lunes, 28 de febrero de 2011

Tetrálogo oído al pasar

Conversación sobre la novela Mazo de cartas (Santiago Arcos, 2010), de Luciano Beccaria y Facundo Ruiz / Irene Sola. Por Marta Sacco.

 
¿Cómo les resultó escribir una novela de a tres?

FR: Por momentos, como un mènage á trois: literalmente, nada de figurados. Pero por otro lado, con Irene ya somos dos mancos que nos habituamos tocar el mismo piano al mismo tiempo, así que la experiencia tuvo su atractivo jazzero: extensa noche de improvisación.

LB: Como un tercero en concordia. Aunque la multiplicidad de voces y personajes que hacen del Mazo de cartas una especie de polílogo exterior intermediado me hace dudar sobre el hecho de que hayamos sido sólo tres.

IS: Como si te levantaras de la silla para ir al baño, y al volver, encontraras la novela avanzada y la silla vacía.

¿Cómo y cuándo comienza a escribirse esta “novela en acción”?

FR: Las fechas de la novela están tal cual: como si allí estuviera el diario o calendario de escritura. En algún momento, recuerdo haber imaginado que eso, esas fechas ahí, daban al formato virtual algo de la textura del papel.

LB: Comenzó como una “real” necesidad de comunicarnos por mail, con un plus de pretenciosa retórica críptica y lúdica, que después derivó casi como por inercia en el resto. Podría pensarse que debido a este origen y sus sedimentos del mundo vivido, sumado a las fechas que ubican a cada mail en el tiempo, se trata de un libro de non-fiction; pero no, ni allí.

¿Cómo empezó a barajarse el mazo: qué estaba aconteciendo aquí?

LB: Cuando pasaron los meses y había un par de textos desordenados pero con una aparente conexión, nos propusimos planificar un archivo de cartas a escribirse en tres tomos, con un tiempo determinado para cada uno. Pero con cada carta escrita el mazo se mezcló todavía más.

FR: El mazo fue posterior a las cartas. Como el pino y el bosque, quizás. Amontonamos cartas en plan de escribir, al principio, muchas de las cosas que se nos ocurrían juntos o por teléfono o viajando. Tendíamos a armar digresiones absurdísimas con cierta seriedad y a suponer cualquier cosa partiendo de cualquier otra hasta la risa.

IS: Pero un día el bosque nos tapó el pino, o lo deshizo entre tantas otras hojas. Aunque, si uno miraba con atención, había senderos, recorridos, claros. Ahí estaba la cosa: ¿cuál exactamente? Ése era el primer punto: elegir un recorrido. Y luego otro y otro y otro. ¡Y pum!: novela.

¿Cuándo se dan cuenta que estaban escribiendo una novela?

LB: En un sueño que tuve. Me lo dijo una gitana.

IS: El cuento de la Buena Pipa o el del huevo y la gallina ilustran la respuesta, si lo ya dicho no alcanzara…

¿Beto y el capitán (de Spinetta) es pura coincidencia?

FR: Creo que sí. Pero hay días de tormenta y rayos donde pienso exactamente lo contrario: no creo que no.

LB: Beto es todo. Y como tal puede referir a todo, a nada o ser pura co-incidencia consigo mismo. Pero, según creo, se relaciona con una leyenda sobre un hombre sin cabeza que se pasea patinando por los alambres de púa de San Antonio de Areco y Capilla del Señor.

¿Hay alguna pregunta que quisieran responder?

IS: Ésta.

LB: La próxima.

¿Cómo recomendarían la lectura de Mazo de cartas?

IS: Prefiero no recomendarme, es de un yoísmo empalagoso, redundante, tautológico, y realmente muy poco recomendable. 

LB: (Tenía muchas ganas de contestar esta pregunta) Mezclar el mazo, sacar una carta e interpretar el futuro; o jugar un solitario. Sí, jugar.

¿Cómo recomendarían la lectura de Mazo de cartas en una faja que sujete el mazo de cartas?

FR: Perdón, pero la idea de las fajas en los libros me da una risa muy sprayette: me imagino una propaganda con demostración y garantía... las fajas también adelgazan los libros.

LB: Un mazo de cartas. Una guerra supuesta. Un país escapista. Dos corresponsales y un mismo objetivo ignoto. Mmmh, no, no vende.

Para una hipotética segunda edición: qué bueno sería una pequeña tirada con el libro dentro de una cajita (¡pacachin!), ¿no? Como las que guardan las cartas de truco...

FR: Sería todo un todo un detalle.

LB: Todo un síntoma de urbanidad.

IS: Sería fantastic.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Movilidad social

De repente, me sentí parte de la clase alta. No me estaba comprando un jet ski ni me codeaba con modelos en un boliche top ataviado con alguna chomba Polo. Mejor todavía: me estaba deteniendo un prefecto. Un uniforme beige planchado y perfumado (brisas ribereñas) de prefecto. Perfecto, pensé sonriente. Sonriente también en la imagen de mis pensamientos.

Un prontuario con estilo y pompa podía ser el pasaje meritocrático más directo a la cúspide de la pirámide social. El ascenso de clase estaba al alcance de la mano de cualquier ladrón de poca monta como yo, tan sólo había que planificarlo. Claro que se lograba a costa de una cierta porción de libertad que, sin saber muy bien cómo cortarla, me había propuesto entregar con precisión tacaña. Pero esa pequeña porción que yo creí haber cedido se iba a transformar pronto en, digamos, la mitad o poco más de una torta de milhojas, así bien secota y plagada de pliegues hojaldrados.

Con esa idea de hojas milenarias supuse que me saboreaba don prefecto con su mirada, mientras me llevaba esposado por ese barrio de yuppies nacido puerto para un transatlántico de escombros macabros. Yo le devolvía el fisgoneo. El flaco era mucho más pendejo que yo: quién se creía que era. A qué dique de carroña humana me llevaría. Cómo trataría al resto de sus presas. Porque cuál es el requisito para resultar sospechoso a los ojos de alguien, de un uniforme con un pobre pibe adentro, de una persona educada para creerse institución, que con el chiste de conseguir trabajo a como dé se calza una gorra, un uniforme que de tan afrancesado es de color beige y un fierro; y que encima tiene la capacidad de señalar a dedo a alguien que no le gusta y joderle la vida. Pero mi caso era distinto. Todo había sucedido gracias a la existencia de límites, fronteras jurisdiccionales que no se ven pero que, aparentemente, esos secuaces de la letra respetan a rajatabla. Trazados que me hacían carnada federal o metropolitana de un lado de la avenida, y cuerpo extraño, sujeto invasor e hiper-vigilado por la prefe del otro. Claro, respetan las fronteras de poder; después, cuando lo tienen a uno fuera de la vista de los culos de botella de la famosa sociedad, pueden hacer lo que se les cante el silbato. De todas formas yo había buscado levantar sospechas.

viernes, 4 de febrero de 2011

Cravan, Bolaño y Villa

1918, año de la peste. El norte mexicano se sacude con un brote de influenza española. En aquellos años de revolución sin final aparente, los planos de la realidad y la ficción se entreveraron fugazmente para perderse enseguida en ese desierto gigantesco, tajeado por un río-frontera. Frontera artificial que atraviesa un submundo tan parecido a la vida y a la muerte. En ese espacio de inmensa soledad, los testigos fueron apenas un puñado de rumores helados de arena y viento que atizaron el fragor de los mitos.

Todo desierto es una usina de historias, leyendas y narrativas; una fuente de imaginarios. En el caso mexicano se constituye como un polo magnético de misterios y espejismos, a veces difíciles de acreditar; una especie de triángulo de las Bermudas que subsume a personalidades de fuste, un terreno mágico que combina con una solución de continuidad trayectos ajenos entre sí, devenires extraños que en un fogonazo adquieren una significación de conjunto.

En ese apestoso '18, Pancho Villa ya había disuelto la División del Norte y se había reorganizado en guerrillas fragmentadas, cuyos fantasmas famélicos cabalgaban el desierto con golpes rápidos y el único objetivo de abastecerse. Como en sus viejas épocas de bandolero, Villa se desvanecía cada vez que una partida del ejército carrancista lo rastreaba, sin perder el don de la ubicuidad que un día lo hacía en una o en varias ciudades, y al siguiente lo localizaba a varios kilómetros de allí. Y cruzaba el Río Bravo según le diera la gana o la necesidad, ante los ojos ciegos de la patrulla punitiva estadounidense. Conocía tanto ese territorio que, para él, a la vez era un mapa en sí mismo. El desierto es el mejor lugar para desaparecer.


