un estrecho margen de diez años, en los que se pasó de la promoción estatal a la persecución sin contemplaciones.

Luego del llamado boom de la literatura latinoamericana en la década de 1960, con exponentes como García Márquez y Cortázar, la venta de libros en la Argentina tuvo su pico histórico, y con él, la industria editorial prosperó: desde grandes emprendimientos colectivos hasta riesgosas aventuras personales, pasando por la experiencia de Eudeba, la primera editorial universitaria creada en 1958. Paralelamente, los autores nacionales ampliaron su territorio en los catálogos editoriales, en las vidrieras de todas las librerías y en los kioscos de diarios y revistas, que hicieron del libro un objeto cultural de alcance masivo. Pero el momento de esplendor duró poco menos que una década, y a partir de 1968 la venta del libro de industria argentina comenzó a declinar, eclipsado por el libro extranjero de menor costo.

A su vez, las dictaduras cívico-militares instauradas en 1966 y 1976 fueron responsables, en buena parte, de la decadencia de varios de los emprendimientos editoriales. Y sobre todo la última que, como señala la hipótesis de Un golpe a los libros, de Hernán Invernizzi y Judith Gociol, articuló un proyecto que, como un trípode, se sostuvo en la reestructuración económica, la persecución política y el control cultural.

En un marco amplio, los gobiernos de facto llevaron a cabo proyectos económicos y políticos que tendieron a la apertura al mercado internacional, en desmedro de la industria nacional y la destrucción del movimiento obrero. Pero en el caso particular de los libros, dentro de un amplio y heterogéneo programa cultural, se valieron también de un aparato legal y represivo. Éste, entre otras cosas, estaba destinado a eliminar aquellas "editoriales argentinas marxistas y/o con 50% o más de obras marxistas" y aquellas que publicaran libros con ideas contrarias a la "moral y buenas costumbres" o a los "valores occidentales y cristianos". Es decir que no sólo prohibieron libros cuyas ideas iban en contra de sus intereses, restringieron su circulación y persiguieron a sus autores, sino que además apuntaron sus cañones contra las mismas editoriales que publicaron esos libros y a esos autores, en el afán de "atacar el mal de raíz".

Durante la llamada "Revolución Argentina", instaurada con el golpe de 1966 encabezado por el general Juan Carlos Onganía, se dictaron leyes que buscaban limitar las "actividades comunistas", algo que con esa definición podría parecer realmente ilimitado. El aparato estatal tuvo un papel preponderante en la censura de libros. La SIDE se encargaba de la calificación y eventual prohibición de las publicaciones que entraran dentro de esa categoría. Por otro lado, la Aduana controlaba el ingreso de publicaciones y el Correo estaba autorizado a confiscar libros "de carácter inmoral" por una ley que modificaba la antigua Ley de Correos.

Este marco jurídico continuó funcionando durante los gobiernos constitucionales de 1973-76, en cuyo período no dejó de haber persecuciones perpetradas por grupos paramilitares, aunque todavía podían oírse voces de protesta y reclamos de agrupaciones que nucleaban a escritores, editores y otros profesionales del ramo. Pero estas voces fueron amordazadas con el nuevo golpe de las Fuerzas Armadas de 1976, que a los pocos días designaron como presidente de facto al general Jorge Videla. El control estatal de la cultura impresa en esa etapa estuvo a cargo de varias dependencias gubernamentales, con una organización más eficaz que la dictadura anterior. El organismo más importante, creado especialmente para tal fin y de carácter secreto, era la Dirección General de Publicaciones. Estaba en el área del Ministerio del Interior, a cargo de Albano Harguindeguy, y contaba con un plantel de intelectuales que realizaban informes exhaustivos sobre distintas publicaciones y sugerían su eventual censura. En la esfera de ese Ministerio también se encontraba la Dirección General de Asuntos Jurídicos, cuya función era darle un marco legal a la censura.

