martes, 23 de octubre de 2012

Arrojas poesía al Mercosur

Malú Urriola, Silvia Castro y Juan Fernando García con las luces florecientes de la Isla Maciel de fondo (Foto: Sabrina Díaz Potenza).

Las personas que llegaban al Museo Quinquela Martín luego de transitar los adoquines de la Vuelta de Rocha, enmudecían. El silencio reinante anunciaba la inminente consagración de la primavera. Sobre la explanada de la entrada, el director de orquesta agitaba una vara invisible contra un atril menos aprehensible aún, mientras sonaban en volumen muy bajo unas piezas clásicas de Vivaldi, Tchaikovsky, Beethoven y Delibes alusivas. Pero para dirigir una orquesta o capitanear un barco no es necesario el sonido. Tan sólo basta con el rumor de los elementos. Y el mimo lo sabía. Por eso hablaba su cuerpo. O su saco, en el que varios papeles manuscritos pegados clamaban nombres de poetas y escritores. Guiados por Sergio Cofré, actor y docente del Galpón Catalinas Sur, quienes se aventuraron al barrio de La Boca a recibir la primavera y un nuevo ciclo de Arrojas Poesía al Sur, mimetizados con el silencio, comenzaron el ascenso a la terraza del Museo, como desde la raíz hasta la flor. Porque el Día de la Primavera es también el Día del Estudiante y el del Artista Plástico. Y en el recorrido de esa clase de biología pictórica, de dicotiledóneas enmarcadas al óleo de una espátula, el susurro del público se hizo sav(b)ia como la Naturaleza. Las venas abiertas latían.

En el segundo piso del edificio tomó la posta Marisa Corral, del staff del Museo, que ofreció una visita guiada a la Sala de los Mascarones de Proa, para luego tocar en el violín Verano Porteño y Santa Lucía. La última escala de ese tallo fue en el tercer piso, escenario de la edición del Arrojas en el otro equinoccio de 2012, el de otoño. Allí, Zulma Ducca y Laura Boscariol bienvinieron con temas balcánicos en acordeón y charango. Del silencio apenas sugerido a la música untza untza en sólo tres pisos.

En el bloque de poetas anfitriones, Valeria Gómez y Carolina Díaz, coordinadoras del Taller de Escritura de Cooperanza del Hospital Borda, leyeron textos de los internos del hospital ubicado en Barracas, cuyos trabajadores se encuentran en lucha para evitar su cierre, en defensa de la salud pública y de estos espacios de acción con el arte intra y extramuros. A su turno, Julián González, de la cooperativa editorial Eloísa Cartonera leyó poemas del también cuentista y pedagogo Ernesto Camilli, quien fuera publicado por la propia Eloísa; la cual, además, estuvo presente con su stand de libros atendido por Ricardo Piña, Alejandro Miranda, María Gómez y Washington Cucurto.

Mientras las luces de la Vuelta de Rocha, el Riachuelo y las Isla Maciel florecían a través de los ventanales del Museo Quinquela, la actriz y recitatriz Vanesa Maja acaparó las miradas y el escenario para enunciar un fragmento de la obra "Rosa brillando", inspirada en la poética de la uruguaya Marosa Di Giorgio. Con una presencia cargada de erotismo, la maja vestida de blanco, como un lienzo o tabula rasa que sería cubierta de colores sobre el final del encuentro, dejó latente una estela de frutas, flores y sabores a pulpa rioplatense entre los paladares boquiabiertos que la contemplaron.

Luego fue el momento del bloque central del ciclo, el de otros puntos cardinales: tres poetas invitados que soplaron versos polinizados en otros barrios, ciudades y hasta del lado oeste de Los Andes. El poeta y docente oriundo de Necochea Juan Fernando García destacó entre sus versos a su perro Morón, homenajeado en su libro del mismo nombre, el cual dibuja pictogramas con sus huellas y lee territorios y gestos urbanos como un auténtico hermeneuta de cucha. La rionegrina Silvia Castro, poeta, bibliotecaria y fotógrafa, desafió el límite de las palabras y las hizo fragmentarse, confluir, entremezclarse y copular para obtener nuevos significados con su tempestuoso poema inédito Calibán, poema de libaciones caninas. Por último, la chilena Malú Urriola, poeta y guionista nacida en Santiago, cerró el segmento con poemas de su libro Bracea, como el picaresco y melancólico Tres piernas, y el impactante El perro, que refleja la imposibilidad de recomponer los fragmentos de una antigua unidad perruna (de una vida, más bien), por más nombre que lo haya identificado y caninos que lo hayan defendido. Una vez más, palabras en juego como cuerpos, canes y potencias, polen y latencias, pedazos que se descomponen y se funden dando lugar a nuevas entidades. Como flores fluorescentes. Como la Rosa de Hiroshima.

Siguiendo el cauce internacional, el músico paulista, tropicalista e inmigrante –como le gusta presentarse– Dr Morris, tocó algunos temas de su repertorio inspirado en los cuentos fantásticos del escritor Murilo Rubião, como A rosa de vidrio. Acompañado por su guitarra, uno de los exponentes de la escena brasileña de São Paulo en la actualidad dibujó trazos de sus melodías que fusionan jazz, blues, samba, arabescos y florituras. Latinoamérica floreciente en distintos lenguajes estéticos terminó de cobrar forma, de cobrar continente.

Para dar lugar al último acto, Marta Sacco, organizadora del ciclo junto a Zulma Ducca, invitó al público asistente a salir a la terraza, donde el buffet de la Cooperativa Los Pibes del Playón habilitó empanadas, café y otras bebidas espirituosas. Enseguida, la actriz y performer de Barracas Blanca Rizzo, emulando una deidad floral al estilo Ostara, bailó el Lakmé de Delibes en la voz de Montserrat Caballé, ante la mirada pétrea de las esculturas del Museo, las velas palpitantes ofrendadas a la brisa y el público que se sacudía el silencio intrauterino como pichichos recién nacidos. En el vestido florido de Blanca, que tal vez era el mismo vestido blanco que había usado la Maja, parecieron plasmarse todos los colores recitados en los bloques precedentes.

Y como corolario, corola al aire, todo fue consagración a la música primaveral, a ese susurro que creció para terminar en declamación y baile colectivo. Palito Ortega, Manu Chao y Luis Alberto Spinetta volvieron a ser hojas del viento, flores de la madre selva, amores de primavera. Fugaces, fragmentados, polinizados, circulares e intensos. Viento, agua y abejas que favorecen ese pasaje de los estambres al estigma. Elementos al servicio de la Naturaleza que no repara en utilidades ni discrimina lo que no es necesariamente productivo. Polinización sin estigmatización. En una especie de déjà-vu invertido, el Arrojas celebró un nuevo equinoccio en el Quinquela. El ciclo del ciclo sus vueltas derrocha. Y como toda ofrenda material, todo potlatch, todo gasto improductivo, toda poesía da sus frutos.


Video y edición: Juan Diego Romairone

viernes, 13 de julio de 2012

Voces para un nuevo viaje



Entrevista a Jorge Pistocchi


El fundador de la revista Expreso Imaginario y vecino de La Boca reeditará aquel proyecto de los setenta pero en formato radial. El lanzamiento, a puro arte y cultura, está programado para el 9 de julio.

Un mimo empuñando un micrófono puede parecer un oxímoron. Pero el que está pintado en la puerta de Olavarría 664, el mismo que diseñara Horacio Fontova para la revista Expreso Imaginario, invita a propagar voces en una nueva experiencia radial. Jorge Pistocchi, fundador de la mítica revista de rock y ecología en los setenta, se prepara para reeditar el proyecto, esta vez a través de una radio por Internet (www.radioexpresoimaginario.net). Un expreso que además de ser un tren veloz en los rieles de la imaginación es también expresión urgente. Y en boca de Pistocchi, esa inquieta necesidad de arribar a una nueva estación es patente: “Sé qué quiero decir pero no sé cómo”, cuenta en relación a los soportes que transitó su proyecto y que ahora encuentra un espacio multimedial superador.

Hay una continuidad con el viejo proyecto de Expreso Imaginario (EI), ¿en qué etapa del viaje están?
En una etapa donde encontramos una herramienta en la que confluyen muchas de las cosas que siempre quisimos hacer. EI va a ser un poco la expresión del fin de la radio tal como la conocemos. Y todo lo que estamos pensando hacer se nutre de viejas experiencias. En 2001 y 2004 ya habíamos armado páginas web de EI. Este proyecto se me empezó a ocurrir en 2008, cuando fui invitado a un ciclo de radio que transmitía por Internet. Y la idea es continuar sosteniendo los viejos principios de la revista.

¿Quiénes participan del proyecto?
Están colaborando muchos amigos y vecinos que se acercaron o que llamé especialmente. Yo soy muy desordenado y necesitaba gente que se ocupara de esos baches.

¿Tienen alguna relación con organizaciones del barrio?
No tenemos ningún lazo en especial, la participación es más de abrir puertas. Yo estoy hace diez años en La Boca y veo que hay mucha movida, mucha gente con ganas de hacer cosas. Estamos armando el centro cultural que inauguramos en febrero en esta casa, con el nombre de su viejo dueño que falleció el año pasado, Néstor Morelli.