Por esos días, ser gringo en México suponía una inversión importante de bravura. Arthur Cravan, el multifacético sobrino de Oscar Wilde, sin haberse preocupado demasiado por los sucesos que tenían en vilo al territorio mexicano y a sus vecinos estadounidenses, desapareció a fines de 1918 en México, justo cuando la guerra de la que era fugitivo llegaba a su fin, y dejó tras de sí una estela interrogante. Sus oficios de poeta y escritor precursor del dadaísmo, boxeador itinerante, crítico sin edulcorante, nómade escapista del reclutamiento de la Gran Guerra y performer nudista y suicida le dieron el tono colorido y de culto, que coronó con la incógnita de sus últimos días. Algunos dijeron que se perdió en el Golfo de México, mientras navegaba en un bote precario con destino a Buenos Aires, donde su esposa lo esperaba. Pero en el reciente libro editado por Caja Negra que recopila los textos de su revista Maintenant –la cual, a la manera de La última moda de Mallarmé, escribía íntegramente con distintos heterónimos– se sugiere que la policía mexicana reportó el hallazgo de un cadáver que se correspondía con las características de Cravan en cercanías del Río Bravo. La frontera, ficticia como todas, alimenta ficciones y engulle vidas.

Cinco años antes había desaparecido el también escritor estadounidense Ambrose Bierce, quien, a diferencia de Cravan, tuvo un contacto más cercano, aunque efímero, con los hechos de la revolución. Septuagenario, el autor del antológico cuento "Un puente sobre el río del Búho" cruzó voluntariamente a México para tentar a la muerte y, según se sabe, estuvo presente en la batalla de Ojinaga del lado villista. Allí, las versiones más contemporáneas señalan que, posiblemente, haya sido alcanzado por una bala de esas que no llegan a escucharse. Pero las certezas se disipan, los testimonios se contradicen y el borde septentrional latinoamericano, raíz nudosa de luchas inmemoriales, matriz de confusiones y equívocos, se ramifica desde esa primera revolución del siglo XX hacia el sur, a la manera de un árbol dado vuelta, tal como la América invertida de Torres García.


A través de los años y ayudados con una lente arqueológica, aquel 1918 se expresa, en nuestros días, paradigmático en su silencio sepia. Este particular cruce de la literatura con los hechos históricos, sus protagonistas como carnada de los sucesos que sellaron el destino de la América Latina novecentista en el actual territorio dominado por el narcotráfico, de un lado, y por los asesinos de "espaldas mojadas" del otro, no deja de ser significativo. Aún más con el escenario ominoso de la soledad, principal factor para el anonimato, las huidas y las desapariciones. Así, el desierto, como la pampa argentina o los llanos venezolanos, que para muchos iluminados fue residencia natural de la barbarie –personificado en el caso mexicano por Pancho Villa–, se convierte en el destino deseado de los escritores que buscan hacer camino y borrar sus huellas con un rastrillo atado a la cintura.

Pero si apretamos el punto y tejemos más fino, también hallamos que la producción literaria estableció una serie de nexos tácitos entre los personajes descriptos de aquella época agitada. En algunos casos, hasta podemos pensar que aquellos fugitivos fueron utilizados como actantes para la construcción de nuevos personajes. Así, no sería inmotivado tender un puente entre Cravan con los escritores enigmáticos y huidizos que creó Roberto Bolaño en sus novelas Los detectives salvajes y 2666, Cesárea Tinajero y Benno von Archimboldi. ¿Acaso Cravan y su difuminación no es el antecedente de esos escritores ficticios que son intensamente buscados por sus admiradores como oasis en un desierto hostil? ¿Se puede regresar de un auto-exilio nómade de ese territorio arenoso, salino y cactáceo, al menos, como espejo o ficción?

La búsqueda en el desierto y la complementaria necesidad de perderse se refuerzan con el anonimato que otorga el seudónimo. No por nada Arthur Cravan era Fabian Lloyd; y Pancho Villa, Doroteo Arango; y Benno von Archimboldi, Hans Reiter. En el caso de Tinajero, la escritora ficticia de la revolución mexicana que Arturo Belano y Ulises Lima buscan denodadamente por el desierto de Sonora, su pasado solapado se encuentra en la historia real. La poeta gráfica del real-visceralismo fue inspirada en otra poeta, Concha Urquiza, quien, para continuar cerrando el entramado trágico, murió ahogada en el límite oeste con Estados Unidos.

Hoy, a casi cien años de aquellos desacertados cruces e infortunados destinos que se tendieron a lo largo de las dos márgenes del Río Bravo, el desierto pasó de ser un lugar de fuga voluntaria para perderse de los perseguidores, a un cementerio a cielo abierto cuyos sepultureros ya no son batallas o pestes, sino femicidas, narcos y patrullas fronterizas, que exprimen los cuerpos ya explotados en las maquilas. La frontera ya no es un capricho rumoroso de la naturaleza como un brazo de agua, sino la muda presencia de un muro, frontera por excelencia de la estupidez humana. La terra incognita contamina de interrogantes a todo aquel que se pierde por sus caminos sin trazar, para no ser encontrado, o para encontrar la muerte, que es casi lo mismo. Y allí, la certeza más evidente recae en un sinsentido polvoriento. ¿Qué hay detrás de la ventana?




martes, 25 de enero de 2011

La Boca por el Cuervo muere


Un sentido homenaje al Club Atlético San Lorenzo de Almagro en un conventillo de la calle Melo en el barrio de La Boca.

lunes, 10 de enero de 2011

Postales purmamarqueñas

Sobre el final de la calle, tres cuadras hacia arriba, podía verse una silueta que avanzaba hacia nosotros con paso lento, dificultado por brumas que a la distancia se hacían insospechables. Su acercamiento sólo era perceptible por el mínimo y gradual crecimiento de su sombra, flanqueada a ambos lados por las casitas de adobe encaladas y alineadas como si fueran de juguete. Nosotros, mochileros recién llegados a Purmamarca, gringos sin más, descansábamos en una esquina a la espera de que el sol bajara un poco. Sobre la pizarra mágica celeste que nos observaba en plano cenital se dibujaba algún tímido garabato que enseguida se esfumaba. La silueta del hombre, en cambio, se hacía más nítida bajando por la calle terrosa y polvorienta, pero a un ritmo aún más cansino que el que las nubes se tomaban para desaparecer. Mientras nos disponíamos a ir hacia la plaza, ritual iniciático de cada pueblo al que llegábamos, algo en esa marcha arrastrada me dio a entender que el hombre atravesaba el silencio solitario del mediodía purmamarqueño para pedirnos algo.

Cuando llegó a donde estábamos, por fin, el sol le daba de lleno y pude verlo mejor: pantalón del color del suelo terroso, alpargatas fosilizadas, camisa blanca arremangada y un cigarrillo apagado y alicaído descansando en su boca. En su mano derecha, su dedo índice agarrotaba el asa de un jarro de loza abollada. En la izquierda, apoltronada contra su cadera, sostenía una botellita de alcohol de farmacia, la panacea que muchas veces envuelve la rutina de carencias y atribulaciones. La chicha se me difuminó entre otras imágenes idealizadas y estereotipos culturales que suelen vender las guías turísticas. Siempre la realidad es más cruda. En el norte están las bodegas cafayateñas para el turismo clasemediero, pero también están las farmacias para remediar las penas que ese mismo turismo no sutura.

El ekeko deshojado permaneció impávido, pero acusando el esfuerzo de esas tres cuadras transitadas en diez largos minutos, como un camello que hubiera atravesado un desierto y ahora estuviera espejándose en nosotros, su oasis de turno. Nos interrogaba con una nube personal destilada en los ojos hinchados, cabizbajo y en completa quietud. Los cuatro nos quedamos expectantes. El don, machado hasta la joroba, alcanzó a farfullar algo sin liberar el cigarro de sus labios. G. distinguió el gesto y sacó el encendedor de su bolsillo. Se acercó al hombre con poca convicción y, con la duda entreverándole los dedos, le prendió el cigarrillo. El tipo, sin decir nada ni hacer gesto alguno, siguió camino tal como llegó, con su jarro, su botella y el pucho sin salir de su boca. G. se volvió hacia nosotros, que estábamos todavía palpitando la escena y rompió el hielo aveloriado con una sonrisa.

