jueves, 29 de octubre de 2009

Ese hombre

Las báquicas de la Fiesta del Ternero en Ayacucho no se limitan únicamente al vino. Desde cerveza hasta caña, las bebidas alcohólicas se consumen tal vez más que la carne, sin límite de edad ni de horario. Es que la carne te deja más atorado que chimango en la pella, explican algunos entendidos en frases hechas.

A primera hora del día pueden verse los restos de la noche anterior: mugre, botellas vacías y rotas, personas durmiendo tendidas sobre las mesas de los puestos de la Solanet, al aire libre. A esa hora sembrada de cadáveres por el éxtasis nocturno, las familias comienzan a pasear por los fogones, en busca del almuerzo carnívoro, sea para llevar o para comer en la misma peña, escuchando algún payador, algún émulo de Horacio Guarany, o bien la música símil karaoke de Lucho y su Teclado.

Pero por la noche, la nafta alcohólica levanta los cuerpos de las mesas y la avenida principal vuelve a ser un desfile de hormigas sedientas, un carnaval de insectos sin reglas ni comparsas. El ciclo se repite y los jóvenes vuelven a marcar el territorio.

Tal vez fue por eso que una de esas noches madrugadas, en 2007, mientras bailaba al ritmo de alguna cumbia bajo el efecto de los efluvios etílicos, me llamó la atención un viejito que se balanceaba alegre entre la multitud adolescente. Casi a las cinco de la mañana, el contraste era evidentemente llamativo. Pero fue otra cosa lo que me dejó absorto y sin poder quitarle la mirada de encima. Su cara me sonaba, pelo blanco en los costados de la cabeza calva, ojos claros, de contextura gruesa y cerca de los ochenta años. Era Jorge Julio López. Aunque, en realidad, no podía ser él, claro. Intenté convencerme de que yo no estaba en mis cabales. Lo miré fijo durante un minuto más, hasta que la adrenalina me dejó completamente sobrio. Mis ojos no me engañaban. Era la imagen que había empezado a circular del testigo de la causa contra el represor Miguel Etchecolatz, que había vuelto a desaparecer hacía siete meses. Esta vez, parecía que definitivamente.

Como no confiaba de mi sola impresión, tomé del brazo a un amigo, el que estaba más cerca, y le compartí mi alarma. Lamenté que lo mirara y se quedara congelado como yo. Poco a poco, hicimos correr el rumor entre los conocidos que estaban por ahí. Había que ir a preguntarle algo. ¿Y si estaba perdido? ¿Y si le había agarrado algún tipo de amnesia y se había marchado a vagabundear por ahí?

Decidí hablarle. Me acerqué tan lenta y alevosamente, en el medio del baile humano, que antes de llegar a donde estaba, el viejo detuvo su danza entre las chicas, me miró de reojo y se le borró la sonrisa. Me sentía flotando como una cámara haciendo zoom hacia el misterio de un rostro. Intenté captar su último esbozo de alegría e imprimírselo a mi cara para caerle simpático. No sabía qué decirle.

-¿Todo bien?
-Sí.
-¿De dónde es?
-De acá, de Lobería.

También pudo haber sido Madariaga, Las Flores o Rauch, ya ni importa. El fervor nocturno me ayudó a contrarrestar la tensión. Pero no sabía cómo sacarle sus datos para saber quién era de la manera menos inquisidora. Algunos amigos me miraban de cerca expectantes. Yo seguía sonriente, alternando la mirada entre ellos y el viejo. Un gusto, me presenté, y le dije mi nombre. Igualmente, contestó sin más. No podía sacarle nada si no era explícitamente. Tuve que sostener mi cara de empleado de Mc Donalds para la pregunta de rigor, cómo era su nombre, que brotó arrebatado como el gorjeo de una canilla:

-Asdrúbal.

Respiré aliviado y hasta dejé de verlo parecido al identikit, aunque más por querer convencerme de que el tipo no era quien yo pensaba. Por último le pregunté si andaba solo y me dijo que sí, que venía siempre a la fiesta. El diálogo ya había quedado trunco. El viejo estaría pensando que me lo quería levantar. Antes de poder despedirlo y volver a mi estado anterior, me tironearon del brazo.

-Che, lo acaban de atropellar al Cuchu. Se le partió la dentadura.

En el revuelo de los amigos que fueron a ver qué había pasado y cómo estaba el Cuchu, me quedé mirando a ese hombre. Ya no sonreía ni bailaba. Estaba parado solo, recibiendo las primeras luces del día con sus ojos húmedos y atardecidos.

viernes, 23 de octubre de 2009

Sueño tontolón de una noche de primavera

–Lo nuestro es imposible.

La afirmación de Rocío pareció concluyente e implacable. Enrique estaba desesperado y, ahora que lo necesitaba, no podía agregar nada que le permitiera aliviar la situación. Sintió que lo único que los unía era el banco de madera en el que estaban sentados, frente a la bifurcación de uno de los senderos de piedras naranjas que atravesaban el parque.

–Pero si ni siquiera nos conocemos– replicó Enrique luego de un gran espacio de silencio, decorado con un coro de gorriones primaverales dignos de una mercería.
–Lo nuestro es imposible– repitió Rocío, y en ese momento Enrique creyó que ella se levantaría: su mirada ensombrecida y sus brazos cruzados le dieron la certeza de que ella no aguantaba más ese denso ir y venir de súplicas y accesos denegados.
–Entonces– dijo Enrique como rasqueteando sus últimos restos de esperanza con una espátula–, tratemos de hacerlo posible.

Rocío lo miró por primera vez con una sonrisa burlona y Enrique creyó haber dado un paso gigante en la búsqueda de su amor, pero una voz destruyó ese instante como la realidad con un sueño.

–Queda usted detenido.

El policía estaba detrás de él y parecía haber escuchado el diálogo atentamente.

–P... Pero, ¿qué pasa oficial? ¿Por qué?– inquirió desencajado Enrique, mientras Rocío tomaba la cartera que tenía a un costado y se la colgaba del hombro.
–Si la señorita dijo que era imposible– informó el agente–, es imposible, ¿entendió? Es realmente sospechoso que quiera intentar hacer posible algo que no lo es.

El policía lo tomó de las muñecas y le puso las esposas violentamente. Enrique no comprendía aún cuál era la causa de su detención, pero ése era un tema secundario frente a lo que podría suceder con Rocío. Mientras era empujado por el oficial a través del sendero alcanzó a ver por sobre su hombro a la mujer que lo miraba con lástima sobradora.

–¡Vamos, suba!– gritó el policía que, una vez que Enrique pudo observarlo con mayor atención, tenía una apariencia de muchacho recién salido de la secundaria. Junto al cordón de la vereda había un camión celular al servicio de la comunidad estacionado. Un segundo agente abrió la puerta trasera y Enrique, resignado y sin ganas de encontrar explicaciones, se introdujo en la oscuridad del calabozo móvil. Sentía una profunda angustia que se le mezclaba con la tierra que había tragado a causa de los tropezones a lo largo del penoso arreo hacia el camión policial. Pero sumergido en la negrura, no era el abrupto cambio de un día soleado a una noche artificial lo que lo entristecía, ni mucho menos el arresto sin motivo alguno. Es más, ni siquiera registraba estos hechos como parte de su vida inmediata (una gota de rocío brilló en su mejilla).

–¡Chist! ¡El nuevo! ¿Quién sos?

Enrique todavía no había acostumbrado la vista a la penumbra aunque ya podía distinguir un pequeño cuadrado abarrotado que escurría la luz exterior.

–¿No oís? ¡¿Quién sos?!

Giró su cabeza hacia un punto en el cual supuso que se encontraba el origen de esa voz y preguntó:

–¿Quién, yo?

Y como si su pregunta hubiera sido una tijera que corta una cuerda, se soltó una andanada de risas. Enrique se estremeció: ese lugar que en un principio creyó vacío estaba repleto de voces desconocidas. La que había hablado antes volvió a la carga:

–No, yo– y de nuevo las carcajadas–. Sí, gilastrún. Vos.

Se hizo un breve silencio luego del cual Enrique se animó a contestar.

–No lo sé– dijo y respiró profundamente, mientras se asomaba a la ventanita tomando los barrotes y oía el motor arrancar.

***

En la celda de la comisaría los barrotes eran aún más y las primeras horas que Enrique pasó allí las consumió quitándoles el óxido descascarado con las uñas hasta sangrar. Las voces, al igual que en el camión celular, se refugiaron en lo más negro del húmedo calabozo, pero con un ánimo completamente diferente al que habían demostrado la primera vez.

–Es medio raro, ¿viste?
–Sí, y encima esa miradita me asusta un poco.

La voz que desde el principio había tomado las riendas volvió a dirigirse a Enrique, esta vez más suavemente.

–¿Por qué estás acá adentro?

Enrique, que estaba sentado en el rincón más cercano a la luminosidad, giró y fulminó con sus ojos a la voz en la oscuridad como un flash fotográfico.

–¿Hay alguna manera de escapar?– preguntó haciendo caso omiso al requerimiento de la voz. Una que todavía no se había animado a intervenir, quebró tímidamente el silencio que se había generado.
–Señor... Eso es imposible.

Enrique se levantó furioso y buscó el cuello de alguna de las estúpidas voces con sus feroces garras, en medio de gritos enloquecidos que contrastaron con la supuesta tranquilidad de la comisaría. Pero antes de que pudiera presionar algún pescuezo carnoso lo sorprendieron varios brazos que le envolvieron el cuerpo como si fueran serpientes, colándose por debajo de su camisa y tensando sus extremidades, lo que lo hizo caer inmovilizado al suelo de cemento.

El tiempo de inconsciencia se esfumó como agua por una rejilla y Enrique, de repente, se encontró en una habitación muy fría y con un velador apuntando directamente a sus ojos. Las voces que escuchaba ahora no podían ser sino de policías interrogando.

–¿Sabía que contradecir a alguien que informa sobre la imposibilidad de algo puede condenarlo a que la cárcel sea su tumba?
–Imposible...– dijo Enrique con voz ronca y una sonrisa resignada, e inmediatamente comenzó a sentir varios golpes en su cuerpo.

Durante la golpiza, esta vez estuvo conciente, aunque los palazos y las patadas que recibió no le dolieron sino hasta que lo arrojaron nuevamente en su celda.

En la oscuridad no distinguió ni los ecos de las voces que lo habían acompañado en su primera estadía. Toda luz que pudiera colarse en la penumbra no podía llegar a sus ojos, totalmente cubiertos por la hinchazón de sus párpados. Hablaba, o bien, quería hablar; se sentía tremendamente solo sin voces a su alrededor. Entonces, reptó conteniendo quejidos de dolor y buscó alguna señal de aquella compañía invisible. Se detuvo en un húmedo montículo de tierra que le dio a entender la cercanía de un túnel, y una vez que lo localizó, se sumergió en él.