El estudio armado en el centro cultural ya tiene forma, con la pecera que divide la sala de operaciones. Esta experiencia boquense, que se suma a FM Riachuelo y Radio Gráfica, pretende hacer del discurso ecológico uno de sus ejes pricipales. Pistocchi recuerda que ya nadie habla de la planta nuclear de Fukuyima, Japón. Y al salir al patio de su casa exhibe un mural de la cuenca del Riachuelo pintado por un integrante del Movimiento Orillero. “El slogan del grupo es Naturaleza muerta”, dice entre risas para luego ponerse serio: “Pero en el sentido más literal”.

¿Cómo será la programación de EI?
Estamos produciendo y recibiendo propuestas para la grilla. Tenemos desde un programa que va a hacer el pizzero de “La Gran Pocha” hasta grupos con los que venimos discutiendo sobre ecología y otras temáticas. También tenemos conocidos en España que van a hacer corresponsalías. O sea que no es sólo un proyecto barrial. Es un proyecto mundial. (Risas).

La puesta a punto de la radio tuvo sus vaivenes, pero Pistocchi apuesta fuerte para la inauguración con una movida artística en la calle Olavarría. El 9 de julio, día de la Independencia, propone conmemorar también la República Independiente de La Boca y aspira a generar una alternativa cultural al circuito de Caminito, con participación activa de los vecinos. “Ese día queremos que toquen bandas y haya muestras en la calle, con entrevistas y transmisión en vivo”, agrega. Sólo queda esperar el llamado del mimo y que los vagones del expreso empiecen a llenarse para un nuevo viaje.

*Publicado en Sur Capitalino, Año 21, N° 210, julio de 2012.

viernes, 29 de junio de 2012

Mestizaje de cuerdas, versos y llamas

María Julia Magistratti, Leonardo Martínez y Marta Miranda, bajo la cálida luz invernal instalada por Alejandra Fenochio

Al caminar por el borde de la vía, sobre la calle Garibaldi, los poemas y versos pintados en los muros anticipaban una respiración, una métrica y una musicalidad que vibraban al ritmo de cada paso dirigido a destino. Los mil metros de poesía grafiteados en los muros reverberaban en la noche más larga del año, mientras se escuchaba el contrapunto de un repique. Allá al fondo, en el cruce con la calle Quinquela Martín, sobre la vía, fulgía el fueguito que tensaba las lonjas con su crepitar. Las siluetas alrededor se movían sin brújula, como chispas, mientras los tambores chicos le contestaban a la madera que seguía su llamada. Los cueros del piano, con su grave profundidad de madre tierra, completaban la cuerda de candombe y, ahora sí, África rugía. En un ritual intercultural que se propuso actualizar los mestizajes, en la entrada del Barrio Chino, las llamas también cumplieron un rol purificador. Esas lenguas parlantes de crujidos que se avivaban con una brisa barroca, o neobarrosa en virtud de la cercana presencia del Riachuelo, resumían una fusión de cosmovisiones. Quienes rodeaban a los músicos se asomaron al fueguito, donde descansaba la escultura de hierro de Carlo Pelella que representa a las estaciones, y arrojaron un puñado de hierbas en conmemoración del Inti Raymi, la unión eterna entre el sol y sus hijos. Y ahora, África y el Abya Yala rugían.

El invierno también trajo un nuevo ciclo de Arrojas Poesía al Sur. La cuerda boquense África Ruge, dirigida por el maestro Juan Candamia, desfiló atronando con los tambores los pocos metros que separan la vía de la entrada de El Malevaje Arte Club, el bar que fue sede de esta edición. Una casona construida en 1870 para albergar una escuela fundada por Sarmiento, y que en la década de 1980 fue habitada por el artista plástico Rómulo Macció. El escenario contó con una instalación invernal de la artista plástica del barrio Alejandra Fenochio, un juego de luces y hojas secas espolvoreadas en el piso, sobre la mesa y en la pantalla del velador, que remedaban la movilidad flamígera del inicio en un cálido hogar. Un texto de Fenochio, leído por Marta Sacco -organizadora del ciclo junto a Zulma Ducca- abrió la actividad, junto a la proyección de un conjunto de sus dibujos. El aguafuerte boquense, una acuarela de óxidos y agua riachuela sobre la cotidianeidad barrial, también tocaba el tema de la hibridación constante que nos habita y nos transforma, aunque no siempre de manera positiva: la melancolía del adoquín extraído, no para la barricada, sino para el hormigón de hormiguero turístico.

En el primer bloque, leyó la terna de poetas anfitriones. Noelia Oviedo, de Barracas, que estudia Letras en la UBA y trabaja haciendo los alfajores artesanales Porteñitos en la escuela de reposteros de la Cooperativa Los Pibes del Playón de La Boca, dio a conocer parte de su producción poética. Pablo Eduardo Morales, del Frente de Artistas del Borda, experiencia surgida en 1984 con el objetivo de producir arte como herramienta de denuncia y transformación social desde artistas internados y externados en el Hospital Borda, en Barracas, relató en verso algunas de sus experiencias intra y extramuros. Por último, Teresa Lamborghini  leyó poemas de su padre Leónidas del libro Comedieta, editado por la cooperativa boquense Eloísa Cartonera, el cual incluye una serie de comiqueos, carcajadas sarcásticas sobre los discursos mediáticos de los noventa, que luego fueron ampliados en su otro libro La risa canalla (o la moral del bufón).

En el ínterin, Zulma Ducca describió las milenarias celebraciones que los pueblos quechua, aymara y mapuche realizan durante el solsticio de invierno, enmarcadas por un poema del sioux Tasunka Witko (Caballo Loco) que grafica la temporalidad circular común a muchos pueblos precolombinos. Mientras, las vigas decimonónicas de El Malevaje temblaban, como si acusaran el frío o la fragilidad del discurso añejado de los fundadores de la patria, a cada paso del bondi por Quinquela Martín.

En el bloque siguiente, subieron al escenario los poetas de otros puntos cardinales, que fueron presentados y recibidos por la voz de Zulma Ducca entonando temas referentes a sus lugares de origen. Las lecturas se organizaron como un catálogo de colores locales que desafiaron la pretensión global de borrar las diversidades. La mendocina Marta Miranda ofreció una serie de poemas inéditos donde la soledad del recuerdo y de una ventana en invierno quedaba empequeñecida frente a la soledad, inconmensurable, que advertimos por contraste en el encuentro con alguien que llena un vacío, como el frondoso cauce de un río poderoso. A su turno, la azuleña María Julia Magistratti siguió con poemas de viajes por América Latina, en los que el espectro cromático desplegó un arcoiris frutal de mercados, santos y fiestas propios de nuestro continente, mediados por una sensibilidad viajera subsumida en las expresiones de sus protagonistas, en las que el yo no se asume más que como otra otredad. Por último, el catamarqueño Leonardo Martínez, con una voz que regaló destellos dignos de la oralidad de un Manuel Castilla, seleccionó poemas que fueron de la tierra y los cerros de sus pagos, de hierbas fragantes e idioma corporal de animales, hasta el cosmopolitismo y la invisible comunión con la ubicuidad estacional de un verano neoyorquino.

La última parte de la jornada tuvo a la coplera urbana Paloma del Cerro, acompañada en guitarra por Rafael D'Andrea. Una vez más el detalle lo marcó la empatía etérea y terrena de su corporalidad kabuki (esta vez sin maquillaje) con el pulso de la pacha. Una tobillera con cascabeles de caporal oficiaba de péndulo hipnótico y el amplio registro vocal dibujó un vaivén de quiebres filosos y sinuosas continuidades, en las que resonaron las cuerdas de tambores como un déjà vu.

El micrófono siguió abierto durante un largo rato en el que desfilaron distintos músicos, como las anfitrionas del ciclo Ducca y Laura Boscariol, los platenses Carolina Arauz y Miky del Pozo y Jacqueline Tagger. El Malevaje bullía de repente como un crisol de culturas que, a juzgar por el espacio de herencia sarmientina, surtía la mezcla de mayor contundencia simbólica. La misma que bajo el mote de crisol de razas fuera sostenida con hipocresía por una generación que sentó las bases de una nación excluyente de lo diferente. Pero la fiesta de la fundición fundacional convirtió el lugar en un caldero de calor invernal que se destapó pasada la medianoche, liberando fueguitos de dientes soleados. Las últimas brasas jocosas y chisporroteantes se esparcieron en el silencio oscuro, entretejido de ladridos lejanos, con la certeza de un próximo renacimiento de las cenizas. El reflejo potente y azulado contra la pared de una fábrica abandonada delató el paso de un patrullero con esas nuevas sirenas de leds luminosos y gélidos que se alejaba. Las calles liberadas y las fachadas en verso empezaron a ocuparse de furtivos grupos de otros hilarantes fueguitos locales.

domingo, 17 de junio de 2012

Piaget se hacía una panzada



Cuando era chico, a mi conciencia me la representaba encarnada; y en más de un ser. Mi conciencia era un grupito de puños negros voladores con el dedo índice extendido. La referencia inmediata era un cartel que estaba en la puerta del baño de mi casa que decía My lord ladies and gentlemen, y en un costado tenía dibujada en negro una mano que señalaba la leyenda. Pero seguramente me había quedado grabada la imagen del Guante Volador de Yellow Submarine, el villano azul que odiaba la música. Las manos concienzudas tenían ojos y volaban sueltitas de cuerpo como en la animación beat. La boca con la que me hablaban la formaban con el hueco que dejaban el dedo pulgar y el mayor al cerrarse sobre la palma con sus yemas unidas, con el índice liberado para marcar. Eran aterradoras, la verdad. Y además no me querían mucho. Lo único que hacían era desafiarme. A que no cruzás la Avenida Belgrano cuando el muñequito rojo para el peatón está titilando. Y yo, a pesar de que no podía darme el gusto de aceptar la apuesta y soltarme de la mano mayor de turno, tenía que cerrarles, digamos, la boca de labios dedosos. No eran la clásica conciencia podre que mandaba a quemar todo y matar a todos los seres queridos, como la de Ralph de los Simpsons. El mal me lo querían hacer a mí. Y yo, literalmente, tenía que rebelarme contra mi conciencia. Pero tenía cinco años, o algo así, qué se le puede pedir a un chirimbolo de un lustro.

