domingo, 15 de junio de 2008

Dialéctica de los sexos

–Ningún verano es corto si los días son largos– pensó sintiéndose inteligentísimo por haber creado tamaño aforismo.

El asfalto, negro como de costumbre, intensificaba el calor reverberado en el humor de muchas de las personas que caminaban por el Centro. Aunque no estaba en el Centro: era sólo un pensamiento de borracho de La Boca, que imaginaba sol, gente, mal humor y Centro. En última instancia, sí estaba acertado con respecto a lo del verano.

El hombre, tan antropocéntrico, se balanceaba y tropezaba con lo que se le interpusiera en su andar; sudaba excesivamente, como si fuera un acto compulsivo y logrado por la propia voluntad. Sin embargo, se sentía como una obra de arte, todo decorado de sudor y vómito. No cualquiera. No, che.

Las calles se abrían frente a él sin darse a conocer, evasivas y cobardes, quizás por capricho, pero su memoria inercial le permitía guiarse hacia el bar donde debía encontrarse con la muchacha que acababa de conocer en un laberinto de espejos –oxidados por la eterna labor de reflejar la realidad– del parque de diversiones barrial. De todas formas, su mente (simplificadora a esa altura del partido) no se molestó en hacer toda esa madeja de relaciones y se limitó a pensar únicamente en la mujer. Tanto se limitó que, en un momento, sólo supo que se trataba de una mujer que podía ser cualquiera. Había olvidado completamente su cara, borroneada en su mente por el poco tiempo que había empleado en registrarla rasgo a rasgo. Y era usual el olvido cuando conocía a alguien que se transformaba en el monotema de sus pensamientos. Cuanto más buscaba en sus recuerdos el rostro, más se desdibujaba. Al fin y al cabo, no le había atraído la cara de la mujer, qué va, más bien el dolor punzante de los brillosos ojos clavados en los suyos. Se habían cruzado en la estrechez de uno de los pasillos del laberinto y se habían sostenido la mirada pesadamente, sin animarse a desviar la una de la otra, como si hacerlo hubiera significado la misma muerte. Y en aquel momento, sin intercambiar nombres ni deseos (¿ni palabras?), pero con una mirada de aleación cárnica, quedaron en encontrarse en el bar...

Se detuvo abruptamente y apoyó la espalda contra la pared, exhausto. Respiraba ansioso para aliviar la agitación de las tantas subidas y bajadas de las veredas boquenses. Escalones para subir a la vereda y escalones para bajar a la vereda. Veredas a prueba de inundaciones, tan típicas en el barrio. Eso, deseaba que lloviera y se inundara todo, total... Habría islas de baldosas donde hacer la gran Robinson, y encontrar a la mujer haciendo señales de vapor. Con tanto calor… Tenía tanto calor que anhelaba poder desabotonarse la piel del pecho para que el oxígeno eludiera el difícil camino de fosas nasales, tráquea, pleura, alvéolo.

Todo su alrededor se resumía en La Boca, y la sentía suya; a punto de expulsar sus tripas por ella y hacia ella. Le importaba muy poco que alguien lo mirara con asco. “Mírenme, soy una obra de arte”. O que alguien le pidiera la hora... Por favor... No estaba para favores, y así siguió el camino irracional en busca de la mujer. Arrastrando los pies gastados recorrió algunas cuadras tomándose algún recreo de obligado cuando lo sorprendía una arcada.

–Arcadas son las de Paseo Colón– farfulló, pero ése era otro barrio y no le incumbía. Aunque la palabra “barrio” también le era ajena y ya no recordaba en cuál de ellos se encontraba y, peor aún, tampoco dónde tenía que encontrarse con la mujer.

Sus ojos hinchados de alcohol reflejaban otro mundo del que le costaba ser consciente. Tal vez fuera la muestra de lo que estaba viendo en sueños, aunque su mente, otrora racional, le decía que no se dejara convencer por las suposiciones del demiurgo, que tantas explicaciones sin fundamentos hace.

Continuó su marcha fatigada, ahora con la cabeza gacha, comprendiendo su entorno y su centro cada vez menos. Había olvidado qué era lo que lo había llevado a esa situación de sopor, en la que un haz de lucidez le permitía recordar que se trataba de la búsqueda de alguien o algo que ya había enterrado en otro estrato de entendimiento, muy profundo, perdido en el abismo de los mares violentos y etílicos. Esta tendencia se agudizó con cada paso que dio (cada vez más indecisos) por ignotos callejones, hasta que llegó lo inevitable (aunque, según su mente estructural, hubiera sido lo lógico) y el olvido, extendiéndose como una mancha oleosa, borró hasta las nociones que tenía sobre su mismísima persona, mientras caía al piso sin ofrecer resistencia al duro choque.

¿Quién sabe qué sentiría? La omniscencia de un narrador podría haberlo expresado, pero se trataba de una sensación, o quizás de un vacío completo (¿como la muerte?), que excedía los límites de percepción de cualquier ente o deidad.

La mujer se levantó con un fuerte dolor en sus piernas, sintiendo pena por sí misma al descubrirse tirada en un piso meado por los gatos de La Boca y, luego de recordar la inminente cita, se sacudió la pollera llena de mugre. Miró su reloj, ya recompuesta, y estudió los números de las chapas de las casas, intentando reconocer su ubicación. Una vez que logró situarse caminó, ya decidida, hacia el bar donde debía encontrarse con el hombre que, hacía un rato, había conocido en un laberinto de espejos.



febrero 2001

2 comentarios:

TomK@t dijo...

Aunque no escribieras así de bien, serías mi amigo.

El tema es q el alcohol no hay q mezclarlo con espejos, ya es sabido eso.

Qué te importa. dijo...

Me lo habías dado a leer, poéticamente prosaico. Buena la conversión del hombre en mujer en el último párrafo, como la reflexividad del narrador del párrafo anterior. Todo eso si 'lo entendí bien', claro. Interesante.
Saludos,
Mauro.