***

Cuando despertó quiso continuar durmiendo. Pero su dolor y cansancio podían esperar a saber primero la situación geográfica del cuerpo en el que se alojaban. Enrique estaba boca abajo y tuvo que hacer un gran esfuerzo para voltearse y quedar frente al cielo, que presentaba un grisáceo atardecer.

Intentó abrir más sus ojos pero fue una tarea vana y dolorosa. A pesar de esto, percibía una particular brisa de libertad sobre su cara y sonrió complacido, olvidando su materia por un instante.

–Oiga, ¿le pasa algo?– escuchó de repente a su lado, a la vez que distinguía la silueta de un hombre recortando el cielo entristecido.

Enrique se alarmó pero enseguida pensó que esa persona quizás lo ayudaría.

–Quisiera saber si estoy en libertad.
–Pues claro, hombre– contestó efusivo el desconocido–. Acá nos rodea el Parque Central.

Enrique se incorporó de un salto torpe y buscó con sus ojos, entre la pequeña abertura que dejaban sus párpados amoratados, un objetivo al que pareció dedicarse por completo. Allí estaba sentada Rocío, en el mismo banco de madera, extraviada en pensamientos. Enrique se dirigió hacia allí y se sentó a su lado, sin dejar de mirarla entre sangre seca y lagañas. Rocío lo miró impresionada y antes de que pudiera decir algo, él se adelantó.

–No importa que lo nuestro sea imposible, eso lo discutimos otro día. Rocío cambió su expresión compasiva por una más acostumbrada al disgusto.
–¿Y hay algo que importe, entonces?– preguntó.
–Que lo imposible siga siendo nuestro– dijo Enrique, mientras veía cómo se alejaba maldiciendo entre los arbustos el mismo policía que lo había detenido y escuchaba un coro de voces aplaudiendo.


LMB Noviembre de 2001.–

martes, 13 de octubre de 2009

Las palabras y las cosas

Corría el año 1990 y junto a mis compañeros/as de cuarto grado del primario se nos planteó una duda existencial. Qué quería decir eso que sonaba en todos lados y nosotros cantábamos en el arenero y en el aula sin distinguir diferencias de ámbito: Entregá el marrón. Junto con Vení, Raquel, era uno de los temas del primer disco de Los Auténticos Decadentes que más repercutían los oídos de los habitantes de las tierras menemistas. Como suele ocurrir en esas situaciones, uno se pone a tararear y a cantar puras palabras, sin saber con certeza su significado. Hasta que hay un clic de lucidez que nos hace preguntarnos el sentido de lo que estamos repitiendo como autómatas.

En ese contexto escolar, no tuvimos mejor idea que preguntarle a nuestra maestra Claudia qué significaba entregar el marrón. Con la mejor cara de póker de sietes, con una cintura para eludir el adoquinazo que no pudimos advertir en ese momento, la seño nos dijo que -creía- el marrón se refería al billete de cien australes. Recuerdo que se me vino la imagen de la figura rojo comunista (o mejor, rojo punzó) del Sarmiento alfonsinista, y me costó asociar el color del billete con el color al que aludía la canción. Hubo un ruido general en nuestras mentes, algo que no nos dejó conformes con la explicación, pero le creímos a la autoridad institucional que todo lo sabe.

Años después, el destape cultural de la chabacanería se hizo moneda corriente: hoy un niño de nueve le pasa el trapo a cualquier veinteañero. Y por esas cuestiones que el Michel Torino Foucault nos fue enseñando en la vida alcohadémica, mixturadas con los recuerdos sedimentados de la infancia, no puedo dejar de asociar al Dominguín Sarmiento con su tremenda cara de ojete.

lunes, 5 de octubre de 2009

Matar a una calandria

Entre sueños, una arpía -cabeza de mujer con cuerpo de ave- canta a los gritos despellejados hasta que despierto. Una vez más. Para no volver a dormir. Por un momento, temo al recuerdo escurrido del personaje monstruoso protagonista del semi-sueño. Hasta me tomo el trabajo de abrir la ventana para cerciorarme de que la pajarraca mítica no esté ahí, colgando de una rama con sus dientes feroces y sus ojos sanguinolientos. Pero sólo veo un simple pájaro. Este es un caso para Freud, pienso sumido en las sombras más densas de la madrugada. Después decido tomar las armas.

El insomnio primaveral me dicta una consigna: matar a una calandria. O a varias. Igual, siempre se trata de una. Dicen por ahí que es un ave que se destaca por imitar el canto de cualquier otro pájaro, e incluso el silbido del hombre; y que tiene un prestigio legendario por tratarse de un familiar directo del cenzontle o sinsonte, ave sagrada de los mayas que tantos reconocidos poemas puebla. Y también cuenta con una defensa políticamente correcta desde la literatura, en la novela Matar a un risueñor, de Harper Lee. Allí, el título funciona como metáfora de lo que sería un acto cobarde por la supuesta inocencia del ruiseñor, ave muy similar en cuanto a las características cantarinas de la calandria.

El tema es que cuando este bicho arranca con su parloteo ininterrumpido a las 2 de la mañana, cuando no cantan ni las lechuzas que no habitan Buenos Aires, y los grillos susurran su anonimato, el insomne comienza su día. Primero hay una brevísima esperanza de que el monólogo silbado se apague. Luego, uno puede contarle rosarios al agnostiscismo para que la madre natura haga de las suyas, y se presente en la escena nocturna algún animalejo de la cadena alimenticia que pueda engullírsela de sopetón. Sea murciélago, elefante o dragón. Más tarde, mientras la mentada continúa cantándole a nadie y despertando hasta los gallos, se activa el instinto asesino. Ya no hay Greenpeace ni Vida Silvestre que pueda interponerse.

martes, 29 de septiembre de 2009

Una flor del mal

A falta de inspiración, un poema de un auténtico flâneur mixto: Charles Baudelaire. La primavera está fresca y se hace necesario enjugarse de mosto los labios para que, como un rouge natural, impregne su color violáceo en nuestras carnes y nos dé el calor interior necesario para florecer. Como dijo el Polaco Goyeneche en una publicidad de Resero blanco sanjuanino de la década del ochenta, inhallable en Youtube: "Hay que cantar de nuevo al vino".



CVII

EL VINO DEL SOLITARIO


La mirada distinta de una dama galante
que nos llega flotando como el blanco fulgor
que la luna ondulante manda al trémulo lago
si en él quiere bañar su indolente belleza,

las postreras monedas que posee el jugador,
la lujuria de un beso de la flaca Adeline,
el sonar de una música que acaricia y que aquieta
como el grito lejano del dolor de los hombres,

nada de eso es mejor, oh profunda botella,
que los bálsamos fuertes que tu panza fecunda
guarda al pecho sediento del poeta piadoso.

Tú le escancias la vida, juventud y esperanza...
y el orgullo, tesoro para toda pobreza
que nos hace triunfantes, parecidos a dioses.


Charles Baudelaire, Las Flores del Mal

jueves, 10 de septiembre de 2009

Perla negra

Hay temáticas que abundan en las letras de la música universal. Pero en esta ocasión, con la excusa de reflotar a un músico de la hostia olvidado, nos vamos a abocar a la de la piratería, tan en boga por estas épocas pretendidamente posmodernas y líquidas; porque para piratearla hay que bogar por superficies líquidas. De manual.

Es sabido que la apoteosis de los abordajes marinos encotró como principal víctima al reino español. Curiosamente, tres temas dedicados a estos personajes tan estereotipados con parche, pata de palo, garfio y loro al hombro, fueron creados por cantautores de la península ibérica. Dos de ellos son de los archiconocidos Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.

"Una de piratas" (En tránsito, 1981), del catalán, es una canción que rescata al personaje con una descripción picaresca y nostálgica; mientras que "La del pirata cojo" (Física y química, 1992), del madrileño, es un rock pretendidamente duro, de aparente chico malo, que ensalza las virtudes del pirata-macho-que-se-la-banca.

Mezo retratado por Hilda Lizarazu


Pero existe una versión sublime, de otro músico al que actualmente se lo etiqueta "de culto", como tantos otros incomprendidos de su época. Hablamos del vasco Mezo Bigarrena, rockero bohemio que hizo de su vida itinerante una historia punk triste, con matices de mito trágico. Un viaje de vida sin vuelta, con inicio en Euskadi en 1951 y final en la Argentina, donde vivió sus últimos ocho años hasta colgarse de un árbol de los bosques de Palermo, en 1993. Conocido por las versiones que Baglietto hiciera de temas suyos, como "Una rosa fantasma", "Adoquines en tu cielo, Rosario" y "En este barrio" (también grabada por Santiago Feliú), Bigarrena no salió del estrellato under, de la constelación astral de subsuelo, aun habiendo publicado dos elepés en dos sellos discográficos, en su etapa argentina. Hoy sus discos son inconseguibles -salvo en Internet- y no sería raro que en un futuro se reediten. En sus temas se mezclaron con mucho tino ritmos y estilos de los distintos lugares donde le tocó en suerte vivir, como Brasil (donde colaboró con Chico Buarque en su disco en español) y Uruguay (donde conoció a los hermanos Fattoruso, a Rada y, en una de esas, a Eduardo Mateo), coronados con mucha ironía, humor y sarcasmo en sus letras. Letras que en muchos casos hacen recordar a las de Sabina, aunque profundamente más poéticas. De hecho Bigarrena decía de Sabina, al que conoció en Inglaterra, que le afanaba las canciones, pero que él le afanaba las minas. Y hasta se dice que Mezo le dedicó el tema "Yuppies" (Te acuerdas cuando cantabas Guajira Guantanamera / y que a veces jurabas ir a morir por cualquiera). Para explorar mejor las andanzas de este músico es recomendable leer la crónica sobre su vida escrita por Ina Godoy y publicada en Radar en 2003.