El aparato represivo era el que llevaba a la práctica la censura, a veces con métodos contemplados dentro de las leyes que las mismas dictaduras crearon, y otras no tanto. En ambos regímenes de facto se quemaron y secuestraron libros, pero no hay comparación posible entre la violencia física que ejerció el autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional", entre 1976 y 1983, con respecto a la pretendida "Revolución Argentina". En la última dictadura la tendencia persecutoria se acentuó. Casos que se testimonian en Un golpe a los libros como la detención de Daniel Divinsky, de Ediciones de la Flor; la clausura de Siglo XXI, y su exilio forzado; la quema de cientos de miles de libros del Centro Editor de América Latina; y la intervención cívico-militar en Eudeba con el posterior secuestro de otros miles de publicaciones, ilustran la importancia que los gobernadores de facto le daban a la palabra impresa.

Pero este accionar contra el campo cultural tiene su correlato con el plan económico y el político. Es así que mientras se buscaba desmantelar una industria nacional y sus organizaciones, por un lado, y se mantenía una "guerra militar", por el otro, el terrorismo de estado se basó en esos criterios para llevar adelante la "guerra cultural". No es de extrañar, entonces, que entre las decenas de miles de personas detenidas-desaparecidas podamos encontrar, además de militantes políticos, obreros y estudiantes, un amplio listado de artistas, escritores, periodistas, editores y otros trabajadores de la cultura.

El panorama editorial luego de la caída de la dictadura, en 1983, era desolador. Y como sucedió con casi todos los sectores afectados en el país: a la destrucción y la desaparición comenzaron los intentos de reparación y esclarecimiento. Está claro que la prioridad fue, es y seguirá siendo la de los familiares de los detenidos-desaparecidos. Pero en el caso de los libros no existió ni se planteó la discusión sobre una política de resarcimiento por las innumerables pérdidas materiales de editores y autores. Pero sobre todo, contemplarse la pérdida simbólica irrecuperable que significó para los lectores y para el enriquecimiento de la cultura argentina en general, carencias imposibles de medir y cuyas consecuencias posiblemente se manifiestan aún hoy.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Cae la noche

Un cuentito adolescido del año del jopo
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¿Soy realmente yo?

Cuando la llovizna se hizo más fuerte y persistente, tendiendo una cortina sobre el crepúsculo, pensé con una vaga carga de convicción que era hora de marcharse. Ya llevaba cerca de dos horas apoyado contra un árbol desnudo de otoño, haciendo tiempo, creando tiempo de la nada, esperando un instante sin tiempo pero cercano.

Todo se veía más gris que en otras ocasiones. Desde la solitaria esquina del árbol pretendía ver cómo se hundiría algún sol imaginario en el río, que se encontraba más abajo por esa misma calle. Pero sólo las gotas agrietaban el agua del río, lloviendo sobre mojado. Estoicamente aguanté esas horas, sumergido en mi campera donde guardaba el pasaje.

¡El pasaje!, recordé, y lo busqué con avidez en el bolsillo, como queriendo corroborar si la realidad podía jugarme alguna broma. El pasaje estaba ahí. Mi nombre no.

Todo es gris, pensé suspirando entristecido mientras daba los primeros pasos a lo largo de la calle solitaria, y me dirigí hacia la rambla. Todo era gris.

Apoyados mis codos en la tapia que daba al río, no quité la vista de su lluvioso oleaje, tan gris como aquel día. Aquellos nubarrones cada vez más anochecidos convidaban al río de su tinte grisáceo, como vejigas de vino calamar. Un río contaminado de tristeza.

Una breve pero fuerte ráfaga de viento barrió mis pensamientos y me hizo brotar una lágrima (aunque creo que el viento fue sólo una excusa para explicar el afloje). Me di la vuelta y para no levantar sospecha alguna, eché un último vistazo a la ciudad que tanto extrañaría y tomé el primer taxi que vi hacia el aeropuerto.

***

El avión toma vuelo y junto a la ventanilla observo las luces de una ciudad oscurecida de realidad nocturna. Volver con el alma fresca o marchita, eso no depende de mí. ¿Volverá a amanecer o será un invierno polar de noches eternas?

Cuando el avión atraviesa la inmensa masa de nubes diviso la luna, colgando muy quieta y sucia, observando triste y granujienta algún paisaje remoto. Recién ahí calmo mis nervios y vuelven a mi cabeza los momentos de tensión que pasé durante los trámites de migración y embarque. Pero prefiero olvidar el mal rato y estiro el cuello para ver a mis compañeros de viaje. Hacia atrás no hay nadie y por delante puedo ver tres cabezas que se asoman sobre lo respaldos de los asientos, en posición de descanso (o eso parece).