‒Tenía miedo de que se prendiera fuego.

***

El famoso binomio antes y después, como marcador de un mismo objeto, sujeto, lugar o situación en dos instancias temporales distintas, se utiliza para dar cuenta de cambios, mutaciones, desplazamientos que no podrían ser advertidos, evidentemente, en la contemplación diacrónica, en el devenir inagotable; y, seguramente, tampoco de un día para el otro.

Diez años después, declaración de patrimonio de la humanidad por parte de la Unesco mediante, la Quebrada de Humahuaca cambió como muchacha que pasó por Slim. Purmamarca, el pequeño pueblo jujeño que alberga al famoso Cerro de los Siete Colores y es cuna del músico Tomás Lipán, por ejemplo, ya no es lo que era. No sólo por las diferencias que pueden exponer dos fotos de la misma calle, tomadas desde el algarrobo milenario que vigila a la pequeña iglesia del lugar. Los hoteles de cuatro o cinco estrellas que se construyen en la entrada del pueblo le dieron una nueva fisonomía. Los injertos de concreto preanuncian una nueva era que entierra a la del adobe. Mientras tanto, el suburbio crece, no sólo por los alojamientos deluxe, sino porque los mismos pobladores se ven muchas veces obligados a vender sus propiedades para retirarse a las márgenes del pueblo (tal como puede suceder en nuestra megalópolis, pero a menor escala).

Turismo es poblar. Habitantes fugaces que se renuevan una y otra vez para que el hormigueo no pierda su caudal. Turismo es cotizar. Negocios inmobiliarios expulsivos que institucionalizan una temporalidad ajena y homogeneizante sobre el territorio que hasta entonces había permanecido solapado, invisible, mudo, pero con una potencia propia: el comercio permanente y el ulular visitante sobre espacios vírgenes de modernidad también son recursos que un estado-nación marchito utiliza para insuflarse un poco de aire culturalista nuevo.

Purmamarca, enero de 1999

Purmamarca, julio de 2008

jueves, 30 de diciembre de 2010

Tomando en La Paz

Crónicas autobiográficas de un boliviano maldito




Borracho estaba, pero me acuerdo. Víctor Hugo Viscarra. Libros del Náufrago, 2010.


Poco se conoce de las letras bolivianas contemporáneas. Pero en estos días puede leerse por primera vez en el país a Víctor Hugo Viscarra, especie de escritor “maldito”, si consideramos que vivió en la calle 35 años de su vida, hasta su muerte por cirrosis en 2006.

El título y las fotos de tapa introducen con elocuencia a estas crónicas autobiográficas, plagadas de términos del coba ‒argot boliviano‒ y el aymara, que pueden cifrarse en un glosario. La lectura del libro remeda el divagar callejero enturbiado de alcohol. A través de distintas anécdotas, Viscarra, auténtico flâneur tercermundista, compone su deriva junto a la de otros personajes de las márgenes de La Paz, borrachos, locos, prostitutas y ladrones. Y hasta esboza un listado de cantinas, pensiones y cabarets a la manera de una guía turística para el vagabundo.

Viscarra expone las miserias de la vida sin techo, los peligros y los rebusques necesarios para afrontarlos. Pero la guadaña de la muerte etílica se asoma en cada esquina del libro, como una posta ineludible para los protagonistas de estas memorias, aun para el propio autor.

*Revista Veintitrés, Año 12, N° 646, 18 de noviembre de 2010.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Naïf 6 (final) - Separata y opereta

Finiquitamos la historia de la banda Naïf, que había quedado pendiente. Acá su último capítulo.

Luego del único recital en vivo de Naïf, en agosto de 2001, la banda experimentó su último cuatrimestre de existencia con un tendal de composiciones propias que expresaron la inmadurez que ensalzaba, siempre con su heterogeneidad característica. Pero lo más importante fue el ingreso del Turco Iván en la batería, instrumento que había permanecido huérfano hasta el momento. Y así quedó integrado el quinteto definitivo.

A "Día domingo", tema de Agus que completaba la trilogía diaria (junto a "Día peronista" y "Días de sol") y que terminaba de delinear la identidad tautológicamente naïf de la banda, se le sumó "Chatarra", un tema manifiesto de Lean que sólo se tocó en dos o tres ensayos, y pareció ser más una declaración de descontento sobre la música que el grupo hacía. Fede aportó "Besar el suelo", con música hecha junto a Agus, que fue sufriendo distintos cambios: un rock furioso que ascendía armónicamente al principio; un lento y fragmentado tema en la posterior ópera rock, cuando Naïf finalmente se disolvió; un tema noise cuando Fede, Agus e Iván armaron la banda Interzona al año siguiente. El otro tema de esta última etapa fue "Vida y sangre", de Luc, un hard rock a tres guitarras y exceso de acordes, que culminaba en la bola de ruido en la que los temas del grupo caían indefectible y automáticamente.

Pero las piezas ya estaban jugadas. Las diferencias musicales entre los integrantes y la autodestrucción propia de los veinte pirulos sellaron el destino de la banda. En diciembre de 2001, Naïf alcanzó el caos, en paralelo con el país. Mientras sus letras expresaban la fuga de los niños de sus casas, el arribo de la adolescencia aborrecida y la inmadurez de la adultez que comenzaban a sufrir sus integrantes, la sangre discurría por las alcantarillas de la 9 de Julio y un helicóptero se fugaba de la Rosada.

***

Un año más tarde, en 2002, Agus, Lean y Luc intentaron reagrupar la veintena de canciones de Naïf y grabarlas en formato ópera-rock. Sólo alcanzaron a registrar las versiones unplugged de "Esfera celeste / Besar el suelo" y "Días de sol", en una porta-estudio de batalla. Acá puede escucharse el primer tema, obertura de la ópera fallida: Luc en voz y guitarra; Agus en piano y coros; Lean en recitado inconcluso.



Esfera celeste (Letra: L. Agilda - Música: A. Valero)

Esfera celeste
del color de una tierra
que amanece
cielo inmóvil
que no gravita
leche de luz
que se derrama
tan intensa
sin piernas
y una sola esfera

Una atmósfera celeste
del color del día
que amanece
se recuesta
en mi espalda
celeste
casi verde
tan profundo
sin piernas
y una sola esfera


Besar el suelo (Letra: F. Grüner - Música: A. Valero)

No es nada
un instante
un minuto
hora
día
meses
años y años
sólo tiempo
todo el tiempo

***

La historia completa de Naïf en sus capítulos anteriores:

1- "Les colombes"

2- Un día peronista

3- Deconstructivismo destructivista: "Deconstrucción" y "Martillar"

4- Romanticismo evolucionista: Placodermo

5- Primer y último vivo

lunes, 29 de noviembre de 2010

Marcando la Z de la polisemia

En las derivas de sentido que albergan algunos términos, podemos llegar a encontrar naufragios de todo tipo. Pero también precisos anclajes que hacen fondo en el suelo (neo)barroso de los discursos sociales y permanecen en aparente impasibilidad. De todas formas, ninguna fijación de sentido logra ser incólume y a veces un término o un significante, como una goleta abordada por piratas, co-habita distintos sentidos que pueden estar en conflicto o no.

Si el barco en cuestión es una letra, podrá argumentarse que ésta no puede tener significado propio, por sí sola. Pero toda materialidad significa. Y en este globalimundo que pretende tener todo al alcance de la mano, los significados siguen multiplicándose sin ánimos de anquilosarse. Algo por el estilo ocurre con la letra zeta.



Las dos plazas de mayo en octubre (dos veces mayo, dos veces octubre) para protestar contra un asesinato y conmemorar una muerte, encontraron a dos multitudes con muchas diferencias políticas, pero que, como dos conjuntos de un diagrama de venn, compartieron una intersección importante (muchos asistentes estuvieron en ambas plazas). El día después de la última plaza convivían graffitis de esas dos movilizaciones pero no necesariamente eran contrapuestos. Los dos más inscriptos, de hecho, eran aquellos que dan vida a los mentados fallecidos. Mariano Ferreyra vive; Néstor Kirchner vive. Eso que Costa-Gavras en su sublime película Z quería plasmar, precisamente, con esa letra inscripta en las calles, para recordar al diputado comunista griego interpretado por Yves Montand, que fuera asesinado por grupos de choque derechistas. La zeta, última letra del alfabeto latino cuyo origen data de la Grecia antigua, donde atribuida a alguna persona muerta significaba que ésta seguía viva simbólicamente (en griego clásico, ζει o zei quiere decir “vive”). Una especie de correctivo de la omega (Ω), recluida en los panteones y cementerios, que marca el final del alfabeto griego y simboliza un poco más trágicamente el final (definitivo) del camino de la vida.