El tema del que hablábamos es "Viaje de vida", del disco homónimo de 1990. Allí detalla, en lo que también parece ser una especie de autobiografía romántica, la ética solid(t)aria y guerrera del pirata como faro guía en el viaje de vida. Y más allá del excelente arreglo disonante de la segunda estrofa, el clímax del tema, como casi siempre, llega al final. Lo que se perfilaba como un candombe en la marca rítmica desde el inicio de la canción se hace explícito con la aparición sonora de una cuerda de tambores y una estrofa cantada en... ¡euskera! La world music, un poroto mustio. A subir el volumen y escuchar esta perlita negra.

lunes, 31 de agosto de 2009

The rain song




Para escuchar, tautológicamente, con lluvia de fondo y los ojos entreabiertos, dejando apenas una celosía entre pestañas a la luz grisácea del día; para después levantarse con la explosión orquestal que llega hacia el final de la canción. Una delicia el contrapunto entre piano y cuerdas de esa parte del tema. Del disco "Houses of the holy", de 1973, glorioso año que también vio nacer a "Dark side of the moon", "Secos e Molhados 1" y "Artaud", entre otros.

miércoles, 19 de agosto de 2009

El sábado a la noche resuelto


El itinerario empieza en la Sheel, donde llenamos el tanque del fierro. De ahí cruzamos la avenida Balloffet a luquearnos en la pelu de Walter: unos claritos y un desmechado. Y de ahí, ya tuneados, tan sólo caminamos unos pasos y vamos a levantarnos unas guamis al boliche Jake.

Todo en una cuadra. Sólo en San Rafael. Es hora de que nuestros gobernantes diseñen ciudades inteligentes que nos permitan tener un combo en el menor espacio posible. Y que exista cartelería solidaria a nuestro servicio, sugiriendo posibles trayectos, automatizando un poco los recorridos, qué tanto pensar para patear por la ciudad. San Rafael debe ser nuestra ciudad modelo: "Juegos Olímpicos de San Rafael 2020", ¡ya mismo! Todos los sábados a la noche iguales. Nafta, look y dancing. Por cincuenta centavos más hubiera agrandado mi combo poniendo un telúrico en frente de lo de Jake, porque yo soy así de efectivo, viste, pero bué.

martes, 11 de agosto de 2009

Guión de historieta porno-escatológica para niños machistas

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Cuadros 1 a 3
Pedro dirige la construcción de un edificio.

Cuadro 4
El edificio explota.
Pedro: Hay una explocion

Cuadro 5
Obrero (huyendo del edificio en llamas): Socorro
Pedro (apuntando al obrero con una ametralladora): No ragen carajo

Cuadros 6 a 10
La explosión se sucede y hace volar a Pedro por los aires, hasta que logra estabilizarse y mira contento una puerta y una ventana que no se destruyeron.

Cuadro 11
Pedro (contento pero sin interlocutor aparente): Te voy a volar la dentadura

Cuadros 12 a 15
Pedro intenta decir algo pero la censura no lo deja.

Cuadro 16
Pedro (observando expectante el esqueleto del edificio): ¡Puta! No se ase el edificio

Cuadro 17
Pedro (con un beso de difícil hechura y sin destinatario aparente): Chuik

Cuadro 18
Pedro (bipolar): Puta me pongo furioso

Cuadro 19
La pupila de Pedro refleja el edificio terminado.

Cuadro 20
Pedro: Al fin se hiso el inodoro

Cuadro 21
Pedro: ¡Puta! Me equivoque al fin se hiso el edificio (FIN, pero...)

Cuadro 22
Pedro se encuentra en una tapa de (Sex) Humor junto a una matrona de generosas proporciones y, extasiado, se imagina siendo amamantado por la susodicha.

Cuadros 23-24
Continuará...

Cuadros 25-26
Pedro (viéndose interrumpido por un pedo): Puta me qui-PRRRRRR

Cuadro 27
Pedro: Hmmm que rico lolor a caca

Cuadro 28
Pedro (bipolar): La re puta madre que lo re pario

Cuadro 29
Pedro: Cuando consigo novia puta

Cuadros 30-31
Pedro (¿desenvainando?): Me quedo desnudo asi cuando pasa una mujer me da (...) uunn un un beso en el pito

Cuadro 32
Pedro (exigente pero sin interlocutor aparente): Dame un beso en la boca

Cuadro 33
Pedro (encontrándose con una mujer desnuda): Uyy

Cuadros 34-35
Pedro: Que linda teta (...) (Pensando) Y que linda mujer

Cuadros 36 a 43
Novia de Pedro (compungida): Hola Pedro por que te fuiste
Pedro (como eludiendo el meollo): Nada mi amor. Haaa. Estoy contagiado. (Eructa) Breep. Uno... dos... y... tres

Cuadro 44
Un fuerte viento arremolina a Pedro

Cuadros 45 a 49
Pedro (recomponiéndose): Puta que viento. Haa me olvide del pedo. (Se tira un pedo) PRRRR. Van dos... pedos (FIN).


Buenos Aires, 1987



lunes, 27 de julio de 2009

La fuente del elixir


Ante tremebundo panorama viñatero, cualquier persona puede encontrarse con una revelación semejante a la que produce la lectura del "¿De dónde venimos?". O dios no existe, o anda necesitando dadores a troche y moche. En todo caso, Dionisos es un alto vampiro, y el señor una joven pálida y gótica con el cuello cubierto de chupones color uva.
¡Un brindis por Pierrot y el suelo mendocino!
¡Saluc!

jueves, 16 de julio de 2009

Dónde va la gente cuando hay un magnicidio

Ya que hablamos recientemente de magnicidios, un adelanto más del Mazo de Cartas que se avecina, con sus casi 300 capítulos-mails-corresponsalías bélicas desde Beto, un pedazo de tierra emancipado y prófugo.

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De: lucrecolmenares@mail.com.bt
A: ireneofagundez@mail.com.bt
Fecha: Miércoles, Julio 28, 2004 22:53
Asunto: Dónde va la gente cuando hay un magnicidio

A ver, necesito frenar la caminata un rato porque esto me está excediendo. A ver si ordenamos esta cosa. Hay dos candidatos. Bien, perfecto. Uno, dos. Con la izquierda la cuenta es la misma. Ahora, a uno se lo tragó la tierra, a mí me lo dijeron así y flasheé que Beto vino y se lo tragó, pero Toby me habló de un dominico que le lavó el bocho a unos canas y se cargaron al mismísimo presidente. Dos menos uno, uno. Queda uno que va a ser el mesías. Pero esto es un magnicidio y no veo que se refleje así... Digo, en las caras de la ciudad... Digo, la magnitud de esto, ¿no? Podría dejar la caminata y dedicarme a la bohemia. De hecho no sé muy bien a dónde garchas estoy yendo, no sé si donde Beto, no sé si donde la minusa del Jaso, no sé si a dibujar mapas de sociedades de fomento con canchas de papi al fondo... Pero qué estoy pensando. Tengo un quilombete en el marote... ¿Quién carajos anduvo tocando por acá? ¿Quién me desacomodó las fichas del Estanciero? ¿Quién me desafinó las cuerdas de la mandolina? Mmmmh, acá hay vasco encerrado. Esto es muy extraño. Ah, ahora recuerdo que me crucé por la calle al tontoide de Galarraga, me miró apenas y después le dio un cabezazo de lleno a un poste, no sé si por un ajuste de cuentas o algún poblema de polleras. Yo, personalmente, no confiaría en un poste. Además, este era mucho más esbelto que él, más como... metrosexual. Creí ver que me reconocía, pero le puse tal cara de culo que se cagó (Galarraga, no mi cara (¿por qué me aclaro esto?)). Y ahora me parece recordar que no estoy yendo a ningún lugar en especial... Pero... ¿Estoy huyendo? ¿De qué/dónde/quién/cuándo? ¿Estoy huyendo de tí, como en las canciones románticas? ¿Estoy huyendo del pueblo enardecido, como en las realidades? ¿Estoy huyendo de mí, como...

¿Perdón?

viernes, 10 de julio de 2009

Visualizaciones de perfil

(Hacer click en la imagen para ampliar)
Como en un Egipto antiguo, sin Lombrosios, la búsqueda del perfil se impone sintético a la del plano frontal. Aunque un Dos Caras asimétrico pudiera escabullirse al registro, el perfil se jacta de resumir en un escorzo fragmentario una totalidad brumosa y abrumante.
Julio 2001

jueves, 2 de julio de 2009

Lo que viene, lo que viene...

Este año lo arranqué leyendo La peste, de Camus, y "La máscara de la Muerte Roja", de Poe. El que viene lo tenía reservado para El libro de los zombies, pero por las dudas me voy a volcar hacia la literatura infantil.

2006: granizo con gigantismo.

2007: nieve porteña y patriótica.

2008: humareda agrícolo-ganadera.

2009: pestes varias.

2010: ...

2011: ...

2012: apocalypto, la profecía maya sobre el fin del ciclo cósmico se hace carne, es decir, ¡telecataplum!

Comienzan las apuestas. Para mí, en 2010 va a haber lluvia de langostas y/o la selección argentina no va a jugar el mundial. Y en 2011, Macri presidente y/o invasión marciana (¿macriana?).

lunes, 29 de junio de 2009

Fiesta cív(n)ica

En la atmósfera abstemia y hospitalaria de las escuelas, la curda de alcohol en gel fue furor entre los invitados a la fiesta. La borrachera gelatinosa acercó a los cuerpos votantes al baile de barbijos, a falta de antifaces, que se desató como una danza de la muerte aséptica (la máscara de la muerte amarilla). Y en el beso final, las lenguas encontraron un obstáculo insalvable, que resolvieron con un apéndice, con una extensión artificial del cuerpo: una almohadilla húmeda. El nuevo cyborg así prefigurado se apresta a vivir regido por la derecha paranoica y espectacularizada (la más peligrosa) que se avecina.

El principio inmunitario de la modernidad avanza. La comunidad apestada se extingue.

sábado, 20 de junio de 2009

Marche un magnicidio

Ver a Nicolae Ceausescu o a Saddam Hussein rehuyendo a la muerte con la ropa desaliñada y la barba crecida, días después de haber manejado los hilos de sus respectivos países con una firmeza digna de la parca, genera un morboso extrañamiento. El poder político inviste a personas pero puede dejarlas de un día para el otro, como una novia arrepentida de los galones ofrendados. Fueron ejecuciones captadas por cámaras y televisadas que se produjeron poco tiempo después de que esas figuras políticas fueran derrocadas de un plumazo; y su espectacularización tuvo el plus de mostrar los rostros grisamarillos y desencajados de esos personajes desinflados de poder.

Estas condenas a muerte, legales en el marco de una justicia ficcional instituida temporalmente por un grupo de poder recién llegado, también deberían considerarse magnicidios (y hasta el "hetero-magni-suicidio" de Slobodan Milosevic en su prisión de La Haya). Así como la pena de muerte contra un "delincuente común" es un asesinato (en la escala valorativa del lenguaje que solemos utilizar, ¿sería un nanocidio?).