Un par de años después, a los siete, empezó a despuntar un erotismo encubierto mediante, otra vez, una creación imaginaria. Me ocurría en los bondis y muy cada tanto, porque tenía que darse una situación especial. Esa situación consistía en que cuando una chica, o una mujer –porque siempre eran mucho más grandes que yo– se levantaba de su asiento y yo me sentaba en ese mismo lugar, automáticamente se producía una especie de prueba química, con Dios haciendo de científico cuerdo. La cara de Jesucristo endiosado que tenía mi abuela colgada en una pared, una muy característica por aquella década del ochenta, estaba ahí, en mi cabeza, y con un tubo de ensayo. Si la mujer en cuestión no me había gustado, el tubo estallaba en mil pedazos, y con él la imagen del laboratorio paradisíaco. En el flash que reverberaba del último microsegundo de esa escena, Don Dios cerraba los ojos fuerte, acusando recibo de la explosión vidriosa. Pero si la chica que acababa de dejarme el asiento de cuerina tibio me había gustado, y eso pasaba muy, pero muy poco, la imagen era distinta. El tubo de ensayo empezaba a llenarse desde abajo con un líquido rojo, lentamente pero con resolución. Y se detenía en el tope, antes de volcarse. Dios sonreía: había química. Según las reglas que yo mismo había puesto, o según la interpretación que hacía de esa imagen libidinosa en la que ciencia y religión se unían por el bien de un niño, si el tubo se llenaba de esa tinta roja, con esa chica recién descendida iba a pasar algo en el futuro. Todavía no sabía ni cómo se fabricaba un pibe, pero ese algo instintivo podía estar orbitando alrededor de la incógnita.

Una vez, este juego de imágenes internas rebalsó el fuero interno y me jugó una mala pasada. Tendría los cinco de las manos negras, o tal vez cuatro. En esa época lloraba mucho, muchas veces con alguna justificación, pero otras sin razón aparente. Como todos los chicos de esa edad. Creo, bah. En uno de esos berrinches sin agarradera, mi vieja me invitó a que me encerrara en mi cuarto hasta que dejara de llorar. Obedecí, cerré la puerta blanca y lloré de frente a ella un rato más para cumplir la penitencia. Pero siguiendo un presentimiento repentino me di vuelta. Y detrás de la marinera en la que dormía con mi hermano alcancé a ver, en una fracción de segundo, cómo un vampiro dientudo y palídísimo se escondía debajo de la cama. Empecé a chillar con el alma, a llorar gritos de horror y golpear la puerta con todo el cuerpito; en realidad era cuestión de abrir el picaporte, pero no me atrevía a quebrar el hechizo del reto. Mi vieja vino a las corridas y me liberó de ese encierro compartido. Se había preocupado por el aullido repentino y me preguntó si me había pasado algo. Pero no, la abracé hasta que se me pasó el cagazo y jamás le dije que había un drácula debajo de mi cama con un tubo de ensayo vacío.

jueves, 29 de marzo de 2012

Es preciso navegar con poesía

Mascheroni, Etchecopar y Mileo, entre sombras y reflejos (Foto: Sabrina Díaz)

Un año después, siguiendo los designios inevitables del tiempo circular, las hojas resecas crujen su último suspiro, replicando aquel deseo del vigía –además del de avistar tierra– acerca de que "va a hacer falta un buen otoño / tras un verano tan largo". Y, efectivamente, las aguas de marzo empiezan a cerrar el estío.

En su primer aniversario, el ciclo Arrojas Poesía al Sur celebró el otoño, el Día Internacional de la Poesía y el de San Benito en el tercer piso del Museo de Bellas Artes "Benito Quinquela Martín" de La Boca, espacio que fuera la casa del artista, promotor cultural y filántropo, también en el mes de su 122° aniversario. Con una recepción previa de canzonettas interpretadas por el acordeón de Laura Boscariol en el hall de entrada, la velada arrancó, como en la edición de 2011, signada con el espíritu de la botella que estalla en el casco de un barco (sin ir más lejos, la arquitectura del museo semeja la superestructura de una auténtica barcaza). Antes de zarpar, se realizó una visita guiada por la casa museo del pintor a cargo de Sabrina Díaz, del staff del Museo, donde también se exponen fotos, noticias periodísticas de la época y cartas a Quinquela, muchas de las cuales giraban en torno a la Orden del Tornillo que entregaba a distintas personalidades del arte y la bohemia. Luego del reconocimiento de la nave que atravesaría las aguas de otoño, el público contempló el atardecer en la terraza-cubierta para después acomodarse en la Sala de los Barcos que alberga, entre otros, un impactante crepúsculo quinqueliano. Ese amplio camarote abrigó el quinto encuentro del ciclo, el cual continuó con otra pieza del acordeón de Boscariol.

Rodeada por los ventanales que dan a la Vuelta de Rocha y el Riachuelo, y coronada por el bajorrelieve de San Benito realizado por Juan Grillo y la escultura de lo que, según se escuchó, es la virgen de los navegantes, Marta Sacco, organizadora del ciclo junto a Zulma Ducca, dijo a modo de anticipar el diálogo de lenguajes por venir: "Bienvenidas, bienvenidos. Esta noche está impregnada de las voces de poetas, músicos, pintores, artistas, que por más de treinta años se reunieron en esta Sala". A continuación, Ducca ofició de maestra de ceremonia y dio inicio a la sección de lectura. La actriz Ingrid Pelicori levó anclas y timoneó el buque de poesía en su primer trayecto, para el cual recitó textos de César Vallejo, Raúl González Tuñón, Alfonsina Storni y Baldomero Fernández Moreno.

Las letras se deshojaron cuando el salón ancló en un nuevo bloque musical. El Trío Boero-Gallardo-Gómez, en bandoneón (Ramiro Boero), piano (Juan Pablo Gallardo) y contrabajo (Manuel "Popo" Gómez), ejecutó la suite Impulso, que consta de tres movimientos inspirados en tres de los más grandes pintores de La Boca: Quinquela, Fortunato Lacámera y José Desiderio Rosso. La joven y experimentada orquesta del buque aportó la brisa necesaria para un nuevo impulso de la nave y ahuyentó, con su estilo combinado de tradición y modernismo, cualquier posibilidad de hundimiento.

El barco-museo, en su viaje imaginario, enfiló luego hacia la sección de los hacedores de poesía de los barrios del sur. Julián González, de la cooperativa editorial Eloísa Cartonera –que estuvo a cargo de la encuadernación de una serie de reproducciones de poemas dedicados al dueño de casa–, leyó el poema "Quinquela" de Celedonio Flores y un soneto de Julia Prilutsky Farny, ambos incluidos en la antología. A su turno, el poeta, músico y pintor misionero Ramón Ayala, invitado como ex alumno de una de las escuelas fundadas por Quinquela que funciona en el mismo edificio del Museo, leyó un texto escrito especialmente para esa noche, en el que recordó sus extensos viajes desde su casa en el Dock Sud, atravesando el Riachuelo desde la Isla Maciel para llegar cada día a la escuela boquense, teñido del hollín del Doque.

Y nuevamente la brisa musical, como canto de sirenas, embargó a los argonautas. Zulma Ducca y Laura Boscariol hicieron una versión de Nieblas del Riachuelo, con guitarra y thunder, envueltas en las luces y opacidades que reflejaban los mascarones de proa quinquelianos en los ventanales que, a su vez, exhibían la rambla del riacho. Fantasmas pictóricos que se sugerían como parte de una vidriera extemporánea a través de la cual el interior y el exterior se fundían: óleo quebradizo proyectándose en la oleaginosa superficie del agua; velas que se encendían y se izaban. Las nieblas invadían la sala, mientras afuera, como en un juego mágico y sinestésico, se escuchaban golpes de martillos y cadenas que ritmaban el balanceo de los grandes barcos coloridos sobre el leve oleaje industrial. De esa forma, la silenciosa música del trajín portuario acompañó como un latido luminoso el tango de Cobián y Cadícamo.