Creyendo estar más tranquilo saco del bolso de mano mi documento. El temblor de mis manos aún se mantiene, pero no sé si por temor o excitación. Lo cierto es que la realidad permite que se cuele en alguno de sus trayectos de espacio y tiempo una porción de irrealidad. O de extraña realidad. Se esfuman mis ideas como huellas en la arena removida y nuevamente encuentro el documento frente a mis ojos. Todavía con cierta sensación de miedo lo abro y leo para cerciorarme de que aún sigue escrito el nombre falso que está junto a mi foto.

LB (dic. 1999)

miércoles, 17 de marzo de 2010

Émulo marxista de Narosky habla sobre periodismo

Es difícil escribir la historia de la información por separado de la de la corrupción de la prensa. Walter Benjamin.

Majul es el De la Rúa del periodismo.

La guerra fría de la información en Argentina encuentra hoy dos bloques, desbalanceados en cuanto a recursos, pero monolíticos: el del periodismo corporativo y el del periodismo oficialista. No hay lugar para la tercera posición. Qué diría el General.

Majul, volvete a tu país.

Eso diría el General, pero éste no es un aforismo.

Las terceras posiciones son medias tintas.

Los medios tintos son el paco de los pueblos.

Majul, ¿alguna vez perdiste por puntos?

Corporaciones militar, sindical, eclesiástica. Y en los próximos manuales también aparecerá la mediática. La de la democracia del control remotísimo.

Majul es el crash dummie de la corporación periodística.

Una corporación vive de hacer negocios y sus integrantes tienen distinta pertenencia de clase.

A pesar de estar forrado en guita, Majul vendría a ser el mendigo del periodismo.

Los periodistas que escriben libros sobre políticos se terminan haciendo políticos. Majul presidente. Majul en la cornisa. Helicóptero, sopita, telenoche y a la cama.

Majul es el apócope de María Julia. Esto no viene al caso, pero me dio una idea para una definición de crucigrama.

Majul es un apócope. Esto sí es un aforismo.

Majul no cree ni en lo que él mismo dice.

Majul es víctima del mapa de la inseguridad y de la trata de persona a la que lo somete De Narváez.

Víctor Hugo debería escribir una breve historia contemporánea de la información. Podría llamarse Los Miserables.

viernes, 12 de marzo de 2010

Negras verdes bajo el sol de una bodega

La música francesa tiene íconos en cantautores como Georges Brassens o Serge Gainsbourg. Pero si hablamos de algo más parecido al rock y más cerca en el tiempo, los nombres no resultan tan conocidos por estos pagos. Mano Negra fue tal vez el máximo exponente entre las distintas bandas que se destacaron por lo heterogéneo, lo cosmopolita y una jerga migrante que enriqueció la estética y los ritmos tan típicamente circenses y coloridos de la Francia de los ochenta y los noventa. Así lo documentan, además de la banda de Manu Chao, grupos como Zebda y Les Négresses Vertes.

Esta última nació en 1987 en las calles de Paris, cruza de celta y de latino, con algún gen pincelado por un amante árabe-magrebí. Era la época en que las bandas de la Galia se separaban del canon inglés y estadounidense (llevándose varios aprendizajes punks y rockers) para abrevar de sus propios bebederos, que contaban con el inmejorable aporte de las culturas de los países colonizados por el ex imperio francés. El nombre Les Négresses Vertes, que se puede traducir como las negras verdes, lo tomaron de un insulto recibido en uno de sus primeros recitales, que aparentemente aludía a una comparación con el arte kitsch del pintor ruso Vladimir Tretchikoff (menudo insulto erudito, si la leyenda es cierta). Y por las pinturas del mentado, es fácil trazar una analogía visual con la música transcultural del conjunto.

Chinese girl, de Vladimir Tretchikoff

Los vientos y el acordeón le imprimen un carácter alegre y jocoso al grupo. Y sus visos gitanos desde la guitarra española y la percusión no tienen nada que envidiarle a la música balcánica.