Los magnicidios, desde el siglo XX, se consuman ya por una estrategia imperialista, una intriga cuartelera o una revuelta popular, circunstancia ésta que sucedió las menos de las veces. Y los escenarios suelen ser esos estados que muchos liberales optimistas ven rielados en las vías del desarrollo, pero en realidad divagan como locomotora en la arena. El caso tercermundista más cercano tal vez sea el linchamiento del presidente boliviano Gualberto Villarroel en 1946, quien fue quemado y colgado de un farol de la Plaza Murillo de La Paz. Aunque claro, tenemos también los casos de JFK en los Estados Unidos o Aldo Moro en Italia. Pero por más relevante que sea el asesinato político, no necesariamente va a implicar en sí mismo una transformación sociopolítica drástica, si no es acompañado por un movimiento popular que aspire a revolucionar las estructuras, para decirlo de manual.

Si adoptamos la postura del periodismo deportivo, que de todo hace una estadística, nos encontramos con que el continente africano es el más propenso a los atentados presidenciales; o para decirlo con una metáfora parca, el que más condena a sus mandatarios a aparcar la vida de espaldas a un muro. Lo cierto es que en los últimos sesenta años, "África registró un tercio de los magnicidios", según un cable de la Agencia EFE. En ese período, cuarenta y siete dirigentes fueron asesinados, diecisiete de ellos en el continente cuna del homo sapiens.

En general, y para los demócratas (liberales optimistas) que ven en África sistemas políticos jóvenes que aspiran a encauzar sus democracias, esta inestabilidad en el continente persistirá sin la ayuda crediticia de occidente que permita actualizar el coloniaje. Pero no tienen en cuenta que el problema de fondo es anterior a la constitución de los sistemas políticos. Los países centrales fueron pésimos planificadores de fronteras; o tal vez las hayan trazado de modo tal que el conflicto sea eterno. Los límites políticos africanos -armados para afianzar el control central: dividir y reinar- fueron tan caprichosamente guiados por conveniencias económicas con respecto a los pueblos o naciones que habitaban sus territorios, como lo fueron en América con respecto a los pueblos indígenas, en Medio Oriente con respecto a los palestinos o en tantos otros lugares. Como afirmara Rodolfo Walsh en su excelente nota "La revolución palestina", los países colonizadores se retiraron de las colonias independizadas dejando "la semilla de un conflicto inagotable".

Tal vez los magnicidios en continente africano más recordados sean el del presidente egipcio El Sadat en 1981; el del presidente liberiano Samuel K. Doe en 1990, cuya guerra civil desatada fue documentada por Arturo Belano, en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño; el "dos pájaros de un tiro" de los presidentes de Ruanda y Burundi en 1994, cuando el avión en el que viajaban fue derribado por un misil, lo que dio inicio al genocidio tutsi por parte de lo hutus; y el del presidente de la República Democrática del Congo, Laurent Kabila (aquel líder guerrillero cuya indecisión en los sesenta llevara a la desesperación del Che Guevara y su posterior huída de esa extraña campaña por el África), en 2001. El último fue João Bernardo Vieira, de Guinea Bissau, en marzo de 2009, por componendas con el jefe militar que había sido asesinado un día antes.

Así, África es noticia por su inestabilidad política y sirve de referencia para algunos analistas advenedizos que pretenden asustar a los votantes en tiempos de elecciones diciendo que África es "nuestro destino". O bien sale en un especial del suplemento Ñ que muestra esa cara "ignorada" del continente (en cuyo ocultamiento colaboran los propios medios por omisión) de manera folclorizante. Pero detrás de esa fachada que construye occidente, los tambores no sólo suenan para "clamar ayuda a los países centrales", sino que, ejecutados por actores políticos (el pueblo, otra vez de manual), muchos percuten en la lonja versiones superadoras de nuestro "Hay que matar al presidente".

sábado, 6 de junio de 2009

Ayacucho, tierra de muertos

Una típica ruta tendida sobre la pampa, la 29, a falta de vías en buen estado, es la única forma de llegar a Ayacucho. Uno de los partidos más grandes de la provincia de Buenos Aires, y de los menos densos, preanuncia la entrada a sus pequeños y escasos pueblos con los carteles arrancados de las que fueron sus estaciones de tren. Al costado del asfalto surgen perpendiculares los caminos que se internan en la inmensa pampa con la señalética ferroviaria: Udaquiola, Langueyú, Solanet, y el tren-micro los deja atrás como falsas estaciones olvidadas. Luego, la rotonda con Ayacucho en grandes letras blancas, cuyo nombre, al borde de lo que fue el límite mapuche, homenajea a la batalla en una lejana ciudad peruana con nombre quechua: tierra de muertos. El último bastión realista de Sudamérica. Los nombres son referencias de referencias, metáforas casi infinitas que en la perspectiva nietzscheana nos hacen olvidar el origen, la matriz significativa. Pero la toponimia nos regala estas paradojas.

Los 15 mil habitantes del pueblo sólo pueden salir de ahí con la chata o con el monopolio que ostenta la empresa de ómnibus Río Paraná. La estación de tren de Ayacucho está museificada para la foto, con su tanque de agua centenario coronándola. Desde 1998, y después de veinte años, los trenes habían vuelto a balancearse dificultosamente por los rieles. Pero el idilio volvió a sumergirse hace tres años en el sueño de los durmientes, ausentes de las vías.



Partusa carnal

La sede de la Fiesta Nacional del Ternero y Día de la Yerra, tiene como fundador a un tal Zoilo Miguens, bien gauchazo, paizanazo, bah, hazendado, noooo zi (casi un personaje de ficción que cualquier relación que tenga con el de la Rural, el real, es pura e irónica coincidencia). Es de suponer que la mayoría de los ayacuchenses está con el "campo", porque allí se está en el "campo". Pero aun así las internas relucen, como en la edición '08 de la Fiesta, en la que los ruralistas hicieron un boicot a la celebración con consignas como "Nada que festejar". Hacendados que se apropian -como sus antepasados de las tierras- de frases simbólicas que los pueblos originarios levantaron contra el ensalzamiento de los 12 de octubre.

En la edición '09 De Ángeli desfila junto a las aspirantes a princesas y reina del ternero, saludando con la técnica mimética "franela sobre vidrio imaginario". A su lado en el palco, el abonado a fiestas y cárteles De Narváez. Una fiesta "politizada", podrían decir (pero claro, en este caso no) los medios. Globos negros luctuosos flotan sobre el pueblo el día del desfile: este cronista se pregunta si muchos terneros habrán sido sacrificados para alimentar a los paseantes y a una tierra ávida de muertos. Pero en los fogones y en las peñas el tufillo de una politización anti se confunde con el aroma a asado y las respuestas quedan clarificadas.


Las aspirantes a reina han decrecido en número, aunque no en calidad (casi como la carne de los fogones). Lo que antes podía ser un símbolo de prestigio o belleza pasó de moda entre la muchachada. Los jóvenes se alejan del pueblo una vez terminada la secundaria, muchos para no volver más que para alguna visita navideña.

El comentario por sobre la información

El único diario ayacuchense es La Verdad, una muestra viva del periodismo gráfico de la primera mitad de siglo XX. Su amplia sección de Sociedad es imperdible. Entre otras perlitas, se puede destacar un aviso publicado en octubre pasado: "Busco compañera de viaje para tour por Brasil. Gastos pagos. o2293..." Un aplauso para el/la solicitante.

Pero la información en el pueblo está centralizada por el ámbito familiar, y se concentra en los almuerzos y cenas. Las comidas son el momento de encuentro a partir del cual los ayacuchenses se cuentan rumores, chimentos, novedades y noticias ajenas. Casorios, engaños, nacimientos, muertes, accidentes y golpes de suerte se exponen sobre la mesa como secretos ajenos dignos de compartirse.

El habla ayacuchense urbano, o bien pueblerino, tiene, además de palabras muy propias (nativas, si nos pusiéramos en un rol estrictamente antropológico a lo Malinowski), una particular tonada con acento agudo en la última sílaba; la cual armónicamente sería una 4ta. con respecto a la anteúltima (la tónica), con lo que le imprime a la frase un tono interrogativo. Qué gauchito [lindo, copado, copante]. Qué linda canopla [cartuchera]. Alcanzame el cintex [cinta adhesiva]. La oralidad ayacuchense es digna de un pentagrama. Más si se tiene en cuenta la escuela de música que el pueblo alberga, de la que han salido excelentes exponentes.


Ayacucho y sus fronteras

"Yo llevé un moro de número, / sobresaliente el matucho, / con él gané en Ayacucho / más plata que agua bendita, / siempre el gaucho necesita / un pingo pa' fiarle un pucho".

Ayacucho tiene el alias "Ciudad de las Rosas", por su plaza central con algún que otro rosal (alias pretensioso en sus dos vocablos). En torno a la plaza, como en la mayoría de los pueblos, domina el panorama una iglesia descomunal y desproporcionada, la municipalidad y los bancos. Pero Ayacucho se regodea en el historial que lo ubica como el único lugar que menciona el Martín Fierro (José Hernández fue amigazo de don Zoilo Miguens y se cuenta que éste le facilitó dinero para la primera edición); y como la cuna de los caballos Gato y Mancha, aquellos que cruzaron todo el continente hasta llegar a New York en los años veinte. También el gran Osvaldo Soriano lo menciona en La hora sin sombra, en el recorrido bonaerense de un típico personaje solitario e itinerante suyo.

La hora de la siesta (la hora sin sombra) transforma a Ayacucho en una auténtica tierra de muertos. Con suerte uno puede toparse con el loco del pueblo. El cri cri de grillos mudos de sol es estridente; hasta la ausencia del loro es patente. Da gusto bajar a alguna de sus anchas calles, características del pueblo, mirar a ambos lados y en una esquina elegir uno de los cuatro vientos hacia el cual alejarse, como en el Martín Fierro. Y aunque pueda resultar necesario cambiarse el nombre, a Ayacucho siempre se vuelve.

lunes, 1 de junio de 2009

Época loca

Pero si de supergrupo grunge hay que hablar, el mejor fue Mad Season. Formado en 1995 por Layne Staley, cantante de Alice in Chains, y Mike Mc Ready (guitarrista de Pearl Jam), más el batero de Screaming trees y el bajista de otra banda de Seattle, grabaron Above, su único disco, ese mismo año. La voz de Staley, triste y nasal, descarnada y profunda, y sus letras angustiantes, encontraron en las melodías de Mc Ready un colchón musical que parecen contrarrestarlas con una luz de calma esperanza, o bien de apacible melancolía. Como en River of deceit, tema para escuchar tirado en el puf un día de lluvia, acompañado de algún lindo recuerdo y el tintinear helado de un buen scotch. No hay nada más reconfortante que unas lágrimas arrancadas por una canción. Una nube de alivio musical. "A head full of lies is the weight/ Tied on my waist/ The river of deceit pulls down / The only direction we flow is down". Es posible hundirse dos veces en el mismo río. "My pain is self-chosen". La música que nace de la angustia, musa por excelencia, es hermosa. Los noventa. Qué épocas locas. Snif.