Más tarde, en otro capítulo de la Odisea, fue presentado el bloque de poesía de otros barrios. En ese nuevo puerto se subieron tres poetas de extensa trayectoria, poenautas que ratificaron lo preciso de navegar. María Mascheroni, que además es psicoanalista y orfebre, leyó textos de su libro El cansancio de los hijos, donde las aves, la descendencia y la muerte trazaron una suerte de tiempo circular, la genealogía humana emulando las estaciones, mientras fuera de borda se oían graznidos de gaviotas: "a pesar de todos los esfuerzos esto se termina por sequía y decisión / los cascos avanzan sin descanso en dirección contraria a los acontecimientos / al compás del río que pasa llevando lo matado". A su turno, Dolores Etchecopar, poeta, pintora e integrante, como Mascheroni, del Consejo Editorial de Hilos Editora, eligió poemas de su libro El comienzo más otros inéditos, donde sus dos oficios artísticos por momentos se combinaron en sintonía con el ambiente de la Sala, con un "atardecer laqueado" por aquí y un momento inminente "para que de un golpe la tierra cierre / su abanico de flores". Por último, el poeta y editor Eduardo Mileo, cobijó en su voz profunda y cavernosa una serie de poemas-homenaje a pintores como Hyeronimus Bosch, Vincent Van Gogh, Edvar Munch y Frida Kahlo, orientando nuevamente la brújula hacia el encuentro de poesía y pintura; y otra vez las aves se hicieron presentes, "sombras de pájaros" a bordo de la "madera navegante podrida por la sal".

Como corolario de una noche que promete retoños, Ramón Ayala regaló una serie de temas legendarios de su autoría, como El Mensú, que entonó a capella, y Mi pequeño amor, acompañado por su tremolante y bien litoraleña guitarra de diez cuerdas que punteó, a veces, con reminiscencias de la ciudad delta de Nueva Orléans. Para cerrar a tono con la estación otoñal, el poeta resaltó el valor del instante único con un tema que sentencia: "soy una hoja caída del árbol de la eternidad". El tiempo es circular pero irrepetible.

El salón-barco, ahora disfrazado de litoraleña jangada, llegó a buen puerto. El ancla fondeó el lecho neobarroso del Riachuelo con aplausos cerrados al timonel que bogó aquel tramo final. Por último, Marta Sacco y Zulma Ducca, capitanas del viaje, ofrecieron palabras de agradecimiento e invitaron a los pasajeros a continuar sosteniendo los hilos de la noche, también itinerante. La caravana nómade salió del Museo y atravesó el Caminito desierto hacia la sede del ciclo de primavera de 2011, el espacio de arte Al Escenario, donde Ayala siguió tocando su ritmo de autor, el Gualambao, hasta un improbable momento de retirada en el cual las velas dejarían de arder para no quemar las naves.

 

sábado, 21 de enero de 2012

Son los tirapiedras filosofales

Foto: Nicolás Pousthomis

Se trata de una transubstanciación. Me transformo; o mejor dicho, toda mi existencia se va con la piedra que arrojo. Un gesto agresivo que, en ese refucilo zen, troca en autodestructivo. Y heterodestructivo, por supuesto. El destino de la piedra, mi destino, era una paloma a la que, de todas maneras, no le iba a acertar. Pero en la traslación pétrea que agita los aires, me veo transitando una parábola que domina una avenida ancha, de varios carriles, sin autos que la recorran porque su trazado de asfalto está interrumpido por barricadas y columnas de fuego que coronan el cielo gris de espesas humaredas. La única certeza es que antes, cuando solté la piedra, cuando me arrojé a mí mismo por el éter para chocar contra una paloma o un policía, emergí del limbo onírico que comenzaba a ahogar la única burbuja de vigilia que parecía que me podría mantener vivo. El instante de arrojo, el desgarramiento del objeto que paso a habitar petrifica, en una tensión de cuerda destemplada, todos mis nervios. Y me despierto estatua.

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Riachuelos de lluvia con Sol

La clown ofrece apagar la sed de poesía: Julia Magistratti, Fernando Caniza, 
Claudia Masin y Miguel Martínez Naón

El día más largo del año cerró su telón de nubes y veló la claridad del estío-hastío antes del atardecer. El alerta meteorológico amenazaba con piedras cenitales, una vez más, desde las voces alarmistas que profesan el pánico. Precisamente diez años después de aquella tempestad social y política, de aquellas piedras que movieron los cimientos de un modelo destinado al anegamiento. Pero la tormenta infló el buche y aguantó un poco. Y una nueva cosecha de poesía se aprestó; la que trazó el último cuadrante del ciclo 2011. Arrojas Poesía al Sur cerró el año con su versión veraniega en el espacio Los Pibes, organización social y política que realiza un importante trabajo barrial desde hace más de quince años a escasos metros de la Boca del Riachuelo.

La ambientación del espacio, una instalación a cargo de Alejandra Fenochio, invitaba al relax de las imaginarias playas de ese Riachuelo cercano, entre reposeras, sombrillas, frutas, libros y flores que rebalsaron el espectro cromático de un arco iris al que la tormenta todavía no le daba pista. En otro costado del salón, la muestra Salven a las Sirenas, de Jacqueline Tagger, visibilizaba la problemática de la contaminación en el riacho boquense. Y más allá, entre la wiphala que rememoraba el Qapaq Raimi incaico, la gran Fiesta del Sol, y a pesar de las nubes, una estructura de hierro de Carlo Pelella simbolizaba el solsticio del verano. La obra de estos tres anfitriones estaba enmarcada por los murales de otro artista del barrio, Omar Gasparini, los cuales pregnan de una mayor identidad boquense a Los Pibes.

Marta Sacco y Zulma Ducca, organizadoras del ciclo, abrieron el encuentro. La primera leyó un fragmento de la novela Océano mar de Alessandro Baricco. Luego presentaron el primer bloque de lectura en las voces de La Boca y Barracas: Carlos Macagno y Hernán Scorofiz, que coordinan el taller de escritura El Oasis del servicio 17 del Hospital Borda, junto a Ramón Córdoba, uno de los talleristas; la poeta y actriz Marianela Riera, vecina de La Boca que leyó fragmentos acuáticos de su libro Al borde de la noche; y Ricardo Piña, de la cooperativa editorial Eloísa Cartonera, con extractos de un libro de viajes de Diana Bellessi. Mientras tanto, Romina Incarbone oficiaba de clown repartiendo coloridos refrescos a los y las poetas.

Un breve intervalo dio lugar para unas empanadas elaboradas por el Área de Política Alimentaria de Los Pibes, sede del ciclo itinerante en esta ocasión, y espacio donde también funciona la Radio Popular FM Riachuelo. Además, se habilitó el mercadito de libros de Eloísa y Curandera, postales, remeras serigrafiadas y revistas Tokonoma, Ricardito y Al oído.

A su turno, el llamador avisó el inicio de la función de kamishibai, teatro de papel de origen japonés a cargo de Diego Maxi Posadas y María Eva Blotta. La atención se concentró sobre ese mini-escenario de madera por el que se deslizan las imágenes pintadas en papel, arte callejero que nació en el primer cuarto de siglo XX, antes del bombardeo televisivo y atómico. La historia narraba el leve revoloteo de un panadero en su viaje de desprendimiento, mientras la brisa que entraba por las ventanas anunciaba la lluvia incontenible.

En el siguiente bloque, la poeta Claudia Masin leyó el prólogo de su libro de poemas El verano, con una cadencia pausada como el sudor que extrajo retazos de una memoria chaqueña de lapacho, calor de sol terrenal y silencio. Entre el público, el clima redundaba: la saliva se espesó como mercurio y la piel se cubrió de rocío salado. Afuera, la batuta de la orquesta de agua comenzaba a repiquetear el atril. A continuación, Masin invitó al escenario a tres poetas con quienes comparte un espacio de compromiso con la poesía y la política. Fernando Caniza, con No hay tiempo de más, imaginó un apocalipsis versificado en una ventriloquia de canal de noticias; Miguel Martínez Naón leyó un poema en homenaje a "El Nariz", militante desaparecido por la última dictadura, mientras la tormenta tronaba y la lluvia se desataba en una respuesta rabiosa de la historia; y Julia Magistratti seleccionó una serie de poemas de su libro El hueso de la sombra, donde la infancia vuelve para ser huella del presente que revuelve pasado, sombra en el hueso. Por último, Claudia Masin leyó Resistencia, poema dedicado a su ciudad natal y a la acción que significa y resquebraja el molde de la palabra toponímica.

Para cerrar, Zulma Ducca, en voz y guitarra, y María Laura Boscariol, en acordeón y coros, terminaron de darle cuerpo litoraleño al ciclo con El cosechero, de Ramón Ayala, y Esa musiquita, de Teresa Parodi. Apenas quedó tiempo para un breve micrófono abierto en el que Facundo Ruiz, participante en el primer encuentro, recitó poemas viejos y nuevos; y el dúo Valero-Beccaría tocó unos temas norteños dedicados al Ekeko, dios de la abundancia.