Uno de sus primeros temas fue un hardcore que renegaba del bicentenario de la Revolución Francesa: 200 Ans D'Hypocrisie (200 años de hipocresía). Un título que cualquier banda anarcopunk del mundo podría trasladar a su propio bicentenario patrio, matrio o tutorial.

Les Négresses Vertes fue una destacada troupe de circo, donde cada integrante parecía tener su propio rol: presentador, domador, trapecista, mago y asistente. Helno, cantante y letrista de la banda –un personaje que parecía salido de la película Delicatessen, y si no mirar el video más abajo–, era su figura carismática. Y como tal, se encargó de completar el álbum de figuritas mítico de cualquier banda cruzada por el martirio: murió por sobredosis de heroína en 1993, a sus treinta años. Lamentablemente, porque luego de eso el grupo ya no fue lo que había sido, cual una mula vieja. Helno, precisamente, era el presentador arriesgado de la troupe, su rostro trágico, el que perdió el equilibrio sobre una cuerda vocal. Participó de los dos primeros discos, Mlah (1988) y Famille nombreuse (1991). Y la banda siguió tocando.

Acá les dejamos la canción Sous le soleil de Bodega (Bajo el sol de Bodega, auténtico trapiche al sol) incluido en el disco Famille nombreuse, el más recomendable. Es un tema con aires flamencos a lo gipsy y con una letra que recorre distintos tópicos que desde este espacio levantamos como bandera: Tonnerre de Dieu, toi Dyonisos / Bénis ma chair, bénis mes os / Aie bodege, bodega / Chante nos joies et nos folies / Aie, bodega, bodega / Tu es l’étoile de nos nuits (Trueno de Dios, tú Dionisos / Bendice mi carne, bendice mis huesos / Ay Bodega, Bodega / Canta nuestras alegrías y nuestras locuras / Ay Bodega, Bodega / Eres la estrella de nuestras noches).

¡¡A la Bodegá!!


domingo, 7 de marzo de 2010

Insomnio de novela

Aquella noche el insomnio me fue transformando poco a poco en colchón. La vigilia de mi cuerpo se derretía entre los vellones de algodón enervados y los resortes tensos, mientras mi cabeza maquinaba engranajes intentando dar con el que activaba la puerta somnífera. Cuando por fin me rendí a la batalla, me levanté y me puse a caminar por la casa oscura buscando un sueño durmiente en algún otro espacio. Lo encontré en el filo de un escritorio sobre el cual apoyé mis glúteos que, pomposos, recibieron acolchonando a la madera fría. Y sentí cómo el mueble inmóvil comenzó a relajarse debajo de mí, hombre cama, culo colchón. Me desperté acostado sobre la tabla, abrazado a ella, a sus cuatro lados mis cuatro extremidades, colchón caníbal y parásito.

En el sueño intentaba dormirme. Y para lograrlo tenía que entrar en la boca pútrida de un subte que hedía a acidez estomacal y cuyo borde interior estaba coronado por dos hileras de lápidas rotas, como dientes de cemento cementerio carcomidos por caries petróvoras. Antes de decidirme a entrar, rodeaba como un gusano labial la boca del subte; mientras, un grupo de personas comenzaba a agolparse en la entrada del hueco, con expresión latente, como si estuvieran corroborando sonidos desvelorios, un zumbido, un crujido, un latido, todos signos vitales y por eso estremecedores desde una boca oscura y muerta.

viernes, 26 de febrero de 2010

@narcosis náutica



















un barco de anarkonautas
como turcos anargonautas
o griegos huelguistas
que se lanzan a la mar
y huelgan el tiempo con sus dédalos
buscan y evitan que se escurran
los carneros de oro
para darles μυρρα

precisan vivir
por sobre navegar

leñadores del olivo genealógico
(pompeyo, pessoa, revista marcha, caetano)
arriban con un barquinazo
y en una tajante oleada
deslizan la quilla en la arena desclasada
donde la señalética
prohíbe encallar
-porque ellos encallan a gritos donde se les canta-,
y embolados de Atalanta
se enmascaran, reiterativos, de farsantes
para hacer face(book) con una playera pléyade de top models
pre-infartantes