Recomendados del disco, sobre todo, Long gone day y All alone.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Templo del Perro

Cumbre del grunge entre los integrantes de Soundgarden y el recién salidito del horno Pearl Jam. Corre 1990 y Chris Cornell arma una banda tributo al cantante de Mother Love Bone, Andrew Wood, recientemente muerto por (como será de suponer) sobredosis de heroína. Temple of the Dog la integran, además, Matt Cameron (batero de Soundgarden y actual de Pearl Jam), Mike Mc Ready, Stone Gossard y Jeff Ament (todos de Pearl Jam y los dos últimos ex Mother Love Bone). Graban un único disco que sale en abril de 1991 -antes de Ten, el primer disco de Pearl Jam- e invitan a Eddie Vedder para Hunger Strike. Como resultado sale una clásica balada a contrapunto entre los agudos de Cornell y los graves de Vedder, con su mejor parte en la explosión final y los gritos jesuíticos del cantante de Soundgarden. El resto del disco es para chuparse los dedos con fruición libidinosa y dactilofílica. Valga una nota al pie: visto a la distancia, además de suciedad, angustia y camisas leñadoras, la imagen que vendía el grunge obligaba a pelar fachita, eh. ¡Papurris!

sábado, 9 de mayo de 2009

Siglo Rojo

El último 1º de mayo pasó sin pena ni gloria el centenario de la Semana Roja, aquella represión policial encabezada por el jefe de policía, coronel Ramón L. Falcón, que dejó un tendal de obreros muertos. En el marco de la crisis mundial de 1907, que como toda crisis comenzó ajustando los salarios de la clase trabajadora, las represiones masivas eran moneda corriente en el continente. Por ejemplo, la masacre de la escuela Santa María de Iquique, Chile, que en diciembre de 1907 dejó miles de muertos; o las huelgas violentamente sofocadas en México, que iban a confluir en el inicio de la revolución de 1910.


En Argentina, ya en 1907 se había producido una huelga de inquilinos reprimida por el recientemente nombrado Ramón Falcón. En 1909, en ocasión de conmemorar el 1° de mayo (no el 30 de abril como en la actualidad), obreros anarquistas nucleados en la F.O.R.A. se manifestaron en la plaza Lorea. A tiro de máuser, la policía dejó 12 muertos y alrededor de setenta heridos. Durante los días siguientes, los socialistas y los sindicalistas se sumaron a la huelga general y al reclamo de destitución de Falcón. En el entierro de los muertos del 1° de mayo, una multitud de 60 mil personas llevó los féretros hacia la Chacarita, y nuevamente fueron reprimidos por orden del jefe de policía. Hubo que esperar hasta noviembre de ese año para que Falcón abandonara su cargo, ya no por voluntad propia, sino por el atentado cometido por el obrero ucraniano Simon Radowitzky con una bomba casera, en la recoleta esquina de Callao y Quintana. La violencia que genera violencia: el mismo axioma que se repetiría con los responsables, entre otros hechos, de la matanza de Iquique (Silva Rennard, quien sobrevivió al atentado), de la Patagonia Trágica (Héctor Varela) y la Masacre de Trelew (Hermes Quijada).



Falcón, además, había combatido en el ejército durante la llamada conquista del desierto. Y por haber sido el fundador de la primera escuela de policía del país, fue premiado post mortem con denominaciones de pueblos, calles e instituciones con su nombre, monumentos y placas. Como la que todavía hoy se emplaza semi-oculta en la esquina donde lo mataron. Como no fue nombrado durante un gobierno de facto, a pesar de haber cometido crímenes de estado, no hay ley que permita retirar su nombre de estos espacios. Pero bueno, la violencia simbólica generará violencia simbólica. Por lo pronto, desde el sitio web Chau Ramón Falcón, un grupo de personas se propone cambiar el nombre de la segunda calle más larga de Buenos Aires, que lleva el nombre del militar.

Ramón "Ford" Falcón tuvo su papel en la literatura bajo la tecla de la olivetti de Humberto "Cacho" Costantini, en su novela De Dioses, hombrecitos y policías, escrita en 1975. Allí tal vez se plasma de la mejor manera la conexión que existe entre el apellido del coronel represor y los autos que se encargaron de simbolizar el terrorismo de estado de la última dictadura. En la novela, el dios griego Hermes busca salvar a un grupo de poetas que se juntan en una casa de Villa del Parque, y que fueron signados por el dios subterráneo Edes a morir bajo la tortura de un grupo parapolicial, como pago por la muerte del general Cáceres Monié (hecho real, sucedido en Paraná en diciembre del '75). Hermes baja a los infiernos para tener más información sobre el plan de Edes, se disfraza de militar y se encuentra a Falcón: "Y retorciéndose la guía de su negro bigote habló así el alma del ilustre Ramón Falcón. 'Sábelo, oh distinguido muerto. Hace ya casi tres semanas, el día 15 de noviembre exactamente, infalibles augures anunciaron al poderoso Edes que hoy, 3 de diciembre de 1975, elementos subversivos (seguramente algún ácrata de apellido polaco y valiéndose de una bomba de fabricación casera, casi me atrevo a vaticinar) enviarán a esta negra Mansión al excelente general Cáceres Monié, por muchísimos motivos amado por el insaciable Edes".

Un Dionisos para Radowitzky.

domingo, 3 de mayo de 2009

Domingo a la mañana

¿Existe realmente el domingo a la mañana? En los estatutos temporales aparece como un período de un día de la semana, como cualquier otro. Pero en la experiencia matinal dominguera, el flujo de irrealidad parece concentrarse como con un embudo. Como una entrada subjetiva a otra dimensión velada por el afán ordinal de todos los almanaques y relojes.

La vivencia de una mañana de domingo es tal vez lo más parecido a un recuerdo, a la evidencia de los años perdidos. La temporalidad subjetiva desborda a la del calendario en una actualización de vidas pasadas, edades de sol, memorias de cera derretida. Y en ese regreso a la cueva para el placer del descanso una claridad deformada, un aura de amanecer melancólico rodea a los objetos y a las personas; las voces y ruidos llegan con delay, en un eco que reclama el olvido instantáneo. Todo se percibe y se escurre al mismo tiempo en un estado narcótico, ya sea inducido, o bien provocado por las mismas propiedades de la luz inicial del primer día de la semana. Porque es difícil estar despierto un domingo a la mañana, y no tener desordenada la percepción. Las reacciones se limitan a la náusea que puede provocar la visión de algún gimnasta corriendo con sus auriculares y su botella de agua; de alguna paseadora con su perro; de padres y madres con sus retoños; de algún comprador de facturas, de diario, o de las pastas que se vendrán al mediodía. Y uno a punto de irse a dormir para despertar cuando esos madrugadores se preparen para la siesta.

El cuerpo flota y subsume el entorno, que deja de existir como tal. La negación de la realidad se consagra en el ritual de haber sobrevivido otra madrugada sin ayuda divina.


martes, 28 de abril de 2009

Persecuta de novela

César tocó el timbre de Eduardo un largo rato: se había olvidado las llaves. La lluvia lo empapaba y apenas podía cubrirse debajo de un pequeño balcón del edificio. Tal vez Eduardo no estuviera, y en ese caso lo mejor sería ir a algún bar. Fue inevitable recordar una vez más su mudanza una semana atrás a lo de su amigo del secundario, cuando se le hizo insostenible pagar el alquiler de su departamento.

Se prendió un cigarrillo con el último fósforo de cabeza roja que le quedaba entre tantos ya consumidos, dentro de la cajita de Fragata. Tanteó las monedas que tenía en el bolsillo y cruzó dando largos pasos a la vereda de enfrente, donde pudo resguardarse en el toldo agujereado de una zapatería abarrotada. De los faros de la calle manaba una luz amarillenta y muchas de las lámparas estaban rotas a causa de piedrazos anónimos. La ciudad estaba desierta y oscura pero César, desde su nueva posición, advirtió que el bar de Alfonso, en la esquina, hacia su derecha, estaba abierto.

Se dejó llevar hacia allí entre bostezos y deseó cruzarse con un ser humano en el trayecto, cosa que, como esperaba en el fondo de su esperanza, no ocurrió. El bar de azulejos verde agua y tubos de luz blanca era deprimente a esa hora (y a todas las otras) y la mancha bordó del dueño acurrucado en el mostrador con el caño de la escopeta asomando era el único signo de vida, junto a la televisión que estaba emitiendo un resumen de noticias. "Lo de siempre", dijo el mozo y subió el volumen en puntas de pie, contradictoriamente interesado. César se sentó junto a la ventana y se debatió entre mantenerse despierto y pensativo o dar rienda suelta a lo que a esa altura se manifestaba a través de bostezos y picazón en los ojos.

–Un whisky– dijo corporalmente, sin terminar de decidirlo con la mente.

Lo esperó mirando sin ganas las imágenes de desorden internacional en la pantalla, hasta que percibió algo cercano y molesto, que luego le resultó incómodo y un segundo más tarde, alarmante. El hombre que lo miraba fijamente desde la calle no parecía ser alguien simpático, menos aún con esos anteojos espejados (que lo miraban fijamente) y con su mano derecha guardada en el interior de su piloto, a pesar de la lluvia escasa pero filosa que caía. César lo había advertido, primero de reojo; pero pronto el temor le impidió simular algún que otro vistazo directo con ánimos de ahuyentar. Sin embargo, el hombre, inmutable, a dos metros del vidrio (a dos metros y centímetros de César), no le quitaba los anteojos espejados de encima. El mozo llegó con el whisky para aquietar un poco la tensión de la situación y se dio cuenta de la extraña presencia. Miró a César como intentando decirle algo y se retiró detrás del mostrador sin más. César miró un punto cualquiera del aire, como si hubiera una persona sentada enfrente suyo, y empezó a hablarle de su infancia. Carcajeó con alguna anécdota y movió el vaso escuchando el golpeteo de los hielos contra el vidrio. Se llevó el vaso a la boca y le dio un largo e impresionante sorbo (que seguramente no debería haber inmutado al hombre que lo miraba). De repente, mientras sentía correr la generosa cantidad de bebida en su garganta y cómo comenzaba a mezclarse con su sangre, el alcohol de la noche anterior que aún mantenía en su cuerpo se reactivó. Cerró los párpados con fuerza hasta que brotaron de ellos dos lágrimas sutiles.