El ciclo estacional Arrojas Poesía al Sur, que tomó su nombre del poeta popular de Barracas Jorge Arrojas (1938-2010), comenzó con el otoño y cerró el año con una cosecha suculenta de poesía. A la salida, sobre la calle Suárez y bajo la lluvia estival, un nuevo y pequeño riacho pluvial con lecho de adoquines discurría y sedimentaba las semillas poéticas que germinarán el año que viene. Y así, entre riachuelos correntosos, y como todo ciclo, Arrojas Poesía al Sur reverdecerá una vez más.

lunes, 12 de diciembre de 2011

La porno-pobreza negada




Las dos veces que estuve de cuerpo presente cual hostia en Copacabana, pasé por la inevitable catedral de estilo morisco, tan desproporcionada en relación al tamaño del pueblo del confín boliviano. En ambas ocasiones, en el patio exagerado que antecede a la entrada de la catedral propiamente dicha, pude ver una hilera de cuerpitos achaparrados, mendicantes marchitas de negro, que marcaban el camino hacia la nave principal. Pero en la foto panorámica de Google Earth no aparecen. Por más que giro a un lado y otro, apenas se ven dos vendedoras enfrentadas bajo el portal. Tamaña omisión me convence sobre lo pornográfica que resulta la pobreza, como ya lo sugirieron los cineastas del círculo de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y Luis Ospina, en su cortometraje Agarrando pueblo. Allí, los caleños parodian a dos documentalistas ávidos de imágenes de la miseria, hambrientos de exhibir jarritos de loza con tres monedas que tintinean como maracas. En la misma línea, ya debe haber quien quiera encontrar a las cholitas en la foto de la catedral y mediante algún vericueto tecno dejarle unos pesos con tan sólo un click de su mouse.

Salvo que todo haya cambiado realmente de unos años a esta parte. “Hemos transformado a Bolivia de un Estado colonial mendigo a un Estado plurinacional digno", dijo Evo Morales, precisamente, hace pocos días en Cochabamba durante la apertura del Primer Encuentro Plurinacional. Tal vez ésta es una foto demasiado fiel (o lamebotas) de ese diagnóstico. O tal vez excede los números de la política y fue retocada con la técnica del Pepe Stalin para que el paisaje sea más pintoresco. De un extremo al otro, de la cruda y vitral sobreexhibición al borramiento que habilita una miseria soft tranquilizadora y turística, la pobreza se banaliza.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Frontera masacre




Estoy posado sobre la frontera. La única terrestre de las antillas que flotan como boyas sobre el Caribe. Haití y República Dominicana. Una frontera en una isla es un forma de aislarse un poco más. Y desde la distancia cenital no se alcanza a advertir que su trazado es un tajo de machete, reguero de sangre y disputas históricas. Recuerdo la reciente independencia de Timor Oriental de Indonesia, campeona en establecer fronteras insulares si le sumamos a Timor la trinacional Borneo y Papúa, tan parecida a La Española haitiana y dominicana en su espejado. Porque ahí estoy, y ahí vuelvo.

Dos pueblitos: Ouanaminthe y Dajabón. Del lado oriental, el damero español, la cuadrícula ordenada. Del occidental, un abigarramiento de ínfimos e infinitos techos, como salpicaduras de Pollock. Los campos también se diferencian. Prolijos, diría una maestra de primer grado, establecidos en chacras y haciendas, del lado dominicano; desperdigados, indefinidos y embebidos de copas de árboles, del lado haitiano.

Ouanaminthe y Dajabón. En 1937 da jabón cruzar la frontera pero no queda otra. Los trabajadores haitianos migrantes, los afrodominicanos, los rayanos, están huyendo, entre la espada y la frontera. Entre la bayoneta y el Río Masacre. Otra vez lecho de huesos, tumba correntosa, toponimia determinante.

Sténio Vincent, el presidente haitiano de descendencia española y tez clara, dio la espalda a la frontera, miró al recientemente retirado invasor norteamericano y acató la orden de preservar la paz con el vecino. Mientras tanto, Rafael Leónidas Trujillo, el dictador que se blanqueaba la piel de herencia afro con polvos, también buscaba blanquear la población de su país: su polvo fue la pólvora; y su Corte, el machete. Y no olvidemos la palabra. Quien no pudiera pronunciar las vibrantes erre y jota de perejil era evidentemente haitiano, por su créole afrancesado, y pasado a kout kouto. La Masacre de Perejil fue el risueño nombre con el que de ahí en adelante se recuerda ese genocidio. El de Trujillo, que fue generalísimo antes que Franco y habló de solucionar el problema haitiano antes de la solución final nazi. Las fronteras son difusas pero pueden marcar el límite entre vida y muerte. Frontera puede significar masacre.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Quién me presta una escalera, para subir a Puerto Madero

De pronto, me sentí parte de la clase alta. No me estaba comprando un jet ski ni me codeaba con modelos en un boliche top. Me estaba deteniendo un prefecto. Perfecto, pensé sonriente. Sonriente también en mis pensamientos.

El ascenso social estaba al alcance del guante de cualquier ladrón de poca monta como yo, aunque se lograra a costa de una porción de libertad. ¿Y eso cómo se corta? No sé, pero la porción que cedí pronto se transformó en, digamos, la mitad o un poco más de una torta de milhojas, así bien secota y plagada de pliegues milenarios.

Luego de un vaso de agua que me aclaró la cabeza y me lavó la sed de la celda, me empezó a rondar una duda: cuál es el requisito para resultar sospechoso a los ojos de alguien, un prefecto si vamos al caso, una persona educada para creerse institución, que con el chiste de conseguir trabajo a como dé se calza una gorra, un uniforme y un fierro y tiene la capacidad de señalar a dedo a alguien que no le gusta y joderle la vida. Todo había sucedido gracias a la existencia de límites, fronteras jurisdiccionales que no se ven pero que, aparentemente, esos secuaces de la letra respetan a rajatabla. Claro, respetan las fronteras de poder; después, cuando lo tienen a uno fuera de la vista de la plebe, de la plebectula, pueden hacer lo que se les cante.

De todas formas yo había buscado levantar sospechas.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Apuntes para el Cambio

Se presentó la revista digital de Economía Política Apuntes para el Cambio, impulsada por jóvenes compañeros y compañeras de este humilde reducto virtual, y desde la que buscan generar un espacio de debate que no se diluya en el mero eco del claustro. Se puede acceder desde acá, leerla on-line o descargarla en pdf. Invitamos a leerla, hojearla u ojearla.
¡Salud y albricias!

Apuntes para el Camio - Revista Digital de Economía Política

Clic Aquí para ingresar a la Revista


Edición de lanzamiento

Apuntes para el Cambio surge a partir de la inquietud de un grupo de investigadores por analizar la etapa actual desde una perspectiva crítica que permita caracterizar el patrón de acumulación de la economía argentina, así como sus principales limitantes estructurales. Se trata de estimular y profundizar el debate, al que se pretende contribuir con el planteamiento, para la discusión, de posibles líneas de acción política que tiendan a impulsar un proceso de desarrollo económico autónomo, dinamizador de un crecimiento inclusivo y sustentable en el largo plazo. Este proceso no puede estar desvinculado de una significativa mejora de las condiciones de vida de los trabajadores y, más ampliamente, de los sectores populares, como modo de revertir la inequitativa estructura distributiva heredada tras casi tres décadas de hegemonía neoliberal.

Hoy resulta indispensable sostener los importantes
avances logrados desde la salida de la convertibilidad,
momento de quiebre a partir del cual se ha alcanzado
un importante y sostenido crecimiento económico
trastocando algunas de las tendencias regresivas impuestas
durante el período 1976-2001 tanto a nivel macroeconómico
y del mercado de trabajo, como en términos de políticas
públicas y sociales. Este es tan sólo el punto de partida; es
necesario avanzar hacia un proceso de transformación
estructural de la realidad socio-económica argentina y de
sus condicionantes históricos. Este es el sentido sobre el
que creemos hay que caminar. No es posible conformarse
con una estructura económica desarticulada, con
persistentes niveles de informalidad y precarización laboral
o con una distribución del ingreso altamente regresiva.

Esta revista es un proyecto colectivo que intentará reflexionar
en ese sentido, desde miradas diversas, no siempre convergentes,
que permitirán enriquecer el debate fortaleciendo una mirada
crítica, siempre necesaria a la hora de ampliar horizontes.
Nuestros aportes intentarán ponerse al servicio de un proceso
de cambio que creemos sólo puede profundizarse desde el interés
y la acción política de los trabajadores en confluencia estratégica
con otros sectores sociales consustanciados con el desarrollo nacional.