La zeta también fue utilizada para significar, en la ficción, un acto de justicia en manos de un héroe rico que tenía tristeza, como el Zorro. Ese paladín criollo que en tierras mexicanas marcaba la Z del Zorro con su espada sobre las ropas de aquellos que osaban transgredir la ley o enfrentarse en duelo con él. Lo cierto es que esas mismas tierras mexicanas hoy albergan a otro grupo de muchachotes que dejan una Z como marca corporal, pero con medios y fines completamente distintos. Y esa marca no implica ni justicia, ni mucho menos vida, sino todo lo contrario.

Los Zetas, grupo narco nacido en Tamaulipas, es uno de los tantos monstruos creados por Estados Unidos que, luego de unos años de ser funcionales a sus intereses, cobra autonomía para sembrar el terror (como sucedió también con los paramilitares colombianos, las maras centroamericanas, Al Qaeda, entre otros tantísimos). Esta organización surgió de un desprendimiento del ejército mexicano creado para combatir el levantamiento zapatista de 1994, para lo cual recibió entrenamiento de la CIA. Actualmente, ya emancipada, se pavonea de su poder y exhibicionismo morbo con una especie de necro-performance que consiste en plantar cadáveres (el poema de Perlongher quedaría chico) ejecutados por sus propios sicarios, y con la "firma de autor": una Z pintada sobre las remeras de los desafortunados, que remite directamente a su nombre pero que también rememora a la omega en toda su plenitud tanática. La vida y la muerte de la Z a la Z.

Así, México se vuelve una especie de terreno de disputa de sentido en torno a esta letra. No faltará algún nostálgico que, a 100 años de la revolución, clame un ¡viva Zapata! en clave: ZZ.

martes, 16 de noviembre de 2010

La ficción como inspiración



Pixote hace recordar a Zé Pequeno. Pero al enfrentar sus historias, caemos en la cuenta de que la inversión del espejo es el nexo de ese recuerdo. Zé Pequeno, el niño pistolero que en los setenta marcó su territorio en la favela carioca Cidade de Deus, es narrado como evocación en la película del mismo nombre. Pero Pixote, nacido personaje de ficción y tan parecido en algún aspecto al de Cidade de Deus (en el de la niñez, en el de la pobreza, en el del clima de violencia que los rodea), emergió del celuloide en la forma de su actor para tomar ese relato y hacerlo propio.

El niño que encarna a Pixote en el film homónimo de Héctor Babenco (Pixote. A lei do mais fraco, 1981) parece haber representado involuntariamente en la realidad lo que la película enunciaba sobre el vértigo de la infancia en las favelas brasileñas. Tal como Don Quijote actuó a conciencia (una conciencia fuera de los límites de la cordura, podría argüir un trasnochado positivista), representando en su vida las aventuras con las que se topaban los personajes de los libros de caballería que leía. Pero a diferencia de lo que fue a conciencia en el hidalgo caballero de La Mancha, el desciframiento del mundo que Pixote buscaba sin saberlo o aun sin buscarlo -la vivencia del hecho representado en la película-, la iba a encontrar en su propia muerte.

Fernando da Silva Ramos, el joven que continuó la puesta en escena de su personaje célebre en la realidad, luego de saborear de un día para el otro la fama y la frustración que el star system le tenía preparado, murió baleado por la policía paulista en agosto de 1987, a sus 19 años. La nota que informó sobre el hecho en la sección Policiales fue como tantas otras que, en cualquier país latinoamericano, ayer y hoy, es el fundamento dinosaurio para que los propietarios de la seguridad agiten una baja en la edad de imputabilidad. Y para quienes este film no es más que propaganda garantista que muestra "la humanidad" de niños delincuentes. De hecho, la frase sobre la que se cimienta el film Pixote es "El hombre es bueno por naturaleza... la sociedad lo corrompe".

Da Silva, como el Quijote, es el otro que la sociedad contempla, de refilón, cómo hace equilibrio en la medianera que separa lo tolerable y lo visible de la impuesta marginalidad. Ya sea por su locura o por su inclinación delictiva ante la carencia de otro sustento, según las épocas y sus regímenes de visibilidad y decibilidad particulares. Los molinos de viento giran sobre su eje: pasan a ser la metáfora de la espalda que la sociedad entorna a estos personajes que malabarean en los límites de lo visible; y a veces ellos mismos se manifiestan como alucinación, como una nueva representación alienada y peligrosa que la sociedad fabrica y manipula a su conveniencia. Mientras que estos personajes no fueron más que en busca de sus mundos paralelos con la esperanza de encontrar una iluminación; guiados por esas representaciones que depositaron su ilusión en un resquicio de lo Real.

martes, 9 de noviembre de 2010

Mundo auricular

En el mundo auricular de Maite predomina la pulsión sonora. No hay interferencias con el resto de material sensible no-audible que pugna por ser mínimamente atendido. Un auténtico mundo headphone, en su afán de reducir sílabas y alimentar la jactancia anglófona. Mundo que absorbe y ensoberbece, absorberbece más su mirada perdida, pero altiva, dentro del coche del subte plagado de cuerpos. Su cono visual se despliega al ritmo de ese sonido que nadie percibe, pero cada tanto Maite se descentra y su mundo se proyecta al peligro. Su mirada se pasea por el cuello mal afeitado del hombre que se balancea a su lado: se hunde en el pliegue de la papada, se soba de sudor hasta el ahogo y se pincha con los cardos filosos que amenazan cegarla. Pero es hábil y elude los peligros del desierto poroso. Apenas inclina un poco su cabeza y su caricia visual, imbuida en sinestesia, contaminada de una escucha enigmática, enfoca una pollera primaveral que la invita a apoltronarse y descansar un momento, a falta de otro sostén firme en la marea subterránea. Mientras tanto, el oleaje chirriante y chispeante de metal rielado queda relegado en un segundo plano sonoro, inaudible en el mundo auricular de Maite.

Pasan las estaciones, pasa la vida y Maite impasible contempla, abstraída y absorta en su audiencia, el paisaje de cuerpos concretos que salen y entran del coche como faena enlatada y liberada alternadamente. Cuerpos que se sientan y se levantan sin ruido alguno, embarcados en movimiento alguno; abarcados en mirada una, en oídos ningunos.

Toda ojos ahuecados, el mundo que la rodea se detiene. Pero alguien se pone frente a ella y parece llamarla, preguntarle, mirarla, gritarle, lamerla, insultarla. Maite se mantiene en su lugar y no dice palabra; apenas dice, con pena, silencio.

Y lo que dicen sobre ella, las palabras que la escupen y la vomitan y le cubren el cuerpo mudo de una viscosidad que chorrea su superficie transparente, es absorbido con la soberbia de quien, en su mundo auricular, en su aura ocular, sólo escucha, también, silencio.

viernes, 29 de octubre de 2010

Presentación del Mazo de Cartas


Presentamos el Mazo de Cartas con Mario Cámara y muestra de pintura y collage de Iván Elías. El viernes 5 de noviembre a las 19.30 hs. en Formosa, Delgado 1235, barrio de Colegiales.

jueves, 21 de octubre de 2010

Crónicas de época


¡Arriba las manos! Crónicas de crímenes, “filo misho” y otros cuentos del tío. Selección y prólogo de Ariela Schnirmajer. Eterna Cadencia, 2010.


Suele decirse que las modas son pasajeras. Y, para muchos, hoy la crónica está de moda. Pero los mojones previos al producto actual también ocuparon la vidriera de su época. De hecho, la crónica encontró su punto de fragua al calor de la nueva sensibilidad moderna, cultora de modas como pocas.

El título de la antología nos interpela desde ese escaparate como una invitación cifrada a la construcción discursiva del submundo criminal entre 1880 y 1930. Una serie de crónicas policiales seleccionada por Ariela Schnirmajer, donde desfilan motivos y personajes que supieron estar en boga y, en algunos casos, todavía hoy relucen el brillo de su fama. Allí se tematizan tópicos como el sensacionalismo de masas, el costado detectivesco del periodismo, los visos tragicómicos del asesinato, la estafa y el hurto y hasta sus vetas artísticas.