Volvió a mirar con la neblina lacrimal por la ventana lluviosa y tardó en darse cuenta de que el hombre ya no estaba. Casi inmediatamente escuchó abrirse la puerta del bar.

miércoles, 8 de abril de 2009

Sueño de una noche de verano

Íbamos a ir a Uruguay junto con E... en avión. Lo curioso es que hacía escala en Francia. Cuando llegamos a la Galia era de tarde, y como el avión que seguía a Uruguay salía a la mañana del otro día, fuimos a pasar la noche a lo de la abuela de E..., que vivía a pocas cuadras. En el camino observamos con avidez viajera las playas francesas llenas de palmeras.

En un momento del paseo, paramos en un puesto de diarios y leímos en la tapa de uno que había graves peleas entre blancos y musulmanes, en Francia. Continuamos, y mientras caminábamos por una peatonal escuchamos en perfecto castellano:

-¡Blanca, fea!, ¡Blanca, fea!

De la muchedumbre que rodeaba la situación salió un musulmán muy enojado, quien seguramente había sido el profirente del insulto; y enseguida, una mujer triste, quien seguramente lo había recibido. Lo que nos extrañó es que todos, la mayoría de los curiosos, eran blancos y ni se inmutaron; y también nos extrañó el insulto porque la mujer estaba para chuparse los dedos.

Luego del altercado doblamos en una calle solitaria y subimos al departamento de la abuela de E... Nos recibió con regalos, aunque sin saber que íbamos a visitarla.

-Para vos, E..., un regalo. Y para vos [para mí], dos -dijo la anciana.

Le preguntamos por qué eran los regalos y nos contestó que por pascuas. E... rompió el papel de su regalo y de la rasgadura comenzó a a brotar una infinidad de muñecos que caían a borbotones, mientras que yo abrí mis regalos, pero ya no tenían importancia.

Luego llegaron varios amigos de improviso que también iban a Uruguay al otro día, por lo que decidimos dormir tres personas por cama. Pero como dormiríamos sólo cuarenta minutos, decidí irme a dar un paseo nocturno y E... y Q... me acompañaron. Recorrimos un rato el barrio y cuando volvíamos a lo de la abuela de E... vimos a unos musulmanes que nos disparaban desde la puerta de calle del edificio. Nos acercamos allí, mientras E... y Q... desenfundaban sus armas, y yo me escondí detrás de una pared. Cuando E..., Q... y los musulmanes se alejaron a los tiros un poco, salí de mi escondite, pero un musulmán me descubrió y me apuntó. E... me preguntó si tenía armas y yo le contesté gritando que no. Cuando el musulmán me iba a disparar, sonó un tiro y se desplomó antes de que pudiera gatillar; detrás, enfocando en segundo plano, encontré a la abuela de E... con una escopeta humeante, quien me dijo:

-Escuché tus gritos desde arriba.

Subimos y la abuela de E... me volvió a dar un regalo. Esta vez eran cuatro huevos de pascuas. La casa de la abuela de E... estaba en orden. Luego nos sentamos todos los que estábamos parando ahí y nos pusimos a charlar y a comer palitos y papas fritas.

25-1-98
Río de los Sauces, Córdoba.

viernes, 27 de marzo de 2009

Toda la fruta

Lo bueno de tener el famoso baúl (que puede ser un armario, un cajón o una simple pila visible) con cuadernos viejos es que uno puede toparse no sólo con escritos que había olvidado completamente o que suenan ajenos a la lectura, sino también encontrar textos que entrarían en, digamos, otros rubros. Para aquella persona que en su ludismo quiera inspirarse y explorar nuevas dimensiones, va transcripto un tutti-frutti jugado en Sorata, Bolivia, un verano de 2002, bajo alguna influencia psicotropical (sin estación seca, es la pura selva). En ese sentido, el reglamento parece haberse flexibilizado por demás. Aquí una muestra gratarola:

*Barbudos famosos:

L: León Gieco (10)
M: Marx (10)
T: Tito Cossa (10)
F: Federico Engels (10)
K: Karl Marx (10) [la idea fija: ¿el cultivo de barba famosa será condición sine qua non para profesar el comunismo?]
O: Ortega y Gasset (10) [¿?]
P: x
G: x
V: Van Gogh (20)

*Cortes de pelo:

L: x
M: Militar (10)
T: Tom Cruise (10) [un corte top gun]
F: Fifí (10) [¡!]
K: King, Don (10)
O: Orejudo (10) [influencias de la Gestalt]
P: Peludo (10) [una especie de anticorte]
G: x
V: Villero (10) [para los políticamente correctos, es por Pancho (mmmh)]

*Cosas pegajosas:

L: Lodo (10)
M: Moco (10)
T: Té con moco (10)
F: x
K: Kandahar en verano (10)
O: Orto sucio (10)
P: Pedo líquido (10) [se puso escato]
G: Gota de sudor (10)
V: Velcro (10)

*Comidas típicas:

L: Locro (10)
M: Moscas (10)
T: Tamal (10)
F: Fungi (10)
K: Koala hervido (20) [se dice que en Australia…]
O: Orégano solo / Ortiga (10) [dos, por las dudas]
P: Pez globo (10)
G: Gusanos (5) [¡5! El oponente pensó en gusanos, qué sintonía anticastrista]
V: x

*Regalos del día del padre [the best]:

L: Libreta de apuntes (10)
M: Mamá (10) [conozco casos]
T: Tero (10)
F: Fósforos (10) [a veces hay malaria]
K: Kundera, un libro de [la coma es el mejor comodín]
O: Oro (10)
P: Píldora rejuvenecedora (10)
G: Gilette (10)
V: Vaso tallado (10)

martes, 24 de marzo de 2009

Melodía

Una melodía que comenzó a dibujarse en su mente libre de pentagramas y otras prisiones la convenció, definitivamente, sobre el destino que su poema sufriría. La posición horizontal sobre la cama que había utilizado para escribir en una hoja sin renglones le había permitido experimentar una nueva forma de canalizar sus pensamientos sin antes inspirarse. Ni antes de que expirase, claro. Un vómito hemo y verborrágico, previo a la náusea de saberse escrita. Secuencia que enrarecía aún más el orden fisio y lógico de las cosas, las causas y las consecuencias.

Su cuarto lucía desordenado. Aunque esto dependía de quién lo apreciara (tan poca gente la frecuentaba últimamente), porque las cosas, como en su mente, estaban colocadas sin pentagrama de por medio -además, al fin y al cabo, el orden no depende más que de quien lo dispone-; y las superficies que modelaban la habitación no sólo eran blancas y negras, sino que también mostraban vetas de colores primarios y secundarios. Tampoco todos los objetos tenían una forma redonda, ni lucían la cola de la corchea o la fugacidad de la fusa, ni estaban a un paso de semi-serlo, sino que expresaban una presencia informe y contundente. Pero un puf y un estante eran un do sostenido; y un plato con restos de moho con una blusa encima se traducía en un contrapunto en fuga. Esa habitación que había dispuesto con la mente en blanco, como ahora con su pretendida creación altruista.

La hoja había quedado olvidada a un costado del colchón, junto a su cabeza ladeada, con una mancha negruzca de tinta roja escupida que renunciaba a la escritura. Su boca promediaba los extremos, semiabierta entrelabios, queriendo liberar un haz de voz que se esfumara en el aire de su habitación, tan contaminada del aire espeso de verano que entraba por las ventanas abiertas de par en par.

Pero su estado hipnótico y semiconsciente a la vez la inmovilizaba física y sensorialmente, dejando sólo a su mente con la capacidad de pasearse por los rincones de aquella melodía poética que estaba gestando, pero que ni siquiera podía oír para sus adentros. Tampoco escuchaba su corazón, seguramente dominado por lo que había sido la dulzura de esas notas y palabras tan armónicamente mixturadas, bellamente vacías de sentido, pero ahora agrias por una fermentación misteriosa que nacía de lo más profundo de sí. Esa bola creativa y vital comenzaba a abandonarla, flotando fuera de su cuerpo, como escapándose de ella (como un contrapunto en fuga). Esto la inquietó, pues sabía que era lo último que le quedaba. Buscó inventar un magnetismo mental que atrajera la zigzagueante melodía, pero ésta la evitaba con la rapidez de una liebre que rehuye a un cazador sin rifle. La poesía melódica finalmente brotó al espacio en un suave quejido ronco de su garganta y se escapó por la ventana, para quedar enmudecida para siempre por el ruido de la ciudad.

20-01-01

sábado, 14 de marzo de 2009

¡Ay...!


Alguien que le avise a Fidel Nadal que el que tiene al lado, Earl Wayne, es el embajador de Obama en Argentina como lo fue de George W. Bush. Según informa Clarín, con la excusa del "Mes de la historia afroamericana" el músico visitó la sede diplomática de Estados Unidos. Es cierto que ya tuvo algunos delirios, sobre todo con las canciones que nos regaló en estos últimos años, tan prolífica y redundantemente como Andrés Calamaro. Pero para ilustrar el extrañamiento que produce esta imagen, es el tipo que cantó: "Quiero irme del país / y despertarme mañana en otro lado / Me cago en las banderas / me limpio el culo con sus fronteras"; o "Viejos de mierda mueransé / nos robaron la juventud / viajando a U.S.A. / disimulando la represión"... Nadal tuvo un verdadero "change", como lo indica su remera. Por otro lado, es completamente valorable su compromiso en la defensa de la cultura afro desde sus comienzos en el under punk, como lo fue su padre Enrique desde la academia; y sin entrar en el debate del reconocimiento institucional que puede hacer un Estado (siempre tarde, siempre), ¿tenía que ir a la embajada yanqui? Era más probable que se sacara una foto con Cumbio, pero ¡¿con Wayne?!. Aquí nomás, en Barracas, el Movimiento Afrocultural está a punto de ser desalojado del edificio que ocupa desde hace años, y donde brindan talleres de música y danza afro. El Estado, como desde su constitución en el siglo XIX frente a la comunidad afro: de espaldas. No vendría mal, aunque sea, recortar una figurita del establishment cultural como Nadal y ponerla al lado de los Bonga para aportar en la lucha para que no se cierre, en dichos del antropólogo Alejandro Frigerio, el ultimo kilombo de Argentina.

jueves, 5 de marzo de 2009

Equidad de especies



Todo indica que en algunas estaciones de tren de la provincia bonaérea, la lucha de algunas especies animales le ganó la pulseada al feminismo. Por ejemplo, en Ayacucho se espera una oleada inmigrante proveniente de China, y en atención a sus potenciales mascotas, éstas podrán disponer de los servicios sanitarios como ya lo venían haciendo los señores. ¡Felicitaciones a todos los osos!

jueves, 19 de febrero de 2009

Nuestra novela

Ellos se movían en bloque y el parecido que tenían entre sí me había causado una molesta impresión. Cuando los vi por primera vez, todos me miraron a la vez (y creo que ellos también me vieron por primera vez, la misma vez que yo los vi por primera vez, a menos que ya me hubieran visto sin haberlos visto yo... ¿Si p entonces q y q entonces r...? Bueno, no viene al caso, debo cerrar el paréntesis). Según me había comentado Genaro, no hablaban y se comunicaban a través de boletines diarios que sólo algunos de PUEBLO podían entender. Estos papeles daban mucha tela para cortar y, al principio, cuando un representante de ellos, o sea, de Nosotros, entregaba el papel diario al encargado semanal de la Célula, éste les preguntaba desesperado qué era lo que querían decir, pero ellos, Nosotros, no hablaban. Miraban, así, con cursiva. Y todos miraban igual. Esto provocó que los primeros días en los que este grupo se acercó a la Célula del barrio de Almagro, se dedicaran horas enteras a trabados debates que intentaban llegar a una Interpretación Única de los escritos. Pero cuando se dieron cuenta de que esto iba en contra de los principios fundacionales de PUEBLO, dejaron de esforzarse por buscar explicaciones y los dejaron hacer a placer. Placer autista que a nadie, salvo a ellos, placía. Y nada había que criticarles, porque a pesar de las sospechas que podían levantar entre los Agentes Serviles por estar siempre juntos, ser tan ¿iguales?, y no hablar más de lo que miraban, habían demostrado una ferocidad incontenible y bien dosificada durante algunas batallas callejeras contra los A. S.