Para acceder a la Revista haga clic aquí



APUNTES PARA EL CAMBIO
Revista digital de Economía Política
Año 1 - Número 1
Buenos Aires - Octubre / Noviembre de 2011
www.apuntesparaelcambio.com.ar
revista@apuntesparaelcambio.com.ar

jueves, 3 de noviembre de 2011

Libertad a los taxis




¿Un taxi libre le debe su condición a la Revolución Francesa?, me preguntó Cossio. Qué sé yo, Sandra, no creo. ¿Qué opinará la media de tacheros que suelen escuchar Radio 10 y manejar cuatro o cinco frases por lo general xenófobas?, continuó Sandra Cossio. Ni idea, la verdad. Sandra Esther Cossio estaba dispuesta a averiguarlo. Levantó el brazo ante el primer negro y amarillo con el cartel rojo brillante y el coche se detuvo. Dócil, me susurró Sandra Esther Cossio de Ñorquinco antes de abrir la puerta y subir. Me quedé pensando en los colores con los que reconocemos a los taxis. Negro. Amarillo. Rojo. ¿Una especie de expiación para mantener alejados a negros, amarillos y rojos? Sandra Esther Cossio de Ñorquinco, alias Velita –por los mocos que de chica se le resbalaban de la nariz–, siempre tenía una inquietud contagiosa.

martes, 11 de octubre de 2011

Cosechas primavera al Sur

Un palito salió de su plato como por capricho, rodó por la mesa y cayó desde el segundo piso del bar hacia el escenario que, abajo, se preparaba para un nuevo ciclo estacional de Arrojas Poesía al Sur. El snack remedaba una semilla latente lista para florecer de poesía y música en La Boca. Porque todo verso que se arroja cobra voluntad propia y se hace itinerante. Y quien arroja poesía, puede cosechar primavera.

La versión florida del ciclo tuvo lugar en el bar y espacio cultural Al Escenario, frente a la placita Matheu, que iluminaba a varios grupitos de jóvenes que también festejaban la flor de su edad. Esa esquina de Irala y Lamadrid que en otras épocas albergó el Almacén de Sabina. Dentro del bar, Laura Boscariol invitaba tecleando en su acordeón "Bajo el cielo de Paris", canzonettas italianas y temas de Bregovic, en un contrapunto con los gritos estudiantiles extraviados en la calle que agitaban la incipiente noche igual y clara de equinoccio.
 
Abrieron la actividad Zulma Ducca en voz y Laura Boscariol en guitarra interpretando el tango valseado "Flor de lino". Luego, Marta Sacco, organizadora del ciclo autogestivo junto a Ducca, dio escenario a la mesa de poetas de La Boca-Barracas. Primero fue el turno de Bernardo Torrez Morales, Sofía Camacho, Valentina Bruschtein y Felipe Noel Araya, estudiantes de primaria que integran el Taller de Poesía de la Biblioteca "Alfonsina Storni", el cual funciona en la Escuela Provincia de La Rioja del barrio boquense, y coordina Silvia Castro. La propia poeta patagónica recitó luego unos breves poemas performáticos en compañía de una caja pandoresca que le daba letra. En el mismo grupo, leyeron Carolina Díaz, tallerista de Cooperanza, un colectivo de autogestión que funciona en el Hospital Borda; Daniel Gradar, co-fundador del taller de APOA (Asociación de Poetas Argentinos) y del taller del Hospital Moyano que funciona desde 2007 y del cual tomó el material que presentó: voces de mujeres internas del Moyano grabadas que emergieron en una fugaz y simbólica libertad; y Julián González, poeta y trabajador de la Cooperativa Editorial Eloísa Cartonera, que recitó versos de Luis Luchi editados por ese colectivo boquense.

Luego de una breve lectura alegórica de las primaveras y sus significados variables según latitudes, meridianos y temporalidades, Zulma Ducca presentó la mesa de poetas llegadas desde otros barrios de la ciudad a "la comisura de La Boca", según suele decir Sacco. Victoria Schcolnik, de Palermo, editora de la revista Ventizca y co-fundadora de la Editorial Curandera, leyó una serie de poemas donde los sentidos parecen fundirse en una sinestesia cálida que nivela lo natural con lo amoroso. A su turno, Susana Villalba, poeta y dramaturga, creadora de espacios como Babilonia y La Casa de la Poesía, leyó poemas de su libro de culto Matar un animal que, precisamente, acaba de reeditar Curandera (tensión de miradas, armas y felinos), y resaltó la perturbadora impresión de que, a pesar de no haber estado presentes, los poetas del Borda y el Moyano pudieron al menos hacer un recitado mediado.

La última escena estuvo a cargo de Lala García, recientemente llegada del Festival de Tango Queer de Paris, que cerró cantando algunos temas de arrabal compuestos por mujeres.

La velada llegaba a su fin y una nueva estación comenzaba a celebrarse. Los tres niveles del bar empezaron a ser transitados por el público presente, mientras observaban las obras expuestas de Sophia Veber, que junto con Paco, al mando de las luces, son los dueños del bar. Pero antes, el ciclo cerró con una cantata a coro de "La jardinera", el tema de Violeta Parra que sirvió de fotosíntesis. Un canto a los brotes, los retoños y las flores que crecen desde el pie. Y un homenaje a los estudiantes que son "jardín de las alegrías", como ahora les toca a los del otro lado de la cordillera. Las nieblas del Riachuelo invadieron la noche y el escenario. El palito se ramificó más allá del bar, buscando un extremo y otra estación. El telón se cerró.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Pienso, luego vino (etiquetando etiquetas)


Maurice Merlot-Ponty
"Este merlot tiene cuerpo propio"


Michel Torino Foucault
"La estructura del vino, como la del poder, no existe"


Walter Benjamin Nieto Senetiner
"Mmh, tomar tinto con fruición aurática me dejó una resaca..."

lunes, 29 de agosto de 2011

Peldaños


(Peldaños quiteños diseñados por Escher: para subir con transportador)


[De dos en dos los peldaños, el cuerpo flota grávido de espuma, como en una nave espacial.]

Yo me había negado a las reformas en la reunión de consorcio. No por llevar la contra así porque sí, ¿vio? Pero bueno, a las viejas como yo en el edificio no nos tienen muy en cuenta desde que se mudaron tantas parejitas con nenes chicos. Además, siempre subí hasta el primer piso por ascensor. Si arreglaban las escaleras, yo chocha, total… Imagínese que a esta altura de la vida las várices me revientan y sólo subía o bajaba las escaleras si se rompía el ascensor.

¿Cuándo comenzaron las obras?

Y, debe hacer un mes más o menos, y empezaron justo por el tramo de la planta baja al primero.

[Al principio, el fin era recomenzar el ascenso para volver, que era el verdadero fin (fin sin principio: nunca se percibe en el cuerpo la presión de escalar metros sobre el nivel del mar invisible y lejano; ni siquiera la presión de sumergirse en las entrañas de la tierra).] 

Cuando vino el arquiteto [sic] me pareció un muchacho regio, bien parecido, así como usté [sic], rubión, creo que alemán o austríaco, pero no decía ni jota. 

Le agradezco el cumplido, señora, pero, ¿cómo se dio cuenta de que era extranjero si no dijo una palabra? 

Y, vio que una se da cuenta de los turistas enseguidita. Así con la nariz gorda y roja de las copas que se tomaría. No sé porqué siempre me cayeron simpaticones los señores dados a la bebida. Esos que se les suben los colores a medida que bajan las botellas, ¿vio? 

[Subir arriba se transformó en una contingencia: ya no más pleonasmos. ¿Subir abajo?]

Mientras duró la obra ni me asomé a ver cómo iban los arreglos… Bueno, je, un poquito en realidad, vio de que a veces[sic] la curiosidad pica… No se vaya a creer que soy chusma, eh. 

Por favor. 

Nomás que un día empecé a escuchar ruidos extraños, como de una televisión que se prende y… luces. Sí, ruido de luces, ¿nunca escuchó luces?

(...)

Y de repente, de un día para el otro se hizo un silencio de tumba. Así varios días que estuvimos sin saber qué pasaba. Hasta que a la semana con la Telma, mi vecina del primero, nos asomamos a la escalera caracol para ver cómo había quedado.

¿Y qué pudieron ver?

Nada de nada. Estaba oscuro aunque fuera pleno mediodía, por el todopoderoso se la juro. Ahí fue cuando la Telma bajó para curiosear un poco: la vi doblar despacito con una mano tanteando y después de que se la tragó la curva no volvió a aparecer nunca más. 

[Nunca se piensa en la posibilidad de apoyarse en el lado vertical del peldaño, siempre en la base horizontal; hasta que el vértice se hace horizonte, y no se sabe dónde se pisa, ni si efectivamente se pisa.] 

Dígame, señora, ¿qué la llevó a evitar la escalera? 

Bueno, m’hijo [sic], el instinto femenino que le dicen; pero en realidad, no: fue miedo. Eso que soy curiosa, eh. Pero chusma nunca, no me malentienda. Igual, por favor, eso no lo ponga.

Pierda cuidado. ¿Del arquitecto volvió a saber algo?

No, también se lo tragó la tierra. O la escalera. Así como a los vecinos que se quisieron aventurar para saber qué pasaba. A todos los que se le animaron les hice de testigo, los vi doblar por la escalera caracol, siempre mirándome de costado antes de perderse…

[La voluntad está postergada. El espacio diluye sus puntos de referencia y no hay de dónde aferrarse ni a dónde ir ni a dónde llegar. Ni dónde estar.]