un puerto no-nada-silencio para abordar la tierra firme
y anarkotizarse
con narguile
jet-set
y fumata rojinegra


viernes, 19 de febrero de 2010

∞ infinito ∞

Representar el infinito puede ser una tarea un tanto... ardua. Porque no se trata únicamente de agarrar un ocho (8) y empujarlo para que quede tirado en posición horizontal (∞), imposibilitado de levantarse por sus sinuosas redondeces. Además, fuera de la semejanza formal con el número, el símbolo infinito parece remitir más a la cinta de moebius que al número de Riverito, aunque, según se comenta, ya se utilizaba antes de que don Moebius fuera alemán.

La cuestión es que antes de que la era digital extrapolara los límites de lo finito hacia dimensiones inciertas (por ejemplo, hoy podemos decir que -relativamente; elemental, mi querido Albert- la Internet es infinita; o bien, gruesita), hubo creaciones analógicas que desafiaron las fronteras de lo perceptible. Porque, ¿cuándo terminamos de subsumir un objeto dado?, ¿cuándo terminamos de comprender los múltiples escorzos de un dato exterior que se empecina en su continuidad sin fin aparente?


Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band, de The Beatles, además de ser considerado el mejor elepé de la historia del rock por muchos músicos, innovó en varios aspectos del objeto disco. Por ejemplo, es uno de los primeros que incluye un tema fantasma. Fantasma porque no sólo está perdido precedido de un silencio al final del último tema como parte del mismo track, sino que además da miedo realmente. Luego de la orgásmica tensión que generan las cuerdas de A day in the life, hay un silencio y más tarde un tono de alta frecuencia (esos que sirven para ahuyentar perros), al que le siguen ruidos de ambiente, grabaciones al vesre del diablo tipo Xuxa y una frase ininteligible (algo así como never could see any other way) dicha por un niño (recurso que utilizaría en los noventa Pearl Jam en el sublime testamento del grunge: Vitalogy). Esa frase infante y truculenta se repite hasta que el CD termina en fade out. Pero en 1967, cuando ni siquiera había tocadiscos automáticos, el vinilo rebotaba y seguía reproduciendo ad infinitum ese fragmento. La estética se asomaba al infinito aprovechándose de la técnica.


En el ámbito de la literatura, la novela Rayuela, de Julio Cortázar, otra obra archiconocida, también se le animó a la inconmesurabilidad. Toda persona que la haya leído sabe que hay dos formas de acceder al texto, una leyendo los capítulos en continuado del 1 al 56, y otra alternando esos capítulos pincipales con otros complementarios que ramifican aún más la historia. Pero esa forma de leerla, sugerida por el autor, termina con la secuencia de los capítulos 131-58-131, que se inter-remiten. Es decir, que habría que volver indefectiblemente sobre uno (58) y otro (131) sucesivamente para alcanzar la lectura total de la novela. Cortázar, que escribió Rayuela para que se lea de una sola manera, y no de las dos como solemos hacer todos los snobs que caemos en sus garras, tal vez se hubiera regodeado con el siguiente diálogo: ¿Leíste Rayuela? Sí, de las tres maneras. Cómo de las tres maneras, hay dos formas de leerla nomás. No, yo ya la había leído de las dos formas y todavía sigo con la tercera, estoy hace tres años empantanado entre los capítulos 58 y 131, un diálogo medio limado y como monotemático, así, de manicomio, pero bué, regio.

Para concluir este desvarío, que no es infinito, debemos mencionar una herramienta que colabora en el proceso de producción de la bebida que nos convoca, el vino. Se trata del tornillo sinfín, que conduce las uvas a las moledoras, pero no tiene más que una semejanza léxica con el infinito. En fin(ito), hay variadas formas de acercarse o representar el infinito, la eternidad, el punto rojo, los boleros (que se quede el infinito sin estrellas). De hecho, para cerrar una vida lúdica al mango se podría probar con un escalectric. Además de tener la forma ∞, ya debe existir alguno con el trayecto de un solo plano a lo moebius. Habrá que ver quién tiene ganas de jugar a las carreras for ever. Porque experimentar el infinito, al fin y al cabo, también puede resultar muy tedioso.