Pero nadie sabía mucho más de ellos que lo que habían mostrado en la práctica, ni de dónde venían, ni quiénes eran, ni cuántos eran (su número variaba en sus distintas apariciones), ni dónde ni cómo ubicarlos. Y ellos parecían saberlo todo.

La vez (esa de la que hablaba, la primera) que los vi en la casa operativa de Pringles, eran diez, me miraron y yo ya no quise saber más nada. Le entregaron su declaración diaria a Picaflor, que era el que estaba a cargo esa semana del área. La leyó sin mucho interés, sorbiendo su gaseosa con la misma pajita de plástico berreta de siempre, y me la pasó indiferente. En ese momento supe quiénes eran: una vez leído el Parte Nuestro, no pude volver a mirarlos a los ojos (más allá de lo dificultoso que me podría haber resultado mirar a los ojos de los diez a la vez).

Esquirla de novela (Parte nuestro)

lunes, 9 de febrero de 2009

Postal del poder



Las callecitas de Ayacucho tienen ese qué sé yo. Un saber en realidad ajeno, que organiza el espacio, pero del cual podemos reapropiarnos. Ese saber que, como dijo Michel "Torino" Foucault, y simplificando, es poder. En nuestro divagar por la urbe rural del sur de la provincia de Buenos Aires, intentamos atender a los detalles benjaminianos, a los fragmentos que delatan grandes constelaciones, esos relámpagos de indeterminación (o sobredeterminación, según cómo se lo vea) que iluminan verdades fugaces y escurridizas.
Era de prever que caminando por una calle que se llama Poderoso nos íbamos a topar con algo. Antes de pensar si el nombre de la calle era un homenaje a un buque, al koinor, o a aquella persona que se ufana de su investura de poder, Ayacucho, tierra de muertos en quechua, nos regaló una señal de que la tumba de los poderosos está en constante proceso de excavación. El poder, o Poder, aunque no lo veamos, siempre está. Pero cuando lo vemos, cuando lo sorprendemos en un flash inasible, puede mostrar y expresarnos sin quererlo sus debilidades. La microfísica a flor de piel nos hace preguntarnos, ¿quién tiene el poder: he-man(/she-ra) o it-town? Personal o impersonal, impartido por los que lo ejercen o subvertido por quienes se lo apropian y lo desvían de su cauce controlador y pretendidamente ubicuo, esa red de poderes en tensión se manifiesta en números que nombran propiedades, nombres que numeran calles y espacios planificados para ser transitados de una manera ordenada por cuerpos no dóciles, pero sí perdidos en una ficción impuesta. Sin embargo, esa trama también se expresa en todos los usos y abusos que podemos efectuar sobre un espacio dado y cuyas directrices podemos hacer estallar en su continente como una botella devenida molotov.
Los números que pretenden ordenar un oasis de cemento en un desierto de pasturas y los nombres que se extienden sobre las calles de un pequeño felpudo asfáltico que bienviene a la pampa, se diluyen en la resistencia corporal, en la crítica que ejerce el libre albedrío. Así nos debatimos entre la literalidad y lo metafórico que exuda la composición de una placa numérica que se cae y un nombre apuntalado precariamente. El significado es equívoco como todos, pero la ciudad letrada, como la llama Ángel Rama, en su afán de ordenamiento, deja entrever sus falencias a la hora de aspirar al control absoluto. Estos tropiezos del poder se traducen en resquicios de poesía que, a veces, pueden liberarnos brevemente de las cadenas de la brújula. Y esas experiencias reales pueden permitirnos crear nuestras propias ficciones para ponerlas en común, en una especie de mito destructor refundante.

lunes, 19 de enero de 2009

No más farmacias

A pesar de que el Consejo de Seguridad de la Organización Mundial de la Salud (OMS) recomendó detener los ataques, los narco-fármacoestados continúan el bombardeo contra los enclaves de la Logia Decimonónica por el Resurgimiento de la Amapola (Lo De Rama). La guerrilla romanticista, urbana y floral, por su parte, persiste en apuntar sus rudimentarios cañones a las farmacias de varias ciudades del país de Nunca Hamas, donde se transa la droga contemporánea, la efedrina.

Cultor del láudano, Lo De Rama lucha por su despenalización. A su vez, alega que más allá de tratarse de un derivado del opio, sustancia que tanto influencia a los pueblos, su guerra no es religiosa como sí lo sostienen los farmaceutas. Éstos, lejos de considerar la religión como el opio popular, justifican su postura por el supuesto ensañamiento simbólico que tiene Lo De Rama con las cruces de David que coronan sus templos.

Trudi, integrante de Lo De Rama de Castro, Chiloé, nos manda una foto que retrata el accionar clandestino de la agrupación, en honor al bicentenario poético que se cumple hoy. Aprovechamos para saludar nosotros también al homenajeado Edgar, quien fuera abanderado de la flor oriental y dos veces Heroína de la Fiesta de los Derivados Opiáceos. ¡Quién pudiera llegar a cumplir tantos años! ¡A su salud!



lunes, 12 de enero de 2009

Holocausto en el país de Nunca Hamas

Qué diría Benjamin sobre el devenir de la historia judía, construida con los ladrillos derruidos, con las ruinas pasadas de una larga y traumática lucha de un pueblo, pero cuyo estado-nación imita las estrategias de sus pasados verdugos. ¿Se estará revolcando en su tumba de los Pirineos? Y Marx, ¿habría pensado en la posibilidad de una revolución (¡ja!) dentro del estado que cobija a su dispersa nación y el cual nunca llegó a conocer? Es una pena que tantos intelectuales judíos que hubo a lo largo de la historia y que permitieron teorizar sobre el horror del holocausto nazi no estén acá para criticar desde adentro a su estado, del cual tal vez muchos no se sentirían parte. Un estado-víctima que representa a un pueblo perseguido durante años y con un genocidio sufrido a cuestas, y que construye sobre esa base, sobre esas ruinas, un genocidio infanticida y feminicida. El Angelus Novus de la historia troca en el Ángel de la Muerte.

La franja de Gaza '09 podría llamarse esta nueva campaña, una más de las tantas que en los últimos 60 años de colonización israelí ya llevan un número difuso de muertes por parte de ese estado policial, adelantazgo creado por las potencias mundiales luego de la Segunda Guerra Mundial para mantener a raya a los revoltosos de Medio Oriente.

La excusa de la guerra religiosa ya está gastada, cuando las implicancias económicas que coalicionan a las potencias capitalistas son evidentes. Y el papel de víctima en las rencillas geopolíticas, cuando se pasa a ser responsable, está trillado desde que Cobos era una cigota. Hamas es la creación israelí que se le da vuelta, su Frankenstein, su hijo rebelde, como Hussein o bin Laden para los Estados Unidos. Y en la negación a reconocer a esos hijos deseados, el nazismo del siglo XXI parece perfilarse de a poco en el tablero mundial.

Israel actúa como un calco de Estados Unidos. Una posible justificación del ataque que hoy se cierne sobre Gaza, en consonancia con las desopilantemente trágicas excusas de la administración Bushito para sus invasiones a Afganistán e Irak, podría ser: "Según algunas fuentes, los bombardeos del estado israelí sobre la franja de Gaza serían dirigidos contra seguidores del árabe loco Abdul Alhazred, autor del terrorífico Necronomicón. Un grupo de seguidores del demoníaco autor, tantas veces referido por el escritor filo-nazi H. P. Lovecraft, estaría salmodiando sus versos en los túneles de la franja de Gaza para llamar a los dioses primigenios que descansan con sueño endeble en alguna parte de nuestro cosmos. El despertar de estas formas grotescas y viscosas será el apocalipsis. Con lo que el humilde accionar del ejército de Israel nos está valiendo la salvación de la humanidad".

Si el vivir-con-miedo israelí, debido a los misiles asesinos, poco estratégicos y poco inteligentes que lanza la guerrilla Hamas, conlleva esta respuesta, acá en Argentina tendríamos que esperar que el estado comience a lanzar misiles contra las villas, que tanta inseguridad y miedo le provocan al común de la gente. El meta-bala del gatillo fácil se transformaría así en el meta-bomba sobre barrios de chapa y cartón, o sobre casas de seis pisos de ladrillos como las de la villa 31, que, ¡oh!, tanto molestan por su contraste estético junto al resto del caserío bajo, miserable pero rústico.

Así es, la villa asentada en la franja de Gaza, donde muchos de sus habitantes cruzan la frontera a Israel para trabajar y vuelven para vivir en extrema pobreza e incomunicados, está siendo erradicada con misiles que, de tan inteligentes, se cargan a los líderes de Hamas, a sus hijos y mujeres, a sus colaboradores, a sus simpatizantes, a los neutrales y, por último, a los indiferentes. Que realmente deben ser muy pocos. El Nunca Hamas israelí es el otra vez sopa pero de otro gusto, donde hay un solo demonio que no es el estado, y el infierno son los otros; donde las y los niños no vuelan ni son inmortales, y el capitán Garfio lo ve todo con un solo ojo.

martes, 30 de diciembre de 2008

próspero molina dosmilnuevo

El determinismo histórico parece azotar el uso del lenguaje y, sobre todo, de ciertas palabras. Pero en algunos casos, más que histórico, se trata de un determinismo de calendario. El almanaque modela nuestro lenguaje técnico, ese que se restringe a sólo cincuenta palabras o frases hechas para decir básicamente todo lo decible, sin un mínimo vuelo imaginativo, sin explotar el potencial de creatividad de ese código con el que nos comunicamos, sin que la expresión le dé una chance al oleaje poético.