Después probamos todo: yo arriba, al borde de las escaleras para despedir al voluntario valiente que bajaba, y otra persona en la planta baja, al pie de las escaleras, esperando de que llegara [sic]. Pero eso nunca pasaba. A partir de ahí vinieron la televisión, la policía y la gente del gobierno. Bueno, y usté [sic]

¿La policía le contó algo sobre los resultados de la investigación?

Nada de nada. Sé que metieron cámaras con máquinas o cosas raras y apenas daban la vueltita a la escalera se apagaban o se rompían. Almitas de dios, ¡qué maldición!

[En el descenso y ascenso simultáneo es imposible saber si se está del lado de arriba o debajo de las escaleras, como en un espejo.]

Y dígame, ¿qué es lo que piensa usted sobre "el misterio de la escalera del arquitecto"?

Yo creo que el alemán ése hizo un pacto con el diablo, le vendió el alma a cambio de algo. Tal vez todos los que quisieron usar las escaleras terminaron allá abajo, en el infierno mismo. Encima que ahora las tapiaron… Si llega a haber camino de regreso… me da miedo de escuchar [sic] cualquier día de estos a alguien, a la Telma golpear las maderas del otro lado. Vaya a saber cómo vuelve. Si la que vuelve es ella. O alguna otra cosa… No sé, yo igual hubiera seguido usando el ascensor. Si usaría las escaleras [sic] ya estaría en la mismísima miércoles. Ay… por favor, no ponga eso que no me gusta ser malhablada.

Quédese tranquila, que todo lo que usted diga en el diario va a aparecer escrito como si lo hubiera escrito yo, todo prolijamente remendado. 

[...] 

¿En serio? No diga macanas, m’hijo, no me va a decir… Al contrario: usté va a hacer lo que yo le diga. Si ahora es como si yo le dibujara la mano con la que usté escribe lo que yo le estoy diciendo… Ah, sí, querido, es que desde que apareció el arquiteto ése en este edificio las cosas cambiaron, se quebró algo. ¿Nunca escuchó eso de que las apariencias engañan? Bué, ahí tiene. No lo voy a tomar a mal, eh, pero no se me suba al pedestal así como así, porque afuera usté puede ser periodista, pero acá, al pie de estas escaleras, lo parece. Mire que me cae bien, eh, hasta creo que es un buen partido para mi sobrina y todo. Pero no se crea que me va a decir cómo tengo que hablar. Y si usté escribe, bien, yo apenas sé mi firma. Pero no se confíe en que me va a cambiar las cosas que le cuento solamente por escribir algo a su manera. Y si no, pruebe de bajar las escaleras, yo le abro la madera de la tapia. Déale nomás, va a ver que usté piensa que baja las escaleras y que llega a la planta baja. Tal vez le viene bien para bajar los zumos. ¿Le pasa algo de que no habla…? No se me asuste, ya se me va a ir acostumbrando. Déale nomás, vaya tranquilito, que tiene una cara de difunto que no le vuá contar. 

[La razón queda de lado. No hay guía posible. Sólo condena. Condena a vagar con el rumbo que dispone el entorno. Un laberinto escalonado sin salida posible.]




martes, 9 de agosto de 2011

Pescado Podrido

Documental sobre la situación de las y los trabajadores fileteros en Mar del Plata. Un conflicto de larga data y con muy poca difusión que retrata la persistencia del trabajo informal y a destajo en una industria en decadencia. La otra cara de la In-Feliz.

viernes, 15 de julio de 2011

Colombofobia



Los arrullos me despertaron. Luego de varios días sin gorjeos de palomas en mi ventana, ahora los volvía a sentir con energías renovadas, con una sonoridad más potente que la de un reloj despertador. Nada de poéticas alondras; sólo la triste y sucia realidad de las ratas con alas.

Me levanté tambaleando sobre la resaca que me llevaba en corriente hacia el mar abierto. Con brazadas llegué a la puerta de la habitación y el susurro palomar me guió como una boya imaginaria y rítmica a lo largo del pasillo. Cuando giré y contemplé el living, la vi. La paloma estaba sobre la mesa, pataleando entre los papeles y el caos de objetos. Había entrado por el hueco de la persiana, que había dejado semiabierta para que circulara el aire. Reprimí el vómito. La noche anterior había comido unas empanadas de pollo de origen incierto. En realidad eran de la rotisería china que quedaba a mitad de cuadra de la casa del Chori. Lo que era incierto era el contenido. Ya me había llegado el mito urbano del desafortunado que, comiendo una empanada de pollo, se clavó un huesito exótico en el paladar, lo que derivó en la posterior inspección al local que arrojó el resultado de veintitrés ratitas colgando dentro de la heladera. Pero más que pollo o rata, tal vez lo que había comido era paloma. Lo cual me explicaba causalmente dos cosas. Una, que la ignorancia es el mejor antídoto contra las fobias. Y otra, que este bicho que ahora me miraba en tensión alerta, parado sobre una patita de tres dedos de vieja rugosa, venía a vengarse. Decidí ir a volcar todo al baño, dedos mediante; limpiar el estómago y luego resolver el tema alado.

Volví al living, a mi puesto de vigilancia para actualizar coordenadas del ave roedora. Seguía impávida, nuevamente atenta a mi posición con su patita remedando el estilo flamenco, con ese aspecto de carne picada moldeada. Me cagué en Sarmiento en voz alta. El bicho pareció reaccionar y, repentinamente, agitó las alas con un ruido espantoso que me hizo retroceder, mientras me cubría la cara con los brazos en alto. Pero la colombina fue en dirección contraria, hacia la cocina. No le daba para intentar volver a salir por el hueco de la persiana; no, si el dicho que las menta no nació porque sí. Respiré profundo y me acerqué cautelosamente, para intentar abrir la puerta del balcón de la cocina e invitar a la palomita azulgris con tonos verdes a que se retirara.

Fue cuando vi, luego de restregarme unas últimas lagañas, que en una de las patas infames había atado un rollito de papel. Lo que me faltaba, una paloma mensajera. ¿Pero quién me la mandaba? El asco me desbordaba, no iba a ser fácil agarrar al pajarraco para desatarle el rollo. Con el sigilo necesario para que no remontara vuelo de nuevo, abrí la alacena debajo de la pileta y saqué los guantes de látex naranjas. Me los puse a los tumbos y, blanqueando la mente, cacé al bicho del lomo y le arranqué el papel con violencia. Evité mirarla de lleno, pero sentía la fuerza del aleteo germinal que nacía del interior de ese cuerpito frágil, recluido en la palma agarrotada de mi mano. Le di dos vueltas a la llave de la puerta del balcón, la abrí y solté como pedo con regalo a doña palometa hacia los aires. Antes hizo una escala en la baranda del balcón, y rengueando un poco de la pata mensajera, se picoteó un piojo, se sacudió las plumas y despegó sin despedirse.

Corrí de nuevo al inodoro, y esta vez lancé sin la ayuda de mis dedos. La taza blanca patagónica fue la tela porcelanosa perfecta para una serie de trazos abstractos de bilis. Nada de restos de pollo, rata o paloma, que le hubieran dado un acabado más figurativo. Sin recomponerme del todo, mareado como hámster en calesita, regresé a la cocina y con el guante que no me había sacado tomé el rollito que se había caído a la bacha. El nudo ya estaba deshecho, tiré el hilo sobre el mármol de la mesada y desplegué ansioso el papel húmedo. La tinta removida por las gotas de agua decían: llamame urgente 4002-3621.

domingo, 3 de julio de 2011

El ritual del fueguito

Carlos Aldazábal, Marcelo Carnero y Paula Jiménez

Los fueguitos comenzaron a encenderse como una corona de pecas en la oscuridad de Los Laureles. Una nueva jornada del ciclo estacional Arrojas Poesía al Sur, dedicado al poeta barraquense Jorge Arrojas, comenzaba con el invierno. Y los fueguitos, como en el texto de Galeano, colmaban el bar luego de la ofrenda obligada al otro fueguito (arrojas-hierbas-a-la-llama), el del Inti Raymi, que bailoteaba de frío en la vereda, al balanceo del brasero de hierro forjado por Carlos Pellella. La fiesta del Sol también puede encontrar su lugar de celebración en la noche invernal.

Al abrigo de la penumbra, el acordeón de María Laura Boscariol y un texto de Susana Villalva por Zulma Ducca inauguraron el encuentro. En la primera tanda de lectura, Ángel Belmond leyó poesías propias y de compañeros del Taller Cooperanza (del Hospital Borda); y Miriam Merlo, de la Cooperativa Editorial Eloísa Cartonera -que por ahora no escribe poesía pero pinta las características tapas y arma los libros-, leyó poemas de Espíritu de los peones de Cristian Aliaga, argentino que vive en la Patagonia y fue editado por Eloísa. Por su parte, Zulma Torres leyó poemas de Jorge Arrojas.

A continuación, Sara Mamani enhebró imaginariamente el fueguito que crujía detrás del ventanal con su voz salteña y quebradeña y lo trajo al interior del bar. Y en ese entorno de imágenes norteñas en pleno sur, la cantautora se acompañó de charango para regalar un huayno por aquí, una copla por allá y hasta algún aire de joropo venezolano, que gran parte del público siguió a coro, entre los fanales y las copas de vino.