La perlita es un extracto de El crimen de Aguacatal (1874) de F. de Paula Muñoz, en cuyo desarrollo puede descubrirse un eslabón perdido de A sangre fría de Capote. Además, se rescatan textos de poetas como Martí y Nervo; de cronistas de culto, como J. J. de Soiza Reilly; e incluso hay lugar para la pluma policial, desollada por averiguar los códigos del lunfardo y otras prácticas de los “bajos fondos”, como la de Fray Mocho. El bonus track contemporáneo lo brinda una crónica sobre Pepita la Pistolera de Cristian Alarcón y un imperdible relato sobre la excursión a un archivo policial de Lila Caimari.

Nuestra América se dio en llamar la colección de Eterna Cadencia que dirige María Moreno y busca destacar a los precursores latinoamericanos del género. Completa la colección Cosmópolis, crónicas de viajes con selección y prólogo de Beatriz Colombi.

*Revista Veintitrés, N° 635, Año 12, 2 de septiembre de 2010.

viernes, 15 de octubre de 2010

Se viene el Mazo de cartas

Con sobrada excitación pero nulo exitismo, anunciamos la próxima publicación del libro Mazo de cartas (Novela bélica por correspondencia), de (quien ¿sirve?) Luciano Beccaria y Facundo Ruiz/Irene Sola. Editado por Santiago Arcos, tan sólo adelantamos la tapa (a partir de un collage de Iván "Turco" Elías) y el detalle del libro que figurará en la contratapa.


Desaparece un país; aparece un relato. Varios lo cuentan, pocos lo han visto. En una esquina porteña, cierta vez y en condiciones absolutamente irrelevantes, sucede lo imprevisto a la vista de todos: Beto, el país que casi todos recuerdan, se pierde y despierta una ola de búsquedas dispersas, más o menos violentas, y oportunamente televisadas, que lleva a reorganizar el mapa de alianzas cívico-militares y a instaurar el sorprendente escarceo de los malentendidos. Corresponsales especialmente enviados registran y documentan el desarrollo de acciones y razones a todas luces improbables, puesto que lo único cierto e indudable ya no es la búsqueda, sino lo que se encuentra a cada paso: peregrinos y traductores, espías y policías, poetas y boticarios, y una nutrida fauna de visitantes que operan siguiendo órdenes claras, precisas e inverificables. La guerra no es fría, sino sustituible, y los reemplazos se encadenan sin solución de continuidad en una ciudad que pretende mantener la calma desconociendo lo que, naturalmente, ocurre. Como un collar de esquirlas, libidinalmente hilado, la acción es conducida por múltiples personajes cuya voluntad, muchas veces agobiada por fuerzas que los exceden, se rebela contra poderes gnósticos, autorales y lingüísticos.

Como su nombre indica, Mazo de cartas es más que una novela epistolar: es una novela por correspondencia, es decir, una cosa que obra de acuerdo con otra. Pero es evidente: nadie usa o lee un mazo de cartas sin escoger, previamente, un juego, ciertas reglas, alguna relación entre ellas. He ahí el truco: quizás el único.

Macedonio Fernández ha dicho de esta novela, antes de que fuera escrita y por lo tanto con total objetividad y absoluto desinterés: “Arte de trabajo a la vista, es decir para lector consciente, y hecho con recursos ostensibles. De asunto mínimo, sin jerarquía de valores.”

viernes, 8 de octubre de 2010

Insinuación

Un exceso de simbolismo y significación; una metáfora de la historia: tragedia y comedia como representación. Eso es el clip de Innuendo, el tema del último disco homónimo de Queen. Porque ya de por sí, la canción es un golpe a la percepción que contradice su título: insinuación, o bien, lo que por estos pagos entenderíamos por indirecta.

Así que, empapados de sentido, sólo nos queda hacer hermenéutica libre del video clip.

Allí vemos que los autómatas se presentan como actores de la historia en un escenario trágico. No es casual que emulen al autómata de la primera Tesis de la Historia de Walter Benjamin. Esa marioneta de un ajedrecista turco con narguile, que hacía las veces del materialismo histórico, y necesitaba de un enano giboso que lo manejara desde dentro de la máquina, tal como lo relata Edgar Allan Poe en su cuento "El jugador de ajedrez de Maelzel".

Los arlequines y pierrots representan la comedia del arte, sobrevivientes de las noblezas europeas, la risa mágica, lúdica y malabarista, las máscaras de la historia. "Tú puedes ser cualquier cosa que quieras ser (...) Sé libre con tu tempo, rinde tu ego", canta un Mercury lírico.

Desde la letra, Freddie Mercury y Roger Taylor hacen una declaración de principios: seguir intentando hasta el fin de los tiempos, a pesar de las supersticiones y las falsas religiones, y mientras los desiertos tengan arena y el mar se encuentre con la tierra. En el medio, las imágenes del clip martillean con lo suyo: entremedio las guerras, las bombas atómicas y los tíos Sam, Jackson Pollock (Taylor), Leonardo Da Vinci (Mercury), Pablo Picasso (Deacon) y los aguafuertes victorianos (May) moldean las figuras de los cuatro músicos de la banda. Y al tono oscuro del tema, se le suma ese interludio flamenco a cargo de Steve Howe, guitarrista de Yes, acompañado de viejas filmaciones de danzas españolas.

Más allá del clip: tremenda banda y tremendo tema, cercano a la complejidad de Bohemian Rapsody. Sobre todo, por el puente de la batería que une el pasaje del solo y la última estrofa... ¡Por dionisos!

jueves, 30 de septiembre de 2010

El reflejo del demonio


Los diarios y formadores de opinión buscan fórmulas sencillas y directas para la difusión de ideas, o de meras consignas que serán repetidas en el ascensor y en la charla ocasional por la calle. En su nota de opinión "El gobierno decidió reescribir el Nunca Más", publicada en el diario Clarín el último 16 de septiembre, el historiador Luis Alberto Romero dice: "Marx ha escrito que la historia se repite: la primera vez en forma de tragedia y la segunda como farsa. Ojalá no se haya equivocado. Que aquello que vivimos la primera vez como tragedia sangrienta concluya, en esta segunda experiencia, como farsa. Porque los signos actuales de la intolerancia, las amenazas y agresiones, y hasta la violencia velada son cada vez más alarmantes." Y la cierra con la siguiente frase: "Cabe preguntarse quién defenderá nuestros derechos cuando lo necesitemos. Quién evitará que la farsa se convierta en tragedia."

Apenas pocos días después de haber inaugurado nuestra etiqueta de posts tragicómicos, en honor a la cita marxiana (de otro planeta), ya tenemos materia de discusión en torno a ella y sus infinitas y antojadizas interpretaciones. Claro, a pesar de que darle con un caño a personajes como Romero, de los que actualmente abundan, ya resulta aburrido y redundante. Pero nos la dejó picando.

El famoso "clima destituyente" que ventilaba el gobierno nacional hace un par de años, en pleno conflicto con los productores rurales (que para algunos era un mucho más drástico y paranoico "se viene el golpe"), ahora lo asumen algunas personas que, como Romero, están más bien identificadas con la oposición, pero invirtiendo la postura victimizante. De esta manera, pretenden ubicarse en el medio de los dos grandes actores antagonistas como terceros damnificados por esa posibilidad que, en Latinoamérica, encuentra cada vez más recreaciones que exceden el mero cuartelazo militar. Sin embargo, más bien se ubican claramente de un lado de ese conflicto que, construido como una gran tensión entre dos polos, tiende a reducirse a una pelea entre ambos bloques protagonistas que neutralizan tanto las medias tintas como las críticas y las síntesis superadoras o, al menos, humildemente propositivas.

Romero, como académico con vía libre para opinar, tiene una responsabilidad que no puede eludir. Y hacerse cargo de una afirmación es asumir la carga. Pero leída entrelíneas, la actitud del autor de la nota no es sólo de víctima, sino más cercana a una advertencia.