Esas frases y palabras que sobre todo difunden los medios masivos son modismos pasajeros a veces (hot jeans); otras, neologismos pedorros horneados en la matriz, por ejemplo, de la inseguridad (motochorros (y hasta motochorros acuáticos)); y otras, las peores, palabras que figuran en el diccionario pero que sólo se utilizan para una ocasión especial... ¡¡Próspero!! **Sí, esto no es más que un textito para hacer catarsis** La verdad que escuchar esa palabra únicamente para adjetivar al año nuevo que se le desea a ajenos, da ganas de renunciar a felicitar a terceros y esforzarse de una buena vez para hacer carne el deseo de felicidad propio. Me permito exclamarlo nuevamente, ¡¡próspero!! Cada vez que llega fin de año (como todos los inviernos volvemos a leer que 80 camiones están varados en el paso del Cristo Redentor) es inevitable escuchar o leer esa palabra acartonada, que suena tan exótica y forzada en algunas bocas o páginas. Porque felicidad se desea en distintas fechas, pero ¡¡prosperidad!!

¿Alguien sabe qué se desea cuando balbucea ese adjetivo esdrújulo? ¿Esa prosperidad, ese progreso, tiene un criterio económico, ilustrado, acumulativo o qué? Quienes profieren esa palabra no se hacen cargo de ella, y legitiman su uso instrumental, lineal y rígido; se repite como algo dado y hueco sin considerar las posibilidades de transformación que puede tener el lenguaje. Y aunque parezca una cuestión militante y obsesiva sobre un supuesto buen uso del lenguaje, este vómito verbal no está más lejos de eso, por favor, es tan sólo una entreverada explicación sobre el odio que se le tiene a una palabra.

Pero, claudicando y para no quedar al margen del rebaño, espero que prosperen y progresen en este 2009 nuevísimo (o dosmilnuevísimo), digamos, una o dos fases: de la oral a la anal, tal vez; o del primitivismo al ciber-humanismo; o de la clase media al jet set. Y que vayan a Cosquín para seguir el ejemplo de Molina, que se tomó en serio lo de próspero y terminó siendo plaza.

sábado, 20 de diciembre de 2008

El mito de la media naranja

Por - Partido Obrero Revolucionario

La boca me ardía, llagada de ácido, en plena edad en que la oralidad pulsionaba. Era el noveno gajo que probaba en busca de vaya a saber qué, el ex-centro, alguna pepita de oro, saciar la sed, sufrir el exceso de fósforo del jugo, vivenciar mediante el gusto un pH bajo. Pero la foto sepia no me deja apreciar cuál era la causa de ese fervor con que le daba de a chupones, de a dentelladas, de a sobadas a la naranja, mirando a cámara y llorándole al fotógrafo. Tal vez las ansias de amor depositadas en esas tajadas, o la necesidad de apagar un deseo calenturiento con el jugo cítrico. De todas formas, nada de eso importa, lo que viene al caso es mi pasión temprana por el fruto con nombre de color holandés.

Fue un día de mi adolescencia cuando tía Raquel me contó acerca de la media naranja. Dijo que me veía solo, encerrado, literal, onanista, chupeteando naranjú a troche y moche, y que necesitaba salir de la ermita de mi cuarto para conocer alguna purretita que me moviera el piso, según sus palabras textuales. Yo pasaba el día leyendo diccionarios y escribiendo odas al fruto del naranjo en hojas canson del mismo color. Tía debe haber pensado que contándome lo de la media naranja iba a picar como trucha con mosca. Y la verdad es que era un buen cebo. De hecho años más tarde la felicité por su astucia, aunque ella ni se mosqueó ni abrió la trucha.

–Tulito [así era el diminutivo de mi nombre], tenés que hacerte señor, dieciocho años y el pescado sin vender. Te voy a contar algo, necesitás encontrar a tu media naranja. Tu media naranja es como esa personita en la que vos pensás, y ella al mismo tiempo piensa en vos, o sea, en su media naranja, que serías vos, Tulito. O sea, es el amor de tu vida en reciprocidad. Pero para lograr eso hay que trabajar –dijo, y me entregó una mitad de naranja, la que tomé como amuleto, como mito fundante de mi nueva cosmovisión. Estaba decidido a escribir una nueva página del evangelio.

Y los rituales comenzaron. Al otro día salí a buscar la otra mitad, obnubilado, sin darme cuenta del sentido metafórico de la frase hecha. ¡Y qué hechura! Toda mi vida había sido extremadamente literal y el amor (masc., porque soy bien macho) para mí era el sentimiento de inclinación hacia lo que agrada y se desea gozar. Como una media naranja. Como una purretita.

Mi primer acercamiento con el sexo opuesto con alguna intención que trascendiera el besito en la mejilla fue una chica que se llamaba Sandra. Pero me dejó escandalizada en la primera cita, cuando le mostré mi media naranja y clamé lacrimógeno de emoción por la suya, para ver si se ensamblaban en coito frutal y posterior casamiento, semillitas, hijos, nietos y panteón compartido. Después de ese fracaso rotundo, tía me dijo refunfuñante que no era cosa de encontrar la otra media naranja de un día para el otro. Con ganas de evitar otra frustración, me puse a buscar soluciones.

Así, y por indicaciones de mi diosa-tía, aprendí un poquito más sobre la lengua, la ideología y el mito en autores como Jung y Althüsser. Tenía que encarar los próximos encuentros con un poco más de vuelo en el diálogo, exceder el significado que creía incólume y fijo para siempre, pero siempre intentando encajar en el puzzle; y con garrote, para llevarme la hembra a la cueva y que no saliera más nunca. Pero lejos estaba de ser un iconoclasta con respecto a la redondez naranjal. La segunda muchacha, Valeria, resultó ser un fiasco. Tenía labios como gajos de mandarina y no estaba a la altura prevista de mi arquetipo jungiano. Y la dejé yo, aprovechando para tomarme revancha con el género femenino por el plantón de naranja lima de Sandra.

La tercera purretita, Eva, pintaba para casorio por iglesia maradoniana: sexo salvaje, seso primitivo y civilizada fanática de La naranja mecánica. Pero tenía a sus tocayas en el altar de otro templo. A Evita como líder y a las manzaneras como ejército frente al que se cuadraba. Su tip era la deliciosa de 8,50 el kilo, mucho glamour la chonga. Tanta Eva y tanta manzana que quedé como un Adán Perón cualquiera, secundado como costillita de cerdo a la riojana, y de postre manzanas del árbol prohibido hasta el vómito de compota, con la hoja de parra para taparme el miembro en clara disposición censora del demiurgo, que todo lo dicta y todo le dura. Cuestión que seguí un poco haciendo fachada, bancando la situación hasta que me hartara, hecho que sucedió el día que Eva me fajó con el dorso endosado de su mano. Me puso la firma y me mandó cobrar. Qué humillación… En ese punto yo ya era como la manzana del Guillote Tell. Y la apertura de mundos significantes paralelos me permitió empezar a hacer comparaciones a diestra y siniestra. Pero sobre todo, me permitió entender que el amor no podía encadenarse y eternizarse entre dos cachos de fruta así como así. Y más todavía cuando leí a Roland Barthes. Un auténtico mito muriente.

Yo sabía que este hijo de puta de Barthes la tenía. Imagináte que a una de las mejores marcas de teclados le pusieron su nombre de pila. ¡Qué metonímico! O pensá que se murió atropellado por un camión de una lavandería parisina (lo limpiaron). ¡Qué metafórico! En fin, un día leo Página/12 y veo que hay una nueva sección que se llama Mitologías, muy pro, muy gre, muy a la avant, muy sicobolch, y casi en simultáneo veo en la vidriera de una librería un librito de Barthes que se llama como la sección. ¡Qué analogía! Me lo devoré, imposible resistirse a esa tapa de color naranja; pero antes lo leí, claro. Y valía la pena tragarlo y embriagarse de tanta celulosa y tanta sapiencia. Ahí entendí que Raquel no era más que una tía; y la media naranja, un bolazo. Entendí lo del mito (la mitad de naranja), me percaté del sistema segundo que el mito constituía (Eva mitificada tapaba mi literalidad), supe de los vericuetos de la lengua, de la arbitrariedad palabrera (no pasaba naranja) y del mito como pura forma, y con contenido cristalizado en frases hechas. Es decir, mucho ruido y pocas nueces. Es decir, una maraca muda. ¡Qué oximorónico!

Uno de mis últimos pasos para la desmitificación del par naranjal como amor ideal e inalienable, fue formar una multitud compañera y trotskista, cambiar mi nombre y mi condición de individuo y conformar un sujeto colectivo-partido (a la mitad, per codere). La moraleja a la que llegamos es que la media naranja es artificial y el mito es una forma (semiesférica). Por ende, la media naranja es un mito. Después de tamaña inferencia tiré mi mitad de naranja, ya blancamente enmohecida por los años de desamor, y me fui a escabiar con los pibe.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Pleonasmo



Como un émulo de la epidemia de olvido que asoló McOndo, en Cien años de soledad, y su consiguiente panacea escritural y cartelística para estimular el recuerdo de las palabras que nombraban las cosas, un palafito (esas casas con pilotes sobre el agua) de Castro (Cascho), en la isla de Chiloé, Chile, bienvenía e invitaba de esta manera a inmiscuirse en sus entrañas. La tiranía de la palabra a veces amordaza a las cosas. Pero aun cuando no dice nada, o bien, aun cuando no agrega conocimiento a lo que resulta evidente a los ojos (por qué no un "Pasen y vean"), hay sentencias que nos interpelan. Y nos hacen sacar fotos (-Como te contaba, Trudi, ayer le saqué una foto a una sentencia). La obsesión por la clasificación positivista renace al calor del olvido que impone la realidad virtual sobre las cosas de carne y hueso, y sobre las casas de chapa y pintura, como si fueran carpetas del escritorio de Windows con su debido nombre debajo. Pero igual, qué regio que queda ese cartelito, ¿no? Tal vez un "Esto no es un palafito" al lado y chiche bombón.

martes, 9 de diciembre de 2008

Pirilo


Fugazzeta rellena y moscato.

¿De la casa o Crotta?

Eso no se pregunta.

Uh, perdón, ¡de la casa o Crotta!

Crotta, slurp, crottita.

¡Marche una rellena y un Crotta para el Baba!

Ñam ñam.