La segunda tanda de lectura reunió a tres jóvenes poetas que leyeron versos urbanos y contundentes, al calor de un tendal de luces (fueguitos, foquitos) y tres velas ardientes. El salteño Carlos Aldazábal, co-fundador junto a Emiliano Bustos de la editorial de poesía Suri Porfiado, leyó primero y, contagiado por su coprovinciana cantante, se despachó con una coplita. Luego fue el turno del boquense Marcelo Carnero, integrante de la editorial Curandera, quien extrajo de su obra una serie de versos descarnados que le agregaron misterio al juego de luces y sombras de la mesa. Cerró la poeta, periodista y psicóloga Paula Jiménez, integrante del Frente de Artistas de la comunidad LGTB, con una serie de experiencias de viajes, postales movedizas de vivencias nómadas.

Otras imágenes difusas y monocromáticas se dejaban mirar al otro lado del bar, como pequeñas vitrinas al invierno inmóvil de la ciudad. Se trataba de la muestra de fotografía estenopeica, realizada con cámaras artesanales y residuales, a cargo de Natacha Ebers, artista del barrio de La Boca.

Para terminar, Marta Sacco, organizadora del ciclo junto a Doris Bennan y Zulma Ducca, leyó el mentado cuento breve de Galeano, "El mundo". Pero el mar de fueguitos continuó ardiendo hasta pasada la medianoche, gracias a los que suelen musicar las noches de Barracas con tangos y chacareras, como el cantor Omar Casas y el guitarrista Jorge "Garantía" Cavallier; y la lectura de otros poetas que tuvieron el micrófono abierto, como Victoria Schcolnik, Alberto Blanco y el recitador del barrio Roberto Flores.

De fondo, sobre el puente ferroviario pasaba el último tren desde Constitución, con sus ventanas vacías y azules, fueguitos helados que esperarán la próxima estación para derretirse en una promesa de sol.


Video: Juan Diego Romairone. Música: "Infancia", del Chango Spasiuk

viernes, 3 de junio de 2011

Hermenéutica de The King of Limbs, de Radiohead



Enredado entre brazos y ramas, que es lo mismo (carne y madera, sangre y savia), el rey de las extremidades abraza y abrasa, que es lo mismo (calor humano, calor vegetal). El espacio cálido dentro del cual nos cobija el monarca espectral está envuelto por una cortina de teclas, ritmos electrónicos y sutilísimas guitarras que sirven de filtros adormecedores. The king of limbs fue lanzado con el comienzo de la primavera europea, a propósito de su mensaje plagado de primigenia naturaleza, que no por nada inicia con un tema llamado Bloom (Florecimiento), un tecladito ramificado que emerge en fade-in desde el silencio y la oscuridad.

Diez años después de Amnesiac, los árboles vuelven a ser protagonistas de la estética del disco. Sobre la cara de la tapa donde va el CD, un bosque deshojado y tenebroso nos mira. Estos árboles vuelven sobre lo anatómico, aunque ya sin los rostros terroríficos en su corteza como en el 2001. Ahora los ojos observan desde fuera de los troncos, apenas sugeridos, descentrados y perdidos en el fondo fantasmal.



La cajita del CD es austera y no tiene libro, pero en una cara interna hay ocho ilustraciones que, a la manera de Backspacer de Pearl Jam, parecen aludir a los ocho temas del disco, con títulos plagados de latinismos, germanismos y nordismos. Este afán clasificatorio recuerda (y refiere explícitamente) a los primeros biólogos iluministas. Los dibujos se alejan de lo urbano y lo tecnológico que caracterizaron la estética en otros elepés. La mitología nórdica del inicio y el fin del mundo son el marco de un disco onírico, sobre el que se tejieron especulaciones acerca de su continuidad. Aquí una propuesta (tal vez forzada) de correspondencia entre canciones y títulos de ilustraciones:

1- Root of roots: la raíz de las raíces es el exacto comienzo de todo, el big bang natural que representa el primer tema, Bloom (Florecimiento). La ilustración es pura arborescencia, un canto reterritorializado a Deleuze y Guattari.

2- Ragnorok: alude al apocalipsis de la mitología nórdica, el ocaso de los dioses encarnado en una guerra entre algunos de ellos, como Thor, Odín y elenco. No parece tener mucho que ver con Mr. Magpie, que evoca la superstición inglesa sobre las urracas (magpies), a las cuales había que saludar para espantar la mala suerte. Pero según la tradición, estando Jesús en su cruz, todos los pájaros fueron a despedirlo menos la urraca, y de ahí su estigma (por incivilizada, digamos). Tal vez en eso haya un atisbo del ocaso de los dioses. De uno de ellos, al menos.

3- Urpflanze: según Goethe, es el ser vegetal que alcanzará la más bella proporción y servirá de modelo morfológico para los demás seres vivientes. Little by little, uno de los mejores temas del disco, podría llegar a encastrar en esta idea. El último pequeño que sale de la caja, como dice la letra, a imagen y semejanza de la urpflanze. Sobre todo si tenemos en cuenta las paternidades recientes de algunos integrantes de la banda, y la bienvenida al mundo explícita que hay en los créditos del CD (This one's for new Henry, Zohar and all our little ones. Hello guys).

4- The king of limbs: este dibujo, especie de boceto de la tapa en el que se ve al supuesto rey de las extremidades (bichejo con brazos entre arácnidos y arbóreos), corresponde al tema Feral (salvaje o silvestre), que es semi-instrumental. La voz de Yorke es apenas un susurro esquizofrénico de hojas secas balanceándose por una brisa gélida, por momentos; y, por otros, es un brote modulado con un sonido grave y tétrico, que aporta un ambiente mezcla de Flash Gordon y Acción Mutante.

5- Axis mundi: el término representa al eje del mundo, un punto de conexión entre el cielo y la tierra, un vaso comunicante entre reinos inferiores y superiores, el famoso ombligo del mundo. En el dibujo se ven esos puntos representados en un cielo planetario por raíces, que también son estrellas y neuronas. Tal vez pueda relacionarse con Lotus flower, la flor de loto, la amapola de la que deriva el láudano, el opio, la morfina, la heroína. ¿Tal vez un modo de viajar a ese confín del horizonte?

6- Codex: parece evidente que refiere al tema del mismo nombre. Una alusión al gran libro de las clasificaciones, al códice romano de tablas de madera, a la palabra latina que hacía referencia al tronco de los árboles. Árboles y libros. El dibujo deja ver un árbol con su raíz y las ramas como brazos, otra vez. La canción más linda del disco, tal vez por triste, tal vez por el viento de los fliscornos, que ondea el ambiente acuático del piano y su letra suicida.

7- Yggdrasil: siguiendo con las palabras nórdicas (¿homenaje a Sigur Rós?), este vocablo impronunciable es el nombre de un árbol de la mitología escandinava, el árbol de la vida que sucede al Ragnarok, al apocalipsis de los dioses. Sus ramas unen los nueve mundos y está amenazado por un dragón y un ejército de gusanos. En muchas de las letras aparece esa imagen del animal alado (ave, urraca, dragón) que agarra, suelta y sobrevuela al narrador. La ilustración, un espectro o ser volador que ensombrece unas plantitas fungosas, corresponde a Give up the ghost, otro de los buenos temas que merece el podio. ¿Un fantasma recorre el mundo? Lo más probable es que sea el eco de un fantasma: un pasado natural perdido pero aparentemente reversible en esa rendición ante el ser de sábana.

8- Arbor philosophica: este nombre del latín mencionaba al árbol del que había nacido la piedra filosofal, elemento o sustancia capaz de transmitir virtudes y poderes mágicos. Acá sí se complica la referencia con Separator, último tema del disco que dio que pensar sobre su condición de separador para una segunda parte que nunca llegó. En todo caso, la letra es el marco que da cierre al sueño que fue el disco; y en la ilustración, las raíces son neuronas y los renacuajos espermatozoidales surgen del árbol (¿a imagen y semejanza?), liberados de su propio sueño, para hacerse reyes del mundo natural. Se cerraría, de esta forma, una gran metáfora acerca del origen de la dominación humana sobre la naturaleza.

Quizás el disco no llegue al olimpo que ocuparon otros de Radiohead pero, a su manera, inaugura una nueva década en la que habrá que esperar qué nos trae la música de nuevo.

Hablando con dos integrantes de Juan Pluma y los Cinema, la poetisa platense Irene Sola y el buda porteño Agustín Valero, sugirieron que los últimos cuatro temas pueden escucharse en primer lugar y luego ir a los cuatro temas iniciales. De hecho en contratapa, ambos sub-conjuntos de cuatro temas están separados por la palabra Radiohead invertida. Y sí, estos dos sub-conjuntos tienen características particulares. Los primeros cuatro temas rezuman ritmos desenfrenados y electrónicos, que al principio pueden parecer inauditos a la manera de Kid A, pero con el tiempo el oído va aflojándose. Y los últimos cuatro, más fáciles de percibir en una primera escucha, tienen un formato más cercano a la canción, algo más melódicas y con algunos toques acústicos. Todas derivas posibles para una escucha arborescente.