Igualar los niveles de violencia y represión que precedieron al golpe de 1976 es caer, precisamente, en lo que don Marx criticaba de la revolución francesa en 1848 con respecto a la referencia que sus líderes hacían sobre la de 1789. A cada nombre antiguo le correspondía uno nuevo, caricaturesco y farsante, que buscaba repetir la fórmula del éxito avalada por el imaginario social. Ese pasado en realidad ejemplificador, inspirador, motor de la historia, tal como Benjamin sostuvo en sus tesis. Pero si Romero ve una posible repetición trágica de la historia reciente, según su propio criterio estaría encarnando entonces una farsa de algunos de los varios periodistas e intelectuales que agitaron las páginas de diarios y revistas con profecías previsibles, en pleno naufragio institucional capitaneado por Isabel Perón.

Rememorar esa tragedia isabelina en la nota aludida tiene motivos muy claros. Además de abonar a la teoría de los dos demonios, la cual pone en un mismo pie de igualdad a los atentados guerrilleros con el terrorismo de estado. Esa especie de bi-teísmo, o bi-demonismo; o mejor aún, de bi-leviatanismo. Porque el Leviatán de Hobbes como metáfora del Estado, ese monstruo, ese diablo o dios, que es lo mismo, reúne todas las voluntades individuales que concurren en un pacto social, del cual él es el propio árbitro. Y ante un incumplimiento o atropello, tan común en su calidad actual, más posmoderna, de máquina, alienta el resquebrajamiento y la rebelión. La represión desmedida de la última dictadura respondió al mandato por el cual todo estado ejerce el monopolio de la violencia. Las anteriores dictaduras y gobiernos parapoliciales ya habían preparado el terreno para que, directa o indirectamente, la espiral de violencia social, la famosa violencia de abajo, levantara polvo. Es cierto que la violencia popular organizada muchas veces provoca víctimas civiles no involucradas directamente en el conflicto, pero esa lucha deberá atenerse a las reglas del tablero en el que se desarrolla, es decir, al estado de derecho o hecho que sólo maneja el único Leviatán existente con sus códigos penales y su poder punitivo.

La respuesta a su última pregunta, digna del Chapulín Colorado, bien la sabe Romero: a él lo defenderá ese demonio, duplicado en una repetición farsante y fantasmática. Y que tal vez sea la de su propio reflejo.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Varietales recomienda Varietal

El próximo martes 28 de septiembre a las 20 hs. en el Roxy (Niceto Vega 5542) se presentará el Quinteto Varietal, joven conjunto tanguero que zarandea sus camisas tintas (como la tipografía de este humilde blog) al ritmo del 2x4. Como espacio pluralmente homónimo, recomendamos este recital que se avecina como una buena ocasión para dejarse envolver por la proxemia de fueye, madera, voz y baile que propone el Quinteto Varietal, y para regocijarse con sus taninos piazzolescos, salganianos y pugliesescos.



viernes, 3 de septiembre de 2010

Argumentos globalizados

En la crónica de Ryszard Kapuscinski "El parlamento de Tanganica debate pensiones alimentarias", el periodista polaco confrontaba los discursos de distintos diputados sobre un proyecto de ley de 1963 que otorgaba un subsidio a los "hijos ilegítimos" (es decir, de madre soltera, lo cual estaba muy extendido por costumbres tribales del África oriental) en el actual territorio de Tanzania. Uno de ellos nos interesa a fines comparativos: "El diputado P. Mbogo ([región de] Mpanda) expresó la opinión de que la ley de pensiones hará crecer la prostitución en el país. 'Las muchachas querrán tener el mayor número posible de hijos ilegítimos a fin de poder ganar un dinero para gastárselo en cosméticos. Estas muchachas serán como los países subdesarrollados: habrá que invertir en ellas'".

De este lado del charco y la historia, el senador radical por Mendoza Ernesto Sanz manifestó acerca de la ya consumada ley que subsidia a niños y niñas de familias con bajos recursos, en una entrevista radial: "Desde el momento en que se implementó el Programa de Asignación Universal por Hijo, los datos marcan que lo que se venía gastando en juego y en droga ha tenido un crecimiento. No lo veo yo, lo ven los analistas".

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Con este post inauguramos una etiqueta que será recurrente en este espacio, siendo que referirá a la archicitada apertura de El 18 Brumario de Marx, acerca de que los hechos y personajes de la historia acontecen como tragedia para luego repetirse como comedia. En este caso lo hacemos con dos argumentos opositores a medidas asistencialistas del Estado que, separadas en el tiempo y en el espacio, se revelan ambas como tragicómicas. Sin entrar en la discusión sobre la tensión entre las políticas asistencialistas y las necesidades urgentes de las poblaciones más vulneradas, apenas queremos poner una tilde o una diéresis en los tonos argumentales que pueden repetirse a lo largo de la historia, como si fueran dos fotos de parecidos. Sin más comentarios.

viernes, 27 de agosto de 2010

Tiempo de gitanos



Las nomenclaturas del escalafón estatal siempre transparentan, además de los tipos de políticas sobre determinada materia que enarbolan los gobiernos, simples y crudas ideologías. No sólo desde la ficción, como el Ministerio de la Verdad de 1984, de Orwell; o el policial Ministerio de la Sustancia del Mazo de Cartas que se avecina. Sino también acá a pasitos: lo que en la Ciudad de Buenos Aires fue el Ministerio de Derechos Humanos y Sociales fue reducido por el macrismo a Subsecretaría; y al Ministerio de Justicia se le agregó el tranquilizante Seguridad.

El caso del Ministerio francés de Inmigración e Identidad Nacional es mucho más elocuente. A falta de un Le Pen, ya no hay guardapolvo blanco para ficcionar un aparejamiento, sino exigencia de eliminar el chador; ya no hay trenes a Auschwitz, sino aviones de alquiler a Bucarest y Sofía. Los afortunados viajeros no son ni Cioran ni Ionesco ni Eliade, que al menos podían presentar cartas de origen amoroso común en una lengua romance como el rumano. El pueblo gitano trasciende la balcanización de las naciones. Ni rumanos ni búlgaros, como los denominan las autoridades francesas para evitar ser tildados de xenófobos; ni mucho menos pasibles de ser afrancesables. Porque la identidad nacional se autoexcluye de la inmigración (un programa Patria Grande, a pesar de sus falencias, aunque sea demuestra una voluntad más integradora, o bien integrable en lo diverso). Del otro lado de las negociaciones del TEG humano, como en un juego alicio de espejos deformantes, dos secretarios de Estado rumanos: uno de Integración de los gitanos y otro de Orden y Seguridad Pública. Son llamativos los cargos y las combinaciones conceptuales que proponen. Pero las pretensiones de homogeneidad se complican con los beduinos del siglo XXI. Por algo existe la solución final de la deportación por deporte. De esa manera, el continente senil prohíbe el nomadismo entre tanta civilización eurolatina asentada sobre chapas y galones de oro bruñido de óxido.

miércoles, 18 de agosto de 2010

¿Justicia hay una sola?

Un ensayito sobre la justicia comunitaria de 2006.
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El poder indígena en Latinoamérica parece renacer en los albores del siglo XXI, gracias a la organización de las comunidades y a los actos reivindicativos que le dan una mayor visibilización dentro de los Estados-Nación. Pero este resurgimiento provoca conflictos con la cultura oficial que no son fáciles de resolver.

El caso de Bolivia es ejemplar. Este año, Evo Morales se convirtió en el primer presidente de origen indígena de ese país. En el marco de una crisis económica, política y social, junto a un agravamiento del conflicto cultural entre la población indígena y la minoría occidental, Morales instauró hace tres meses una Asamblea Constituyente para la redacción de una nueva Carta Magna en 2007.

En dicha Asamblea, además de la discusión de una nueva Ley de Hidrocarburos, y entre otros debates, por primera vez se planteó la posibilidad de introducir una institución indígena, como la justicia comunitaria, dentro de la Constitución. La idea sería lograr un equilibrio con la justicia republicana, que rige desde la fundación del Estado boliviano en 1825. ¿Será posible una integración cultural de este tipo sin que se radicalicen las contradicciones?

Este choque de culturas, que en quinientos años no logró armonizarse, llegó a un nuevo punto de inflexión. Cada vez se torna más necesaria una solución para la convivencia de las comunidades originarias dentro del ámbito del Estado-Nación. Aunque también se podría pensar a la inversa, más aún si se considera la crisis global de los Estados-Nación como organización político-territorial en los últimos años, y que el 80 por ciento de la población boliviana es de origen indígena.

Las naciones aymaras, que gozan de cierta autonomía, pugnan por su independencia de los Estados boliviano y peruano, ya que el territorio que ocupan desde antes de la conquista trasciende las fronteras administrativas de ambos países. Y así como poseen su propia organización política, social y económica, también tienen una institución judicial propia, que debido a la resistencia de las comunidades andinas y a la falta de respuesta de la justicia ordinaria frente a sus reclamos específicos, se mantiene firme.

El debate sobre la justicia comunitaria volvió a ponerse sobre el tapete luego del linchamiento de los alcaldes de Ilave, Perú, y Ayo Ayo, Bolivia, por parte de pobladores aymaras, entre marzo y abril de 2004.

La violencia y el ensañamiento de los hechos generó la polémica sobre si realmente esas ejecuciones se enmarcaban dentro de la categoría de “justicia comunitaria”, o bien, si se trataban de asesinatos que debían ser juzgados por la institución judicial del sistema democrático y republicano.

El problema reside en qué sistema jurídico debe tomarse como marco, porque uno u otro arrojarían procesos y sentencias muy disímiles. Se trata de dos balanzas con distintos criterios de medida.

Desde el punto de vista occidental, esta “justicia” es vista como un desvío, como un atraso de la humanidad. Ya el hecho de que se la reconozca como un determinado tipo de justicia, esto es, con el calificativo de “comunitaria”, le da a la práctica una jerarquía secundaria frente a “la Justicia” a secas. Lo occidental siempre aparece como lo racional y lo neutral, como el grado cero. De esta manera, la justicia comunitaria se muestra como una aberración, una irracionalidad primitiva.

Pero es necesario comprender que el sistema jurídico comunitario se rige por normas consuetudinarias desde hace cientos de años. Como tal, no existe una letra que haya que respetar, sino más bien una costumbre que está grabada a hierro caliente en la vida cotidiana de las comunidades o ayllus. La comisión de delitos como el adulterio (que sólo rige para las mujeres), la sodomía o el robo merecen la pena de azotes, latigazos o el corte de cabellos, según lo determine un consejo de hombres designado para tal fin. Los casos graves pueden llegar a la pena capital, cuya ejecución a los ojos occidentales es compulsiva y extremadamente violenta (un ejemplo ficcionado puede encontrarse en la novela Raza de bronce, de Alcides Arguedas).

Los alcaldes linchados en 2004 volvieron a poner en debate los métodos de sanción y castigo utilizados por los aymaras. Además, surgió el debate sobre qué jurisdicción tiene un caso de corrupción por parte de un funcionario del Estado que administra localidades con mayoría de habitantes indígenas. Los argumentos de los comunarios justificaron la ejecución de los alcaldes en la plaza pública del pueblo, como la única salida a la parsimonia de la justicia estatal, frente a los atropellos de la autoridad.

Para lograr un principio de equilibrio, es preciso tratar este conflicto entre dos cosmovisiones que habitan el mismo territorio, no en términos maniqueístas, sino más bien dialécticos. La justicia comunitaria llegó a una instancia en la que ya no se aplica sólo al interior de la comunidad. Ahora se arroga el derecho de juzgar los atropellos de la administración estatal sobre las poblaciones originarias. Del otro lado, la justicia estatal siempre intervino en los ilícitos cometidos por comunarios, aunque a lo largo de la historia demostró incapacidad de someter a su ley a los pueblos nativos.

Ahora, con Evo Morales en la presidencia de Bolivia, el debate vuelve al primer plano. Su propuesta de institucionalizar la justicia comunitaria provocó la indignación de los medios y la opinión pública “occidental”. Pero este reconocimiento hacia los pueblos originarios tal vez le quite la esencia a la práctica milenaria misma: incluida en la Carta Magna pasa a subordinarse, en última instancia, al Estado.

miércoles, 4 de agosto de 2010

La insoportable gravedad del ser



En el poema Transmigración, Oliverio Girondo manifiesta su masmédulo deseo de ser en otras entidades exteriores al cuerpo propio. Un exceso existencial que, en lugar de ser desechado a través de una perla sudorosa o seminal, migra como un nómade okupa con toda su carga de ser hacia otro cuerpo del cual se apropia y con el cual con-vive. Un entrevero parangonable al de las palabras que, en jerga libidinal, copularon para dar a luz su libro En la Masmédula. Allí indujo transmigraciones de sentidos que se encarnaban en otros envases palabreros extraños y parían, en una especie de big bang léxico, una nueva constelación de significaciones.

Es de creer que Girondo había leído hacia oriente. Como hicieron tantos otros escritores en este enclave americano de entrecharcos. La principal vía de conocimiento del ser propuesta por la filosofía del budismo Zen es la exteriorización del interior. Según Toshihiko Isutzu, en esta experiencia el yo pierde su identidad existencial y se funde con el objeto exterior, con el cual se identifica. El mundo objetivo deja de ser tal, y la subjetividad se extiende en el universo. Algo a lo cual la filosofía existencialista occidental se aproximaría en el siglo XX, sobre todo bajo el influjo de Maurice Merleau-Ponty.

Girondo llama a su experiencia transmigración. A través de ese proceso puede existir en los objetos del exterior y comprenderlos mejor, ya siendo tierra para sentirse “penetrado de tubérculos”, ya siendo chancho “para apreciar el jamón”. Pero también habla de la existencia en el otro, más particularmente en la otra. Todo hombre no sabe qué es ser mujer por la sencilla razón de que nunca lo ha sido. Es preciso conocer transmigrando la existencia a la entidad que se quiere conocer, una especie del devenir mujer tribuneado por Deleuze y Guattari en sus Mil Mesetas. Y toda una manifestación política para estos tiempos en los que el otro o la otra dejan de ser objetos de estudio para constituirse en subjetividades autónomas y activas.

Por otro lado, al igual que lo plantea la filosofía Zen, por medio de este camino es posible conocerse a sí mismo, conocerse en tanto sujeto en armonía con los otros sujetos y las cosas que lo rodean. Según el pensamiento oriental, esto es posible una vez que se borran las fronteras entre el interior y el exterior. De esta manera, uno puede fundirse en el exterior, lo cual es el primer paso para lograr la iluminación o experiencia del satori. Esto se logra en un momento determinado pero involuntario, en el cual el espíritu es perforado por un destello de luz que lo hace consciente de su existencia y de la del resto de las cosas en una comunión inseparable. El sujeto es él mismo y a la vez es el chancho y la tierra, el caballo y las cucarachas, el abejorro y las madreselvas.


Esta inquietud abrigada por la filosofía oriental también fue descripta por otras letras plumíferas. Así, por ejemplo, el azulgrana escritor del Boedo contemporáneo y cultor del Zen Fabián Casas, en su compendio de cuentos barriales Los Lemmings, relata la experiencia de su amigo japonés Uzu, propalador del Boedismo-Zen con frases del estilo: “Antes de encontrar mi camino, yo era el camino”. O como narra el protagonista del cuento “Asterix, el encargado”, que experimenta una iluminación de papel de arroz: “No me dolían los golpes, no sentía el cuerpo. Yo era Asterix, era yo, era nadie. Y comprendí que en esa noche extraña bajo las estrellas de una barriada remota se me había otorgado el don de la invisibilidad. Y tuve satori”.

Otro exponente transmigrante de las letras fue el escritor cubano Severo Sarduy que, a propósito, se consideraba exiliado por la migración azarosa de una beca en Francia y un irse-quedando. Fuertemente influenciado por Octavio Paz, Sarduy aseveró su orientalismo con un viaje por la India y China. En sus ensayos, el satori aparece recurrentemente. Según el cubano, durante esa experiencia que puede darse en el sueño, el amor y la escritura, el yo es como una “alucinación persistente”. El satori se produce dentro de una circunscripción de lo indecible, “brusca agrimensura de lo no verbal".

Estas experiencias se vinculan a la del texto de Girondo. El autor allí accede una iluminación, a su manera, claro, cuando intenta evadirse del mecanismo de pensar, que tanto aburrimiento le produce. Busca trasladarse o transmigrarse a los objetos, animales, plantas y sujetos donde él no está. Y a partir de esa traslación puede existir en el lugar de los otros objetos, existir como un todo interior-exterior, como un ser-con heideggeriano que conlleva al éxtasis. Y lo que resalta el poeta es que lo más importante de esta experiencia es poder “encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia”. La iluminación ocurre cuando menos se la espera y justamente es ese no esperarla, esa imprevisión, lo que aumenta la sorpresa al experimentarla y lo que permite conocer el mundo con un margen más amplio.

El poema de Girondo, por otro lado, habla de la imposibilidad de “dejar de ser”, del peso de la existencia que no se puede abandonar del que habla Jean-Paul Sartre. Esta insoportable gravedad de la existencia está inscripta en Oblómov, un célebre personaje de la literatura rusa creado por Iván Goncharov, en pleno siglo XIX, de noblezas y burguesías europeas hastiadas. Oblómov rechaza toda forma de acontecimiento y busca escapar de todo movimiento, refugiándose en la soledad y en la apatía de su casa de campo. Pero ni así puede desasirse de su existencia, porque alejado de todo es cuando más siente el kilaje (o bien el tonelaje, o el gramaje) de su ser. El narrador del poema de Girondo, por su parte, escapa a la forma de pensar humana pero no para evitar la existencia como tal. Por el contrario, quiere existir en las formas de otras cosas; no rechaza el peso de la existencia, sino la existencia puramente humana. Y es posible que en estos literatos que buscaban algún tipo de iluminación, la experiencia de la escritura haya sido el cauce por el cual derramar en ósmosis su ser en la tinta o extender en transmigración su cuerpo cyborg en el teclado.

lunes, 19 de julio de 2010

Destino anzuelo

Hay tendida hacia el fondo de los seres,
un eje ultranervioso, honda plomada.
¡La hebra del destino!
César Vallejo, "Líneas" (en Los heraldos negros)

Dibujo de Federico Grüner

La tanza de la caña tiró hacia lo profundo del río negro y el pescador se sobresaltó, interrumpido su sueño por la violenta sacudida. Acababa de salir a la superficie de su conciencia luego de turbias imágenes que lo tenían como protagonista, sumergido en un mar amniótico, amnésico, y presa de un interrogante.

Tardó unos segundos en volver en sí y situarse en la aparente realidad nocturna de la Costanera Norte. En esa fracción de tiempo, miró hacia ambos costados la rambla desierta en perspectiva, para asegurarse de que ningún bromista se hubiera hecho pasar por pez. Justo cuando una nueva tensión del hilo, esta vez mucho más fuerte, lo levantó de la reposera y lo hizo caer sin reparos contra el piso. Sin terminar de reponerse ni de soltar la caña, volcado sobre las baldosas el pescador levantó la vista hacia el murallón que lo separaba del río. Así, en esa postura decúbito dorsal, observó cómo la línea salió escupida desde el agua invisible; y el anzuelo, como un frío y filoso signo de interrogación, cayó junto a sus ojos.

Agosto de 2001.-

martes, 13 de julio de 2010

Nomadismos internos

¿A dónde va un indio que no ensille, que no salte en pelos?
¿Al toldo vecino que dista cuadras? Irá a caballo.
¿Al arroyo, a la laguna, al jagüel, que están cerca
de su misma morada? Irá a caballo.
Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios ranqueles

¿Dónde van los ayacuchenses cuando salen de sus casas? ¿A la farmacia, a la panadería, a la San Miguel, a dar la vuelta del perro? No importa dónde, pero sí importa cómo. Porque donde se vaya, sea a una punta del pueblo o sea al kiosco de la esquina, se saca el auto en la mayoría de las ocasiones. Claro, siempre y cuando se cuente con coche o con chata. Porque si no, existe la bici. La movilidad motora sirve para pispear quién anda por los barcitos y saludar a algún transeúnte aventurado o hasta a quien no se conoce más que de vista, tal vez sólo de cruzarse una y otra vez en la calle. Además, no vaya a ser cosa de hacer de las anchas veredas una peatonal Florida cualquiera. ¡Nooo, zi…!

Cuando cae el sol, entre la merienda y la cena, los autos salen en manada; un rebaño que repite el ritual sin sacrificio del éxtasis móvil y motor. Y quizás ésta sea la característica más propiamente urbana del pueblo. Las horas pico de la vuelta del perro, en las que los habitantes pueblan las calles en busca de sociales casuales y efímeras, tornan al tráfico de las cuadras céntricas, donde se encuentran la mayoría de los bares, en un pulular de lento rodar de coches y embotellamientos de miradas y chismes.

Ese puñado de confiterías que hacen la escenografía de fondo del paseo tienen larga historia y sirven de posta transitoria para los pobladores, según las generaciones y los horarios. La Buen Gusto es la más antigua, en la esquina de Irigoyen y Sáenz Peña. En épocas de aguantar el mostrador marmolado con una buena caña, bajo los tubos de luz blanca y la atención de mozos de fábula, supo cobijar un entrepiso con billares para enpolvar tacos. Pero luego de permanecer cerrada durante la década menemista reabrió con una lavada de cara posmoderna. Su renovado espacio de luces amarillas y cálidas sirven para las previas bolicheras de la juventud, o para el copetín pre o post cena de quienes prefieren el sedentarismo.

Gulliver es la otra confitería clásica, generalmente para un público más maduro, aunque variable, en la esquina de Irigoyen y 25 de Mayo. Permanece abierto durante la casi totalidad del día, aunque sólo haya un parroquiano acodado y encara(ma)do sobre la barra, tejiendo un garabato de baba turbia sobre la madera, al lado de su quinto scotch vacío. Es también el bar del copetín mañanero de los muchachos, antes del almuerzo, momento de jolgorio machote en el cual muy difícilmente pueda verse una mujer atravesando la puerta vaivén.

Las mesas que están en la vereda de La Buen Gusto y de Gulliver sirven de tribuna y vidriera hacia la calle (el famoso voyeurismo exhibicionista). La vuelta del perro, como decíamos, actualmente se hace sobre cuatro o dos ruedas. Y es necesario mantener el perfil hacia los paseantes para no perder ningún detalle ni la posibilidad de regalarle un adiós al muchacho o la muchacha prefijada. La automovilización del levante permite ese acercamiento fugaz que, en el caso de que no sea recíproco, se convertirá en indigna retirada con un leve apoyo del pie en el acelerador. Pero si hay un mínimo gesto complaciente de respuesta del otro lado de la ventanilla (para el cual habrá que contar con una importante capacidad de atención), no queda otra que volver a dar otra vuelta. Y así.

Pero más allá del tanteo persona a persona desde los coches hacia el exterior, también existe un momento para estacionar y entremezclarse en un espacio que sea más o menos del palo y donde haya más o menos gente acompañando el momento. Para lo cual, los autos realizan un estudiado y minucioso peritaje bartolo para estacionar en el lugar más propicio. De esta manera, se puede arribar hasta la esquina reservada para los teen, los veinteañeros y los treintañeros que se le animan a la caravana (y hasta cuarentones [a propósito, ¿no es despectivo que a partir de los cuarenta el sufijo sea tones y no añeros?]). Históricamente conocido como La Vieja Esquina, en 25 de Mayo y San Martín, después llevó los nombres de La Jirafa, Huija y, actualmente, el más atemperado El Pueblito. Ya no es el barcito-boliche que supo ser, donde tocaban bandas y se armaba el cachengue rumbero hasta eso de las cinco o seis de la matina, hora en que era necesario aprontarse para el dancing propiamente dicho. Porque la noche queda más corta que patada de chancho, y muchas veces termina a la hora de poner el lechón en el asador.

El autobar-tour ayacuchense concluye en un boliche reservado para el pueblito cumbiero, sobre la calle Irigoyen, a mitad de cuadra entre 25 de Mayo y Sáenz Peña: es el ex Las Tinajas y actual restó Tiro Loco, que, según el mito, cada tanto regala sucesos de -precisamente- tiros, líos y cosa golda. Y, sobre todo, de autóctonos facones. La estética mexicana termina de darle un aire sonorense o chihuahueño al lugar. Las supuestas trifulcas a veces generan cierto recelo entre algún que otro vecino del bar, como pudo escucharse recientemente en la fila de un kiosco. Y las clausuras no se limitan al pub mexicano-ayacuchense, sino que las sufren todos los boliches por igual, sobre todo por hechos menores. Tal vez imaginando una improbable y prejuiciosa alegoría con un bar de Ciudad Juárez donde suenan narcocorridos, acusen a Tiro Loco de albergar a los transas del pueblo y aledaños; aunque en ese hipotético caso también terminarían haciendo la vista golda. Si total nos conocemos todos.